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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Más sobre el 9 de agosto de 1809 en Quito

10 agosto

El siguiente texto, escrito por Gabriel Flores y publicado en El Comercio, 10 de agosto de 2015, divulga algunos aspectos interesantes sobre el acta del 10 de agosto de 1809 que no son conocidos del gran público.

Aunque incurre en pequeñas erratas, lo recogemos en el blog, por considerarlo digno de mención.

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La noche del 9 de agosto de 1809, la casa de Manuela Cañizares era un hervidero de gente. Con el pretexto de celebrar el santo de Lorenzo Romero, hijo del patriota Francisco Romero, llegaron hasta el lugar personajes de la ciudad como Juan de Dios Martínez, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan Pablo Arenas, Antonio Ante y Manuel Angulo. Entre el 7 y 8 de agosto, Martínez había dictado un texto preliminar con el aporte del resto de próceres a Antonio Bustamante, el borrador del acta que se firmó el 10 de agosto en la casa de Cañizares.

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Quito, 10 de agosto de 1809

10 agosto

Recogemos aquí, en primicias, un pasaje de un libro de Manuel Ferrer Muñoz que, con el título de La historia ‘nacional’ ecuatoriana ¿Un ornamento inútil o la clave para la comprensión del presente?, se halla en fase de edición por el Instituto de Altos Estudios Nacionales de Quito.

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El repaso de lo ocurrido en agosto de 1809 abona el carácter no rupturista de las actuaciones de los dirigentes de la revuelta: así se deduce de la celebración de un Cabildo abierto, el 16 de agosto, integrado por los representantes tradicionales que se decían portavoces de la “voluntad del Pueblo”; del discurso pronunciado por el presidente de la Junta, que prometía la conservación de la religión y la defensa del legítimo monarca, Fernando VII; de las proclamas sucesivas del mismo órgano de gobierno, y del juramento prestado en la catedral, el 17 de agosto, en el que los concurrentes al acto comprometieron su fidelidad a Fernando VII como rey y señor natural[1].

¿Por qué suponer entonces, como hace Aguirre Abad, que esas declaraciones y las restantes actuaciones de la primera Junta ocultaban las verdaderas intenciones de quienes acaudillaban la revolución?[2] ¿No había asentado antes como cierta la inhibición del pueblo y del sector más numeroso de los hombres más influyentes? ¿Qué necesidad tenían de fingir los que constituían la mayoría de la Junta, que rechazaban la idea de independizarse de España?

A lo sumo, serían los pocos partidarios de la ruptura quienes aparentaban sentimientos que no compartían; pero el resto de los componentes de la Junta y quienes les dispensaban su apoyo actuaban con sinceridad al proclamar su lealtad a la Corona. Ni siquiera después de la instalación de la nueva Junta Superior de Gobierno, el 22 de septiembre de 1810, diez días después de la llegada del comisionado de la Junta Central de España, Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, y del relevo en la Presidencia de la Junta del conde Ruiz de Castilla por el obispo José Cuero y Caicedo (11 de octubre de 1811), podría hablarse de una apuesta por la independencia: sí de autonomía respecto a Lima y Santa Fe. Entre otras razones, porque la Junta obtuvo el reconocimiento del Consejo de Regencia, y porque convocó elecciones para diputados en las Cortes de Cádiz (de hecho fue la única junta americana que acató esta convocatoria, hecha por el Consejo de Regencia); y, si enseguida hubo enfrentamientos armados, fue a causa de la actitud hostil del virrey del Perú y de los gobernadores de las otras provincias de la Audiencia, que la rechazaron[3].

[…]

Pedro Fermín Cevallos se abona a la tesis del disimulo que, según la mayoría de los historiadores ecuatorianos del siglo XIX, envolvió los pasos de los implicados en los preparativos conspiratorios que, iniciados en diciembre de 1808, culminaron en la formación de la Junta Suprema, en agosto de 1809[4].

Muy diferente es la posición asentada por Antonio Flores Jijón en el discurso que pronunció el 10 de agosto de 1892, en la inauguración de la estatua de Sucre de la plaza de Santo Domingo, en Quito. El ex mandatario trazó entonces una versión interpretativa del movimiento emancipador en clave de guerra civil, y no como un rechazo de España: “nuestra lucha por el Gobierno propio puede reputarse civil contienda […] En todas las actas de la independencia se invocaba el nombre de Fernando VII contra el usurpador José Bonaparte; más americanos hubo tal vez entre las tropas realistas derrotadas en Pichincha y Ayacucho que en las filas independientes”[5].

Jaime O. Rodríguez E. se alinea con esos puntos de vista y se remite al ‘Manifiesto del pueblo de Quito’ a través del cual la Junta recién establecida justificó sus decisiones como respuesta a los agravios acumulados, para negar que las actuaciones de los patriotas apuntaran a una efectiva segregación de España[6].

Carlos Landázuri, por su parte, analiza con perspicacia el alegato que Manuel Rodríguez de Quiroga –un notable letrado, brazo derecho de Juan de Dios Morales y tal vez la figura de más talla intelectual de los comprometidos en el plan que culminaría en la deposición de Ruiz de Castilla[7]– redacta en su propia defensa, en el que argumenta que el plan elaborado en Chillo no podía considerarse delictivo, pues todo él se sustentaba en “fidelidad hasta el último extremo con el Sr. Dn. Fernando VII; y si por desgracia falta éste y no hay sucesor legítimo, independencia de la América, cualquiera que sea su gobierno”[8].  Sin embargo, Landázuri incurre en algunas incoherencias, influido por la firmeza y radicalidad de la posición de Quiroga y por la audacia de su propuesta en previsión de que se rompiera la línea de legitimidad monárquica en España; y –al margen de las pruebas documentales que tuvo presentes- llega a admitir que “desde el mismo inicio del movimiento quiteño, ya en diciembre de 1808, existía un pensamiento claramente independentista”[9].

Tal vez quepa atribuir a la persuasión generalizada de que la revolución se hacía en defensa de los derechos del legítimo monarca que la convocatoria a los vecinos de los barrios de Quito, para que eligiesen a los representantes que habían de nombrar a los miembros de la Junta, se hiciese “a sombra de tejado”[10], pero con participación de mucha gente y el consiguiente riesgo de que el plan revolucionario llegara a conocimiento de la Presidencia.

Hans-Joachim König se inclina por reconocer un carácter instrumental a las declaraciones de lealtad al legítimo monarca, Fernando VII, que se suceden en los discursos de los patriotas neogranadinos durante  1810 y 1811, que atribuye a la intención de ganar para su causa a los criollos que seguían sosteniendo la causa realista, a los españoles residentes en Bogotá y, en general, a las masas cuyo apoyo resultaba imprescindible para enfrentar a las fuerzas virreinales[11].

François-Xavier Guerra, uno de los más prestigiosos expertos en las revoluciones americanas, niega pretensiones independentistas en los movimientos juntistas que se organizaron en América: “las primeras Juntas americanas no eran separatistas, pero precisamente los gobiernos peninsulares las consideraron como prolegómenos de independencia, y al considerarlas así trataron a los americanos como si fueran traidores a la patria, lo que fue una de las causas de las guerras de independencia”[12].

Carlos Lanzázuri comparte el criterio de que el objetivo primero de la revolución quiteña de 1809 no era la independencia de España, si bien –y el matiz es de sumo interés-, “ésa era una consecuencia directa y seguramente inevitable de lo que sus dirigentes planteaban”, algo que percibieron con claridad las autoridades españolas de Lima, Guayaquil, Cuenca, Popayán y Bogotá. Desde el punto de vista de Landázuri, el propósito primordial que inspiró a los artífices de la insurrección fue “crear un espacio económicamente viable y políticamente independiente, no tanto de Madrid como de Lima y Bogotá”, en consonancia con la propuesta que el barón de Carondelet –que mantenía excelentes relaciones con las elites locales de Quito- había trasladado a Manuel Godoy el 21 de julio de 1804[13].

Esta hipótesis, que Landázuri sostiene con argumentos razonables, en manifiesta discrepancia con la historiografía tradicional ecuatoriana[14], establece una vía interpretativa que se nos antoja la más conforme con la documentación disponible, no obstante algunas incoherencias del propio Landázuri que, en otro pasaje, al referirse a los designios conspiratorios de la hacienda de Chillo y al plan insurreccional proyectado para el Carnaval de 1809, proclama con énfasis (indudablemente espoleado por un entusiasmo no refrenado): “con esa trascendental decisión comenzó el proceso de la independencia de Hispanoamérica”[15]. El análisis de Landázuri termina con una conclusión verosímil: los próceres quiteños adoptaron una actitud revolucionaria, “a pesar suyo”, al reivindicar una independencia respecto a Lima y Bogotá, tal vez sin parar mientes en que cortar amarras con los vecinos virreinatos conducía de modo irremediable a emanciparse de Madrid[16].

[1]         Cfr. Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, en Frasquet, Ivana (editora), Jamás ha llovido reyes el cielo… De independencias, revoluciones y liberalismos en Iberoamérica, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar-Corporación Editora Nacional, 2013, pp. 63-91 (p. 71), y Aguirre Abad, Francisco X., Bosquejo histórico de la República del Ecuador, Guayaquil, Corporación de Estudios y Publicaciones, Sección de Investigaciones Histórico-Jurídicas, 1972, pp. 156-157.

[2]         Cfr. Aguirre Abad, Francisco X., Bosquejo histórico de la República del Ecuador, p. 159.

[3]         Cfr. Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, p. 88, y Rodríguez O., Jaime E., La independencia de la América española, México, El Colegio de México-Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 176-179.

[4]         Cfr. Cevallos Villacreses, Pedro Fermín, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, 17 tomos, Ambato, Editorial Tungurahua, 1971-1975, t. VI, pp. 74-77.

[5]         El Globo (Guayaquil), 16 de agosto de 1892. Ésta es la interpretación que el autor de este ensayo hizo del proceso de emancipación de la Nueva España: cfr. Ferrer Muñoz, Manuel, “Guerra Civil en Nueva España (1810-1815)”, Anuario de Estudios Americanos (Sevilla), t. XLVIII, 1991, pp. 391-434: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=53746.

[6]         Cfr. Rodríguez O., Jaime E., La revolución política durante la época de la Independencia. El Reino de Quito, 1808-1822, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar-Corporación Editora Nacional, 2006, pp. 32-33. El texto del Manifiesto, en Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, II, núm. 6, mayo-junio de 1919, pp. 429-430.

[7]         Cfr. Cevallos Villacreses, Pedro Fermín, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, t. VI, p. 85.

[8]         Cit. en Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, p. 68.

[9]         Idem.

[10]        Cevallos Villacreses, Pedro Fermín, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, t. VI, p. 77.

[11]        Cfr. König, Hans-Joachim, En el camino hacia la Nación. Nacionalismo en el proceso de formación del Estado y de la Nación de la Nueva Granada, 1750 a 1856, Bogotá, Banco de la República, 1994, pp. 253-255.

[12]        Andrés-Gallego, José; Guerra, François-Xavier; Lynch, John, y Pérez, Joseph, “Liberalismo y Revolución en América”, en América, siglos XVIII-XX. III Simposio sobre el V Centenario del Descubrimiento de América, Madrid, Turner Libros-Colegio Mayor Zurbarán-Sociedad Estatal Quinto Centenario, 1990, pp. 39-64 (p. 61).

[13]        Cfr. Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, pp. 75, 80-81 y 85.

[14]        Cfr. ibidem, p. 74.

[15]        Cfr. ibidem, pp. 75 y 67.

[16]        Ibidem, p. 85.


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Represa Pérez, Fernando (coordinador), De Quito a Burgos: Migraciones y Ciudadanía, Burgos, Editorial Gran Vía, 2006

de quito a burgos

Al recoger esta reseña bibliográfica resulta imposible resistirse a la tentación de pensar que, si este libro se hubiera escrito ocho años más tarde, tal vez llevaría por título De Burgos a Quito

Lo que son las cosas.

 

Reseña de Carlos Peláez Paz

Un mapa, físico e intelectual, es lo que ofrece Fernando Represa en un viaje imaginario de Quito a Burgos, caminando a través de la compleja y tupida red tejida por los flujos migratorios de nuestro tiempo. En este mapa mental quiere señalar varios puntos clave que puedan servir para diseñar una hoja de ruta, un nuevo modo de representación del fenómeno migratorio. El subtítulo del libro, Migraciones y ciudadanía, es una declaración de intenciones, situando en el horizonte de la titularidad de derechos y deberes, de la participación activa e inclusión en nuestra sociedad a esos “hombres y mujeres, que por muy diversos motivos han abandonado sus hogares para recorrer grandes distancias, físicas o simbólicas, éstas últimas en muchas ocasiones más duras e insalvables.

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