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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Acuerdo de Paz Gobierno de Colombia FARC

paz

Recogemos en esta entrada del blog este importante documento, cuya ejecución debería poner fin de manera definitiva a un conflicto armado de más de cincuenta años.

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Luego de un enfrentamiento de más de medio siglo de duración, el Gobierno Nacional y las FARC-EP hemos acordado poner fin de manera definitiva al conflicto armado interno. La terminación de la confrontación armada significará, en primer lugar, el fin del enorme sufrimiento que ha causado el conflicto. Son millones los colombianos y colombianas víctimas de desplazamiento forzado, cientos de miles los muertos, decenas de miles los desaparecidos de toda índole, sin olvidar el amplio número de poblaciones que han sido afectadas de una u otra manera a lo largo y ancho del territorio, incluyendo mujeres, niños, niñas y adolescentes, comunidades campesinas, indígenas, afrocolombianas, negras, palenqueras, raizales y rom, partidos políticos, movimientos sociales y sindicales, gremios económicos, entre otros. No queremos que haya una víctima más en Colombia.

En segundo lugar, el fin del conflicto supondrá la apertura de un nuevo capítulo de nuestra historia. Se trata de dar inicio a una fase de transición que contribuya a una mayor integración de nuestros territorios, una mayor inclusión social -en especial de quienes han vivido al margen del desarrollo y han padecido el conflicto- y a fortalecer nuestra democracia para que se despliegue en todo el territorio nacional y asegure que los conflictos sociales se tramiten por las vías institucionales, con plenas garantías para quienes participen en política.

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Antonio Navalón. Colombia: los pilares de la tierra

generales

En algunas situaciones, lo más imprudente es ser prudente. El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, tiene claro que el arco de bóveda de las conversaciones de su Gobierno con la guerrilla de las FARC en Cuba es encontrar la paz dentro de un marco de justicia.

Santos camina decidido hacia un nuevo modelo de pacto. Colombia siempre ha sido un país con una extraordinaria personalidad en América Latina. Es rico, pero está construido sobre la exclusión social, con una separación dramática entre los señores feudales de la tierra y una capital, Bogotá, con un sistema fiscal casi europeo. Y el único, al menos en la región, que lleva cinco décadas de guerra civil ininterrumpida.

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Otras lecturas


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Arboleda-Ariza, J. Memoria e imaginarios sociales del conflicto colombiano

conflicto colombiano

Este enlace permite el acceso a una interesante publicación acerca de los imaginarios sociales que subyacen en el conflicto que enfrenta a Colombia consigo misma desde hace varias décadas:

Arboleda-Ariza, J. (2013). Memoria e imaginarios sociales del conflicto colombiano: desmemorias y acontecimientos, de cómo olvidar recordando. Tesis doctoral. Universidad de Barcelona.

 


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Ramiro Díez. Mi abuelo, el guerrillero

ramirodiez

 

Nuestra querida Jenny Londoño nos envía esta hermosa historia, que remueve lo más profundo de sus recuerdos.  Su abuelo antioqueño se parecía mucho al protagonista del relato y contaba historias parecidas. Liberal de hueso colorado, admirador de Vargas Vila y ateo, nunca dio su brazo a torcer.  Desde luego, él tampoco era muy amigo de escapularios.  Murió en su ley.

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Mi abuelo participó, como tantos otros millones de colombianos respetables, en alguna de las muchas guerras civiles de aquel país.

El viejo, barba blanca, mirada azul y mansa, tuvo tiempo y ganas de contarnos sus historias de cuando era un muchacho, y por su propia boca supimos que era liberal anticlerical y ateo, aunque la abuela, persignándose, decía que en la intimidad el hombre creía en Dios. Y agregaba en voz baja: “por si acaso…”.

Cuando estalló el conflicto que él mismo nos relataba, no tenía las ideas muy claras, pero estaba sacudido por ímpetus libertarios y gestos heroicos, y era un jovencito que aunque no cumplía todavía los dieciocho años, entre sus manos ya tenía una escopeta que movía más a la risa que al temor.

Nada serio era aquella caricatura de arma, más peligrosa para quien la disparaba que para quien recibía el disparo, fabricada en la cocina de la casa, pero era lo único disponible para enfrentar a las “tenebrosas tropas conservadoras”, como él mismo las calificaba.

Sus enemigos, “los godos” —nombre dado a los conservadores en Colombia— estaban un poco mejor en pertrechos, aunque la diferencia era mínima.

No obstante, era indiscutible que los de la casaca azul y de la sangre del mismo supuesto color, es decir los conservadores, sí contaban con algunas ventajas comparativas: tenían como aliados poderosos a la Iglesia Católica y a Dios, según creían ellos mismos. El primer aliado —la Iglesia— era un hecho, y del segundo siempre quedaron dudas.

Un domingo de mayo, en el mes de las fiestas de la Virgen María, por un camino serpenteante de la zona cafetera se vio venir una procesión que se acercaba al pueblo, y que traía en andas una gigantesca figura de la Madre de Cristo.

Agitando incienso y con oraciones recitadas en coros, aquel grupo estaba encabezado por el cura Burgos, recalcitrante y famoso personaje, que en más de una ocasión, en plena misa, había hecho disparos al aire para amenazar a los liberales, que en el pueblo eran mayoría.

Pero los liberales no se dejaron engañar, así que improvisaron trincheras y se parapetaron en las afueras del pueblo.  A corta distancia, la cuadrilla visitante desnudó sus intenciones y del interior de la virgen de yeso sacó revólveres, escopetas y tacos de dinamita, y empezaron los primeros disparos en medio de vivas a la religión y muerte a los liberales ateos y masones.

Una viejecita del pueblo, sin temor al estruendo y la batahola, quiso proteger a mi abuelo:

“Don José, tenga este escapulario de la Virgen del Carmen… ¡Ella le salva la vida!”

El hombre siguió en sus piruetas de combatiente, apuntando con un solo brazo, disparando de cualquier manera, mientras su espontánea salvadora hacía lo posible por asegurarle la reliquia alrededor del cuello, a pesar de los balazos que cada vez sonaban más fuerte y más cerca.

Tal vez por la prisa y los nervios, en algún movimiento brusco, la cuerda del escapulario se rompió. Y en ese mismo instante una bala le voló la gorra a mi abuelo, que no tuvo más alternativa que arrojarse al piso y olvidarse de protecciones extraterrestres.

Solidaria, de rodillas junto a mi abuelo, la buena mujer tuvo una idea brillante: le anudó el escapulario en la pierna derecha para que pudiera continuar el combate con mejor pronóstico.

Tres horas más tarde terminó la batalla. Ambos bandos tuvieron un número grande de bajas, pero los liberales conservaron el control territorial del pueblo.  Mi abuelo, sin embargo, no pudo ayudar a nadie porque…

Nada: porque recibió un balazo en la pierna, justamente donde tenía amarrado el escapulario.

Cincuenta años más tarde, envuelto en el humo de su pipa miraba a lo lejos, a sus recuerdos, y nos decía: “por suerte no me pusieron el escapulario en el pecho…”


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Manuel Ferrer. Colombia, Colombia

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Los colombianos en el exterior, que suelen amar a su país con más pasión que los que viven dentro de las fronteras nacionales, reciben una atención casi siempre esmerada de los Consulados de Colombia asentados en las ciudades donde más numerosa es la presencia de población emigrada.

Quien afirma esto sabe lo que dice: casado con colombiana, acumula innumerables motivos de agradecimiento hacia las personas que atienden el Consulado de Colombia en Las Palmas (España).

Por eso, lo padecido el pasado miércoles, 3 de septiembre, cuando acudí a la sede del Consulado de Colombia en Quito para autorizar el viaje de uno de mis hijos, de dos años, en la sola compañía de su madre, me resulta inconcebible y debería dar pie a un escarmiento ejemplar.

Mi esposa y yo, que acudíamos con el bebé, tuvimos la desgracia de que nos atendiera “María José”, que, por lo que sigue a continuación no debe ser propuesta para una recomendación ni presentada como modelo de atención al usuario.

Apenas insinué la razón de nuestra comparecencia, sin escuchar más, me remitió a la lista de documentos enumerada en un listado que figuraba en una hoja pegada a la pared (el mismo que aparece en la fotografía que preside este texto).

Advertí a María José que el requisito de la cédula de ciudadanía no aplicaba en este caso, pues yo era quien autorizaba, y, en cuanto español, me identifico con el pasaporte. Pero María José no se dignó atenderme, y nos obligó a regresar a nuestro domicilio a buscar la cédula de ciudadanía de la madre: error monumental que puse luego en conocimiento del cónsul, que no pudo por menos de darme la razón.

Lo grandioso del caso es la actitud observada a continuación por nuestro entrañable personaje, molesta por el hecho de que yo hubiera reclamado contra su arbitrariedad: hasta el punto de ignorarme y de burlarse en mi cara.

Como ya voy siendo mayorcito, y no tolero que María José ni nadie me falte al respeto (y menos aún en la sede de una institución consular), traslado esta queja al Ministerio de Relaciones Exteriores y al Consulado de Colombia en Quito, de paso que la publicito en las redes sociales: la señorita María José debe ser sancionada con la contundencia que amerita el caso.

De no aplicarse ningún correctivo, se estaría dando pie al imperio de la arbitrariedad y de la desvergüenza.

El prestigio de Colombia no puede quedar en entredicho por la inmadurez y la carencia de educación de una persona que se hace indigna de ocupar un puesto de atención al público en un recinto consular.


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Samper, José María, Ensayo sobre las revoluciones políticas

Se incorpora a la Documentación digitalizada este trabajo, cuya primera edición se remonta a 1861, del que Luis Carlos Castillo dice que tal vez sea el “más completo y significativo de la intelectualidad [colombiana] radical de la segunda mitad del siglo XIX” (Castillo Gómez, Luis Carlos, Etnicidad y nación. El desafío de la diversidad en Colombia, Cali, Universidad del Valle, 2009, p. 75).

Samper, José María, Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las Repúblicas colombianas (hispano-americanas): con un apéndice sobre la orografía y la población de la Confederación granadina, Bogotá, Editorial Centro, 1945