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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Rechazo de los nombramientos de Académicos de la Historia de algunos docentes de la Universidad Técnica del Norte (Ibarra, Ecuador). Dos años de oprobio institucional

En diciembre de 2019, hace ya dos años, Diario el Norte de Ibarra informó de que el PhD Miguel Posso Yépez había pasado a formar parte de la Academia Nacional de Historia, en la condición de miembro correspondiente. Junto a él, refería el mencionado periódico, ingresaron otros cuatro miembros de la Universidad Técnica del Norte (UTN). Hasta ahí, bien; a medias, por cuanto sorprende que pueda cultivarse la historia en territorio hostil, como es el de la UTN: el mismo Miguel Posso debería obrar milagros si, como resulta obligado en un investigador que se proponga profundizar en el conocimiento de la historia, quiere consultar documentación de archivo; porque los obstáculos que impiden la realización de esta tarea son innumerables y casi insuperables. De otra parte, no obstante su talento y su valía personal, el perfil investigador de Miguel Posso en el ámbito de la historia dista mucho de lo que cabe esperar de un académico de la historia, por cuanto su formación no es de historiador y la mayoría de sus trabajos incursionan en otros ámbitos, y no en el de la historia.

Algunos nombres de los otros cuatro nuevos académicos rechinan como meritorios acreedores a un reconocimiento de tanta trascendencia como el conferido en diciembre de 2019. Si bien la formación de Raúl C. Cevallos tampoco es la de historiador, sí ha llevado a cabo investigaciones rigurosas e innovadoras en el ámbito de la historia. Sin embargo, Juan Carlos García labora en el campo de la tecnología e informática, muy respetable, pero ajeno por completo a la historia. El Ing. Marcelo Gómez Terán es eso, un ingeniero que ha tenido la sensibilidad de interesarse por los artesanos de San Antonio de Ibarra. ¿Justifica eso su consideración como académico de la historia? ¿Y qué decir de la desfachatez de otorgar el reconocimiento de académico de la historia a Naranjo Toro cuyo perfil investigador es una monumental estafa? ¿No invita a la chanza su presunta autoría de libros en terrenos tan variopintos como la educación, la historia, la historia del arte, el derecho, la psicología, el turismo, las energías renovables, la antropología, las artesanías, el patrimonio cultural, la ecología, la enfermería, la cosmovisión andina, la arquitectura afrodescendiente, la economía o la gastronomía?

Resulta escalofriante la declaración del PhD Miguel Posso a raíz de la terminación del libro La cosmovisión andina en Cotacachi, cuando, al expresar su alegría por la culminación de ese trabajo, afirma que lo llevó a cabo “junto con dos compañeros más”. Y, sin embargo, en el Repositorio Digital Universidad Técnica del Norte, en la ficha correspondiente al PhD Posso se atribuye la autoría de ese libro a los siguientes autores: Raúl C. Cevallos Calapi, Miguel Ángel Posso Yépez, Miguel Edmundo Naranjo Toro, Iván Bedón Suárez y Rolando Soria Flores. La lógica sospecha que provoca esa contradicción en un caso de tanta gravedad ameritaría la exigencia de una explicación razonada, cuando no una demanda judicial ante la probable falsedad en la autoría de ese libro: porque, repetimos, según el PhD. Posso, fueron tres los autores; y en el mencionado repositorio y en la portada del libro aparecen cinco. ¡Sobran dos ‘autores’! Y éste no es sino un ejemplo meramente testimonial de la sistemática farsa en la atribución de autorías de libros a Naranjo Toro que ha alimentado la UTN desde tiempo inmemorial. Pero se impuso la ley del silencio.

No corresponde a quien suscribe estas líneas señalar actuaciones concretas para promover la remoción de los nombramientos de académicos de la historia recaídos ¡hace dos años! en algunos de los docentes de la UTN a los que se concedió esa distinción. Pero ante un escándalo de tal magnitud debiera registrarse una iniciativa ciudadana para presentar una queja formal ante la Academia Nacional de Historia. Si no se da marcha atrás, la academia habrá enlodado su nombre para siempre, y el mundo de la cultura de Imbabura se hará cómplice de esa infamia.

Han pasado dos años de pasmoso e indignante silencio de quienes deberían haber puesto el grito en el cielo. Nadie se atrevió a decir nada en público. Y el daño ya está hecho. Sin embargo, el hecho de que hayan transcurrido ya veinticuatro meses desde la comisión de un acto tan denigrante, que descalifica a una institución centenaria, no justifica la pasividad. Por prudencia hemos callado, cediendo la palabra a quienes tendrían que haber actuado. Resulte o no de utilidad esta denuncia, a título personal queremos dejar este testimonio de protesta, de amor a la verdad y del respeto que merece la Academia Nacional de Historia de Ecuador.

Lamentaríamos que esta voz clamara en el desierto, sin que sirva de alarma ante el pérfido maridaje de la cultura y de los intereses de un grupo familiar de Ibarra, que secuestró una institución universitaria y la mantiene aún bajo su férula.