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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. La compasión y la insensibilidad de las sociedades contemporáneas

El reciente fallecimiento de una popular actriz española, que se suicidó en su casa, víctima de una depresión que arrastraba desde hace años y que aún luchaba por superar, ha puesto sobre la mesa del debate la cuestión del respeto a la intimidad de las personas.

La polémica ha saltado a raíz de la presencia de esa mujer en un programa televisivo en el que explícitamente reveló que había atravesado por múltiples y profundas depresiones. Y no sólo eso: obligada por esos problemas de salud mental, se vio forzada a poner punto y final a su participación en el concurso: “Mi cuerpo dijo basta», señaló al abandonar el reality de cocina. «No tengo buenas noticias. No me encuentro bien, estoy agotada», agregó.

Enseguida se acumularon comentarios vejatorios y burlones: primero en directo y, enseguida, en las redes sociales. Así describió ese ensañamiento un reconocido profesor de yoga, en una entrevista publicada en elplural: “a lo largo del programa, la intérprete se situó en la diana de los televidentes, que enjuiciaban algunas de sus acciones y arrebatos, pero las reacciones de Verónica no eran fruto de su ‘divismo’, ni de su ‘mala educación’, eran fruto de una mente enferma que fue expuesta y llevada al extremo”.

Si los autores de esas miserables bromas de mal gusto, a costa de una persona que daba ostensibles muestras de no hallarse bien, merecen reproche, asombra la insensibilidad de los responsables del programa: “el hecho de mostrar a alguien en estados de brote absoluto y desequilibrio a millones de personas es irrespetuoso, cruel e irresponsable, y tiene consecuencias”, continúa el profesor de yoga arriba citado.

Hasta aquí las referencias al hecho circunstancial y trágico que sustenta el arranque de estas reflexiones, por cuanto constituye un doloroso paradigma de la insensibilidad de las sociedades contemporáneas ante el dolor ajeno. Muchos de nosotros aprendimos de pequeños -y aún lo recordamos- que había que consolar al triste; pero hoy el triste es objeto de desprecio y marginación, cuando no de hirientes burlas. Nos enseñaron a apiadarnos de los que mendigaban cubiertos de harapos; pero hoy estos indigentes son atacados con frecuencia por jóvenes ociosos, simplemente por la diversión que causan sus lamentos. Y la sola enumeración de otras tantas contradicciones entre lo que oímos y lo que vemos llenaría muchos renglones de escritura bien apretada.

Avergonzado Occidente de sus raíces cristianas, se ha instalado en la indiferencia, porque resulta más cómodo y placentero vivir encerrado en uno mismo. Pero, como dijo en cierta ocasión el Papa Francisco, “la compasión no es un sentimiento de pena que se experimenta, por ejemplo, cuando se ve morir a un perro por la calle; sino que es involucrarse en el problema de los demás, es jugarse la vida allí». ¿Y no es cierto que, ante cualquier episodio desagradable que se desarrolla ante nuestros ojos, apretamos el paso mientas miramos de soslayo para no vernos comprometidos e importunados? ¿Para qué molestarse ante el dolor o las lágrimas de un perfecto desconocido? ¿Quién sabe si los gritos de petición de auxilio de alguien que yace en el suelo no serán una treta para tendernos una emboscada, asestarnos un golpe traicionero y robarnos la cartera?

Una sociedad incapaz de conmoverse por la miseria ajena, insensible ante el espectáculo del llanto de un ser humano, interesada exclusivamente por el propio bienestar material, es una sociedad gravemente enferma. Éste es el mundo en que vivimos, y cuesta pensar que haya cura para esa profunda degradación. ¡Pero habrá que tirar de esperanza!

La Navidad nos invita a renacer desde la humildad del propio conocimiento. Y, desde esa humildad, podemos formular audaces propósitos para el año que está a la puerta, y para toda la vida. Esforcémonos por cultivar la compasión cada día, adentrémonos en nosotros mismos en busca del corazón que quieren arrancarnos. Y recreémonos con aquella canción que Mercedes Sosa convirtió en inmortal: “Sólo le pido a Dios / que el dolor no me sea indiferente / que la reseca muerte no me encuentre / vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”.

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Manuel Ferrer Muñoz. Rechazo de los nombramientos de Académicos de la Historia de algunos docentes de la Universidad Técnica del Norte (Ibarra, Ecuador). Dos años de oprobio institucional

En diciembre de 2019, hace ya dos años, Diario el Norte de Ibarra informó de que el PhD Miguel Posso Yépez había pasado a formar parte de la Academia Nacional de Historia, en la condición de miembro correspondiente. Junto a él, refería el mencionado periódico, ingresaron otros cuatro miembros de la Universidad Técnica del Norte (UTN). Hasta ahí, bien; a medias, por cuanto sorprende que pueda cultivarse la historia en territorio hostil, como es el de la UTN: el mismo Miguel Posso debería obrar milagros si, como resulta obligado en un investigador que se proponga profundizar en el conocimiento de la historia, quiere consultar documentación de archivo; porque los obstáculos que impiden la realización de esta tarea son innumerables y casi insuperables. De otra parte, no obstante su talento y su valía personal, el perfil investigador de Miguel Posso en el ámbito de la historia dista mucho de lo que cabe esperar de un académico de la historia, por cuanto su formación no es de historiador y la mayoría de sus trabajos incursionan en otros ámbitos, y no en el de la historia.

Algunos nombres de los otros cuatro nuevos académicos rechinan como meritorios acreedores a un reconocimiento de tanta trascendencia como el conferido en diciembre de 2019. Si bien la formación de Raúl C. Cevallos tampoco es la de historiador, sí ha llevado a cabo investigaciones rigurosas e innovadoras en el ámbito de la historia. Sin embargo, Juan Carlos García labora en el campo de la tecnología e informática, muy respetable, pero ajeno por completo a la historia. El Ing. Marcelo Gómez Terán es eso, un ingeniero que ha tenido la sensibilidad de interesarse por los artesanos de San Antonio de Ibarra. ¿Justifica eso su consideración como académico de la historia? ¿Y qué decir de la desfachatez de otorgar el reconocimiento de académico de la historia a Naranjo Toro cuyo perfil investigador es una monumental estafa? ¿No invita a la chanza su presunta autoría de libros en terrenos tan variopintos como la educación, la historia, la historia del arte, el derecho, la psicología, el turismo, las energías renovables, la antropología, las artesanías, el patrimonio cultural, la ecología, la enfermería, la cosmovisión andina, la arquitectura afrodescendiente, la economía o la gastronomía?

Resulta escalofriante la declaración del PhD Miguel Posso a raíz de la terminación del libro La cosmovisión andina en Cotacachi, cuando, al expresar su alegría por la culminación de ese trabajo, afirma que lo llevó a cabo “junto con dos compañeros más”. Y, sin embargo, en el Repositorio Digital Universidad Técnica del Norte, en la ficha correspondiente al PhD Posso se atribuye la autoría de ese libro a los siguientes autores: Raúl C. Cevallos Calapi, Miguel Ángel Posso Yépez, Miguel Edmundo Naranjo Toro, Iván Bedón Suárez y Rolando Soria Flores. La lógica sospecha que provoca esa contradicción en un caso de tanta gravedad ameritaría la exigencia de una explicación razonada, cuando no una demanda judicial ante la probable falsedad en la autoría de ese libro: porque, repetimos, según el PhD. Posso, fueron tres los autores; y en el mencionado repositorio y en la portada del libro aparecen cinco. ¡Sobran dos ‘autores’! Y éste no es sino un ejemplo meramente testimonial de la sistemática farsa en la atribución de autorías de libros a Naranjo Toro que ha alimentado la UTN desde tiempo inmemorial. Pero se impuso la ley del silencio.

No corresponde a quien suscribe estas líneas señalar actuaciones concretas para promover la remoción de los nombramientos de académicos de la historia recaídos ¡hace dos años! en algunos de los docentes de la UTN a los que se concedió esa distinción. Pero ante un escándalo de tal magnitud debiera registrarse una iniciativa ciudadana para presentar una queja formal ante la Academia Nacional de Historia. Si no se da marcha atrás, la academia habrá enlodado su nombre para siempre, y el mundo de la cultura de Imbabura se hará cómplice de esa infamia.

Han pasado dos años de pasmoso e indignante silencio de quienes deberían haber puesto el grito en el cielo. Nadie se atrevió a decir nada en público. Y el daño ya está hecho. Sin embargo, el hecho de que hayan transcurrido ya veinticuatro meses desde la comisión de un acto tan denigrante, que descalifica a una institución centenaria, no justifica la pasividad. Por prudencia hemos callado, cediendo la palabra a quienes tendrían que haber actuado. Resulte o no de utilidad esta denuncia, a título personal queremos dejar este testimonio de protesta, de amor a la verdad y del respeto que merece la Academia Nacional de Historia de Ecuador.

Lamentaríamos que esta voz clamara en el desierto, sin que sirva de alarma ante el pérfido maridaje de la cultura y de los intereses de un grupo familiar de Ibarra, que secuestró una institución universitaria y la mantiene aún bajo su férula.


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Manuel Ferrer Muñoz. La dictadura perfecta

Como muchos de los hallazgos políticos más duraderos, el recurso a la dictadura fue ocurrencia de los romanos. Y funcionaba a medias: cuando cundía el caos y un general poderoso se revolvía contra otro poderoso general, o cuando una emergencia militar amenazaba el orden establecido, se investía a un magistrado de poderes casi plenos: pero con una importantísima restricción, pues el ejercicio de su imperium no era indefinido, sino sujeto a una limitación temporal.

Pasaron los siglos, el mundo siguió su curso, mecido por las bajezas y grandezas de la condición humana, se privó de libertad a muchos hombres y a otros se hizo creer que eran libres, para someterlos con más eficacia y menos gasto. Y, cuando declinaba el siglo XIX,  Karl Marx y Friedrich Engels acuñaron el término de dictadura del proletariado. Pronto Vladimir Lenin transfirió al Estado la capacidad de imponer sus normas y de aherrojar las libertades individuales, supuestamente bajo la dirección de la clase obrera: lo que, sin género de duda, era mucho decir… Y se olvidó que la dictadura era una letra de cambio, con fecha de vencimiento: se la quiso perenne. No tardaría en identificarse a ese Estado dictatorial con el Estado de partido único. El experimento ha sido duradero, pues, a pesar del fiasco de la descomposición de la Unión Soviética y de sus Estados satélites, el caso de China demuestra que su vigencia no ha caducado.

La evolución del socialismo a la socialdemocracia permitió que el ya experimentado invento liberal-capitalista de los partidos políticos se implantara como modelo de organización política en casi todo Occidente. Y, a pesar de sus inconvenientes, se consolidó como el menos malo de los regímenes políticos: preferible, sin género alguno de duda, al socialismo soviético, que acabaría por cavar su tumba en 1991, por simple consunción, sin necesidad de ninguna ayuda externa.

Pero la condición humana parece reclamar la supremacía del yo sobre el ; y, ante la dificultad de que un yo se perpetúe en el tiempo, se recurrió al nosotros. Si un partido político no obtenía una mayoría parlamentaria que le permitiera aplicar su programa sin restricciones, se vio que podría alcanzarse ese objetivo, siquiera de modo parcial, atrayendo el voto de congresistas de otras formaciones políticas, tal vez pequeñas e irrelevantes, pero con representación parlamentaria y, por consiguiente, con capacidad de entregar votos al partido mayoritario: un préstamo que, obviamente, no es a título gratuito, sino que se financia con ajustes en los presupuestos anuales de los Estados, de manera que los pequeños puedan esgrimir ante sus votantes clientelares pequeños o grandes bocados en las partidas de los presupuestos, obtenidos mediante la venta de sus votos.

Lógicamente, lograr consolidar esas constelaciones de partidos con carácter duradero no es un camino fácil, pero ayuda mucho la demonización del partido mayoritario de oposición. Así, todos a una, consiguen burlar enmiendas legislativas, ahogar iniciativas parlamentarias contrarias a sus intereses, e imponer por las bravas un programa de gobierno, por estrambótico que sea, sin que la aislada y desorientada oposición pueda hacer más que vociferar y desgañitarse en los congresos. Humo de pajas, a fin de cuentas.

Todo se guisa en las sedes de los partidos y en los pasillos de los lujosos edificios que albergan a los dignos representantes de la soberanía nacional. Los plenos de los congresos son meras representaciones teatrales -burdas operetas-, donde lo histriónico y el vociferío campan a sus anchas. Y el pueblo, oportunamente manipulado y carente de reaños, acata con docilidad esas normas del juego supuestamente democrático, sacralizadas mediante una simbología que busca enaltecer la dignidad del Poder Legislativo.

¿Y si ese pueblo, que, aunque formal depositario de la soberanía nacional, no deja de ser plebe, populacho, se atreviera a pensar por cuenta propia, en lugar de sumarse a los aplausos que se escuchan en los ostentosos salones donde los parlamentarios escenifican la comedia que les proporciona un status que, de no haber incursionado con éxito en la política, les hubiera estado vedado? No es práctico enviar tanquetas contra manifestantes -¡no da votos!-, por lo que habrá que tolerar incluso una destrucción dosificada del mobiliario urbano: porque una represión demasiado contundente de la canalla ensucia la limpia imagen democrática de los gobiernos. Resulta más funcional atajar las causas remotas de esos posibles desmanes mediante un paciente trabajo de desarme y modelaje de las conciencias: y éste es el sofisticado proceso que avanza como mancha de aceite en numerosos países que se definen democráticos.

El bombardeo de mensajes publicitarios a través de unos medios de comunicación sometidos a los detentadores del poder político; la imposición de dogmas que han de ser acatados si quiere evitarse el estigma de réprobo apestado; la manipulación de la enseñanza de la historia, que se reescribe según la conveniencia de los de arriba; la distribución de libros de texto cuyos desarticulados contenidos incursionan en el terreno de la estupidez; la eliminación de las humanidades en los programas de estudios, para asegurar que las nuevas generaciones crezcan incapacitadas para ejercitar el intelecto… todo ello conduce a la ‘inmunidad de rebaño’: inmunidad ante la peligrosa tentación de cuestionar los designios de los que mandan, inmunidad ante la paranoia de pretender pensar por propia cuenta, inmunidad ante los riesgos del atrevimiento a la crítica del orden establecido, como si este mundo que se les ofrece desde el Poder Absoluto no fuera el mejor de los mundos posibles.

El experimento parece haber funcionado a plena satisfacción. Se ha logrado la conversión del hombre en oveja: tan idiota como manso. Quienes fueron por lana regresaron trasquilados. Aparentemente, se han cegado los caminos que conducen a la libertad.

Pero no perdamos la esperanza: el hombre recuperará la vista: y se deshará de las actuales estructuras de poder, sin recurrir a la violencia, porque la historia de muchos siglos le ha enseñado que quien a hierro mata, a hierro muere.

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Manuel Ferrer Muñoz. A vueltas con la idiotez

En tiempos marcados por el coronavirus resulta oportuno y casi constituye un deber moral pregonar a los cuatro vientos que la auténtica pandemia, la que de verdad ha puesto el mundo al revés, la que ha arrasado con lo divino y lo humano, la que ha socavado instituciones centenarias, la que ha envilecido a las multitudes, la que ha privado del intelecto a los intelectuales y de criterio ético a muchos profesionales y políticos, no es un bichito que, a lo más, alcanza a matar el cuerpo.

La verdadera plaga, la que ha dejado tras de sí desolación y sombras de muerte, tiene que ver con el empobrecimiento mental de sociedades enteras que, por cobarde sumisión a autoridades que, hipócritamente, dicen velar por los intereses ciudadanos, han renunciado a las señas identitarias del ser humano para perderse en intensificaciones artificiales de las diferencias por motivos políticos e ideológicos, instigadas desde grupos de poder que negocian con las identidades tradicionalmente postergadas. El mundo ha antepuesto la seguridad y la paz del rebaño a la libertad personal que se adquiere mediante la lucha y la crítica al establishment.

Los sueños libertarios que inauguró la Revolución Francesa yacen arrinconados en los desvanes de universidades decrépitas: y eso, suponiendo que una Revolución que invitaba a empapar de sangre los surcos de los campos mereciera ser canonizada como modelo en el que fundar un Nuevo Régimen.

Un manto de imbecilidad se ha extendido, generoso, para cobijar a esos ejércitos desarmados que renunciaron a pensar por sí mismos y que ahora, como perros sumisos, lamen la mano que les da de comer. A todos esos pobres diablos, que constituyen la inmensa mayoría de nuestras sociedades contemporáneas, les invitaría a que acometieran la ímproba tarea de escribir un libro cuyo título debería remedar el que hace ya tiempo dio a la imprenta Félix de Azúa: Historia de un idiota contada por él mismo.

Mientras no adquiramos la capacidad de admitir los propios errores y de reírnos de nosotros mismos y de quienes haga falta, nuestra idiotez tendrá difícil cura. Y la primera tarea que se nos impone es llamar a las cosas por su nombre: al pan, pan, y al vino a vino; y mafias a las mafias que regentan espacios académicos, profesionales y políticos. ¿Cómo se compagina el genuino espíritu universitario con la imposición de ‘verdades’ elaboradas a partir de mentiras mediante el recurso a un arsenal de mecanismos de pensamiento, como la unanimidad o el pensamiento de grupo? ¿Cómo sobrellevar con paciencia la cantinela repetida hasta el hastío de que la educación es competencia exclusiva del Estado y de que quien rehúsa plegarse a ese pensamiento único es un ciudadano pérfido que desafía el orden legal y da un ejemplo vergonzoso a sus hijos? ¿Cómo tolerar que los cuadros dirigentes de partidos políticos impidan la emisión de juicios críticos a integrantes de las mismas formaciones políticas, descalificando a quienes así se manifiestan como ególatras impulsados por personalismos o divismos?

La abulia se ha instalado entre nuestros jóvenes, convenientemente narcotizados para anular sus capacidades reflexivas y afectivas. Un chiste difundido estos días en las redes sociales se burla, malévolo, de la estulticia en que se ha logrado instalar a la juventud: “acavo de terminar el vachiyerato. Lla puedo botar”. Y la tara emocional se revela en un comentario escuchado por quien redacta estas líneas a la profesora de un centro público de enseñanza, que explicaba así la escasa participación en un concurso de fotografía en que los chicos debían retratar a sus abuelos: “la verdad es que no hay mucha motivación; lo primero que preguntan es por los premios y no les interesó mucho”. A fin de cuentas, los abuelos son, como tantos productos del mercado, de usar y tirar: los mimos que recibimos de niños son agua pasada, y ahora, en la adolescencia, no queda tiempo para pensar en momias. Si pregunto por quién pone el cascabel al gato, planteo tal vez un enigma indescifrable para algunos lectores poco ilustrados, desconocedores del significado de ese cuestionamiento. Pero me gustaría emplazar a los lectores algo más versados en el acceso a la palabra escrita a que resuelvan este angustioso interrogante: ¿quién desidiotizará a los idiotas? Porque, en verdad, el desidiotizador que los desidiotizare buen desidiotizador será.

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Manuel Ferrer Muñoz. El cerco a la libertad en el mundo de los analfabetos

Durante la pasada pandemia tocamos fondo. Los gobiernos de los diversos países abusaron a su antojo del margen de acción que les habían concedido las urnas, restringieron las libertades y los derechos individuales, y aprovecharon para estrechar el cerco a las conciencias ciudadanas e impedir así que su obediencia rendida se dejara seducir por tentaciones libertarias.

Si, pasado el tiempo, los tribunales encargados de velar por la salvaguarda de los principios asentados en las constituciones condenaron aquellas restricciones de derechos, anulando los decretos que habían implantado estados de alarma o regímenes de excepción, las condenas quedaron en brindis al sol que apenas generaron una pequeña incomodidad a los que durante meses y de un modo arbitrario se habían hecho dueños y señores de las vidas de hombres y mujeres. Se había impedido de modo estruendoso el control parlamentario, que impide a los gobiernos actuar sin el contrapeso del Poder Legislativo. Y no pasó nada. El precedente es de una gravedad inquietante y, sin embargo, no se ha registrado la alarma social que cabía esperar.

Se ha avanzado con decisión y pleno éxito hacia el mundo feliz que vaticinó Huxley y que también había predicho Orwell. Huxley alumbró una utopía cuyo advenimiento consideraba inminente, en la que la técnica y el progreso científico servirían a los estados para establecer medios de dominación que acabarían por hacer innecesarios los garrotes y los calabozos. Huxley estaba convencido de que los sofisticados sistemas de persuasión, impuestos desde arriba para sujetar las conciencias individuales, conseguirían que la gente amara la servidumbre. Y, tal vez por primera vez en la historia, todo parece indicar que esas ensoñaciones utópicas han ido realizándose de manera cabal.

Domesticadas las conciencias, todo lo demás viene dado por añadidura. Y estamos asistiendo al inaudito espectáculo de poblaciones enteras satisfechas con el yugo que les ha sido impuesto por los amos del poder. De la rebelión de las masas de Ortega y Gasset no queda ni el más remoto recuerdo.

No resulta difícil identificar el camino que ha permitido alcanzar una meta que podía resultarnos inimaginable hace unos cuantos años. Todo pasa por la apropiación de la enseñanza por los estados nacionales, iniciada ya en el siglo XIX, cuando desplazan a la Iglesia, que tradicionalmente había asumido ese cometido, con la no disimulada intención de formar a ciudadanos conscientes de sus deberes hacia la patria. La proliferación, durante un tiempo, de catecismos constitucionales -que en España irrumpen a partir de 1812, cuando se promulga la primera constitución-, es una evidencia clarísima de cómo el Estado pretende suplantar a la Iglesia en el diseño de un sistema de valores indiscutibles a los que debería prestarse una obediencia rendida: quien no acepte y respete esos ‘dogmas políticos’ se convertirá en un apestado que debe ser anatematizado y separado del cuerpo social.

Si la transformación del ‘súbdito’ en ‘ciudadano’, tal vez el logro más importante de la Revolución Francesa, parecía el preludio de una nueva era en que la libertad presidiría la vida política, pronto se evidenció que la buena salud de los estados nacionales requería ciudadanos sumisos y devotos, que delegaran sus derechos en un cuerpo de sesudos representantes que velarían por sus intereses y que les ahorrarían preocupaciones. La nueva élite política, cada vez más profesionalizada, acabó por mutarse en el remedo de la vieja aristocracia y fue arrinconando al pueblo, relegándolo al papel de devota claque, dispuesta siempre a aplaudir la acción de sus representantes… al menos mientras sus mentes no se vieran contaminadas por el ejercicio de pensar por propia cuenta. Y ahí radicaba el peligro que amenazaba potencialmente la estabilidad de las nuevas instituciones: era preciso castrar el intelecto de los ciudadanos, por el bien de la sociedad. Y dicho, y hecho.

Para prevenir los extravíos de intelectos pensantes, los nuevos aristócratas, celosos de la preservación de sus disimulados privilegios, fueron estableciendo un férreo control del sistema educativo que les permitiera adoctrinar a ciudadanos dóciles, incapaces de pensar por sí mismos, simples repetidores de consignas. Por eso, la educación debía ser arrebatada a la familia mediante una hábil prestidigitación que la encomendara a instituciones controladas por el Estado, desde las cuales se velaría por el libre desarrollo de la personalidad y de las capacidades de los alumnos, y por la formación de ciudadanos responsables: palabras grandilocuentes cuya operatividad se ve desmentida por los resultados con lamentable frecuencia. De ahí a la ‘escolarización’ obligatoria no iba más que un paso.

El caso del Reino de España es emblemático de cuanto venimos exponiendo. Si bien la Constitución reconoce el derecho a la educación, no establece el deber de la escolarización, que sí ha sido recogido en las leyes orgánicas de la educación. Y no deja de ser paradójico el contraste entre los bochornosos resultados del sistema educativo español, desacreditado una y otra vez por las instancias evaluadoras supranacionales, y la machacona vigilancia ejercida para que nadie se atreva a educar a sus hijos al margen del sistema: unos controles que adoptan tintes de auténtico terrorismo psicológico, que no excluye la denuncia anónima, como hemos podido constatar en nuestras propias carnes quienes apostamos por la educación en casa. El único argumento esgrimido por las instancias oficiales encargadas de cazar a los que osaron educar a sus hijos por cuenta propia es la cansina reiteración de que así lo dispone la ley: y retarla es un mal ejemplo para los hijos y un desafío irresponsable que podría derivar en la pérdida de la patria potestad.

Así, pues, acudamos a la escuela, reeduquémonos quienes habíamos apostado erróneamente por un régimen de libertad de pensamiento, aprendamos que el festín de las libertades ya terminó y que, por si no nos habíamos enterado, hace ya tiempo que empezó un prolongado ayuno de ideas, amorosamente diseñado por nuestros representantes políticos para que, con la práctica de esa dieta, alcancemos el suficiente grado de estupidez que nos asegure la plena felicidad. Y delatemos a los individuos asociales que osan poner en tela de juicio las sabias leyes que emanan del talento y la abnegación de los dignos y mal pagados depositarios de la soberanía, cuyos nombres deberíamos reproducir con letras de oro en los muros de nuestras ciudades, en esos templos del saber que son las escuelas, en los recintos carcelarios donde más de uno de esos conspicuos legisladores debería ser resguardado durante muchos años… siquiera sea para que dejen de insultarse entre sí y de vomitar procacidades.

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Manuel Ferrer Muñoz. El mejor piropo que haya recibido nunca

Al parecer, ha llegado el momento largamente esperado de que los hombres empecemos a recibir piropos de las mujeres.

El que sigue, que me ha hecho llegar una querida amiga, miembro del Club de Escritura que dirijo desde hace casi dos años, constituye uno de esos argumentos que animan a seguir en la pelea diaria y a reforzar la autoestima: “A ti te dejaría el lápiz con los ojos cerrados”. Sin embargo, el piropo me emplaza en una difícil tesitura: si acometo la empresa, cuya ejecución sopeso desde hace tiempo, de escribir una autobiografía, ¿quién me dirigirá unas palabras tan motivadoras?


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Manuel Ferrer Muñoz. Hay vida más allá de la academia

En una entrada anterior recogimos la primera versión de este texto que ahora se publica en La Clave.

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Hace tres años, la Mtra. Jacqueline Murillo Garnica sintió la necesidad “de ejercitar la escritura y, con ella, la narrativa de los días, de las emociones, de los sentires”, y a la vez quiso asumir el compromiso de potenciar la capacidad escritural de un grupo de estudiantes del Recinto Juan Vicente Moscoso de San Pedro de Macorís, del Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (República Dominicana).

Por iniciativa propia, y sin apoyos institucionales, Jacqueline Murillo puso en marcha un Semillero de Escrituras Creativas que, tras un perseverante esfuerzo de tres años, culminó recientemente en un libro publicado por la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina. Concluyó así una travesía literaria que “recorrió la geografía dominicana, reproduciendo el sentir del pueblo dominicano, replicando el sabor de los primeros amores, hasta lograr que eros y thanatos dialog[aran] al unísono”.

Por las mismas fechas en que arrancaba aquel semillero, el autor de este texto acometía un reto profesional de envergadura: hastiado de la mezquindad de una institución universitaria en que laboraba, en la ciudad de Ibarra (Ecuador), presentó su renuncia como docente-investigador de ese centro, y promovió un Servicio de Asesoría sobre Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades, que creció y se consolidó libre de corsés académicos y de la rígida y empobrecedora maquinaria burocrática que ahoga el espíritu de la vieja y noble institución universitaria. Con el tiempo, ese blog, que ha calado entre usuarios de los cinco continentes y atraído miles de consultas, se vio complementado por una Asociación civil, Somos Axarquía, que, desde su modestia, formuló el propósito de rescatar y potenciar el patrimonio cultural y artístico de esa peculiarísima comarca de la provincia de Málaga (España).

El pasado sábado, 23 de octubre de 2021, arrancó formalmente un proyecto conjunto, impulsado por Jacqueline Murillo y Manuel Ferrer, quienes desde la publicación del libro Travesías urbanas de la Mtra. Murillo han mantenido una estrecha colaboración. Se trata de un libro de cuentos, que se titulará De perros y gatos, en el que participarán socios del Club de Escritura Creativa de Somos Axarquía y el grupo de estudiantes universitarios de República Dominicana que ha venido trabajando en el Semillero de Escrituras Creativas.

El texto, cuya publicación se prevé para mediados del próximo año, se verá enriquecido por ilustraciones de niños dominicanos y españoles, que plasmarán en imágenes su visión de los gatos y perros que protagonizan estos divertidos relatos de ficción.

No diríamos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, si omitiéramos la mención de la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina, que, impulsada a fines de 2018 por el Dr. José Manuel Castellano, está contribuyendo de una manera ejemplar a compartir y democratizar el conocimiento y a apoyar decididamente a los jóvenes en su proceso de crecimiento intelectual, desde la perspectiva de una visión comunitaria. La Editorial no mercadea con los libros, ni con los autores, ni con los lectores, y facilita una plataforma espléndida para la edición de textos en formato virtual, accesibles sin costo alguno desde cualquier parte del mundo. Por cierto, José Manuel Castellano labora en una institución universitaria ecuatoriana, pero emprendió este proyecto editorial por iniciativa propia y con sus propios y exclusivos recursos.

Amigos lectores, la conclusión que se desprende es inequívoca: ¡hay vida más allá de la academia! Aunque tal vez sea más certero afirmar que (¿lamentablemente?) ¡la vida empieza más allá de la academia!


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Manuel Ferrer Muñoz. Hay vida más allá de la academia

Hace tres años, la Mtra. Jacqueline Murillo Garnica sintió la necesidad “de ejercitar la escritura y, con ella, la narrativa de los días, de las emociones, de los sentires”, y a la vez quiso asumir el compromiso de potenciar la capacidad escritural de un grupo de estudiantes del Recinto Juan Vicente Moscoso de San Pedro de Macorís, del Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (República Dominicana).

Por iniciativa propia, y sin apoyos institucionales, Jacqueline Murillo puso en marcha un Semillero de Escrituras Creativas que, tras un perseverante esfuerzo de tres años, culminó recientemente en un libro del que nos hemos hecho eco en este blog. Culminó así una travesía literaria que “recorrió la geografía dominicana, reproduciendo el sentir del pueblo dominicano, replicando el sabor de los primeros amores, hasta lograr que eros y thanatos dialog[aran] al unísono”.

Por las mismas fechas en que arrancaba aquel semillero, el autor de este texto acometía un reto profesional de envergadura: hastiado de la mezquindad de una institución universitaria en que laboraba, en la ciudad de Ibarra (Ecuador), presentó su renuncia como docente-investigador de ese centro, y promovió un Servicio de Asesoría sobre Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades, que creció y se consolidó libre de corsés académicos y de la rígida y empobrecedora maquinaria burocrática que ahoga el espíritu de la vieja y noble institución universitaria. Con el tiempo, ese blog, que ha calado entre usuarios de los cinco continentes y atraído miles de consultas, se vio complementado por una Asociación civil, Somos Axarquía, que, desde su modestia, formuló el propósito de rescatar y potenciar el patrimonio cultural y artístico de esa peculiarísima comarca de la provincia de Málaga (España).

Este sábado, 23 de octubre de 2021, arranca formalmente un proyecto conjunto, impulsado por Jacqueline Murillo y Manuel Ferrer, quienes desde la publicación del libro Travesías urbanas de la Mtra. Murillo han mantenido una estrecha colaboración. Se trata de un libro de cuentos, que se titulará De perros y gatos, en el que participarán socios del Club de Escritura Creativa de Somos Axarquía y el grupo de estudiantes universitarios de República Dominicana que ha venido trabajando en el Semillero de Escrituras Creativas.

El texto, cuya publicación se prevé para mediados del próximo año, se verá enriquecido por ilustraciones de niños dominicanos y españoles, que plasmarán en imágenes su visión de los gatos y perros que protagonizan estos divertidos relatos de ficción.

No diríamos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, si omitiéramos la mención de la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina, que, impulsada a fines de 2018 por el Dr. José Manuel Castellano Gil, está contribuyendo de una manera ejemplar a compartir y democratizar el conocimiento y a apoyar decididamente a los jóvenes en su proceso de crecimiento intelectual, desde la perspectiva de una visión comunitaria. La Editorial no mercadea con los libros, ni con los autores, ni con los lectores, y facilita una plataforma espléndida para la edición de textos en formato virtual, accesibles sin costo alguno desde cualquier parte del mundo. Por cierto, José Manuel Castellano labora en una institución universitaria ecuatoriana, pero emprendió este proyecto editorial por iniciativa propia y con sus propios y exclusivos recursos.

Amigos lectores, la conclusión que se desprende es inequívoca: ¡hay vida más allá de la academia! Aunque tal vez sea más certero afirmar que (¿lamentablemente?) ¡la vida empieza más allá de la academia!


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Manuel Ferrer Muñoz. La sumisión de los ciudadanos al Estado

Hace más de dos siglos, los súbditos de algunos países europeos empezaron a convertirse en ciudadanos titulares de derechos y de deberes. Este giro revolucionario constituiría uno de los elementos claves que marcaría la desaparición del Antiguo Régimen.

Los totalitarismos del siglo XX, que golpearon con fuerza al Viejo Continente, no lograron derribar la fortaleza de los Estados liberales, que, para adaptarse a los nuevos tiempos, evolucionaron hacia el modelo de la socialdemocracia, concebido como una rectificación parcial del individualismo liberal para reforzar las instancias públicas y contener el ‘desenfreno’ liberal, permaneciendo intactos los principios políticos básicos del liberalismo democrático.

La segunda década de la actual centuria asistió en algunos países de Europa a un renacer apresurado y efímero de los modelos comunistas, supuestamente purificados de la brutalidad de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de sus satélites del este de Europa, y de los bárbaros experimentos registrados en países asiáticos, de los que no se libra la China de Mao. Y los partidos socialistas occidentales, que habían abrazado mayoritariamente el credo socialdemócrata, acometieron la búsqueda de unas renovadas señas identitarias que impidieran la fuga de sus votantes hacia formaciones políticas más genuinamente de izquierdas. Fue éste el caso del Partido Socialista Obrero Español que, de la mano de su actual secretario general, ha emprendido una trayectoria desconcertante y errática, asumiendo cuantas causas puedan reportarle votos, por más que esas reconversiones sucesivas empiecen a marcar una deriva hacia ninguna parte.

Profesionalizada cada vez más la actividad política y alejada de su sentido originario de defensa de los intereses de los ciudadanos, en muchos países se ha convertido en un envidiable medio de vida, bien remunerado, que garantiza un régimen de privilegios a quienes ingresan en las estructuras partidistas y se acomodan en ellas con vocación de perennidad.

La consecuencia lógica del auge y desarrollo de esa nueva ‘aristocracia’ -llamémosla así- es un alejamiento creciente y alarmante entre gobernantes y gobernados, convencidos estos últimos de la inanidad de sus esfuerzos por desmontar el tinglado de intereses creados.

Obviamente, quienes detentan el poder -según el riguroso significado del verbo detentar, desconocido por la ignorante clase política- se esfuerzan por garantizar su permanencia en los centros de decisiones y de manipulación, al costo que sea. Y, conscientes del desprecio que inspiran en la sociedad civil, traman mil argucias legales para perpetuarse en su pequeño mundo paradisíaco por medio de la eliminación de contrapesos y de organismos autónomos de fiscalización.

Sentados esos precedentes, y tras la insólita experiencia de la pandemia del coronavirus y de los poderes excepcionales que asumió el Ejecutivo tras la proclamación del estado de alarma, se entiende que las neuronas de los asesores del césar que gobierna reclamando para sí la confianza ciega de los españoles -los pocos que quedan, si se excluye a catalanes, vascos, gallegos…-, se ocupen en diseñar mecanismos que prevengan el peligro de una reasunción por los ciudadanos del espíritu crítico. Por eso, la demencial y aberrante política en materia educativa, que conducirá a la canonización de la idiotez; por eso, la creciente censura de la libre expresión, y, quién sabe si también por eso, el anteproyecto de reforma de la Ley de Seguridad Nacional aprobado recientemente en el Consejo de Ministros, que no ha tardado en levantar suspicacias y recelos entre intelectuales no adoctrinados, que, aun desconocedores de los detalles de la reforma, alertan de «importantes riesgos» de extralimitaciones y abuso de poder del Ejecutivo, y de la amenaza que se cierne sobre derechos fundamentales de los ciudadanos.

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Manuel Ferrer Muñoz. Estudiar, ¿para qué?

Año 2009. Mes de febrero. Lugar: Universidad del Valle, en Cali (Colombia). Contexto: un encuentro con un grupo de estudiantes de Sociología para debatir las razones por las que tantos jóvenes colombianos emigran a España y a Italia después de su titulación universitaria. Respuesta unánime: de nada sirve cursar una carrera en Colombia, aun con excelentes calificaciones, para acceder a un puesto de trabajo acorde con esa preparación académica.

Si hoy, en junio de 2021, planteáramos esa misma pregunta en la misma sede, se repetiría idéntica contestación, incluso con más contundencia a la vista del gravísimo conflicto social y político que atraviesa Colombia.

¿Qué dirían ante ese interrogante nuestros estudiantes universitarios ecuatorianos? Y ¿qué dirían los españoles, que persiguen maestrías y doctorados allende las fronteras? ¿Qué opinarían los mexicanos, seducidos siempre por el vecino de norte?

Los resultados de esas hipotéticas encuestas serían abrumadoramente coincidentes en el más profundo pesimismo.

¿Qué haremos? ¿Cerraremos las universidades? ¿Practicaremos un harakiri multitudinario? ¿Practicaremos un acto de fe colectivo en las excelencias que vaya a depararnos la política educativa del presidente Guillermo Lasso? (Porque en Colombia, España y México ya sabemos lo que hay, que, por cierto, no abre vías a la esperanza).

Si de verdad buscamos una respuesta a esas cuestiones, no podremos conformarnos con la búsqueda de soluciones prácticas a las enormes carencias de la educación en los países arriba mencionados -Colombia, Ecuador, España, México-, que no se solucionarán simplemente con la disponibilidad de más recursos económicos o tecnológicos, ni con una revisión de los planes de estudios, ni con una más eficaz capacitación del profesorado.

Perdimos de vista la perspectiva de lo que significa la universidad, una institución cuyo sentido redujimos miserablemente a la simple expedición de unos títulos que capacitan para desempeñar tareas a las que van anexos envidiables ingresos económicos, una plausible estabilidad laboral y un prestigio social que rivaliza con el que gozaba antes la vieja aristocracia de la sangre.

Y porque extraviamos esa perspectiva, erramos con la pregunta. Y es que no importa el ‘para qué’, sino el ‘qué’.

Cuando empezaba el siglo XX, la universidad estaba dando pasos de gigante en algunos países europeos, porque los avances científicos de los siglos XVIII y XIX reforzaron el papel de la investigación en áreas especializadas, sin que se cuestionaran los rasgos identitarios de la academia, que se remontaban a los siglos XII y XIII y que comportaban una estrecha relación entre maestros y discípulos.

Pero, con el transcurrir del tiempo, la universidad dejó de ser un espacio para pensar y discutir puntos de vista, para aprender de maestros comprometidos en la búsqueda del saber (investigación y estudio) y en su difusión (docencia y publicación). Y la universidad empequeñeció su misión -la pesquisa de una visión integradora del hombre y de la sociedad-, para dispersarse en una constelación de saberes especializados, inconexos e incomunicados entre sí.

La universidad acabó por eludir los grandes interrogantes de la vida humana: el sentido de la vida y del tiempo, el porqué de la muerte, la existencia de Dios, las nociones éticas del bien y del mal, la responsabilidad social de cada hombre… Hubo, ciertamente, un acercamiento a la sociedad y a sus demandas, pero, sobre todo, a través de su contribución -y supeditación- al Estado y a la empresa: y lo que empezó constituyendo un compromiso social ha ido derivando, al incorporarse la institución universitaria a la economía de mercado, a una subordinación de la universidad a los intereses y necesidades del poder político y del gran capital.

Sentadas las anteriores premisas, la conclusión implacable y desmoralizadora es que el fin último que se propone la inmensa mayoría de quienes acometen el estudio de estudios universitarios es rendir tributo a las exigencias del Estado y de la empresa, en la confianza de que mediante esa subordinación se logre obtener un beneficio personal que, ciertamente, en los tiempos actuales es muy incierto y volátil.

En verdad, si es esto lo que se busca, no vale la pena invertir tiempo ni dinero ni ilusiones en unos estudios burocratizados, impartidos por unos maestros desmotivados -cuando no manifiestamente incompetentes-, en unas anodinas aulas universitarias donde rara vez se alza una voz que cuestione el sistema o que trascienda la atonía de unas instancias pseudoacadémicas que se limitan a funcionar como guarderías en las que entretener y domesticar a jóvenes que ninguna resistencia ofrecerán al adoctrinamiento.

Pero, si nos esforzamos por renovar el auténtico espíritu universitario, que rastrea el saber en las bibliotecas, los archivos y los laboratorios, que se incardina en el aquí y hoy de nuestras sociedades, que rastrea la verdad en la maraña de medias verdades que repiten monótonamente indecentes docentes, tal vez empecemos a atisbar que las grandes aventuras y las batallas épicas a que está llamada nuestra juventud se librarán en los campus universitarios… o no se librarán nunca.

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