ICSH

Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


Deja un comentario

Pablo Serrano Álvarez. Ciudad de México, 10 de junio de 1971: el Halconazo. Cincuenta años

Todo era el caos apocalíptico. Gritos, disparos, olor a pólvora y gases lacrimógenos, mantas tiradas en el piso. Algunos valientes tiraban piedras a Los halcones. Quizá hubo disparos del lado de los estudiantes; si así fue, habrán sido pocos y de bajo calibre, defensivos. Nada que hacer frente al ataque comandado por el siniestro militar Manuel Díaz Escobar, organizador de Los halcones y viejo represor de los estudiantes.

El desprestigio del priiato por la utilización abierta del ejército durante todos los años 60 y en 68, sobre todo en Tlatelolco, lo llevó a crear ese grupo paramilitar con todo el respaldo gubernamental, y yo diría que incluso del Estado. El salvajismo con el que actuaron fue dantesco: llegaron a las instalaciones del hospital Rubén Leñero, entonces denominado Cruz Verde –ubicado a unas calles del sitio de la matanza- y sacaban a los heridos y a las enfermeras. Algunos de éstos valientemente intentaban proteger a los heridos. Era el infierno.

Joel Ortega Juárez, 10 de junio: ¡ganamos la calle!,
México, Ediciones de Educación y Cultura, 2011,
(Colección nuestro siglo XX), p. 103.

­­­_____

El trauma del movimiento estudiantil de 1968 no se había desvanecido del ambiente político y social de México al iniciar la década de los setenta del pasado siglo. La herida se encontraba abierta y sangraba aún. La persecución y la represión gubernamental contra los estudiantes y sectores populares continuó en el gobierno encabezado por el presidente populista Luis Echeverría Álvarez, sucesor del presidente autoritario Gustavo Díaz Ordaz. El ejército, las policías y las autoridades de inteligencia prosiguieron en su encono contra las movilizaciones, oposiciones, disidencias o acciones de los demandantes de democracia, libertad, justicia e igualdad. Cualquier indicio de expresión o acción era perseguido y reprimido con la inteligencia política del gobierno, o, más aún, con la represión armada y violenta de grupos relacionados con el ejército y las policías. Esto sucedía en todo el país, mucho más en la ciudad de México. Luego de los sucesos lamentables del 68, poco quedaba de la organización estudiantil y popular. Presos políticos, exiliados en el extranjero, escondidos, los estudiantes y líderes tuvieron escaso margen de organización y acción para seguir en la lucha opositora al gobierno autoritario mexicano. Los sobrevivientes de brigadas, asambleas y manifestaciones se replegaron y dividieron.

Sin embargo, hubo una organización que se denominó Comités de Lucha que, mediante un Consejo, continuó agrupando y organizando a los estudiantes de la UNAM, el IPN, las Normales, Universidad de Chapingo, Universidad Iberoamericana e incluso a El Colegio de México, entre otros más. Ese Comité agrupaba a cincuenta escuelas y regulaba las acciones y manifestaciones de los estudiantes, dando continuidad al movimiento estudiantil de tres años antes, aunque con cierta autonomía que le brindaba libertad de maniobra y movilidad. Esta organización buscaba el alejamiento con los líderes del 68, la conquista de la manifestación callejera, la vinculación popular con la lucha obrera, incidir en la reforma universitaria (se identificaron con las movilizaciones universitarias de Nuevo León, que buscaban la paridad), la distancia con respecto a propuestas izquierdistas, la libertad de los presos políticos, la democracia sindical, la democratización de la enseñanza y la no negociación con el gobierno federal por ningún motivo. Esta agrupación era poco institucionalizada y se oponía al radicalismo, sin liderazgos encumbrados y donde imperaba el asambleísmo. No era una organización consolidada y fuerte, pero tuvo sus seguidores gracias a la labor de los líderes que atraían a los estudiantes en cuanto a la conciencia opositora que debía mantenerse.

El Manifiesto publicado el mismo 10 de junio de 1971, expresó que esta organización era heredera de los “estudiantes politécnicos, normalistas universitarios, de quienes pelearon por defender el derecho de nuestro pueblo a la enseñanza, de quienes se tiñeron de rojo al fundirse con las luchas del proletariado en 58-59… los luchadores de hoy somos quienes inundamos de voces y puños las calles lluviosas en julio-diciembre del 68 para gritar por los obreros enmudecidos por el charrismo, por los campesinos que luchan por la tierra, junto al pueblo que se ha levantado más de una vez con sus cananas cruzadas para arrojar a los poderosos al estercolero de la historia”.[1] Desde ya, pugnaba por la desaparición de los grupos paramilitares financiados y organizados por el gobierno, que en este caso los atacaron de manera sangrienta.

Las premisas rebasaron los hechos, se organizó una manifestación para el jueves 10 de junio de 1971, a la que de entrada se opusieron los ex líderes del 68 y otros personajes radicales provenientes de la izquierda, que no se identificaron con la organización y acciones del Comité. El espíritu de lucha por la libertad era lo que animaba a los miembros del Comité, como Joel Ortega Juárez lo escribió:

Cualquier centro educativo era un buen espacio para tirar el rollo y reclutar muchachos (pocas mujeres, por cierto), para organizar los Clubes de la Juventud Comunista y sin falta los Comités de lucha que hicieran posible la consigna: “Es sólo el principio; lucha. La lucha continúa”.

Texto completo en fuente original