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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Mentiras que, por repetidas, cuelan como verdades

Miente Biden cuando afirma que los niños son de los profesores mientras están en el aula.

Ésta es una de las mentiras tremendas que amparan las legislaciones de algunos estados –y no precisamente Estados Unidos- que niegan el derecho de los padres a educar a sus hijos en casa.

Los niños no pertenecen a nadie, tampoco a sus padres. Pero las figuras materna y paterna en la crianza son insustituibles, y el ámbito familiar es mucho más decisivo que el escolar en la educación de los niños.

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Carlos Hernández-Echevarría. Cuando Estados Unidos odiaba y temía a los católicos

Cuando John Kennedy se presentó a la presidencia en 1960, tuvo que aclarar que, si ganaba, no dejaría que el papa Juan XXIII le dictara desde el Vaticano cómo gobernar. Joe Biden, desde hace unos días el segundo presidente católico de la historia de Estados Unidos, no ha pasado por nada parecido. Hoy ese discurso parecería ridículo, y eso es todo un signo del progreso de un país con una larga tradición de maltrato y discriminación hacia los católicos.

El anticatolicismo estaba presente en EE. UU. desde antes incluso de que se fundara el país. Hasta hace no mucho, los libros de historia de los niños estadounidenses empezaban con el relato de cómo los primeros colonos llegaron desde Inglaterra a las costas de Massachusetts para poder practicar su religión en libertad. Sin embargo, esos mismos libros olvidaban contar que los que habían huido de la opresión religiosa no tardaron mucho en convertirse en opresores.

Los colonos transportaron al ‘Nuevo Mundo’ los prejuicios que en Inglaterra eran comunes contra la minoría católica. En 1700, la colonia de Massachusetts aprobó una ‘Ley contra los Jesuitas y los Curas Papistas’ que los declaraba “incendiarios y perturbadores de la paz y la seguridad pública” y también “enemigos de la verdadera religión cristiana”. Por eso daba a esos sacerdotes un corto plazo para abandonar el territorio o serían condenados a cadena perpetua. Si a alguno se le ocurría escapar de prisión, recibiría la pena de muerte.

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