ICSH

Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


Deja un comentario

Andreu Navarra. Estamos creando una nueva Edad Media en las aulas

andreu

En España, como en casi el resto del mundo, el panorama de la educación es desolador en todos los niveles. El artículo de Andreu Navarra que hoy recomendamos muestra el grado de idiotización de los estudiantes de Secundaria, privados de una mínima riqueza de léxico y convertidos en zoombies, incapaces de fijar la atención en algo durante unos miserables minutos. Vaya nuestra enhorabuena a quienes han conseguido estos logros. Ciertamente en esas condiciones la apuesta por la educación en casa es una de las pocas salidas coherentes.

_____

El mundo educativo debate sobre las horas de clase, la evaluación del profesor y los malos resultados de España en las pruebas de PISA, pero todo eso es bastante secundario en el universo de Andreu Navarra, un profesor de Lengua y Literatura de Secundaria que retrata desde las tripas de la enseñanza, a pie de aula, una realidad de urgencias más acuciantes: desde la desnutrición de un buen porcentaje de alumnos a la incapacidad de concentrarse de la nueva generación de “ciberproletariado” o la ausencia de debate sobre el futuro al que esta sociedad quiere conducir a sus jóvenes. Navarra no es un teórico, pero sí un torrente de verdades que acaba de publicar Devaluación continua (Tusquets), un latigazo contra la ceguera, una llamada de emergencia ante la degradación del modelo educativo.

“Los profesores queremos crear ciudadanos autónomos y críticos, y en su lugar estamos creando ciberproletariado, una generación sin datos, sin conocimiento, sin léxico. Estamos viendo el triunfo de una religión tecnocrática que evoluciona hacia menos contenidos y alumnos más idiotas. Estamos sirviendo a la tecnología y no la tecnología a nosotros”, afirma Navarra. “El profesor está exhausto, devorado por una burocracia para generar estadísticas que le quita energía mental para dar clase”.

[…]

“El papel de ascensor social de la educación está fracasando y estamos creando bolsas de guetos, de personas sin futuro”. Menciona también el maquillaje de la ignorancia que practican los colegios para mejorar la estadística. E insiste una y otra vez en la incapacidad de fijar la atención, gran carencia de una nueva generación con fotos en las redes, pero sin memoria. “Hemos conocido varios capitalismos y ahora mismo estamos en el capitalismo de la atención, en una economía de plataformas que mercantilizan tu atención. Si estás viendo unos mensajes, alguien gana dinero y si ves otros, lo gana otro alguien. No podemos repensar la educación si no pensamos cómo devolver la atención a las aulas, el regreso del mundo virtual. Ahora no podemos ensimismarnos, como defendía Ortega, porque todo es ruido, la política es gritos, eslóganes, nadie piensa, nadie escribe, todo es tontería y eslogan y eso ha llegado a las aulas: lo simplista, lo binario, el bien y el mal”. Los Steve Jobs o Zuckerberg, recuerda, recibieron educación analógica. Y los gurúes tecnológicos mandan a sus hijos a colegios analógicos. Por ello, concluye, “hasta que arreglemos la sociedad, no podremos arreglar el sistema educativo”.

Texto completo en fuente original


4 comentarios

Manuel Ferrer. Pensar con claridad, entender y escribir con sensatez

pensar

 

Como investigadores de las ciencias sociales no podemos permanecer indiferentes ante el envilecimiento de algunas de nuestras disciplinas, en las que ha sido obviado el sustento humanístico y sustituido por auténticos galimatías que se nos quieren imponer con pretensiones pseudo científicas.

Se escriben además tantas tonterías que da miedo: por supuesto, también en los libros de texto a través de los cuales se supone que los escolares deben adquirir el conocimiento de las historias nacionales.

Valga como testimonio la ingenua descripción que encontramos en uno de esos manuales del deceso de Emilio Estrada Carmona, que accedió a la Presidencia del Ecuador el 1 de septiembre de 1911 y falleció tres meses después: “la muerte de Emilio Estada por paro cardíaco terminó con su vida”[1].

El siguiente ejemplo ilustra de modo dramático sobre la incapacidad de entender un elemental mensaje escrito, tan arraigada en nuestras sociedades iletradas. Viví esta experiencia apenas hace unos días, cuando trataba de hacerme entender por un agente de viajes, que había dejado de incluir en el mensaje que me remitió la información solicitada sobre la reserva de unos vuelos. Al advertir que faltaba ese documento, le escribí de forma escueta: “me parece que falta la información de la reserva”. Eso fue el 1 de septiembre, a primera hora de la tarde. El mismo día, al cabo de las horas, volví a dirigirme a esa persona para informarle de que “no me remitió los datos de la reserva”. La alucinante respuesta obtenida, seguramente después de una prolongada reflexión, fue: “¿eso quiere decir que no le llegó los datos de la reserva? [respeto la sintaxis original, con el único añadido del signo inicial de interrogación, que se había omitido]

Temo que nos hallamos zambullidos en un proceso de idiotización que puede adquirir caracteres irreversibles si no le ponemos coto. Empeñémonos en vacunar a nuestros estudiantes para que no se contagien de la estupidez que todo lo anega. Repasemos a los clásicos una y otra vez, y traslademos el entusiasmo por su conocimiento. Depuremos nuestros procesos lógicos y escriturísticos, y ejerzámonos en el difícil arte de escuchar con respeto para entender y compartir o discrepar.

 

[1]         Muñoz Y., Hernán, Estudios Sociales. Tercer Año de Bachillerato en Ciencias de todas las Especializaciones, Quito, Prolipa, 2007, p. 85.