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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Jorge Vilches. Mao, el líder que mató a 65 millones de chinos

Después de varias entradas que se han centrado en la figura de Simón Bolívar, que volverá a reclamar nuestra atención, les invitamos a la lectura de unos textos de Jorge Vilches, profesor titular de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid, que retratan a personajes a los que el autor caracteriza como “genocidas de la historia”.

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El mayor genocida de la historia de la Humanidad se llamaba Mao Zedong. No hay dudas ni debate alguno. La liquidación humana fue tan profunda que aunque hayan pasado décadas aún se venera al dictador en China. Aquel genocidio se llamó «Revolución Cultural». Las cifras de muertos son siempre aproximadas, lo que es una prueba de la masacre. 70 millones de muertos es el cálculo de Jung Chang, que fue Guardia Roja en aquellos días, y el historiador Jon Halliday en su biografía Mao: la historia desconocida (2005). Julia Lovell, en Maoísmo (2021) apunta que 20 millones murieron por la hambruna generada por los planes de ingeniería social. Jean-Louis Margolin, en el clásico Libro negro del comunismo (1997), habla de 65 millones de asesinados en China. El debate entre historiadores está entre 49 y 78 millones de muertos; es decir, es como liquidar a toda la población de España, del Reino Unido o de Francia. El origen de la «Revolución Cultural» está en el fracaso del programa político de Mao Zedong en 1958. Había intentado un cambio económico, al que llamó «Gran Salto Adelante», fundado en la colectivización agrícola y la industrialización. El dictador Mao Zedong creó comunas de 20.000 campesinos, autárquicas, sin propiedad privada ni intimidad. El plan supuso la «Gran Hambruna» entre 1959 y 1962, que generó un número indeterminado de millones de muertos, entre 15 y 40. Aquel fracaso podía suponer el fin de Mao Zedong al estilo comunista; es decir, su separación y liquidación. Ese fue el plan de Liu Shaoqi, Presidente de la República, y de Deng Xiapoing, secretario del Partido. El contraataque de Mao Zedong fue la «Revolución Cultural», una treta para cargarse a la dirección del partido y a los «disidentes» con la excusa de eliminar a los viejos estamentos capitalistas y sus formas antiguas.

Mao Zedong había nacido en 1893, en una familia campesina adinerada. Nunca trabajó en el campo ni en una fábrica. Estudió en la Universidad y luego estuvo en la fundación del partido comunista. Pronto aprendió cómo funcionaba una organización marxista-leninista teniendo como ejemplo los sucesos de Rusia entre 1917 y 1924. Las guerras civiles y la segunda guerra mundial le permitieron convertirse en dictador en 1949. A partir de ahí hizo tres grandes purgas. La primera purga fue entre 1950 y 1953 con una directiva para eliminar contrarrevolucionarios. Se atacó a todos los que fueran un peligro político o económico para la dictadura, como hizo Lenin: campesinos propietarios y nacionalistas chinos, los simpatizantes del Kuomintang. Se calcula que hubo un millón de muertosLa segunda fue entre 1955 y 1957 para «limpiar» el partido y la administración. Fue el llamado «Movimiento Sufán». Otros 700.000 muertos. Con estas dos purgas liquidó al otro gran partido político chino, y eliminó a los contestatarios comunistas. Como todo gran dictador, al estilo de Fidel Castropor ejemplo, adaptó la ideología marxista-leninista a China con sus propias ideas. Eso fue el maoísmo, la forma de llegar a la «sociedad perfecta» adaptada a China. Solo Mao Zedong había visto el camino y guiaba a su pueblo a pesar de los enemigos. Por eso era llamado el «Gran Timonel». Sus ideas fueron recopiladas en el «Libro Rojo» de Mao.

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Ismael Arana. El Partido Comunista de China reescribe su historia

La utilización de la historia y su manipulación con fines torpemente partidistas no es sólo ocurrencia del actual Gobierno de España o de los independentistas catalanes que abogan por la recuperación de una trayectoria nacional independiente que nunca existió.

Unos y otros, ambos aprendices de brujos, tal vez hayan acudido a las fuentes de donde brota la más genuina mistificación, para abrevar directamente en ellas. Y es que el funambulismo del Partido Comunista de China es de tal envergadura que sus grotescas revisiones del pasado resultan difícilmente superables. Los extractos de este artículo de Ismael Arana arrojan luz sobre el cinismo y la desfachatez del que tal vez sea el más impúdico de los sistemas de gobierno de los tiempos que vivimos.

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La segunda, de 1981, llegó poco después del fin de la Revolución Cultural y con Deng Xiaoping ya al mando. El documento finiquitó el periodo de Mao juzgando que su liderazgo fue “un 70% acertado y un 30% erróneo” y sentó las bases para la era de la “reforma y apertura” que catapultó la economía china en las siguientes décadas.

El contenido de esta tercera resolución todavía se desconoce y tan solo se hará público una vez concluya el cónclave. Aún así, todo apunta a que no contemplará una revisión crítica del pasado, sino que más bien se centrará en resaltar los logros del partido bajo la batuta de Xi -lucha contra la corrupción, fin de la pobreza extrema- y apuntalará el consenso en torno a la necesidad de su continuidad al frente de la nación.

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