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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Las últimas piedras

Antes del comienzo de una obra arquitectónica media un largo tiempo de elaboración del proyecto, búsqueda de la imprescindible financiación y contratación de la empresa constructora.

Una vez recorrido ese camino complejo, arrancan las labores de preparación, aplanado y adecuación del terreno, con la correspondiente remoción de obstáculos. Y, dispuestas así las cosas, se empieza a trabajar en los cimientos: una fase de crucial importancia, pues si fallan las cimentaciones, el edificio se viene abajo. De ahí la solemnidad que reviste la emblemática colocación de la primera piedra.

Hasta ahí, todo suelen ser parabienes, cálculos optimistas, previsiones esperanzadas. Pero lo que de verdad importa es la continuidad y el término del proceso: ¿de qué sirve un suelo bien embaldosado sin paredes ni techo?

Desde la pequeña ventana al mundo a través de la cual cada uno de nosotros contempla su entorno observamos con dolorosa frecuencia tantos proyectos inconclusos: empresas que quiebran, estudiantes que cuelgan los libros, matrimonios que se disuelven, promesas electorales traicionadas, aprendizajes de idiomas interrumpidos, gimnasios abandonados…

Algo de nuestra condición humana nos retiene cuando el proseguimiento en un propósito entraña sacrificio. Incluso existe la difundida opinión –sin duda falsa- de que determinados colectivos nacionales o locales se ven más inclinados que otros a tirar la toalla cuando la cuesta se empina. ¿Será que suizos, alemanes o japoneses están hechos de otra pasta que italianos, españoles, portugueses o latinos, por sólo recurrir a unos cuantos alocados ejemplos?

Descartada la genética, a la que solemos recurrir tantas veces en busca de explicaciones fáciles, quizá sea el caso de preguntarnos por los condicionantes culturales y educativos y por los contextos normativos.

¿Por qué el fracaso escolar se halla disparado en España? Más allá de las circunstancias personalísimas de cada chico, encontraremos poderosos argumentos que rara vez se toman en consideración, porque cuestionan el sistema. ¿Por qué me veo obligado a permanecer en un centro escolar hasta los dieciséis años, contra mi voluntad, forzado a seguir un programa de estudios que me ha sido impuesto sin consultarme y que está plagado de disparates o de contenidos superfluos? ¿De verdad alguien se cree que esos aprendizajes que ni siquiera han sido consensuados con los expertos van a servirme para la vida? ¿Por qué, si lo que me apasiona es la música, tengo que recortar el tiempo disponible para profundizar en esa expresión artística y, en su lugar, me exigen memorizar conceptos abstrusos, trillados y aburridos de materias que simplemente no llaman mi atención? ¿Accederé con éxito al mercado laboral cuando termine la Enseñanza Secundaria Obligatoria? ¿Por qué prohíben a mi familia la práctica de la educación en casa cuando hemos exhibido ante Servicios Sociales, Inspección de Educación y Fiscalía del Menor unos logros en formación muy superiores a los que proporciona la educación reglada? ¿Por qué he de padecer el adoctrinamiento del Estado, que trata de suplantar la participación de mis padres en los procesos de aprendizaje y educación que me conciernen? ¿Para qué voy a cursar unos estudios universitarios que sólo me proporcionan un pasaporte para el desempleo cuando obtenga la licenciatura? ¿Por qué soportar la práctica por el Estado y las Comunidades Autónomas de un paternalismo burocrático que me inspira rechazo? ¿Por qué tanto mensajito estimulante sobre los derechos del niño, cuando algunos derechos recogidos en la Constitución española son pisoteados? ¿Por qué tolerar tomaduras de pelo como el aprendizaje por proyectos, cuando los profesores que deben dirigirlos han de atender a tantísimas decenas de alumnos y muchas veces carecen del tiempo, la capacitación y los imprescindibles recursos?

Por supuesto, si detuviéramos la mirada en el mundo laboral de España, los interrogantes sobre el feliz éxito de cualquier iniciativa podrían multiplicarse hasta el infinito en un país donde parece que las dos únicas maneras de asegurarse una estabilidad económica de larga duración sean: 1) el ingreso en alguno de los cuerpos del Estado a través de una oposición (previo peregrinaje por un tedioso periplo de talleres y cursos de formación de dudosa eficacia práctica, y la ocupación de una retahíla de puestos interinos de trabajo), y 2) la incorporación a las filas de un partido político, previo compromiso de sumisión intelectual y seguidismo, caiga quien caiga.

¿Extrañará que quiebren las pequeñas y medianas empresas, agobiadas por una situación económica tan adversa y por un marco normativo de impuestos y regímenes de contrataciones que las ahogan?

¿Conocerán los políticos que administran los recursos públicos y ‘cuidan’ de nuestra economía y de nuestra hacienda la precariedad del empleo y las contrataciones en negro en el sector turístico, tan determinante en el PIB del país? ¿Qué atractivo puede constituir para los explotados trabajadores del sector la continuidad en empleos mal pagados y peor regulados? ¿Cabe en cabeza humana que puedan existir sentimientos de lealtad de esos pobres currantes hacia empresas que les obligan a trabajar a destajo y que los esconden cuando llegan las visitas de inspectores?

Cuando los ciudadanos de un país encuentran tantas dificultades en el día a día y acumulan tantas insatisfacciones, ¿sorprenderá que vaya extendiéndose una creciente sensación de estancamiento, de tedio ante la reiterada observación de que personas, familias, empresas, instituciones, órganos del Estado, partidos políticos, sindicatos… carecen de los recursos morales que se precisan para perseverar en el esfuerzo diario y llevar a término propósitos, planes, proyectos?

No quiero cerrar estas líneas con un mensaje desconsolado. Por eso, para levantar ánimos postrados, invocaré el aforismo latino: Melior est finis quam principium! (traduciré, por si este texto cayera en manos de la ministra de Educación de España, ésa que va por las ruedas de prensa avisando de que se “producieron” ciertas manifestaciones): el final es más importante que el principio, lo que cuenta de verdad es poner la última piedra.

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Manuel Ferrer Muñoz. En busca del hombre perdido

Vayan precedidas estas cortas reflexiones de un humilde ruego de perdón a la ministra de Igualdad del Gobierno de España, la ínclita Irene Montero/a, por haber dejado de mencionar a la mujer en el título con que se abre esta columna. Vaya en mi descargo que, llevado por consideraciones simplemente estéticas, por mor de la brevedad, dejé de nombrar a la mujer: un pecadillo que ella, también pecadora, sabrá disculpar. Tampoco se ocultarán a la avispada ministra los riesgos inherentes a la atribución del adjetivo ‘perdida’ a la mujer: razón de más para extremar la cautela, no vaya a ser que algún ingenuo vaya a confundirse.

Me reafirmo así en la necesidad de buscar a la mujer: ‘varona’, en el lenguaje empleado en el relato de la Creación por el escritor sagrado, que —por lo que me dicen— no aprendió esa terminología de ningún antepasado de Montero/a. Con este propósito habremos de rastrear las huellas de la mujer de veras entre tantas patéticas imágenes de su especie que sólo en las apariencias conservan una pátina de feminidad, por cuanto se han desprendido de los más valiosos atributos del ser humano —¿y mujeriego?

Sí remacharé que la búsqueda que planteo no es un simple deambular, dando tumbos, sin rumbo fijo, sino que implica perseguir el final del camino, sin detenernos, hasta dar con el hombre y la mujer que parecen haberse ausentado de nuestras sociedades. El empeño, aunque arduo, vale la pena, porque del éxito de la empresa depende el destino de la humanidad.

¿Qué hombre, qué mujer extraviados requieren esa operación de rastreo que se promete tan laboriosa?

Me refiero a los prototipos de hombres y de mujeres a los que despreciamos como inmundicias por considerarlos inservibles, desfasados, y que a estas alturas deben de hallarse revueltos con otras antiguallas en el fondo de los basureros. Y hablo con la vergüenza y la tristeza de hallarme inmerso y de formar parte —muy a mi pesar— de una sociedad ‘deshumanizada’ (esto es, sin espacio para el hombre ni para la mujer), porque ha arrinconado los valores que encarnaban aquellos prototipos, y entronizado en su lugar el egoísmo pleno.

Apenas hace unos días, oía referir a una buena amiga el triste espectáculo que protagonizó en plena calle muy a su pesar, hace ya unos años, cuando, al cruzar un paso de peatones, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Padecía ya los primeros síntomas de la enfermedad que hoy la obliga a permanecer en una silla de ruedas, y por eso caminaba agarrada del brazo de su madre: pero esa precaución no bastó, y se desplomó sin que su acompañante pudiera evitarlo. Ni uno solo de los peatones que atravesaron la calle, sorteando su cuerpo, se detuvo para interesarse siquiera por su estado.

Lo que sigue ocurrió en Esmeraldas (Ecuador). Ahorraré los detalles, para no extenderme de modo innecesario. Circulaba un conductor por una calle poco frecuentada, cuando observó un bulto ensangrentado sobre el pavimento. Se detuvo, reconoció el cuerpo malherido de una persona y, movido por un elemental sentimiento de compasión, lo cargó en su vehículo y lo trasladó a un hospital. Después sobrevino la pesadilla: personados unos agentes de la policía, pretendían ingresarlo en el calabozo hasta que se aclararan las circunstancias del suceso. Sólo la intervención de un abogado evitó el despropósito. ¿Sorprende que hoy los conductores de aquella localidad del Pacifico ecuatoriano aprieten el acelerador para alejarse cuanto antes del peligro, si ven un cuerpo humano empapado en sangre en medio de la vía? Ésta es la lamentable pauta de conducta que impera, inducida por la torpeza y el cerrilismo de unos uniformados aparentemente privados de capacidad para pensar.

Hablemos también, con idéntico sonrojo, de la violencia y de los acosos a mujeres por parte de maridos o de novios despechados que no entienden que su comportamiento y sus errores acumulados acabaran por destrozar sus relaciones de pareja. ¡Cuántas veces esas agresiones se producen a plena luz del día y en presencia de grupos numerosos de personas que miran hacia otra dirección para no verse comprometidas!

Me remitiré ahora al testimonio de la autora de un relato incluido en un libro colectivo, publicado precisamente por la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina, que he tenido el privilegio de coordinar (Benamocarra y sus gentes). Después de evocar con emoción los años de su infancia en un pequeño pueblo, y la solidaridad que había entre los vecinos, concluye: “antes no había tanta ‘maldad’ como hay ahora”. Otros textos incluidos en esa recopilación reinciden en el contraste entre el ayer quizá hermoseado por la pátina del tiempo y el hoy decepcionante y desquiciado, y en la nostalgia de unos tiempos pasados en que se forjaron amistades sólidas que todavía perduran, en los que las familias compartían alegrías, penas y penurias y se prestaban servicios entre sí. Más allá de la pobreza generalizada y de mezquindades indisociables de la condición humana, eran identificables entonces un amor al terruño y un sentimiento solidario hoy inexistentes.

No busquemos la ayuda de la inepta clase política, si queremos recuperar lo que ellos y sus señoritos han desvirtuado. Trencemos lazos con miembros de la sociedad civil que todavía resisten a las consignas. Y, sobre todo, recuperemos el sentido de la familia, núcleo de la sociedad, cuna de afectos y espacio donde se forma y se modela la identidad de cada ser humano, de cada hombre y de cada mujer.

El hallazgo de la mujer y del hombre que dejamos perder sólo se posibilitará si situamos de nuevo a la familia en el centro de la sociedad: y eso reclamará, por de pronto, 1) la reorganización de las relaciones laborales; 2) el recorte de las horas diarias dedicadas al trabajo; 3) la asunción por los padres de sus responsabilidades en la educación de los hijos, delegadas en los centros escolares hasta el grado de la total inhibición, y 4) la protección efectiva de la maternidad y de la paternidad.

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Manuel Ferrer Muñoz. Tú no eres de aquí

Años y años de dar tumbos de un lado para otro. Aquí y allí permanencias en ocasiones prolongadas, y otras veces más breves, en lugares que expulsan a sus habitantes (por problemas sociales, crisis económica, inseguridad…), y en ciudades que atraen población que escapa de donde es rechazada. Observaciones practicadas en tres continentes… Y ahora, el regreso a la tierra natal, empadronado con mi familia en un pequeño pueblo cercano a la capital de provincia en la que vine al mundo.

Compañera inseparable de tantos viajes ha sido siempre la alegría de conocer nuevos mundos, de abrir los ojos a tanta belleza que ni siquiera el torpe empeño del hombre ha logrado destruir, de admirar la riqueza interior de gentes maravillosas, de haber hallado el amor. Y, siempre, el mismo estribillo, la cantinela que no cesa: con la gente de afuera llega la delincuencia, el desapego a las tradiciones, la constatación de que peligra todo un estilo de vida ancestral por la contaminación de ésos que llegan, ávidos de hacerse con lo nuestro, de arrinconarnos en nuestros propios hogares, de implantar costumbres nuevas, de alborotarnos con sus ruidosas reuniones.

—Como no eres de aquí, estás invadiendo mi espacio ciudadano. Aunque no eres de aquí, quizá te soporto y te tolero, pero no te incluyo. Los de aquí ya cerramos en nuestro derredor anillos protectores, herméticos, que te excluyen y te dejan fuera. Compóntelas como puedas. Construye tu vida en el gueto, con los tuyos, pero no pretendas inmiscuirte en nuestras cosas. No te me acerques ni me contamines, permanece aislado en tu lazareto.

—Si no sólo no eres de aquí, sino que incluso vienes de ‘allá’ (de países latinoamericanos o del saqueado continente africano), la cosa empeora y se hace preciso extremar la precaución. ¡Vienes a robarnos un puesto de trabajo! ¡Has tumbado los salarios con tu competencia desleal! Como somos frontera de la Unión Europea y guardianes de la civilización, nos corresponde alzar muros, levantar vallas de doble o triple reja, rematadas por punzantes concertinas. Es nuestra responsabilidad colectiva, el rol a que somos convocados por la historia.

Y, sin embargo, ese conjunto de prejuicios y de prevenciones no deja de constituir un monstruoso e irracional disparate, levantado desde la ignorancia. ¿Acaso desde que hay hombres sobre la tierra han permanecido éstos alguna vez enterrados en agujeros? Asumida la consustancialidad a la condición humana de esa tendencia irrefrenable a la búsqueda de nuevos horizontes, a la acometida de aventuras no experimentadas antes, no deja de sorprender que todavía hoy recelemos de ‘los otros’.

Y no hablo aquí de políticas migratorias, que no es el caso que me ocupa. Me refiero al hombre y a la mujer comunes, que viven en grandes ciudades, en pequeños pueblos o en minúsculas comunidades rurales. Parapetados a veces en un hipócrita discurso sobre la necesidad de ‘ordenar’ las migraciones, muchos empleadores recurren bajo cuerda a mano de obra semiesclava y, por ello, más barata, en tanto que los propietarios de esas manos –que tienen alma, esposa, hijos, sentimientos…- consiguen un permiso de trabajo que tampoco resolverá sus vidas, aunque proporcione una relativa tranquilidad de espíritu y la apariencia engañosa de que, con el fetichismo de los ‘papeles’, arrancan los buenos tiempos, relegada al pasado la angustia de la clandestinidad, el temor a la expulsión.

Por supuesto, habría que considerar numerosas excepciones a ese proceder explotador y atender también a las condiciones en que operan las contrataciones, inasumibles muchas veces para los empresarios por la fuerte carga impositiva que comporta la vigente normativa laboral: pero ni siquiera esto les exime de responsabilidad moral. En todo caso, no hay que preocuparse, para todo hay solución, y basta ocupar la mente en otras distracciones, elaborar un discurso político ‘responsable’, atribuir la culpa a otros para descargar la conciencia. Y aquí paz y después gloria. A fin de cuentas, ¿quién mandó a esas gentes meterse donde no son bienvenidas?

Finjamos que todo va bien, que el nuestro es un país integrador y hospitalario, que nos regimos por la igualdad de oportunidades, que no hay enchufismos, que los concursos abiertos por las instituciones excluyen favoritismos previos, porque los requisitos que se estipulan no trazan un retrato-robot del perfil del ‘precandidato’ cuya promoción se proyecta.

Engañémonos con ficticia apertura y cordialidad hacia esos ‘otros’ que, en el día a día, nos resultan tan incorpóreos, tan invisibles que pasamos a su vera sin mirarlos, sin saludarlos, sin caer en la cuenta de que, tal vez, les agobian el sufrimiento, la incertidumbre o la nostalgia (porque también ellos tienen patria –o matria-, que dirían ‘ellas’, tan bellas).

Aparentemos que esas otras personas sirven para algo más que para un conteo estadístico y para incorporar al imaginario colectivo la noción de una seguridad amenazada por gentes como ellas. Obsequiémoslas con fiestas gastronómicas que les permitirán alardear por un día de su cocina tradicional. Aplaudamos su música y su danza, que dotan de colorido alguna que otra episódica celebración. Manifestemos nuestra conmiseración sincera cuando la televisión trae ante nuestros ojos imágenes terribles de ahogamientos en el Estrecho de Gibraltar o en el brazo de océano que separa las Islas Canarias de África.

Tras esos ocasionales efluvios emotivos, que esponjan nuestros corazones y arrancan alguna que otra piadosa lagrimita bonachona, recuperemos el uso de las anteojeras y retornemos con realismo a ese día a día que nos pertenece en exclusiva y que no deja cabida para el otro.

¡Qué bonito programa de vida!

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Manuel Ferrer Muñoz. ¿Explotación del hombre por el hombre? Empresa y empleo: el caso de la Axarquía malagueña

En este breve análisis hemos querido poner el dedo en una llaga particularmente lacerante de nuestras sociedades contemporáneas: la pérdida de la visión por las empresas del servicio que están llamadas a prestar a la comunidad, y la torpe y deforme mirada con que contemplan a sus empleados como simples instrumentos de una mayor ‘rentabilidad’.

Olvidan estos codiciosos empresarios que su actividad comporta un servicio a la sociedad, y que sus trabajadores son personas de carne y hueso, con familias a su cargo, con hijos que reclaman tiempo y cariño; y olvidan también que la presencia en el mundo de esa ‘mano de obra humana’ se justifica más allá de su desempeño como coadyuvante en la generación de capital.

En sustento de esta argumentación recurrimos a la observación practicada durante cuatro años en un espacio geográfico muy concreto, como es la Axarquía malagueña, donde son perceptibles abusivas prácticas empresariales que denotan un alarmante desprecio de los trabajadores cuyo esfuerzo diario sostiene la prosperidad de empresas ávidas de beneficio y desalmadas, en el más estricto sentido de este término: privadas de alma.

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Hablamos mucho de estadísticas: tasas de empleo por sectores, edades y sexos de los trabajadores; temporalidad de los contratos laborales, estimaciones de evolución de los salarios… Pero nada se dice sobre la calidad del empleo (más allá de la modalidad de los contratos), ni sobre los empleadores, ni sobre las condiciones de trabajo (la inhumanidad de las condiciones de trabajo, habría que decir en muchos casos). Por eso voy a permitirme hablar por boca de los que callan, después de haber prestado oído a confidencias de amigos que, en la intimidad, me han dado a conocer ese otro mundo que no recogen las estadísticas.

Dios creó al hombre, ¡a su imagen y semejanza!, para que trabajara. Lo dice el libro del Génesis y, por tanto, debe de ser verdad. Pero me parece que el plan divino no contemplaba la monstruosa realidad en que hemos convertido esa actividad genuinamente humana. Ni siquiera las mejoras que a lo largo de más de un siglo han logrado los sindicatos resultan satisfactorias: entre otras razones porque hace ya mucho tiempo que el sindicalismo se convirtió, como la política, en una profesión que asegura acceso a una burocracia bastante ineficiente cuya única finalidad parece consistir en exprimir ubres ajenas en beneficio propio y de los amigotes, asegurarse favores y rizar el rizo.

El trabajo asalariado absorbe de ordinario la tercera parte del día de los afortunados que han sido bendecidos con una oferta de empleo respetuosa con la legislación vigente. Pero en muchos casos se labora mucho más tiempo, y en condiciones físicas muy exigentes. Operaciones como las que se llevan a cabo en los invernaderos, a temperaturas extremas y en posturas no precisamente compatibles con la ergonomía, conducen indefectiblemente a lesiones que convierten la vejez de esos trabajadores en una tortura física continuada. Tampoco las envasadoras de frutas y hortalizas, obligadas a permanecer en pie durante innumerables horas al día, gozan de un entorno laboral que respete su salud.

En el sector de los servicios tropezamos con situaciones escandalosas, que bien pueden calificarse de explotación laboral, como sería el caso palmario de la restauración (un ámbito en que los sindicatos guardan prudente silencio). En el mundo de los centros escolares se delinean otros escenarios a partir de la tendencia generalizada –supuestamente racional y eficiente- de recurrir a contratas con grandes compañías en las que los colegios delegan la responsabilidad de la gestión de los comedores o de la atención de actividades extraescolares.

Vayamos a los comedores escolares. Las trabajadoras acaban regalando diariamente una hora de su tiempo (con frecuencia, bastante más) a una empresa que, como sería el caso de Mediterránea, viene a pagar 3,75 euros la hora de trabajo. Por supuesto, se suceden inspecciones y controles frecuentes de los empleados de cuello blanco de la empresa, que buscan asegurarse del estricto cumplimiento de todos los aspectos formales, sin que les importe poco ni mucho que diariamente se arrojen a la basura cantidades asombrosas de comida, ni otras pequeñeces por el estilo. Si a unos devengos mensuales de 262,50 euros (dos horas diarias de trabajo) restamos 13,52 euros en concepto de ‘Aportación para contingencias comunes’, y 10,14 euros por otros varios conceptos, el incentivo económico para el trabajador de esa empresa resulta deleznable. Eso sí, los sindicatos callan.

Las actividades extraescolares, de cuya gestión han sido exonerados los colegios, constituyen otra bicoca para grandes compañías que, para prestar ese servicio, recurren a personal contratado en condiciones de extrema precariedad y con una retribución más que modesta (9 euros la hora, en el caso de Anthea), se supone que con el visto bueno y la bendición de los sindicatos. La preocupación exclusiva de esas empresas consiste en asegurarse un mínimo de estudiantes por área, sin que se practique un seguimiento mínimamente cercano del desempeño profesional de las personas contratadas, ni del material de trabajo que precisan para llevar a cabo su tarea. A fin de cuentas, muchos de los padres que inscriben a sus hijos en estas actividades buscan tan sólo asegurarse un rato de tranquilidad, antes de que el regreso a casa de los niños altere la comodidad y la paz de lo que antes se llamaba hogar. ¿Qué grado de satisfacción pueden experimentar los trabajadores captados por esas compañías, muchos de ellos muy capaces, si la única y obsesiva inquietud que manifiestan sus ‘contactos’ telefónicos con la empresa es el incremento del número de estudiantes inscritos para amarrar la rentabilidad del negocio?

Podríamos hablar de la miserable vida laboral de los empleados de la banca, amenazados continuamente de despido por la sistemática supresión de oficinas; del decepcionante trabajo de los policías municipales, ninguneados muchas veces por sus propios Ayuntamientos y menospreciados por la ciudadanía; de los trabajadores autónomos, siempre al borde del precipicio; de los cuidadores de personas mayores, tan incomprendidos y sometidos a tantos abusos laborales; de las infelices  telefonistas, obligadas a vender un género que ellas mismas consideran superfluo, y a soportar groseras salidas de tono de quienes se molestan por sus inoportunas llamadas…

Sí, ciertamente hemos convertido el trabajo en mero trámite engorroso y asfixiante que absorbe todas nuestras energías, nos roba el tiempo de ocio y vida en familia, y apenas nos permite llegar a fin de mes sin que los números rojos abulten demasiado. Se entiende el sufrimiento y la decepción de quienes aman su profesión y querrían disponer de espacios laborales que les permitieran desarrollar todas sus potencialidades: porque, además, saben muy bien que, si se dejaran llevar por el entusiasmo y el espíritu de servicio al cliente o a la comunidad, acabarían generando problemas en su entorno laboral, en la medida en que su talante emprendedor pone al desnudo la incompetencia, la ruindad o el borreguismo de otros bueyes uncidos al mismo yugo.

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Manuel Ferrer Muñoz. Hablamos como loros

Allá en los tiempos de Maricastaña… ¿Pero sabes quién era Maricastaña?

Es hora de echar una canita al aire y de reencontrarnos con la cotidianidad más entrañable, ésa que nos envuelve y nos zarandea, la misma que nos  arranca risas y, a veces, nos hace llorar. Hablemos de un personaje misterioso y escurridizo, presente en muchas conversaciones, sin que nadie repare en que se trató de una persona de carne y hueso, ¡gallega para más señas! (al menos ésta es la versión más creíble y difundida, aunque no deje de encontrar sus críticos).

Al parecer, esta señora, que vivía en el coto de Cereixa (actual concejo de Puebla del Brollón, en Lugo), encabezó una protesta de plebeyos contra el despotismo ejercido por Pedro López de Aguiar, obispo de Lugo. Los abusivos tributos que éste cobraba a la población con el beneplácito de la Corona de Castilla (de la que dependía Galicia en aquellos tiempos) la llevaron, el 18 de junio de 1386, a liderar una importante revuelta que se saldó con la muerte de Francisco Fernández, mayordomo y recaudador de impuestos del obispo.

María, acusada de incitar la revuelta y de asesinato, con el concurso de su esposo y de sus dos cuñados, hubo de hacer donación a la Catedral de las heredades que poseía la familia en Cereixa, y de comprometerse al pago de una elevada cantidad, en concepto de indemnización. De esa manera, se convirtió en toda una heroína local, cuya atrevida conducta sirvió de ejemplo a sus vecinos. La gesta de Maricastaña fue pasando de boca en boca y de pluma en pluma, incluida la de Miguel de Cervantes (“el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas”, se lee en El casamiento engañoso, una de sus Novelas ejemplares), y sus gestas calaron tan hondo en el recuerdo colectivo que hasta el día de hoy la mencionamos… eso sí, desde la total ignorancia de quienes, por haber descuidado el aprendizaje de la historia, nos perdemos de la misa la mitad (si es que no el 100%).


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Manuel Ferrer Muñoz. Educar en familia… ¡si te dejan!

Bajo la presión y el acoso del Servicio de Inspección Educativa de la Junta de Andalucía (España) y del Ministerio Público Fiscal, después de haber sopesado la viabilidad del traslado de la familia a Portugal, para continuar nuestro proyecto de vida de Educación en Casa, nuestros hijos nos animaron a probar la experiencia de un aprendizaje escolarizado. Y, analizados los pros y los contras en deliberación familiar, apostamos por la inscripción de nuestros hijos en un colegio público situado en una localidad cercana a la población donde residimos.

Han transcurrido poco más de quince días desde el comienzo de las clases, tiempo suficiente para acumular experiencias muy interesantes y reflexionar en torno a ellas.

El grupo familiar –padres e hijos- concuerda en la valoración muy positiva del equipo directivo del colegio y de la mayoría del profesorado, al tiempo que nos llaman la atención algunos episodios, como la innecesaria exhibición por una de las profesoras de intimidades de su vida familiar que a nadie interesan, porque pertenecen a la privacidad personal (su reciente unión homosexual, o su indignación con la Iglesia, que rechaza la sacralización del denominado ‘matrimonio igualitario’).

Más llamativa, aunque esperada al fin y al cabo, ha sido la repetición de episodios incivilizados protagonizados en el patio de recreo por niños de pocos años (de edades comprendidas entre los 11 y los 13 años): insultos, golpes, burlas… ¡incluso un amago de agresión a una profesora que trataba de interponerse en una pelea! Aunque esos incidentes no revistieran mayor gravedad, no debe dejar de causar preocupación la frecuencia con que se producen sucesos molestos, que, a lo que se ve, constituirán durante todo el curso escolar el telón de fondo de las actividades escolares que se desarrollan al aire libre.

Estos inconvenientes, que en sí mismos no generan ni deben generar mayor alarma, por cuanto se trata de un colegio de apenas ochenta estudiantes, provisto de un cuerpo de profesorado responsable y comprometido con su tarea, adquieren auténtica envergadura en otros centros que acogen un alumnado más numeroso y conflictivo. Nos han bastado unas pocas y esporádicas conversaciones con personas de nuestro entorno para comprobar que el acoso escolar y las palizas, más o menos disimuladas, constituyen el día a día de muchas instituciones educativas de la zona.

Evidentemente, a la vista de ese panorama no precisamente halagüeño resulta difícil comprender por qué el Estado español pone en juego todo el rigor para garantizar que nadie escape de una escolarización impuesta a la fuerza, de manera coercitiva: podríamos exhibir como testimonio de esa severidad fanática la amenaza con que quiso asustarnos, en su momento, una funcionaria de la Consejería de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación de la Junta de Andalucía: ¡en caso de que los niños no retornaran de inmediato al centro escolar (y apenas faltaban tres semanas para el final de curso), deberíamos evaluar la contingencia de que el fiscal de menores nos privara de la custodia de nuestros hijos, que serían llevados a la fuerza a un centro de protección de menores, por considerárseles en situación de riesgo!

Además de recusar el matonismo que refleja este tipo de argumentos, inaceptables en un Estado de derecho, querría añadir una consideración de grueso calado. Supongamos –y la presunción no deja de ser benigna- que el centro donde aprenden nuestros hijos no es un caso aislado, y que la mayoría de los colegios cuenta también con equipos directivos y profesores responsables, que aman su trabajo y poseen la experticia que los capacita para cumplir sus tareas con eficacia. Sentadas esas optimistas y no siempre válidas premisas, ¿qué pueden hacer esos profesionales de la enseñanza ante comportamientos violentos de escolares que se ensañan con algunos compañeros considerados más débiles, por su constitución física, su condición de ‘inmigrantes’, su condición sexual, o, incluso –paradójicamente-, por sus altas capacidades intelectuales? ¿Convertiremos a los profesores en agentes de seguridad, férreos vigilantes del orden público en los espacios y tiempos de recreación de nuestros escolares?

El enorme contrasentido en que desemboca la observación de estas pautas de conducta, y la dificultad con que, para erradicarlas, tropieza el profesorado (los docentes sensatos, que no apartan la mirada de lo que ocurre ante sus ojos, y los directores de centros escolares preocupados por erradicar tales prácticas), reside en las carencias educativas de los hogares de esos niños agresivos: porque los dilatados horarios laborales alejan a los padres de sus casas durante casi todo el día; porque, tras las horas de colegio, los niños quedan (des)atendidos por abuelos que no están en condiciones de ayudarles; porque las actividades extraescolares son instrumentalizadas como un refugio para escapar más tiempo de unos hijos que sólo ocasionan dolores de cabeza; porque las discusiones entre los esposos encrespan el ambiente familiar; porque el tono soez de las conversaciones entre hermanos lamina el sentido del respeto a los demás; porque el uso y abuso de dispositivos móviles cancela cualquier amago de comunicación y convivencia familiares…

Conclusión: las lacras en el comportamiento del alumnado de los centros escolares se vinculan de modo muy estrecho con el fracaso de la educación en casa. Eso sí, la escolarización es obligatoria en España desde los seis años, sin que al legislador importe poco ni mucho que, por la vía de los hechos, los niños se vean privados del acceso a la educación que, prioritariamente, corresponde a las familias. Escolarizar a niños cuya educación se desatiende en casa acaba por convertirse en una empresa tan desatinada como aspirar a la cuadratura del círculo.

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Manuel Ferrer Muñoz. 70 – 1 = 69

La fórmula no apunta a un código secreto: sólo indica, en su desenlace, el número de años que cumpliré dentro de pocos meses: para entonces me separarán sólo 48 semanas del acceso a la condición de septuagenario. Podría haberlo expresado de modo ascendente (68 + 1 +1 = 70), pero bajar es más fácil que subir, sobre todo a estas alturas de la vida.

¿Y por qué estas confesiones personales en el Servicio de Asesoría sobre Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades?

La respuesta, directísima, es que, al concluir este año, terminará también la aventura de un blog que he mantenido con esfuerzo y continuidad desde 2014, como acredita el gráfico adjunto.

Considero que ha llegado el momento de ceñir el esfuerzo diario a objetivos cada vez más delimitados y -¿por qué no?- de recortar gastos, como el que comporta el mantenimiento del sitio donde se aloja el blog: son tiempos difíciles que exigen austeridad y sacrificios económicos; y, ciertamente, las pensiones de jubilación imponen una drástica reducción de gastos.

Desafortunadamente, los ingresos derivados de las asesorías que atendemos desde SAICSHU no bastan para compensar los gastos derivados del sostenimiento del blog, por lo que prevemos la finalización de este proyecto a fines de año.

No obstante estas predicciones, si se produjera un cambio significativo en las expectativas que acabamos de exponer, reconsideraríamos la continuidad del blog que, por cierto, atraviesa por un excelente estado de salud, como se desprende de la estadística que se acompaña.

Hasta que llegue ese momento permaneceremos al pie del cañón, inspirados por el ejemplo de la orquesta del Titanic, que no dejó de tocar hasta que el barco se hundió en la noche del 14 al 15 de abril de 1912.


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Manuel Ferrer Muñoz. Hablando se entiende la gente

En La sala número seis, una de las más logradas narraciones de Antón P. Chéjov, que nos zambulle en las profundidades del interior del hombre, encontramos un hermoso elogio de la palabra hablada, más enriquecedora aún que su expresión escrita: “cierto que tenemos los libros, pero […] los libros son las notas y la conversación el canto”.

Leer ejercita el intelecto, favorece la concentración, abre nuestra mente a los sueños, estimula la curiosidad intelectual, desarrolla destrezas lingüísticas, fomenta la imaginación y la creatividad… Todo ello es bien cierto: pero conversar aporta riqueza expresiva; afina la habilidad para el análisis y la argumentación; agiliza la mente; refuerza la capacidad crítica (no sólo ante las opiniones ajenas; también y, en particular, sobre nuestros personales puntos de vista); y, sobre todo, nos libera de los límites estrechos de la experiencia personal, de modo que, al acercarnos a los demás, nos descubre nuevos y fascinantes mundos. Retomando a Chéjov, concluiremos así esta apología del coloquio -de co (unión) y loqui (hablar)-: la comunicación verbal, que une a los hablantes, pone música al texto escrito.

Pensarán los lectores que dilapido el tiempo –un bien siempre escaso- con la repetición de obviedades. Por eso, expondré enseguida, en defensa propia, el porqué de la enumeración de estas verdades de Perogrullo.

Mi alegato ‘vivencial’ remite a la emisión de una tertulia que tuve el honor de moderar el domingo, 11 de septiembre: un nuevo apasionante proyecto de La Tribuna Internacional La Clave que, con el atractivo nombre de Tertulia en la Mitad del Mundo: Café de altura para cuatro, arrancó en aquella fecha y congregó de modo virtual en torno a ese café a tres distinguidos y talentosos profesores universitarios de cuya amistad me honro: Gustavo Vega, rector de la Universidad Internacional del Ecuador; y Efstathios Stefos y José Manuel Castellano, profesores titulares ambos de la Universidad Nacional de Educación. Sentados los cuatro ante un ‘imaginario’ café de altura, conversamos en un tono muy distendido y amistoso, con libertad, sentido del humor no exento de añoranzas y de recuerdos, y conocimiento del asunto que nos congregaba.

Durante casi hora y media tuvimos ocasión de intercambiar opiniones en torno al Programa Prometeo, una iniciativa del Gobierno ecuatoriano que permitió atraer al país, en calidad de becarios, a investigadores radicados en el extranjero poseedores del título de PhD. Cancelado el programa hace cinco años, desde entonces vienen sucediéndose evaluaciones contradictorias sobre la eficacia de ese gran esfuerzo colectivo, que propició la estancia en el país de más de ochocientos destacados investigadores. Y esa pluralidad de opiniones y de valoraciones se hizo presente también en las intervenciones de los tertulianos, con un matiz que me parece destacable: cada uno de ellos, al exponer sus puntos de vista, reflexionaba sobre lo que habían dicho sus antecesores en el uso de la palabra, y ampliaba o discrepaba de sus ideas con elegancia y respeto.

Me consta que las personas que han accedido a la emisión de esa tertulia han apreciado ese estilo de conversación, en el que los mensajes transmitidos partían de una interiorización profunda; donde se buscaban coincidencias, no unanimidades, sin que nadie pretendiera arrogarse la exclusiva de la verdad. Así se cierra uno de los comentarios que han llegado a La Clave a raíz de la transmisión de ese programa: “seguiré con atención las tertulias. Me parece una idea excelente. Mi corazón sigue en Ecuador”.

He de añadir, en mi condición de director y moderador de ese encuentro de amigos, que considero un privilegio disfrutar de cruces de pareceres que a todos nos hacen reflexionar y que alientan la profundización personal, a través del estudio, en las cuestiones que constituyen el eje de cada coloquio.

Ya saben: cada segundo domingo de mes nos reunimos en la Mitad del Mundo para platicar y pensar juntos. ¡Están cordialmente invitados!

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Manuel Ferrer Muñoz. El deporte del odio

Se cuenta de Francisco de Quevedo que su odio hacia Luis de Góngora llegó hasta el extremo de instar el desahucio de la casa donde éste vivía, carente de recursos para seguir pagando el alquiler. Pocos meses después, moría Góngora, enfermo y anciano, en la ciudad de Córdoba. La polémica literaria que habían sostenido durante años acabó derivando hacia un virulento odio personal que nunca dio cuartel a los antagonistas: Góngora se burlaba de la cojera de Quevedo, y éste contraatacaba tachándolo de sacerdote indigno, divulgando su supuesto origen judío que consideraba denigratorio, y difamándolo como jugador empedernido.

La presencia del odio entre nosotros no es de ayer ni de anteayer y, desde luego, no se circunscribe al Madrid de la primera mitad del siglo XVII. Es vieja como el mismo hombre: ahí está la historia de Caín. Y, para verificar esa propensión aparentemente innata en el hombre, basta acudir al largo listado de crímenes que se han sucedido desde entonces, a los odios entre hermanos y entre pueblos enteros, a las discordias civiles, a los etnocidios, a los hornos crematorios de Hitler, a los campos de concentración de Stalin, a los demenciales planes de ingeniería social de Mao Zedong…

Sería también el caso de la guerra declarada por el comunismo a la Iglesia Católica, de la que poseemos evidencias contemporáneas (el acoso a los católicos por la ‘pareja presidencial’ aferrada al poder y sostenida mediante la fuerza en Nicaragua, contra todo orden jurídico): nada nuevo bajo el sol, pues, como ha escrito recientemente un reputado columnista, “desde sus orígenes y en sus textos fundacionales el comunismo ha expresado su oposición, incluso su odio, radical al cristianismo. Por supuesto, ese odio se ha manifestado en la agresión a los católicos. No existe ningún régimen comunista que no se haya distinguido por su implacable persecución a los cristianos”. 

Demasiado horror como para no avergonzarnos de los extremos a que puede conducir la vileza del corazón de los hombres. Por si la naturaleza humana no proporcionara por sí misma capacidad bastante para la comisión de esas indignidades, se nos entrena para el odio, como es entrenado un deportista para la consecución de medallas, récords, reconocimientos.

La escuela, olvidada en la práctica su misión educadora, privilegia la competitividad a costa de la humillación de los menos dotados y de la promoción aduladora de los más inteligentes; y tiende a apartar la mirada de los incontables casos de acoso escolar que, a fin de cuentas, son padecidos por los más débiles.

El aprendizaje en la vida política y la promoción interna dentro de los partidos van asociados al fomento del insulto al adversario que, por el solo hecho de defender otras siglas, se convierte en objeto de un ataque sistemático que no repara en medios ni en las consecuencias de miserables ataques al honor.

Los nacionalismos, la peor lacra de la historia contemporánea, institucionalizan y propagan el odio al ‘otro’ en la afanosa búsqueda de ‘identidades’ excluyentes que alienten sus proyectos mezquinos; e idealizan a personajes, como el Bolívar redescubierto por Hugo Chaves y Pablo Iglesias, que cometieron crímenes abominables.

¿Y qué decir de los fanatismos religiosos instigadores de acciones terroristas? ¿Y los cotidianos episodios de odio a que asistimos en el tráfico rodado de las ciudades, pequeñas y grandes? ¿Y la violencia doméstica? ¿Y la discriminación del inmigrante por la simple razón de su procedencia geográfica o de su atuendo? ¿Y las aberrantes escenas de deportistas enzarzados a bofetada limpia, azuzados por espectadores que emulan a los asistentes al circo en Roma, que aplaudían a gladiadores y leones que derramaban sangre humana?

La enumeración de calamidades inducidas por el odio agotaría océanos de tinta. Por eso, una vez puesto el dedo en la llaga, cabría preguntarse por los medios de que disponemos para combatir esa fuerza destructora que amenaza con llevarse por delante a la humanidad. Asumido el hecho de que no existe un remedio con validez universal, fácil de administrar, de agradable sabor y precio económico, dirijamos la mirada hacia nosotros mismos y nuestros entornos inmediatos, y reformulemos el propósito de afrontar con serenidad y alegría las contrariedades diarias, pequeñas o grandes, sin pasar factura a quienes conviven con nosotros por nuestras personales frustraciones o por las carencias económicas. ¿Qué ganamos con maldecir por la escalada de precios, por la incompetencia de los gobiernos o la mezquindad de los bancos? Busquemos soluciones, no culpables.

-Me encanta mi pueblo, por nada lo cambiaría. Quien se expresa así es una adolescente de catorce años. Hija única, su padre trabaja en el campo, y su madre limpia casas. Ella, magnífica estudiante, lee con asiduidad (una semana tardó en leer un libro que le obsequié), y tiene estupenda mano para el dibujo. Cuando se le pregunta por el futuro, piensa en una carrera universitaria que le proporcione conocimientos y destrezas para gestionar ese trocito de campo que un día será suyo. Y nunca pierde la sonrisa: ni siquiera cuando admite que la mayoría de sus compañeras de instituto la ven como un bicho raro, porque sus intereses y aficiones no coinciden. Mira de frente y a los ojos. Y en esa mirada no hay espacio para el odio.

José, gitano de pura cepa, realizó en vida todo tipo de trabajos. Con apenas diez u once años se ocupaba de pasar la escoba por el salón del cine del pueblo, para así entrar gratis a las películas. Con el tiempo llegaría a convertirse en un referente insustituible que lo mismo se ocupaba de actualizar la cartelera como de atender a la limpieza de las instalaciones o de proyectar las películas y controlar los accesos al cine. Era la persona de confianza del juez de paz, a quien ayudaba en la panadería y en el reparto del pan por los campos; pero tampoco se arrugaba si había que recoger aceitunas o atender el molino. Se las ingeniaba también para trabajar de cobrador en el autobús que cubría el servicio entre dos poblaciones cercanas, o para operar el cine de verano de otra localidad vecina. Transcurridos ya casi veinte años desde su fallecimiento, el recuerdo de José se mantiene fresco entre las gentes del pueblo. Así lo testimonia el eco de una reciente publicación en que se le menciona: cinco mil accesos desde las redes sociales (el pueblo de José apenas sobrepasa los tres mil habitantes), y los comentarios más emotivos. Me quedo con éste, de una de sus hijas: “qué felices hacía a los niños en las sesiones matinales del cine. Cuando un niño no podía pagar, él lo dejaba pasar, no podía dejar a un niño sin pasar a ver los matinales. Aunque trabajó en muchos oficios su pasión siempre fue el cine, y hasta sus últimos días estuvo echando el cine en Torre del Mar”. Tampoco en la vida de José hay el menor atisbo de odio.

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Manuel Ferrer Muñoz. Ciudadanos, que no votantes

A fines de julio de 2022, un Ayuntamiento de la provincia de Málaga (España) organizó un evento musical que se preveía multitudinario, sin haber contemplado mínimas medidas de seguridad ni acordado el establecimiento de un aforo. Alarmado por la gravedad de lo que pudo haber ocurrido –y de los sucesos que se registraron (avalanchas, menores extraviados, actos vandálicos, robos, peleas)-, vertí unas fuertes críticas a través de las redes sociales, en las que señalaba la ligereza con que actuó esa Corporación municipal, y exigí la correspondiente asunción de responsabilidades.

Muchos amigos y conocidos y personas anónimas que accedieron a ese texto compartieron mis puntos de vista y lamentaron la cobarde actitud de quienes debieron dar la cara, aunque ese gesto hubiera comportado una digna renuncia a un cargo municipal que, a todas luces, les venía demasiado grande.

Hasta aquí todo discurría con lógica y placidez, hasta que se produjo la intervención de un exaltado que, en un primer momento y sin ninguna prueba, sostuvo que yo escribía desde un perfil falso y que ocultaba mi verdadera identidad ¡como concejal de la oposición de ese Ayuntamiento! Una vez aclaradas las cosas, y sin que el energúmeno de turno hubiera ofrecido las razonables disculpas, volvió a la carga con el siguiente argumento, que reproduzco en su literalidad (tan sólo corrijo la ortografía): “si no eres de la oposición y tampoco tienes intereses cruzados, no entiendo cómo se puede hacer un comentario con tan mala fe”.

La anécdota, intrascendente en sí misma, resulta reveladora de un estado de espíritu que contempla cuanto ocurre en nuestro entorno social a través del exclusivo prisma de la política, sin que se alcance a comprender que también los ciudadanos podemos opinar, criticar o proponer, sin que haya mala fe cuando se formulan discrepancias y reproches sustentados en el amor al lugar donde se vive y en la indignación que causa la estolidez de gente inepta a la que pagamos para que sirvan a los intereses de la ciudadanía.

Sería triste renunciar al ejercicio del sentido común o al intento de llamar a las cosas por su nombre, simplemente porque no nos mueven los ‘intereses cruzados’ a que aludía mi detractor; pues, llevando ese pseudo-razonamiento hasta sus últimas consecuencias, yo sólo podría haber expresado mi malestar por el caos organizativo de aquel concierto si un familiar cercano hubiera resultado herido, atropellado o víctima de un robo. Porque, si no tocan a los míos… ¡a los demás que los parta un rayo!

Las personas que, en su condición de cargos públicos o de funcionarios, actúan con torpeza o negligencia merecen, sí, nuestro respeto, pero se hacen acreedoras del reproche, sin que exista mala fe en la publicidad de su insipiencia o de su desfachatez: de otra manera, los idiotas y los sinvergüenzas se perpetuarían al frente de las instituciones, ignorante la ciudadanía de sus errores y tropelías. Y continuarían aferrados a sus cargos aunque mediaran procesos electorales, porque, desconocedora la mayoría de los votantes de lo que ocurre ante sus propias narices, seguiría respaldando con sus sufragios a ‘los de siempre’, por aquello de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Pero no: en el sentir de ese iluminado defensor de los ‘buenos’ que inspiró estas reflexiones, si un ciudadano ejercita el derecho a la libertad de expresión, y sus juicios no son lisonjeros para los que resuelven (o no) los asuntos públicos, actúa movido por intereses ocultos e inconfesables y se hace sospechoso de infidencia, por cuanto burla unas reglas del juego –no escritas- que lo condenan a un perenne silencio.

Con verdad escribió Antonio Machado que “de diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Las mismas tensiones e idénticas cerrazones mentales observables en la clase política -donde la inteligencia es patrimonio de muy pocos, mientras el recurso al ultraje y la amenaza constituye el pan de cada día- se reproducen entre los ciudadanos, muchos de los cuales anteponen el insulto al argumento. ¿Pero impediremos la libre expresión de sus ideas al 10% de la población, que se presume ‘racional’, a causa del cerrilismo de la mayoría?

¿Deberé abstenerme de expresar mis puntos de vista o mis divergencias respecto al modo en que nos gobiernan quienes ocupan esos cargos de responsabilidad porque ahí los hemos instalado los ciudadanos? ¿Me resignaré a que el único gesto de mi participación en la ‘cosa pública’ consista en acudir a una urna periódicamente y a marcar unos nombres ya preseleccionados, con sus correspondientes apellidos?

¡No y mil veces no! No renegaremos de la condición de ciudadanos, y lucharemos contra quienes se proponen convertirnos en simples y pasivos votantes, materia informe susceptible de manipulación y de engaño.

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