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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Entrevista a Manuel Ferrer en el Diario El Norte (Ibarra, Ecuador) sobre el proyecto “Identidad colectiva y sentido de pertenencia: señas y símbolos de la ibarreñidad”

ibarreñidad

Los elementos y señas identitarias constituyen un soporte cultural propio de especial significación en cualquier colectivo o grupo social, y adquieren en estos momentos históricos de globalización un papel de relevancia esencial y de fundamento de la memoria histórica frente a la introducción e imposición de comportamientos socioculturales que hacen peligrar la conservación del acervo propio y de su vínculo con las tradiciones. Por otro lado, este proyecto viene a cubrir una carencia historiográfica, y a conformar un corpus identitario surgido de las bases sociales y de los sectores culturales e intelectuales de Ibarra, con la finalidad de difundir y reforzar los elementos propios del devenir histórico del cantón.

El enraizamiento en un pasado revisado con perspectiva crítica y con amor a la propia tierra, al que coadyuvará la socialización de los resultados del proyecto, contribuirá a vigorizar el apego y amor de los ibarreños al lugar donde han nacido; y, al reforzar esa identidad, aportará argumentos para su compromiso solidario con el desarrollo de Imbabura.

El proyecto aspira a configurarse como un referente abierto a nuevas aportaciones para una comprensión de las especificidades de una población, como la de Ibarra, cuyas líneas identitarias multiculturales guardan relación con la conmemoración de fiestas tradicionales (fiestas fundacionales, Inti Raymi, los Sanjuanes…) y con sucesos históricos de honda trascendencia que elad  trascurrir del tiempo amenaza con difuminar.

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Quito, 10 de agosto de 1809

10 agosto

Recogemos aquí, en primicias, un pasaje de un libro de Manuel Ferrer Muñoz que, con el título de La historia ‘nacional’ ecuatoriana ¿Un ornamento inútil o la clave para la comprensión del presente?, se halla en fase de edición por el Instituto de Altos Estudios Nacionales de Quito.

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El repaso de lo ocurrido en agosto de 1809 abona el carácter no rupturista de las actuaciones de los dirigentes de la revuelta: así se deduce de la celebración de un Cabildo abierto, el 16 de agosto, integrado por los representantes tradicionales que se decían portavoces de la “voluntad del Pueblo”; del discurso pronunciado por el presidente de la Junta, que prometía la conservación de la religión y la defensa del legítimo monarca, Fernando VII; de las proclamas sucesivas del mismo órgano de gobierno, y del juramento prestado en la catedral, el 17 de agosto, en el que los concurrentes al acto comprometieron su fidelidad a Fernando VII como rey y señor natural[1].

¿Por qué suponer entonces, como hace Aguirre Abad, que esas declaraciones y las restantes actuaciones de la primera Junta ocultaban las verdaderas intenciones de quienes acaudillaban la revolución?[2] ¿No había asentado antes como cierta la inhibición del pueblo y del sector más numeroso de los hombres más influyentes? ¿Qué necesidad tenían de fingir los que constituían la mayoría de la Junta, que rechazaban la idea de independizarse de España?

A lo sumo, serían los pocos partidarios de la ruptura quienes aparentaban sentimientos que no compartían; pero el resto de los componentes de la Junta y quienes les dispensaban su apoyo actuaban con sinceridad al proclamar su lealtad a la Corona. Ni siquiera después de la instalación de la nueva Junta Superior de Gobierno, el 22 de septiembre de 1810, diez días después de la llegada del comisionado de la Junta Central de España, Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, y del relevo en la Presidencia de la Junta del conde Ruiz de Castilla por el obispo José Cuero y Caicedo (11 de octubre de 1811), podría hablarse de una apuesta por la independencia: sí de autonomía respecto a Lima y Santa Fe. Entre otras razones, porque la Junta obtuvo el reconocimiento del Consejo de Regencia, y porque convocó elecciones para diputados en las Cortes de Cádiz (de hecho fue la única junta americana que acató esta convocatoria, hecha por el Consejo de Regencia); y, si enseguida hubo enfrentamientos armados, fue a causa de la actitud hostil del virrey del Perú y de los gobernadores de las otras provincias de la Audiencia, que la rechazaron[3].

[…]

Pedro Fermín Cevallos se abona a la tesis del disimulo que, según la mayoría de los historiadores ecuatorianos del siglo XIX, envolvió los pasos de los implicados en los preparativos conspiratorios que, iniciados en diciembre de 1808, culminaron en la formación de la Junta Suprema, en agosto de 1809[4].

Muy diferente es la posición asentada por Antonio Flores Jijón en el discurso que pronunció el 10 de agosto de 1892, en la inauguración de la estatua de Sucre de la plaza de Santo Domingo, en Quito. El ex mandatario trazó entonces una versión interpretativa del movimiento emancipador en clave de guerra civil, y no como un rechazo de España: “nuestra lucha por el Gobierno propio puede reputarse civil contienda […] En todas las actas de la independencia se invocaba el nombre de Fernando VII contra el usurpador José Bonaparte; más americanos hubo tal vez entre las tropas realistas derrotadas en Pichincha y Ayacucho que en las filas independientes”[5].

Jaime O. Rodríguez E. se alinea con esos puntos de vista y se remite al ‘Manifiesto del pueblo de Quito’ a través del cual la Junta recién establecida justificó sus decisiones como respuesta a los agravios acumulados, para negar que las actuaciones de los patriotas apuntaran a una efectiva segregación de España[6].

Carlos Landázuri, por su parte, analiza con perspicacia el alegato que Manuel Rodríguez de Quiroga –un notable letrado, brazo derecho de Juan de Dios Morales y tal vez la figura de más talla intelectual de los comprometidos en el plan que culminaría en la deposición de Ruiz de Castilla[7]– redacta en su propia defensa, en el que argumenta que el plan elaborado en Chillo no podía considerarse delictivo, pues todo él se sustentaba en “fidelidad hasta el último extremo con el Sr. Dn. Fernando VII; y si por desgracia falta éste y no hay sucesor legítimo, independencia de la América, cualquiera que sea su gobierno”[8].  Sin embargo, Landázuri incurre en algunas incoherencias, influido por la firmeza y radicalidad de la posición de Quiroga y por la audacia de su propuesta en previsión de que se rompiera la línea de legitimidad monárquica en España; y –al margen de las pruebas documentales que tuvo presentes- llega a admitir que “desde el mismo inicio del movimiento quiteño, ya en diciembre de 1808, existía un pensamiento claramente independentista”[9].

Tal vez quepa atribuir a la persuasión generalizada de que la revolución se hacía en defensa de los derechos del legítimo monarca que la convocatoria a los vecinos de los barrios de Quito, para que eligiesen a los representantes que habían de nombrar a los miembros de la Junta, se hiciese “a sombra de tejado”[10], pero con participación de mucha gente y el consiguiente riesgo de que el plan revolucionario llegara a conocimiento de la Presidencia.

Hans-Joachim König se inclina por reconocer un carácter instrumental a las declaraciones de lealtad al legítimo monarca, Fernando VII, que se suceden en los discursos de los patriotas neogranadinos durante  1810 y 1811, que atribuye a la intención de ganar para su causa a los criollos que seguían sosteniendo la causa realista, a los españoles residentes en Bogotá y, en general, a las masas cuyo apoyo resultaba imprescindible para enfrentar a las fuerzas virreinales[11].

François-Xavier Guerra, uno de los más prestigiosos expertos en las revoluciones americanas, niega pretensiones independentistas en los movimientos juntistas que se organizaron en América: “las primeras Juntas americanas no eran separatistas, pero precisamente los gobiernos peninsulares las consideraron como prolegómenos de independencia, y al considerarlas así trataron a los americanos como si fueran traidores a la patria, lo que fue una de las causas de las guerras de independencia”[12].

Carlos Lanzázuri comparte el criterio de que el objetivo primero de la revolución quiteña de 1809 no era la independencia de España, si bien –y el matiz es de sumo interés-, “ésa era una consecuencia directa y seguramente inevitable de lo que sus dirigentes planteaban”, algo que percibieron con claridad las autoridades españolas de Lima, Guayaquil, Cuenca, Popayán y Bogotá. Desde el punto de vista de Landázuri, el propósito primordial que inspiró a los artífices de la insurrección fue “crear un espacio económicamente viable y políticamente independiente, no tanto de Madrid como de Lima y Bogotá”, en consonancia con la propuesta que el barón de Carondelet –que mantenía excelentes relaciones con las elites locales de Quito- había trasladado a Manuel Godoy el 21 de julio de 1804[13].

Esta hipótesis, que Landázuri sostiene con argumentos razonables, en manifiesta discrepancia con la historiografía tradicional ecuatoriana[14], establece una vía interpretativa que se nos antoja la más conforme con la documentación disponible, no obstante algunas incoherencias del propio Landázuri que, en otro pasaje, al referirse a los designios conspiratorios de la hacienda de Chillo y al plan insurreccional proyectado para el Carnaval de 1809, proclama con énfasis (indudablemente espoleado por un entusiasmo no refrenado): “con esa trascendental decisión comenzó el proceso de la independencia de Hispanoamérica”[15]. El análisis de Landázuri termina con una conclusión verosímil: los próceres quiteños adoptaron una actitud revolucionaria, “a pesar suyo”, al reivindicar una independencia respecto a Lima y Bogotá, tal vez sin parar mientes en que cortar amarras con los vecinos virreinatos conducía de modo irremediable a emanciparse de Madrid[16].

[1]         Cfr. Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, en Frasquet, Ivana (editora), Jamás ha llovido reyes el cielo… De independencias, revoluciones y liberalismos en Iberoamérica, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar-Corporación Editora Nacional, 2013, pp. 63-91 (p. 71), y Aguirre Abad, Francisco X., Bosquejo histórico de la República del Ecuador, Guayaquil, Corporación de Estudios y Publicaciones, Sección de Investigaciones Histórico-Jurídicas, 1972, pp. 156-157.

[2]         Cfr. Aguirre Abad, Francisco X., Bosquejo histórico de la República del Ecuador, p. 159.

[3]         Cfr. Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, p. 88, y Rodríguez O., Jaime E., La independencia de la América española, México, El Colegio de México-Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 176-179.

[4]         Cfr. Cevallos Villacreses, Pedro Fermín, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, 17 tomos, Ambato, Editorial Tungurahua, 1971-1975, t. VI, pp. 74-77.

[5]         El Globo (Guayaquil), 16 de agosto de 1892. Ésta es la interpretación que el autor de este ensayo hizo del proceso de emancipación de la Nueva España: cfr. Ferrer Muñoz, Manuel, “Guerra Civil en Nueva España (1810-1815)”, Anuario de Estudios Americanos (Sevilla), t. XLVIII, 1991, pp. 391-434: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=53746.

[6]         Cfr. Rodríguez O., Jaime E., La revolución política durante la época de la Independencia. El Reino de Quito, 1808-1822, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar-Corporación Editora Nacional, 2006, pp. 32-33. El texto del Manifiesto, en Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, II, núm. 6, mayo-junio de 1919, pp. 429-430.

[7]         Cfr. Cevallos Villacreses, Pedro Fermín, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, t. VI, p. 85.

[8]         Cit. en Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, p. 68.

[9]         Idem.

[10]        Cevallos Villacreses, Pedro Fermín, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, t. VI, p. 77.

[11]        Cfr. König, Hans-Joachim, En el camino hacia la Nación. Nacionalismo en el proceso de formación del Estado y de la Nación de la Nueva Granada, 1750 a 1856, Bogotá, Banco de la República, 1994, pp. 253-255.

[12]        Andrés-Gallego, José; Guerra, François-Xavier; Lynch, John, y Pérez, Joseph, “Liberalismo y Revolución en América”, en América, siglos XVIII-XX. III Simposio sobre el V Centenario del Descubrimiento de América, Madrid, Turner Libros-Colegio Mayor Zurbarán-Sociedad Estatal Quinto Centenario, 1990, pp. 39-64 (p. 61).

[13]        Cfr. Landázuri Camacho, Carlos, “El proceso juntista en Ecuador: la Revolución quiteña de 1808 a 1812”, pp. 75, 80-81 y 85.

[14]        Cfr. ibidem, p. 74.

[15]        Cfr. ibidem, pp. 75 y 67.

[16]        Ibidem, p. 85.


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Nueva publicación de Manuel Ferrer Muñoz

imagonautas

Acaba de aparecer “Imaginarios nacionales en Latinoamérica”, Imagonautas, núm. 4, vol. 1, 2014, pp. 77-94, un trabajo patrocinado por el Proyecto Prometeo de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación de la República del Ecuador.

Puede consultarse desde esta misma entrada y desde las correspondientes páginas de Documentación digitalizada e Investigadores.


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Manuel Ferrer. Migraciones y nacionalidad: españoles en el Ecuador

españoles emigrantes

Después de los masivos flujos migratorios que se produjeron entre 1990 y 2010, reflexionar sobre las identidades nacionales implica, por fuerza, un marco interpretativo que no puede excluir a las personas que dejaron sus hogares para establecerse en otros países, casi siempre distantes.

El tremendo impacto de la crisis económica que paralizó las economías de muchos de los países a los que se dirigían esas migraciones afectó también a esos desplazamientos humanos: bruscamente disminuyeron las arribadas y se puso en marcha un proceso de retorno que, de momento, ha afectado a menos personas de las que preveían los Gobiernos que lo auspiciaron: en buena parte, por el fracaso de las expectativas de los primeros que volvieron a la tierra de la que habían partido.

Durante los últimos años, el insatisfactorio panorama laboral de países como España ha estimulado una emigración cualificada de mujeres y de hombres, poseedores de títulos académicos y conscientes de que no había la menor esperanza de empleo en el país donde nacieron y donde cursaron sus estudios.

El Gobierno español ha contribuido a ese éxodo, que empieza a revestir caracteres masivos, al recortar los presupuestos en investigación y en universidades. Los primeros resultados están a la vista: han disminuido las cifras de parados, para satisfacción del Ministerio de Desempleo, por la sencilla razón de que muchos de esos jóvenes talentos, habituales clientes de las oficinas de empleo, han dejado de engrosarlas, porque se han ido a otros países en los que esperan aplicar sus conocimientos.

La ceguera del Gobierno español le impide observar las consecuencias a largo plazo de esa sangría. Pero entre los políticos españoles no suele haber hombres de Estado, sólo maniobreros cuya única ambición es arrancar puñados de votos para ganar cargos de representación con que premiar a sus paniaguados.

La oferta política de los que gobiernan España es clarísima: pan para hoy y hambre para mañana.

La emigración de esos talentos –jóvenes y no tan jóvenes- merece una investigación a fondo, también desde la perspectiva de su adaptación a los países donde han recalado, algunos de ellos –como es el caso del Ecuador- desconocidos para la mayoría de los españoles hace veinte años.

Por eso el autor de estas líneas –español radicado en Quito- se propone abrir una línea de investigación, a partir de octubre, sobre el flujo migratorio de españoles al Ecuador, que durante el último lustro ha adquirido una inusitada intensidad. Con ese propósito, dentro de dos meses se abrirá un grupo de Facebook, que constituirá el primer paso para formar una red de connacionales que proporcione la base inicial para ese estudio.

Ruego, en fin, a quienes deseen involucrarse en este proyecto que lo comuniquen a través de comentarios a esta entrada del blog, o a la siguiente dirección de correo electrónico: ferrermuma@gmail.com


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Seminario Amawta de IAEN. Manuel Ferrer, Las peculiaridades del Estado ecuatoriano

amawta

El Instituto de Altos Estudios Nacionales, a través del Decanato General de Investigación, continuará desarrollando el ciclo de Seminarios Amawta, durante el mes de julio de 2014.

El próximo seminario presentará la ponencia “Las peculiaridades del Estado ecuatoriano: una mirada desde la historia”, con el expositor Dr. Manuel Ferrer Muñoz.

Lugar: Aula magna del IAEN (planta alta del edificio académico, Amazonas y Villalengua, esquina)

Fecha: martes, 1 de julio, a partir de las 17:30h

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