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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Investigación sobre historia local

El próximo viernes, 1 de julio, a las 3,30 de la tarde, hora ecuatoriana (10,30 de la noche, hora peninsular española), se presentará Benamocarra y sus gentes, un libro que he tenido el gusto de coordinar, en que se lleva a cabo una zambullida en la reciente historia de esta población de la Axarquía malagueña (España). Como se indica en la Introducción, que recogemos, se ha apostado por la historia oral, definida por Ronald Fraser como “historia desde abajo”, y por eso tan adecuada para adentrarse en el relato histórico de la gente sencilla, excluida siempre de las historias de salón.

Las personas interesadas en acceder al acto de presentación, que se llevará a cabo por medios virtuales, deberán disponer de la plataforma Zoom. Para acceder al evento de la presentación, hay que pinchar en el siguiente enlace: https://cedia.zoom.us/j/88517568769#success

Durante el desarrollo de ese acto, se colgará el libro en Internet, que será accesible sin costo alguno a través del enlace que se facilitará en ese momento.

A continuación se reproduce la Introducción del libro.

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Desde hace casi cuatro años resido en Benamocarra, un pequeño y entrañable pueblo de la Axarquía de Málaga. Esta prolongada estancia, que deseo convertir en definitiva cuando se resuelvan asuntos que reclamarán mi presencia en latitudes lejanas durante un tiempo que quisiera abreviar, me ha ayudado a comprender aspectos notables de la mentalidad de muchos de mis vecinos, gente sencilla y noble por lo general, la mayoría ligados a trabajos agrícolas gracias a la bonanza del cultivo de algunas frutas tropicales.

Lejos de los enredos y de las complicaciones de las ciudades grandes, la vida en pueblos pequeños gira de ordinario en torno a relaciones no metamorfoseadas por la hipocresía o por las exigencias sociales, y no resulta difícil para un analista mínimamente avezado adentrarse en las grandezas y las miserias de personas que, en lo cotidiano, no necesitan ampararse demasiado en las apariencias: mucho más llamativos los rasgos positivos, sobre todo en la vertiente solidaria y en las cercanías afectivas, y más soterrados y disimulados los celos y resentimientos, por razones de sobrevivencia en un entorno pequeño, donde las estridencias sólo conducen al aislamiento social.

Aquí saltan a la vista la alegría de la gente, el cariño hacia los niños de corta edad, la sencillez y el candor de las ancianas, la espontaneidad y la sencillez con que compartimos lo que cada uno tiene, sea poco o mucho: al menos así ha sido siempre, hasta donde llega la memoria de los mayores, si bien han empezado a percibirse señales alarmantes e inequívocas que anuncian el fin de un ciclo y la llegada de nuevos tiempos menos solidarios y cooperativos. En estos pueblos chicos también se advierten con mayor nitidez —a veces, con estridencias— las hostilidades personales o familiares, muchas veces heredadas, y azuzadas en la mayoría de los casos por conflictos limítrofes o repartos de propiedades agrícolas, disputas por el agua de riego, o el virus de la política: discrepancias que, por lo general, cuando afloran a la superficie y se explicitan, se resuelven mediante el recurso a expresiones verbales o gestuales contundentes, intercambios de puñetazos o, en casos extremos, ante la administración de justicia. Muy ocasionalmente asistimos a estallidos de pasión ciega que pueden cobrarse vidas humanas.

Conforme se ahonda y se cala en el entramado social de la población, resulta perceptible un fondo de violencia soterrada, de raíces antiguas, que condiciona muchos modos de sentir y de expresarse; que marca también aspectos importantes de la convivencia en las familias y en los centros escolares, y que aflora también en los actos vandálicos protagonizados por adolescentes desarraigados. Ciertamente, nada nuevo bajo el sol: desde que el mundo es mundo conviven grandezas y miserias, amores y odios, esperanzas y miedos, aunque nada de esto nos exima de la búsqueda de sus porqués y del empeño por entregar a las siguientes generaciones un mundo mejor del que heredamos, por mucho que el pesimismo quiera acallar en ocasiones estos anhelos. Indagar en ese sustrato constituye un reto y una responsabilidad para el investigador social que, por fuerza, ha de echar mano de la historia en busca de posibles explicaciones.

Las páginas que integran este libro responden a observaciones practicadas en el curso de casi cuatro años, y se enriquecen con testimonios y puntos de vista procedentes de una pluralidad de autores, que proporcionan un avance provisional de un proyecto muy ambicioso cuya plena realización requerirá aún de muchos años y deberá comprometer la implicación de otras muchas firmas y protagonistas. Se ha privilegiado la incorporación de entrevistas con mujeres del pueblo, de modo que la recogida de noticias del ayer benamocarreño  tradujera la sensibilidad femenina, tan orillada por lo general en los trabajos de reconstrucción del pasado.

Porque hemos querido captar y transmitir incontaminada la frescura del sentir genuino que late en las memorias de nuestras gentes, se ha prescindido como regla general del recurso a documentación de archivo o a fuentes escritas secundarias. Nos ha movido siempre la apuesta metodológica por la historia oral, definida por Ronald Fraser como “historia desde abajo”, y por eso tan adecuada para adentrarse en el relato histórico de la gente sencilla, excluida siempre de las historias de salón.

Desde el sincero convencimiento de que esta publicación sobre Benamocarra representa sólo un primer pasito para que muchos de mis vecinos dejen atrás la barrera y salten al ruedo, y coadyuven así a plasmar la memoria colectiva de nuestro querido pueblo, es justo agradecer la cordial y gentil disposición de todos aquellos a quienes nos hemos acercado en busca de noticias o, simplemente, para conversar con calma sobre el tiempo que se fue, los amores, las penas, las heridas, las risas, las fiestas, los padres y los abuelos, las esposas y los esposos, los amigos.

No hemos perseguido una ‘memoria histórica’ exclusivista, parcializada, ni instrumentalizada al servicio de visiones simplonas. Rehuimos, con convencimiento pleno, los intentos de cosificar ‘una’ memoria histórica sacralizada, instrumentalizada para justificar la hegemonía o la condición superior de un grupo. Porque la sociedad es plural, plural ha de ser la plasmación de la imagen que, a partir de testimonios del pasado, construye el historiador; y plural también la perspectiva de análisis, nunca monocolor ni apegada a estereotipos predeterminados. Ojalá hayamos logrado mantenernos fieles a estos propósitos que guiaron las observaciones practicadas desde fines de 2018.

Manuel Ferrer Muñoz


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Manuel Ferrer Muñoz. Sociedad posmoderna, autoritarismo y sentido del humor

Apenas hace unos días, un destacado político gallego se permitió un divertido e inocente comentario durante su visita al Palacio de la Alhambra, en Granada, del que Bill Clinton dijo años atrás que le había brindado el maravilloso espectáculo de la puesta de sol más bonita del mundo. Aquel político nacido en Galicia cerró su observación con una broma, a modo de coletilla: “yo no voy a discutir con Clinton, porque él nunca vio la puesta de sol de Finisterre”.

Cualquier interlocutor en sus cabales, no instalado en el mundo de los ofuscados prejuicios y de la dialéctica barata de la lucha partidista, habría sonreído ante la socarronería bienintencionada del pícaro gallego que, aun admirando las bellezas de otros entornos, presume del encanto del propio lar. Cualquier mente sana, no mediatizada por la torpe creencia de que todas las expresiones procedentes de una figura política de un partido adversario deben ser satanizadas, habría acogido con benevolencia el elegante piropo dirigido al incomparable anochecer de Granada, ciudad inspiradora de unos famosos y sentidos versos que salieron de la pluma de un poeta mexicano enamorado de la vieja capital nazarí: “dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”.

No fue el caso de un tal Manuel Pezzi, encumbrado –ignoro por qué razones- a la presidencia del PS en Andalucía -¡y luego hay quien se extraña de la deriva hacia la nada del PS en la región, que amenaza con desembocar en una catástrofe en la convocatoria electoral del próximo 19 de junio!-, que, haciendo alarde de su fina dialéctica y escogido vocabulario, calificó al político gallego del Partido Popular de “tontopollas”, expresión que, días después, reputó como “enjundiosa ocurrencia”, en un alarde de autobombo digno de un perfecto majagranzas.

Seguramente el aguerrido y microcéfalo Pezzi quiso hacer méritos ante los suyos y sacar pecho, para así dar fe de su entrega y generosa dedicación a la presidencia andaluza del PS (no hemos dicho aún que las siglas, novedosas en la sopa de letras de las formaciones políticas españolas, corresponden al Partido de Sánchez que, a pesar de su desabrida denominación y de la reconocida desfachatez de quien se halla a su frente, gobierna España con puño de hierro y desvergüenza torera desde 2018, gracias a las cesiones continuas a sus impresentables socios chantajistas).

La pérdida del sentido del humor se asocia, lamentablemente, a la insolente vulgaridad y a la estulticia. Y así lo confirma el caso de ese pobre señor, presidente del PS andaluz: un cargo al que, con toda certeza, nunca hubiera accedido cuando el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) era una formación política respetada y respetable, antes de dejarse las dos últimas letras en el camino y mudar la ‘S’ de Socialista por la de Sánchez.

No sería justo ensañarse con el bueno de Pezzi, ni con esas ocurrencias que él, ‘modestamente’, acaso desconocedor de su significado, calificó de “enjundiosas”. A fin de cuentas, por recurrir a un sinónimo menos agresivo y vulgar que la brutal expresión escupida por la boca del melifluo y delicado Pezzi, nos hallamos ante un tontolaba, incapaz de captar las finas y amables ironías del lenguaje, por mucho que estruje su endurecida mollera.

Y, sin embargo, la reacción de ese zopenco resulta paradigmática de los modales irrespetuosos instalados en una sociedad inculta, agresiva, impotente para captar matices en un razonamiento mínimamente refinado. En el mundo de los zampabollos impera sólo el ‘ordeno y mando’, el autoritarismo bobalicón característico de quien se aferra a la norma porque carece del mínimo talento que le faculte para analizar situaciones particulares desde unos planteamientos flexibles. El tontorrón útil, investido así de la ‘respetabilidad’ que deriva de la potestas –que no de la auctoritas-, exigirá obediencia ciega a los mandatos que vienen desde ‘arriba’, sin entender ni poco ni mucho las motivaciones de unos ‘protocolos’ –palabra mágica que conmina  a la rendida aceptación- que determinan qué hacer y qué omitir en cada circunstancia del día y de la noche.

Los lectores ecuatorianos de La Clave entenderán las razones por las que la argumentación sobre el trinomio idiotez-carencia de sentido del humor-autoritarismo se sustenta en un ejemplo tomado de otras latitudes: de un lado, la ocasión la pintaban calva, por cuanto la estupidez del personaje seleccionado como prototipo venía muy a propósito para ilustrar las tesis que se sustentan en el texto; y, de otra parte, por consideración a Ecuador, un país maravilloso donde transcurrieron cinco inolvidables años de mi vida, y donde nació el más pequeño de mis hijos. La mención de palurdos nacidos en las inmediaciones del Chimborazo y del río Guayas podría ser interpretada por gente quisquillosa como una irritante falta de respeto, y por eso se ha omitido la señalización de tontos de capirote ecuatorianos; pero conste que los hay, como en todas partes (tal vez esos papanatas abundan con especial profusión en los medios políticos y académicos: y es que ya se sabe, no hay mayor cretino que el que nunca adquirió conciencia de su mentecatería, por no haberse contemplado ante el espejo con un mínimo de detenimiento). Y aun así, aunque en todas partes se cuezan habas, lo cierto es que en mi casa –España, mi casa de ahora- se cuecen a calderadas.

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Manuel Ferrer Muñoz. Elogio de la vejez

Si de piropear se trata a esta entrañable compañera, de la que espero no separarme hasta que pasen muchos años, nada mejor que tomar prestadas unas palabras pronunciadas hace unos meses en un plató de televisión por Arturo Pérez-Reverte, prestigioso escritor español, miembro de la Real Academia Española: “los viejos, yo soy viejo, no son contemporáneos. Si un viejo es contemporáneo hace el payaso. El viejo no puede adaptarse a un mundo que ya no es el suyo, pero tiene una ventaja, la experiencia, una mirada. Antes al viejo le ponían en el centro y le preguntaban, ‘¿cómo lo hiciste?’, y el joven aprendía del viejo, pero ahora apartamos a los viejos y estamos privando a los jóvenes de la experiencia del viejo, de la mirada. No puedes pedirme que me ponga a bailar claqué, pero puedes pedirme lo que yo puedo dar. Pero tendemos a apartar. Los viejos son útiles no porque se modernicen o hagan el payaso sino por su mirada”.

Sólo un viejo podía haber expresado con esa hondura y ese descaro la honra de pertenecer a esta especie en extinción; porque mucho me temo que los que vendrán después vayan a ser aprendices de payaso, a lo sumo personas de la ‘tercera edad’, ese término tan repelente que suena a desecho de tienta. La generación que nos precedió aceptó con gusto el tratamiento de ‘ancianos’, ciertamente respetuoso, pero carente de energía y de magia. Proclamarse viejo significa haber aceptado el reto que se nos lanza desde múltiples instancias, y enfrentar a los que de un modo necio pretenden que nos modernicemos. ¡No! Nosotros ocupamos nuestro sitio, que es un lugar privilegiado. Nuestros ojos han visto tanto… Nuestro corazón ha amado tanto… ¡Que nos quiten lo ‘bailao’! Por eso no coqueteamos con lo moderno, no queremos ser contemporáneos, ni adoptamos ridículas actitudes juveniles. Nos reconocemos como reliquias del pasado, anacrónicos.

El viejo es descarado, porque a nadie ha de rendir cuentas aquí abajo, y por eso gusta de estar con los niños que, por definición, desconocen la timidez. El viejo es osado porque dice lo que piensa; y, porque ha vivido mucho, es una mina de sabiduría, de experiencias. ¡Los viejos tenemos de qué presumir! ¿Cómo vamos a tolerar que nos arrinconen o que nos contemplen con miradas ‘asistenciales’ y caritativas? Los viejos queremos morir dando guerra… y sembrando amor.

Pero, para mantener el tipo y plantar cara a los sabihondos que nos menosprecian con hipócritas conmiserativas sonrisas, se necesita tiempo: tiempo para pensar, y tiempo para alimentar nuestros sueños con la lectura: tiempo para la reflexión, sin abatirnos por lo que pudo haber sido y no fue; tiempo para la introspección, y tiempo… mucho tiempo para escuchar a los nietos que quieran hablarnos, y para mostrarles cómo éramos y cómo era nuestro alrededor cuando aún vestíamos pantalón corto: el tiempo que debimos dedicar a nuestros hijos, y que nos fue robado.

Ciertamente, esa mirada atrás nos muestra la senda que, como avisó Antonio Machado, “nunca se ha de volver a pisar”; y van escaseando las fuerzas para proseguir haciendo camino; y tal vez aflora el pesimismo que otro grandísimo poeta, Jaime Gil de Biedma, acertó a describir con tristes palabras: “pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”. Y, sin embargo, ganamos la partida al tiempo rememorándolo, rebuscando en nuestras raíces y descubriendo a los jóvenes de mirada limpia y alma noble tesoros escondidos a los ojos de los sabelotodos impertinentes que contemplan con desdén nuestras arrugas y nuestros andares encorvados.

Viene en refuerzo de mi argumentación en elogio de la vejez una hermosa imagen que he contemplado recientemente de Monica Bellucci, con 65 años cumplidos y posando ante la convencional e inevitable alfombra roja con toda naturalidad, sin maquillaje que ocultara sus arrugas y sin complejos, consciente de que la verdadera belleza es un estado mental y de que hacerse mayor no constituye ningún motivo de vergüenza. Este ejemplo gráfico constituye por sí mismo una invitación a envejecer con dignidad, único camino para ganar el respeto de los más jóvenes.

Cuando se ha emprendido el último tramo de la vida, es importante no extraviar las huellas de nuestras pisadas remotas y de los pasos de quienes nos precedieron: no para que se imiten esas andanzas, que el camino de la vida es responsabilidad de cada uno. Ni es cierto que cualquier tiempo pasado haya sido mejor, ni puede ignorarse la sabiduría que el tiempo permitió acumular, quizá gracias a la depuración de muchos errores cometidos. Aprendamos precisamente de las equivocaciones nuestras y de nuestros ancestros; pero tomemos buena nota de sus aciertos, de sus sacrificios, de su hondo sentido de la familia, de su amor al trabajo bien hecho. Compadezcámonos de las penurias, incertidumbres  y angustias que empaparon las vidas de las generaciones que nos han precedido. Lamentemos, sin distingos, los horrores de luchas civiles que desgarraron a sociedades enteras y extendamos la piadosa manta del olvido sobre odios abominables y rencores soterrados. Contribuyamos así a una ‘cultura de la paz y del perdón’, tan imprescindible para construir juntos.

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Manuel Ferrer Muñoz. La verdad descarnada

“Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar”. Estos versos de Jorge Manrique proponen un estilo de vida que quedó arrinconado y abandonado en el baúl de los recuerdos por los valores consagrados en la llamada Posmodernidad. El hombre light, carente de referentes morales e incapaz de asumir compromisos, no mira más allá de lo que entreven su encubierta miopía y su obtusa mollera. No interesa lo que se alce más allá del muro de su pequeño y estrecho universo, que, por tanto, no existe.

De nada importan hoy los errores acumulados jornada tras jornada, si con ello se rasca algo del placer que mendigamos a cualquier costo. Aferrados al presente y angustiados ante el vacío que la pérdida de la fe abre tras la muerte, importa sólo el aquí, ahora. Carpe diem, aférrate al momento presente, atrapa el efímero instante, libérate del peso fetichista de la responsabilidad de tus actos, cubre las apariencias y finge cumplimiento de las normas, aunque, al mismo tiempo, rebusques argucias legales para burlarlas. Huye de conceptos abstractos, como la verdad, los ideales, el sentido de la existencia.

Finjamos. Construyamos un mundo de apariencias, de amor y respeto a la infancia y a las personas mayores, exceptuados, eso sí, los niños cuya llegada al mundo era causa de incomodidad, y los viejos renqueantes a los que, en nuestra generosidad, abrimos las puertas de la eutanasia.

Aparentemos que todo va bien, convenzámonos de que éste es el mejor de los mundos posibles, escondamos la cabeza y cerremos los ojos para evitar el encuentro con las miserias que nos envuelven, con la desfachatez que permea las estructuras sociales, con la hipocresía de una clase política que se proclama cínicamente servidora de la ciudadanía.

Apartemos de nosotros el pensamiento metafísico, y aboguemos por el materialismo, la permisividad, el hedonismo, la cortedad de alas. Aprestémonos a volar como alas de corral y renunciemos a volar como las águilas, que miran al sol de hito en hito. No, no nos conviene tamaña soberbia: conformémonos con ser la cola del león, y rehuyamos la tentación de aspirar a convertirnos en cabeza de ratón, capaces de pensar por cuenta propia.

Mendiguemos salarios que nos permitan satisfacer nuestras aspiraciones consumistas, siempre crecientes, y bendigamos los subsidios como los antiguos romanos bendecían el pan y el circo. Aceptemos con docilidad el mandato de los que se encaramaron al poder mediante procesos electorales diseñados para un reparto equitativo y sucesivo del pastel entre quienes previamente han sido cooptados. Cerremos los ojos a la corrupción de unos y otros, de todos aquellos que logran acceder a un puestecito en el organigrama político, en sus diversas escalas.

Robin Hood desvalijaba a los ricos para distribuir el producto de sus robos entre los pobres. Nuestra noble clase política ha mejorado la estrategia: se hace con nuestros dineros para atender a sus necesidades y negociar apoyos de amigos poderosos y, luego, en noble gesto dadivoso, nos obsequia con las migajas de un pastel que se cocinó con nuestros bolsillos.

Pero hay que callar; si acaso, mascullaremos acobardadas protestas cuando la satisfacción de los de arriba priva de satisfacciones a los de abajo; siempre sottovoce, siempre temerosos de las delaciones, asustados ante las consecuencias del qué dirán.

Eludiremos cuestionar el sistema, entre otras razones porque el pensamiento filosófico se ausentó de las aulas donde se amaestra a nuestros jóvenes. Idiotizada toda una generación y carente de criterios sólidos, ha sido adoctrinada en el convencimiento de que las miserias del presente se explican por la cerrazón, la ceguera mental y el fanatismo religioso de nuestros antepasados. Somos hijos de la luz, mientras que ellos se debatían en las tinieblas. ¡Pobrecillos!

Tal vez un día, al contemplar la trayectoria descrita por una vida llena de vacío, nos interroguemos: y después, ¿qué? Y aflorará la tragedia, dolorosamente punzante, porque algo habíamos intuido en aquellas escasas ocasiones en que nos atrevimos a asomarnos al espejo; y es que, después de todo ese inquieto bullir, llega el cara a cara con la personal inanidad: “Mené, mené, teqel, ufarsin” (Daniel 5, 25-28).

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Manuel Ferrer Muñoz. Si yo fuera niño

Algunos de mis lectores recordarán esta bellísima canción de la película El violinista en el tejado, de 1971, adaptación del musical de Broadway del mismo nombre estrenado en 1964: Si yo fuera rico. Tal vez a otros lectores más jóvenes suene más familiar una boba y pésima comedia española titulada Si yo fuera rico, rodada en 2019: a estos últimos les recomendaría que borren ese recuerdo superfluo de sus memorias.

Tevye, el protagonista de El violinista en el tejado, una película ambientada en la Rusia zarista del siglo XIX, reflexiona sobre la tradición y las dificultades que enfrenta una persona que, además de su condición de pobre, pertenece a una comunidad judía acosada por sus vecinos y perseguida por las autoridades del Estado. Y sueña, con la ingenuidad de un niño, lo que haría de su vida si fuera rico.

Puestos a soñar, yo prefiero imaginar que vuelvo a ser niño, porque el niño es el hombre en estado prístino, antes de que su entorno se haya encargado de recortarle las alas. Además, aquel hombre sabio en quien los creyentes reconocemos al Hijo de Dios invitó a los que le escuchaban a que se hicieran como niños; y ese mensaje, que viene de una fuente tan fiable, ha traspasado ya la barrera de veinte siglos y sigue resonando como un reto difícil de alcanzar. Probaré a adentrarme por ese sueño tan atractivo, que tantos desafíos plantea…

Si yo fuera niño, seguiría pidiendo la luna, como han hecho casi todos los niños desde que el mundo es mundo; y dejaría para los mayores la mesura y el pesimismo supuestamente realistas.

Si yo fuera niña, rechazaría los vestidos de color rosa, jugaría con muñecas y competiría en un equipo federado de fútbol: obviamente, no hablo de fútbol americano sino del bueno, del soccer que se dice en Estados Unidos.

Si yo fuera niña, iría proyectado mi boda con mucha anticipación, y dejaría muy clarito a quien se atreviera a casarse conmigo que me importa un bledo la presencia de muchos invitados, y que si deseo casarme por la Iglesia es porque soy creyente y quiero poner a Dios por testigo de mi amor a la persona que elija para compartir el resto de mi vida.

Si yo fuera niña, le diría a la ministra de Igualdad de España que no me gusta volver a casa sola ni borracha: que se quede ella con esa estúpida aspiración.

Si yo fuera niño –o niña, que igual da-, me costaría mucho entender por qué los políticos que juegan con la educación de los niños, y quieren impedir que éstos jueguen, no se dejan caer de vez en cuando por las escuelas. ¿Acaso esa pandilla de sanguijuelas no se ha enterado de que el acoso escolar se da a diario en todos los rincones del mundo, sin que los servicios sociales hagan nada efectivo por impedirlo? ¿Ignoran quizá que hay miles de niños a los que algunos compañeritos hacen imposible la vida, hasta el punto de incitarles a optar por el suicidio? ¿Son incapaces de entender que los ‘deberes’ con que nos acogotan en las escuelas son un atentado a nuestra creatividad y que, en aras a esa imposición tiránica, sacrificamos un tiempo que necesitamos para jugar? ¿Por qué quieren encerrar a todos los niños en las escuelas tantísimas horas diarias, cuando es posible –y más divertido- aprender desde la libertad y el cariño que se respiran en el propio hogar?

Si yo fuera niña o niño, escribiría una carta a la ministra de Igualdad de España y, en un esfuerzo tremendo por mostrarme cortés, le contaría que eso de niño, niña, niñe es, con diferencia, la tontería más grande de que he oído hablar; y le diría también que los niños –todos los niños, sin necesidad de la repetidera cansina de niños/as- estamos hasta el copete de tanta palabrería insulsa y necia.

Si yo fuera niño –el género importa un pimiento también en este caso-, levantaría en armas a mis compañeros de clase para que impidieran que en los colegios se hable de Manualidades cuando se quiere tratar de la Expresión Artística. ¡Como si la escultura, la pintura o el origami no exigieran actividad de la inteligencia!

Promovería plantones ante las sedes de todos los ayuntamientos del mundo, para que las autoridades municipales dejaran de construir parques infantiles concebidos y diseñados como si los niños fueran hámsteres, obligados a ser felices con las infinitas vueltas a una noria que trata de disimular su cautividad.

Si yo fuera niño, hablaría seriamente con mis padres para que pensaran más en mí y menos en las cosas de sus trabajos, y les preguntaría por qué les obligan sus jefes a pasar casi todo el día fuera de casa.

Reclamaría más días en el campo o en la playa, al aire libre y en libertad, y menos encerronas aburridas en casa, alejado de mis amigos y pegado a aparatos tan hipnóticos como el iPad (incluso estaría dispuesto a reconocer que en esto –quizá sólo en esto- mis padres y mis abuelos, puestos de acuerdo por esta única vez, tienen toda la razón).

Disfrutaría como un enano haciendo construcciones, junto a mis amigos, con los materiales que encontráramos tirados por el campo, y montaríamos una casita en un árbol que fuera nuestro centro de operaciones aventureras.

Me las ingeniaría para pasar muchas horas con mis abuelos, y me esforzaría por no olvidar las conversaciones con ellos, ni las historias que me narraran.

Me quejaría de lo difícil que es practicar la gimnasia artística, porque hay muy pocas instalaciones. ¿Por qué todo tiene que ser fútbol, fútbol y más fútbol, por mucho que a mí me guste el fútbol?

Si yo fuera niño recordaría a todos los mayores, a grito pelado, que también ellos fueron niños. Y añadiría que, si somos como somos y si hay cosas que no les agradan en nuestro modo de ser, culpen a la genética, a tanto tiempo encerrados entre cuatro paredes, a su falta de habilidad para llevarnos por las buenas, al exceso de prohibiciones… Bueno, concedería a lo sumo que un poquito, sólo una mínima parte de lo que desagrada a los adultos de nosotros, los niños, se debe a nuestros pequeños errores propios de niños pequeños a los que cuesta moderar sus emociones y mostrarse siempre ecuánimes y circunspectos.

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Manuel Ferrer Muñoz. ¡Vivan las cadenas!

Se enderezaba hacia su conclusión el siglo XVIII cuando el reclamo de libertad, igualdad y fraternidad encandiló a muchas inteligencias pensantes del mundo occidental.

Con el tiempo hubo quienes se decantaron por la libertad; otros priorizaron la igualdad; nadie, aparentemente –ni siquiera los miembros de la Masonería-, pasó por el aro de la fraternidad, tal vez por el recelo del trágico final de la primera relación fraternal de la historia (la muerte de Abel a manos de Caín). Y si la Iglesia siguió predicando la caridad fraterna, consecuencia obvia de la filiación divina, su voz fue acallada como procedente de una institución del Medioevo, reñida con el progreso y la modernidad.

Hoy, cuando el siglo XXI ha emprendido una tercera década en la que se han acumulado densos nubarrones sobre la Humanidad, la libertad ha sido sacrificada en aras de la razón de Estado, al tiempo que se han abierto profundas brechas entre pobres y ricos, y se han agrandado las diferencias entre unos pocos privilegiados –cada vez menos- y una masa creciente de explotados carentes de identidad y de pensamiento propio, sumisos a los intereses de quienes se sirven de sus espaldas para trepar y mantenerse en lo más alto de la pirámide social.

Las aspiraciones de la Gran Revolución han sido defraudadas. Pero los responsables del fraude se han comportado con tanta astucia que se han presentado ante nuestros ojos como los heroicos y abnegados libertadores y adalides de nuevos tiempos que exigen la obediencia rendida a unas autoridades benévolas y omniscientes a las que debemos ceder gratuitamente la capacidad de pensar y de decidir por nosotros. Obedecemos sin chistar. Rezongamos de puertas para adentro, pero en lo exterior fingimos espíritu cívico y democrático en virtud del cual renunciamos al libre ejercicio de nuestra inteligencia. Y acabamos por cambiar la primogenitura por un plato de lentejas.

Se nos adoctrinó en la persuasión de que la religión era responsable del oscurantismo que había cegado la capacidad del hombre para dominar el universo, y prestamos aquiescencia rendida a las explicaciones de los hombres de ciencia que se presentaban a sí mismos como artífices de un Mundo Nuevo, dominado por la razón humana, garante de un progreso indefinido. Y, abandonada la perspectiva trascendente, nos encerramos en la inmanencia y abrazamos dogmas terrenales envueltos en una palabrería deslumbrante y presentados al son de tambores y platillos.

Si el ateísmo empezó a convertirse en un fenómeno de masas durante las primeras décadas del siglo XX, asistimos ahora al ocaso de las ideologías que se postularon como verdaderas para arrinconar a la Iglesia y erigirse como heraldos de una moderna civilización. Desnudadas sus falacias, los hombres carecen de un agarradero al que acudir en la crisis que permea las conciencias; pero todavía dudan, temerosos de dar la espalda a quienes prometen protección y seguridad a cambio de sus almas.

La encrucijada en que nos encontramos nos conmina a tomar posturas comprometidas. Podemos fingir que no pasa nada, que todo va bien, que debemos alimentar con nuestro trabajo y nuestra pleitesía a esa ya rancia y ajada aristocracia de los políticos profesionales acomodados en unos partidos que han dejado de responder a los intereses ciudadanos. Pero también podemos volver la espalda a esos pasmarotes, reforzar los vínculos de la sociedad civil, potenciar el diálogo con nuestros iguales… e indicar la puerta de salida a los que se colaron en los palacios que habían dejado vacíos sus antiguos ocupantes, empujados por el fervor y la fuerza de los que preconizaban una Revolución que acabó por traicionar sus propios principios.

No nos engañemos: para el común de los mortales, hoy la elección se antoja sencilla. Bendecirán las cadenas que los protegen de los demonios que, según les han contado, los arrastrarían consigo a los infiernos si dejaran de acatar las sabias decisiones de quienes se erigieron en depositarios de la soberanía nacional.

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Eleder Piñeiro Aguiar y Manuel Ferrer Muñoz, “Las inseguridades del retorno: viajes de vuelta y las vueltas de los viajes”

Datos completos:

Piñeiro Aguiar, Eleder, y Ferrer Muñoz, Manuel, “Las inseguridades del retorno: viajes de vuelta y las vueltas de los viajes”, Barataria. Revista castellano-manchega de Ciencias Sociales, Número Extraordinario “Inmigración, nacionalidad, extranjería y Relaciones privadas internacionales”, núm. 19, 2015, pp.173-183

Para acceder al texto del artículo, basta pinchar el enlace al que remite el título.

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Este artículo, de cuya publicación se cumplen siete años, responde a las personales vivencias de sus autores, que, por razones académicas y profesionales, hemos ido de un lado para otro del mundo (países como Ecuador, Chile, México, Colombia o Italia han sido testigo de nuestras peripecias vitales antes de recalar de nuevo en España… de momento). La experiencia que hemos acumulado tras nuestros regresos a los respectivos lugares de origen avala las tesis que se exponen en la publicación que hoy recomendamos. Si bien el retorno constituye una fuente de alegrías, no faltan disgustos e insatisfacciones ante la evidencia de que “no todo el monte es orégano”, pues la idealización de la propia tierra, inevitable desde la distancia, encubre realidades poco ilusionantes apreciadas con nitidez tras el regreso. La enumeración sería tediosa y, en el caso de quien suscribe este texto, desaconsejable para su estado emocional. Por señalar un solo elemento de frustración y a título personal diré –en mi condición de Manuel Ferrer Muñoz- que resulta desmoralizador ver la degradación de nuestro marco de convivencia y el encogimiento progresivo de libertades y derechos ciudadanos: fenómenos paralelos y asociados al crecimiento desorbitado del poder del Estado y de la burocracia administrativa que le sirve de tentáculos.

Resumen del artículo:

Las migraciones son parte consustancial de la globalización y, por tanto, construyen formas de entender la relación ‘nosotros-otros’ en un plano de ampliación de la ciudadanía. Comprender un fenómeno como el del retorno migrante resulta clave a la hora de analizar la gobernabilidad global, las expectativas ante el sistema capitalista o las capacidades de los imaginarios para explicar las migraciones. Con estas líneas se trata de problematizar un concepto en constante construcción académico-política, como es el del retorno, para relacionarlo con la seguridad ciudadana y las relaciones entre minorías y mayorías.


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Manuel Ferrer Muñoz. Amarga radiografía de Cali

Este artículo, publicado en Cali Cultural, núm. 175, octubre de 2012, muestra al vivo el lastre que padece una ciudad tan emblemática como Cali, ensalzada hace un año como un icono cultural por un periódico español, y catalogada como «Destino líder en cultura de Sudamérica» en dos ediciones consecutivas de los World Travel Awards, que, por contraste, vive sumida en una crisis permanente provocada por la deficiente gestión municipal, la pobreza extrema de algunos sectores, el deterioro de la convivencia provocada por la inseguridad de las calles, y la carencia de un proyecto compartido por todos los sectores ciudadanos, que se manifestó de modo violento en el estallido social que sacudió a la ciudad el pasado año, del que dimos oportuna cuenta en este blog.

Si bien pudo pensarse, cuando apareció el artículo que hoy se reedita, que su autor cargaba las tintas, inducido por una vivencia personal no precisamente agradable, el tiempo ha venido a demostrar que el diagnóstico era tristemente acertado y que lo que ha venido después era consecuencia lógica de un estado de cosas que tal vez nadie con responsabilidad de gobierno ha sido capaz de encarar.

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Cali, miércoles, 29 de agosto de 2012: una piedra lanzada por una alimaña humana contra un transporte colectivo abarrotado de personas roza la cabeza de un niño de cinco meses, y no impacta en ella de puro milagro. Me parece que este incidente es razón de peso para que abramos una pausa de reflexión y nos preguntemos por qué la brutalidad imperante (dos días después, un par de petardos hirieron a ocho personas). ¿Qué ha sucedido para que una y otra vez, durante dos largos siglos, hayan fracasado los intentos de convivencia entre nosotros? ¡Qué trágico acierto el de Marco Palacios al titular uno de sus trabajos con el significativo “Colombia: ni estado de guerra, ni estado de paz; estado de proceso de paz”!

Nuestro problema no es la guerrilla, no es la inseguridad ciudadana, como tampoco lo es la proliferación de salvajes como el cobarde autor de la pedrada a un vehículo cargado de personas que, tras un día de trabajo, regresaban a sus casas. El problema de Cali, como el de Colombia, no es específicamente caleño ni colombiano, aunque presenta ingredientes particulares: y son suficientes para colmar toda una despensa.

Las guerras civiles que se sucedieron desde la independencia, continuadas por los conflictos de las guerrillas, nunca terminaron con el hallazgo de un espacio común de convivencia. Los privilegios de la vieja sociedad modelada durante los siglos de dominación española nunca se extinguieron, sólo cambiaron de depositarios; y la proclamada igualdad ante la ley nunca ha dejado de ser –como mucho- una bienintencionada y tímida aspiración utópica traicionada por un cúmulo inconmensurable de corrupción rampante.

El materialismo práctico de las sociedades occidentales capitalistas del siglo XX –sociedades opulentas, que sustituyeron la trascendencia por la comodidad- echó raíces profundas en Colombia y contribuyó a agrandar las diferencias entre quienes viven en la prodigalidad más insultante y quienes de todo carecen y codician abierta o discretamente las riquezas ajenas.

El culto al cuerpo convirtió a muchas de nuestras mujeres en carne de quirófano en obsesiva busca de medidas ideales, de pechos descomunales, de rostros de princesas. A nuestras niñas les hemos robado la infancia con los ridículos concursos de belleza en las escuelas, alentando neciamente su ingenuo afán de preadolescentes que las impulsa a vestir y comportarse como señoritas que no aún son. Y nuestros jovencitos se miran en el espejo de artistas, cantantes, pandilleros o narcos: encantados de haberse conocido a sí mismos, carentes de seso y abotargados en su intelecto por una estupidez que, si no es congénita, ha sido adquirida con meritorio esfuerzo.

La indiferencia por lo que no nos atañe de modo directo nos impide fijar la vista en las necesidades de quienes se cruzan en nuestro camino. No tenemos ojos para los pobres ni para los viejos ni para los niños pequeños ni para los feos. El endurecimiento del corazón se traduce en las miradas endurecidas, incapaces de percibir la emoción que causa la inocencia de los niños de pocos meses. Solo miramos alrededor para asegurarnos de que nadie nos sigue con intención de asaltarnos o para contemplar con descaro a una mujer bonita o un carro lujoso, que igual da: hasta esos extremos se ha cosificado a la mujer.

Muchos de los que piden una limosna y son rechazados, aun con buenas maneras, envuelven al otro en una mirada de odio y no escamotean maldiciones en voz baja o no tan baja. Se retiran babeando insultos mientras componen la cara para la siguiente representación que, casi con certeza, terminará como la anterior con injurias proferidas sotto voce.

Nuestras calles son testigos de cruces de insultos, cuando no de golpes entre automovilistas o peatones o entre unos y otros. Quedaron relegadas al olvido las normas de urbanidad que aprendimos de nuestros abuelos, porque en la selva urbana no hay espacio para el respeto ni la cortesía.

Y después de este listado de desafueros y calamidades, ¿nos extraña que nuestros conciudadanos piensen en espacios geográficos lejanos para escapar de la pobreza, la opresión, el miedo, la prepotencia de los que mandan olvidados de su condición de servidores públicos?

Urge, pues, movilizar las reservas de nuestra conciencia cívica y auspiciar programas que recuperen lo que fuimos. En esa tarea de gigantes, la educación cumple un papel fundamental; pero lo grave es que los primeros educadores son los padres. ¿Y somos los padres caleños capaces de anteponer los valores a nuestras comodidades?


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Manuel Ferrer Muñoz. Y tú más

Resulta cansina la insistencia con que personas de talento que se prodigan en las redes sociales –no quiere decir esto que las redes sociales estén sembradas de personas de talento- rebaten opiniones no coincidentes con las suyas, remitiéndose a experiencias anteriores que sólo de modo parcial se relacionan con los hechos que –supuestamente- se analizan, para rechazar con esas ficticias antítesis un juicio que consideran erróneo.

Por remitirnos a un campo tan rancio como el de la política española, basta emitir un comentario crítico hacia el Partido Socialista Obrero (antes, Español), para que, de inmediato, surja la aguda apostilla de que el Partido (Im)Popular cometió atrocidades cuando gobernaba, sin reparar en que el contraste establecido mezcle el tocino con la velocidad, por cuanto se trata de situaciones o de acontecimientos que no resisten la comparación. Tal vez hooligans y adversarios del PSO(E) y del P(I)P se acercarían más a la verdad si compartieran sentidos mea culpa y lloraran juntos por la inoperancia, la insensibilidad o la corrupción instaladas en las cúpulas de una y otra formación política.

A raíz de la trágica y reciente invasión de Ucrania por tropas de la Federación Rusa –que algunos interpretan como premonitoria del próximo estallido de la Tercera Guerra Mundial, cuando no ya su comienzo-, enseguida han aparecido voces discrepantes de la opinión generalizada que condena al presidente ruso, Vladímir Putin, y señalan los nombres de expresidentes de los Estados Unidos –Bush, Clinton, Obama- como responsables de invasiones como las de Afganistán o Irak, justificadas en pruebas que el tiempo reveló falsas. ¿Excusará ese “y tú más” un silencio cómplice ante hechos abominables, por muchos antecedentes que evidencien el acoso de la OTAN a Rusia durante las últimas dos décadas?

¿Y qué decir del antagonismo casi existencial entre ‘negacionistas’ y ‘tragacionistas’ del relato oficial sobre la ‘pandemia’ del COVID?

Lo cierto es que, tras la virulencia con que se enzarzan sostenedores y críticos de tesis esgrimidas y aireadas en organizaciones internacionales, gobiernos de países y medios de expresión que han dejado de merecer la menor credibilidad, subyace la imposibilidad técnica y práctica de acceder a la verdad, oculta por medio de mecanismos sofisticados y entresijos difíciles de escudriñar. Temo que los historiadores de las generaciones venideras se encontrarán también en serios aprietos para analizar y desentrañar los relatos que se nos imponen desde arriba, exigiendo nuestro asentimiento.

Por todo lo anterior resultan aconsejables la templanza y un sano escepticismo a la hora de opinar sobre sucesos que sólo conocemos a través de las exposiciones de otros. Asumida la práctica imposibilidad de convencer a quienes se han aferrado acríticamente a convicciones que consideramos erradas, siempre será preferible respetar que insultar: de poco o de nada sirve que reiteremos con enojo nuestros puntos de vista, si nuestros interlocutores encallaron en una interpretación que niega el derecho a la discrepancia.

Yo sí puedo opinar acerca de lo que ha ocurrido ante mis ojos y afirmar con rotundidad que tal o cual persona llevó a cabo esta o aquella acción. A veces resultará preferible extender un piadoso manto de silencio y, en otras ocasiones, un imperativo moral desatará mi lengua para denunciar a los autores de actos infames o vergonzosos. Así, porque he sido testigo presencial, afirmo que me han robado las guindillas que cultivaba en mi jardín, imprudentemente cercanas al muro exterior; que el currículo elaborado por el Ministerio de Educación de España para los estudios de Primaria presenta muchas más sombras que luces; que la corrupción campa a sus anchas en algunas universidades ecuatorianas; que el párroco de mi pueblo es una excelente persona, o que resultó gratificante la reciente estancia de unos días en una casa rural de Trevélez, municipio de la Alpujarra granadina, así como el trato recibido de parte de su propietario.

Sí respetaré las creencias religiosas de los demás, o sus inclinaciones políticas o estéticas, incluso su apoyo a equipos de fútbol o a jugadores de tenis que rivalizan con mis favoritos; y exigiré que se me dispense el mismo trato. Pero me comprometo ante mis lectores a no hacer nunca uso del “y tú más”, que entorpece cualquier vía de entendimiento.

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Manuel Ferrer Muñoz. La compasión y la insensibilidad de las sociedades contemporáneas

El reciente fallecimiento de una popular actriz española, que se suicidó en su casa, víctima de una depresión que arrastraba desde hace años y que aún luchaba por superar, ha puesto sobre la mesa del debate la cuestión del respeto a la intimidad de las personas.

La polémica ha saltado a raíz de la presencia de esa mujer en un programa televisivo en el que explícitamente reveló que había atravesado por múltiples y profundas depresiones. Y no sólo eso: obligada por esos problemas de salud mental, se vio forzada a poner punto y final a su participación en el concurso: “Mi cuerpo dijo basta», señaló al abandonar el reality de cocina. «No tengo buenas noticias. No me encuentro bien, estoy agotada», agregó.

Enseguida se acumularon comentarios vejatorios y burlones: primero en directo y, enseguida, en las redes sociales. Así describió ese ensañamiento un reconocido profesor de yoga, en una entrevista publicada en elplural: “a lo largo del programa, la intérprete se situó en la diana de los televidentes, que enjuiciaban algunas de sus acciones y arrebatos, pero las reacciones de Verónica no eran fruto de su ‘divismo’, ni de su ‘mala educación’, eran fruto de una mente enferma que fue expuesta y llevada al extremo”.

Si los autores de esas miserables bromas de mal gusto, a costa de una persona que daba ostensibles muestras de no hallarse bien, merecen reproche, asombra la insensibilidad de los responsables del programa: “el hecho de mostrar a alguien en estados de brote absoluto y desequilibrio a millones de personas es irrespetuoso, cruel e irresponsable, y tiene consecuencias”, continúa el profesor de yoga arriba citado.

Hasta aquí las referencias al hecho circunstancial y trágico que sustenta el arranque de estas reflexiones, por cuanto constituye un doloroso paradigma de la insensibilidad de las sociedades contemporáneas ante el dolor ajeno. Muchos de nosotros aprendimos de pequeños -y aún lo recordamos- que había que consolar al triste; pero hoy el triste es objeto de desprecio y marginación, cuando no de hirientes burlas. Nos enseñaron a apiadarnos de los que mendigaban cubiertos de harapos; pero hoy estos indigentes son atacados con frecuencia por jóvenes ociosos, simplemente por la diversión que causan sus lamentos. Y la sola enumeración de otras tantas contradicciones entre lo que oímos y lo que vemos llenaría muchos renglones de escritura bien apretada.

Avergonzado Occidente de sus raíces cristianas, se ha instalado en la indiferencia, porque resulta más cómodo y placentero vivir encerrado en uno mismo. Pero, como dijo en cierta ocasión el Papa Francisco, “la compasión no es un sentimiento de pena que se experimenta, por ejemplo, cuando se ve morir a un perro por la calle; sino que es involucrarse en el problema de los demás, es jugarse la vida allí». ¿Y no es cierto que, ante cualquier episodio desagradable que se desarrolla ante nuestros ojos, apretamos el paso mientas miramos de soslayo para no vernos comprometidos e importunados? ¿Para qué molestarse ante el dolor o las lágrimas de un perfecto desconocido? ¿Quién sabe si los gritos de petición de auxilio de alguien que yace en el suelo no serán una treta para tendernos una emboscada, asestarnos un golpe traicionero y robarnos la cartera?

Una sociedad incapaz de conmoverse por la miseria ajena, insensible ante el espectáculo del llanto de un ser humano, interesada exclusivamente por el propio bienestar material, es una sociedad gravemente enferma. Éste es el mundo en que vivimos, y cuesta pensar que haya cura para esa profunda degradación. ¡Pero habrá que tirar de esperanza!

La Navidad nos invita a renacer desde la humildad del propio conocimiento. Y, desde esa humildad, podemos formular audaces propósitos para el año que está a la puerta, y para toda la vida. Esforcémonos por cultivar la compasión cada día, adentrémonos en nosotros mismos en busca del corazón que quieren arrancarnos. Y recreémonos con aquella canción que Mercedes Sosa convirtió en inmortal: “Sólo le pido a Dios / que el dolor no me sea indiferente / que la reseca muerte no me encuentre / vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”.

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