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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Dos acotaciones al artículo de Carles Puigdemont en The Washington Post

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Una distorsionada imagen de la Guerra de Sucesión

 “Después de tres siglos bajo dominio español, el 1 de octubre, los ciudadanos de Cataluña tendrán finalmente la oportunidad de ejercer su derecho a la autodeterminación”. Estas declaraciones, con que se abre el artículo publicado recientemente en The Washington Post por el presidente del Gobierno de Cataluña (https://www.washingtonpost.com/news/democracy-post/wp/2017/09/22/sorry-spain-catalonia-is-voting-on-independence-whether-you-like-it-or-not/?utm_term=.29964bdbfb08), constituyen una temeraria mixtificación de la realidad histórica, que es preciso desenmascarar, en la medida en que una propaganda sistemática llevada a cabo durante un prolongado período de tiempo ha calado en un sector importante de la ciudadanía, que ha aceptado como cierto lo que no deja de ser una gigantesca falsedad.

Cuando Puigdemont  se lamenta por esos “tres siglos bajo dominio español”, se refiere al desenlace de la Guerra de Sucesión (1701-1713) -¡no de Secesión!-, que enfrentó a los partidarios del archiduque Carlos de Habsburgo, al que apoyaba el Principado de Cataluña -integrado en la Corona de Aragón-, con los sostenedores de los derechos del heredero testamentario de Carlos II, Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia y miembro de la casa de Borbón, al que los catalanes habían sostenido en un primer momento.

De modo muy diferente a como se presenta en la vieja y nada fiable historiografía romántica, la Guerra de Sucesión fue una contienda española y europea, en la que Cataluña apoyó a uno de los candidatos al trono español, que, a la postre, sería derrotado. Nada que ver con la existencia de un pueblo conquistado y privado de sus libertades. La victoria de Felipe de Anjou significó la imposición del modelo centralista francés sobre el foralista preconizado por Carlos de Habsburgo, y comportó para Aragón (y, consiguientemente, para Cataluña) la pérdida definitiva de sus fueros, la disolución de sus órganos políticos y la imposición del centralismo castellano. Pero antes y después de la Guerra de Sucesión Cataluña formaba parte del Estado español. Más aún, nunca, a lo largo de su historia, llegó a configurarse como una entidad soberana, independiente de una instancia superior.

Y tampoco debe olvidarse que, a pesar de la política adoptada por el nuevo monarca a partir de 1714, el final de la guerra propició la revolución económica en Cataluña: primero, en el ámbito agrícola-mercantil y, luego, en un marco que Pierre Vilar caracterizaría de protoindustrial.

Segunda mixtificación en que incurre Puigdemont

Carece asimismo del más elemental fundamento jurídico y moral la invocación del derecho a la autodeterminación externa de los pueblos, susceptible de desembocar en una secesión del Estado de que forman parte. En efecto, cuando la ONU se pronuncia sobre ese derecho se refiere al caso de pueblos sujetos a dominación colonial, o de poblaciones sometidas a otras formas de dominación u ocupación extranjera: nada que ver, por cierto, con la situación de España, a no ser que, llevado por su extremismo, Puigdemont considere a Cataluña como una colonia.

Lo que sí resulta aplicable al caso catalán es la normativa de Naciones Unidas que reconoce el derecho de autodeterminación, pero en sentido interno, entendido como el respeto universal a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, y la efectividad de tales derechos y libertades, que fundamentan la aspiración de los pueblos a que sus ciudadanos persigan libremente su desarrollo económico, social y cultural, se realicen políticamente, voten en elecciones democráticas y participen en las instituciones.

Tampoco sería irrelevante a este propósito recordar que el Parlamento catalán rechazó en su momento el derecho de autodeterminación de palestinos, kurdos y saharauis. Pero eso es otra historia.


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Julio Tovar. Los falsos mitos del independentismo catalán

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Una conspiración de los poderes españoles llamada «Madrix», Erasmo de Róterdam como catalán de cuna, la bandera de EE.UU. con origen en la señera aragonesa, una guerra civil entre Castilla y Cataluña en el siglo XVIII cuando no existían naciones políticas… Los nuevos mitos del independentismo catalán acompañan al llamado «procés». Se busca ahora de manera constante enemigos externos que sirvan para legitimar la nueva ideología que domina Cataluña. Uno de esos puntales es el «Institut Nova Història», que se ha se convertido en el principal altavoz de estas nuevas tendencias políticas.

Este instituto se fundó en el año 2007 como una escisión del «Instituto de Estudios Catalanes» gracias a sus instigadores Albert Codines y Jordi Bilbeny. Este último es el cerebro de la institución, y no pudo presentar su tesina histórica en la Universidad de Barcelona por ser considerada «ahistórica» por los profesores. Defendía en ella, según su propio testimonio, la «censura» de libros de historia en el siglo XVI para construir una visión «castellanista» y «proespañolista» de la historia. Bilbeny entra dentro del arquetipo de Eric Hobsbawm en su seminal «Naciones y nacionalismo»: «ningún historiador de naciones y nacionalismo serio puede ser un un nacionalista político». Incluso en la cita precisa de Ernest Renan: «el olvido y el error histórico mismo son un factor esencial en la formación de una nación».

Una historia para una causa

Este es el objeto declamado del Institut desde su título: construir «una nueva historia» donde se ponga en su sitio a la nación catalana. Esta fundación ha sido subvencionada por el ayuntamiento de Arenys de Munt, gobernado por ERC y, especialmente, por ambientes de la extrema izquierda nacionalista catalana. Consiguió, así, el apoyo de Jordi Pujol y Carod Rovira con sendas cartas enviadas en 2012 y 2014 respectivamente.

Para los políticos no nacionalistas, esta Fundación tiene «teorías que rozan el ridículo», en palabras de la candidata de Ciudadanos por Barcelona, Carina Mejías. Recuerda Juan Carlos Girauta, diputado en Europa por Ciudadanos, que el proceso empieza «en 2003» y tiene su origen en el método de «Carod-Rovira de construir un imaginario para crear una mayoría política». Las raíces, según el político, habría que buscarlas en el cambio en la historiografía a mediados de los años 70.

Un grupo de historiadores, parapetado en la revista «L’Avenç» (El avance), decidió abandonar cualquier análisis racional del pasado y establecerse en la creación de un nuevo imaginario: «Nuestra tarea más inmediata y urgente, aquella que ha de responder a las primeras demandas sociales que nos lleguen, será la de restituir a nuestro pueblo la visión histórica nacional que le ha sido negada desde 1939». Se oponía, afirma Girauta, la historia científica por una que pretendía «construir los países catalanes». Para ello había que hacer una «historia nueva». Para Xavier Pericay, filólogo disidente del discurso oficial, «en Cataluña no existen ni filología ni historia; existen sucedáneos, acordes con el llamado “proceso de transición nacional”. El término mismo de “nueva historia” recuerda peligrosamente a las prácticas de los partidos y regímenes totalitarios: convencidos de poseer la verdad, niegan la realidad y se inventan una nueva».

La degeneración de estos conceptos acientíficos, que buscaban la historia como arma de una comunidad, acabó precisamente en este Instituto de Historia Nueva, cuyos mitos repasamos.

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