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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Juan Manuel Jiménez Muñoz. Pienso, luego estorbo

Recogemos aquí un texto de este prestigioso médico malagueño, que ha vivido experiencias muy duras por el simple hecho de expresar su libre y fundada opinión en temas que se consideran tabú. Juzguen por sí mismos a la luz de las explicaciones del protagonista de esta historia de auténtico terror.

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Queridos amigos. Queridas amigas:

Ante todo, muchísimas gracias por esos miles de felicitaciones en mi 60 cumpleaños que, a pesar de mis deseos, me resultan imposible responder personalmente.

La mayoría sabéis que entre el 2 de febrero y el 5 de marzo he sido secuestrado, castigado y bloqueado como en los tiempos de Franco: aquella gloriosa época donde los columnistas de La Codorniz y los directores de cine tenían que inventar un lenguaje metafórico para salvar la censura. Eso, o exiliarse directamente a Radio Pirenaica.

Como un Santiago Carrillo disfrazado con peluca, he podido publicar estos treinta días a través de dos herramientas clandestinas: una nueva página en Facebook llamada GULAG CAGOENTÓ CAGOENTÓ y una plataforma de SEGUIDORES DEL DOCTOR JIMÉNEZ que, muy amablemente, pusieron a mi disposición un grupo de 1.230 amigos encabezados por Miriam Molina Benítez, a todos los cuales doy las gracias por su interés, cercanía y cariño. Nunca lo olvidaré.

Hoy pensaba recomenzar mis publicaciones como otras veces lo he hecho tras salir de una condena: con un artículo satírico. Pero no. Entiendo que van en serio conmigo, y que las únicas opciones que me quedan son dos: contar chistes de gatitos o sentirme libre de decir lo que yo quiera. Siempre con respeto, claro. Y sin saltarme la Ley.

Como es natural, he elegido lo segundo. Soy alérgico a los gatos. Y eso significa que a esta página de Facebook le quedan tres telediarios. El cierre es inevitable. Las denuncias masivas en Facebook a quienes se muestran neutrales o críticos con el poder, y el ataque conjunto de troles para denunciar las páginas, son las herramientas de estos nuevos inquisidores para retirar la voz a quienes escribimos dos párrafos sin faltas de ortografía. Son personas –estos catedráticos de la nada– que intentan a diario alcanzar la sabiduría. Pero la sabiduría corre más que ellos. Y peor aún: si se cayesen de su ego, se matarían.

España (¡quién lo iba a decir hace una década!) se ha convertido en una jaula de locos, en un país calcado de los peores momentos cantonales de la Primera República, en un país a imagen y semejanza de los inicios del Frente Popular y la Falange. Y yo, plenamente convencido de que en caso de guerra civil soy perfectamente fusilable, digo lo que don Pedro Muñoz Seca antes de que los milicianos lo pasaran por las armas: “podéis quitármelo todo, incluso la vida; pero nunca podréis quitarme el miedo que os tengo ahora”. Qué tío.

Soy un delincuente contumaz. Lo reconozco. Pienso, luego estorbo. Mi historial delictivo en Facebook comenzó hace justamente un año: el 12 de marzo de 2020. Ahí arrancan mis problemas. Unos problemas que jamás había tenido desde 2017, año de mi bautizo en Facebook con artículos siempre polémicos, siempre virales, pero nunca censurados. Y… ¿qué sucedió ese 12 de marzo de 2020 para que cambiasen las tornas? Muy fácil. Llevaba yo dos semanas advirtiendo de la falta de recursos para controlar la pandemia, y denunciando la irresponsabilidad de las autoridades por haber fomentado las manifestaciones del 8M. Y entonces, de repente, me cayeron tres días de condena. Una casualidad, por supuesto. No vayan a pensar mal. Luego se ha visto que yo llevaba razón. Pero la gracia estaba hecha. Ya tenía antecedentes penales.

El 26 de octubre de 2020 me cerraron la página por segunda vez, en esa ocasión por un artículo titulado “La Atención Primaria ha muerto”, el texto más profundo que ha salido de mi pluma, y que tuvo miles de reproducciones. Facebook me bloqueó tres semanas “por no cumplir nuestras normas”. Qué cabrón. Digo las normas. No Facebook.

El 18 de noviembre de 2020, tras esas tres semanas de condena, regresé a las redes sociales con un artículo satírico titulado “He vuelto rehabilitado”. A las pocas horas, cuando más de siete mil personas lo estaban haciendo viral, Facebook me volvió a cerrar la página durante dos semanas. Era la tercera vez.

El 13 de enero de 2021 me volvieron a castigar una semana por un artículo titulado “Las cosas de Fernando Simón”, en el que criticaba su pronóstico acerca de que “las nuevas cepas de coronavirus tendrían una incidencia marginal en España”. Cuarto cierre. Al parecer, el artículo “no cumplía con nuestras normas”. Defendía yo allí, basándome en la evolución darwiniana, que antes de seis meses esas nuevas cepas serían, justamente, las predominantes en el mundo. El tiempo me está dando la razón, pero el censurado fui yo, y Simón sigue en su puesto. Qué cabrón. Digo Facebook. No Simón.

Y por último, el acabose. El 2 de febrero pasado, a las pocas horas de publicar un artículo en defensa de las enfermeras del Hospital Clínico de Málaga y en contra del acoso que habían sufrido por un paciente ingresado, me bloquearon un mes. Quinto castigo. Y por cierto: horas después de mi cierre, la Fiscalía de Málaga admitió a trámite una denuncia del Hospital Clínico contra el susodicho paciente. Pero el daño estaba hecho. Y es que en la España de hoy, en esta España al revés, se censura a quien recrimina una mala conducta y se aplaude al delincuente.

Pero bueno: me consolaré. Tengamos en cuenta que lo mío es una gota de agua en el océano de España. Aquí, a día de hoy, el okupa manda más que el dueño de la vivienda, los diputados justifican algaradas callejeras, la Generalitat conforta a los incendiarios, la policía está mal vista por sus propios mandos, los vicepresidentes de España dan la razón a potencias extranjeras, antiguos etarras nos dan lecciones de ética, las niñeras de las ministras cobran como asesoras, se excarcela a los golpistas para que den mítines electorales, los ministros dicen que el turismo no tiene importancia, y el Presidente del Gobierno, en menos de doce meses, ha solucionado una pandemia, ha derrotado a Franco y ha vencido a la organización terrorista ETA. Le falta Aníbal y Viriato. Qué cabrón. Digo Viriato. No Sánchez.

En fin. Menos mal que miles de vándalos se han manifestado en Cataluña y Madrid en defensa de la libertad de expresión. No sé qué sería de Pablo Hasel y de mí sin esa gente.

En resumen: quiero despedirme de vosotros anticipadamente. La brusquedad de los cierres, lo arbitrario de las denuncias, lo largo de las condenas y la imposibilidad de recurrir a nadie estas censuras que la Constitución prohíbe pero que una empresa privada realiza, hacen imposible que nos despidamos como personas de bien cuando te toca la china. Por si acaso, adiós. O Salud y República.

Aconsejo a los lectores que, sin abandonar mi página habitual, soliciten amistad en mi página alternativa GULAG CAGOENTÓ CAGOENTÓ, y que escojan la opción de “seguir” en el botoncito correspondiente. El caso es mantener contacto pese a quien pese. Iré utilizando una u otra en función de las necesidades y de los próximos cierres.

Muchas gracias a todos, y viva la libertad. Y a ver cuánto nos dura.

Firmado:

Juan Manuel Jiménez Muñoz

Médico y escritor malagueño