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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Entrevista a Eduardo Mendoza: “Las naciones son construcciones artificiales”

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Eduardo Mendoza deja claro en todo momento que le encanta ser extranjero. Y también que los Estados y las Naciones no le gustan nada. “Son construcciones artificiales”, señala en un evento celebrado en el Instituto Cervantes de Nueva York en el que presentó su último ensayo, ¿Qué está pasando en Cataluña? El novelista se siente por eso a gusto viviendo en grandes ciudades. Son, dice, un hábitat más humano, pese a ser lugares violentos y difíciles.

Tras hacer un recorrido por su producción literaria, el autor barcelonés explicó por qué escribió este panfleto, como denomina su último trabajo. Contó que conforme veía como se complicaban las cosas, le sorprendió la forma en la que se veía la crisis desde Inglaterra, donde reside. “Quería ofrecer algunos elementos de reflexión para el debate, si es que se vuelve a ese terreno”.

El formato del panfleto, indicó, está a medio camino entre la opinión inmediata que genera una noticia o el comentario en una tertulia y de un libro. “Es una parte de lo que quería escribir”, precisó, “se trata de hablar de la realidad para se parezca lo más posible a la realidad”. Escribiendo hacia afuera, mirando a Londres, trata a su vez de llegar a un público objetivo e imparcial.

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Fernando Palmero entrevista a Gabriel Albiac: “Si el Gobierno persevera en su ignorancia, tiene la batalla perdida”

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No existen, afirma categórico, ni el sentido ni la finalidad de la Historia y quien ha intentado inventarlos sólo ha conseguido crear destrucción y muerte. La política, dice que comprendió en el París de los 70 de la mano de Althusser, es el instrumento esencial del mal. Y desde entonces se ha dedicado a diseccionar el discurso del poder sin ceder un ápice del rigor analítico al que está obligado todo lector de Spinoza.

“El sentido, pues sería la clave: la fijación de finalidades que la nación materializa y en función de cuya preeminencia todo sacrificio es exigible”. De esta forma precisa define Gabriel Albiac el nacionalismo en su Diccionario de adioses (Seix Barral, 2005). Y advierte sobre su naturaleza destructora: “La gran carnicería colectiva en que se mutó la antigua Yugoslavia no es más que un paradigma de laboratorio de lo que, en otros espacios geográficos, emerge bajo escenografías menos cruentas; por el momento. La certeza, elemental en sus convicciones, de políticos que enarbolan la identidad de sangre y lengua, como fe última e incuestionable teología, se ha convertido en la pesadilla inaugural del siglo”. Religión laica, por tanto, que transforma variedades culturales (sangre, tierra y lengua) en identidades de guerra (todas lo son, dirá Albiac) que comparten “imprecisas fronteras con el fascismo”.

¿Por qué, entonces, se resiste el Gobierno a frenar este delirio del independentismo catalán?

Porque estamos ante un tipo de golpe de Estado con escasos precedentes, ante algo que quizá, aunque sea muy metafórico, se puede llamar un modelo virtual. Es la idea de que un golpe de Estado puede desarrollarse sin costes humanos, económicos e incluso de algún modo sin costes simbólicos. Como si el combate material que ha definido los golpes de Estado desde que Gabriel Naudé inventa el término en el siglo XVII, se hubiese desplazado al ámbito de la escenografía. Un golpe de Estado convertido en un paso de danza. La cosa llega a la caricatura durante el acto insurreccional del 1 de octubre: ¿Qué es lo que lleva a que 17.000 hombres, los Mozos de Escuadra, sin disparar un solo tiro puedan eludir la actuación de una Policía moderna? La idea de que la realidad ha desaparecido y que lo único que cuenta son las imágenes.

¿Por eso no se mandó intervenir al Ejército?

El Estado ha actuado en un anacronismo total. No se ha dado cuenta de que el golpe que se estaba forjando era de un nuevo tipo. Vale que don Mariano Rajoy y su gente no hayan leído nunca a Guy Debord, aunque podían haber consultado a algún especialista, pero tras lo de noviembre de 2014, el Gobierno debería haber aprendido la lección de que tenía, primero, que destruir el golpe en lo virtual, y segundo, saltar por encima de la barrera de lo virtual y ejecutar la imposición material. El Gobierno se ha quedado completamente perdido ante esa estrategia, ha ido jugando permanentemente a la contra y permanentemente mal, porque ya me dirás qué sentido tiene encargar al Ejército que va a ser el responsable de mantener el Estado resultante del golpe a que impida el golpe. Cuando los guardias civiles y policías nacionales fueron a deshacer el roto que habían hecho los mozos, su intervención se convierte en la escenografía de una violación. Y lo que es peor todavía, al ni siquiera llevarlo hasta el final, tienes la imagen del violador, pero encima es el otro el que consigue culminar el proceso.

¿Es un Estado inepto o cobarde?

Ante todo, ignorante. El modo en que han utilizado a los medios de comunicación, el modo en que han puesto la representación imaginaria de los ciudadanos en manos de una gente como la de La Sexta, por ejemplo, que no es más que la máquina de producir representación de toda la banda de los independentistas catalanes y de los grandes empresarios que se benefician de esa dinámica, ese modo estúpido representado arquetípicamente por la vicepresidenta del Gobierno, solamente se puede entender por una ignorancia inconcebible, que no me imagino en ningún otro político de ningún otro país europeo. Si perseveran en esa ignorancia, tienen la batalla perdida. Si no se enteran de una maldita vez de que la representación, en los inicios del siglo XXI, es la representación imaginaria, que todo sucede primero en la escena y luego produce realidad, al contrario de lo que pasaba en el siglo XIX, por supuesto, mientras no entiendan que eso ha mutado, su destino es ser machacados.

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Martín Caparrós. Cataluña: la independencia sigue pendiente

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El martes 10 de octubre, el presidente de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, experiodista, exalcalde de la pequeña ciudad de Gerona y dirigente de Convergencia Democrática de Cataluña, un partido de centroderecha, medio declaró la independencia de Cataluña. O, mejor: declaró que, con el tiempo, va a declarar la independencia. Y sugirió que todo se podía negociar. No podía declarar la independencia inmediata porque su capital político está en baja; no podía no declararla si quería conservar su lugar, si no quería declararse derrotado.

Hace apenas unos días, el domingo 1 de octubre, mientras las imágenes de policías españoles pegando a ancianas catalanas daban vueltas al mundo, su causa parecía al borde del triunfo. Entonces empezó la contraofensiva del gobierno central.

La encabezó un discurso del rey Felipe VI, que reafirmó que ni ese gobierno ni su corona pensaban negociar con los independentistas. Pero la definió una ofensiva conjunta del Estado español y las mayores empresas catalanas. El miércoles 4, el gobierno emitió un decreto que facilitaba la mudanza de esas corporaciones; de inmediato, las sedes de los dos mayores bancos —Caixa, Sabadell— y las empresas de agua y gas de Cataluña abandonaron la región. La democracia a veces funciona así: millones votan un voto cada uno y unos pocos con sus millones valen lo que millones de votos.

La partida de los grandes bancos fue una cascada de agua fría sobre el entusiasmo de muchos independentistas, que se declaraban dispuestos a dar todo por la patria salvo su cuenta de ahorro, sus vidas europeas. Y fue un alud de nieve sobre el presidente Carles Puigdemont y su partido, históricamente ligados a esa banca que los estaba abandonando.

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“¡Idiotez o muerte!” La feroz burla de Charlie Hebdo al ‘procés’ catalán

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“Los catalanes, más idiotas que los corsos”. El título sobre la portada del último número de Charlie Hebdo, dedicada al proceso independentista catalán que retrata con una caricatura de tres hombres encapuchados y armados colocados tras una mesa tapada con un mantel blanco y “exigiendo un debate”, no deja lugar a dudas sobre la opinión que le merece la actuación del Gobierno de Carles Puigdemont.

Pero por si acaso, lo deja claro también en su editorial, titulado a su vez “Idiotez o muerte”: para la revista satírica francesa más irreverente, el procés es una farsa que ha generado una especie de admiración absurda en ciertos sectores de la izquierda europea que no son conscientes, advierte, de que detrás de una palabra tan “altisonante” como la independencia “se esconden preocupaciones a veces menos nobles”.

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Boaventura de Sousa Santos. La izquierda y Catalunya

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El referéndum de Catalunya del próximo domingo formará parte de la historia de Europa y ciertamente por las peores razones. No voy a abordar aquí las cuestiones de fondo que, según las diferentes perspectivas, pueden leerse como cuestión histórica, cuestión territorial, cuestión de colonialismo interno o como una cuestión más amplia de autodeterminación. Son las cuestiones más importantes sin las cuales no se comprenden los problemas actuales. Sobre ellas tengo una modesta opinión. Es una opinión que muchos considerarán irrelevante porque, siendo portugués, tengo tendencia a tener una solidaridad especial con Catalunya. En el mismo año en que Portugal se liberó de los Felipes, 1640, Catalunya fracasó en los mismos intentos. Por supuesto que Portugal era un caso muy diferente, un país independiente hace más de cuatro siglos y con un imperio que se extendía por todos los continentes.

Pero, a pesar de ello, había cierta afinidad en los objetivos y, además, la victoria de Portugal y el fracaso de Catalunya están más relacionados de lo que se puede pensar. Tal vez sea bueno recordar que la Corona española solo reconoció la “declaración unilateral de independencia” de Portugal veintiséis años después.

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Manuel Ferrer Muñoz. Dos acotaciones al artículo de Carles Puigdemont en The Washington Post

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Una distorsionada imagen de la Guerra de Sucesión

 “Después de tres siglos bajo dominio español, el 1 de octubre, los ciudadanos de Cataluña tendrán finalmente la oportunidad de ejercer su derecho a la autodeterminación”. Estas declaraciones, con que se abre el artículo publicado recientemente en The Washington Post por el presidente del Gobierno de Cataluña (https://www.washingtonpost.com/news/democracy-post/wp/2017/09/22/sorry-spain-catalonia-is-voting-on-independence-whether-you-like-it-or-not/?utm_term=.29964bdbfb08), constituyen una temeraria mixtificación de la realidad histórica, que es preciso desenmascarar, en la medida en que una propaganda sistemática llevada a cabo durante un prolongado período de tiempo ha calado en un sector importante de la ciudadanía, que ha aceptado como cierto lo que no deja de ser una gigantesca falsedad.

Cuando Puigdemont  se lamenta por esos “tres siglos bajo dominio español”, se refiere al desenlace de la Guerra de Sucesión (1701-1713) -¡no de Secesión!-, que enfrentó a los partidarios del archiduque Carlos de Habsburgo, al que apoyaba el Principado de Cataluña -integrado en la Corona de Aragón-, con los sostenedores de los derechos del heredero testamentario de Carlos II, Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia y miembro de la casa de Borbón, al que los catalanes habían sostenido en un primer momento.

De modo muy diferente a como se presenta en la vieja y nada fiable historiografía romántica, la Guerra de Sucesión fue una contienda española y europea, en la que Cataluña apoyó a uno de los candidatos al trono español, que, a la postre, sería derrotado. Nada que ver con la existencia de un pueblo conquistado y privado de sus libertades. La victoria de Felipe de Anjou significó la imposición del modelo centralista francés sobre el foralista preconizado por Carlos de Habsburgo, y comportó para Aragón (y, consiguientemente, para Cataluña) la pérdida definitiva de sus fueros, la disolución de sus órganos políticos y la imposición del centralismo castellano. Pero antes y después de la Guerra de Sucesión Cataluña formaba parte del Estado español. Más aún, nunca, a lo largo de su historia, llegó a configurarse como una entidad soberana, independiente de una instancia superior.

Y tampoco debe olvidarse que, a pesar de la política adoptada por el nuevo monarca a partir de 1714, el final de la guerra propició la revolución económica en Cataluña: primero, en el ámbito agrícola-mercantil y, luego, en un marco que Pierre Vilar caracterizaría de protoindustrial.

Segunda mixtificación en que incurre Puigdemont

Carece asimismo del más elemental fundamento jurídico y moral la invocación del derecho a la autodeterminación externa de los pueblos, susceptible de desembocar en una secesión del Estado de que forman parte. En efecto, cuando la ONU se pronuncia sobre ese derecho se refiere al caso de pueblos sujetos a dominación colonial, o de poblaciones sometidas a otras formas de dominación u ocupación extranjera: nada que ver, por cierto, con la situación de España, a no ser que, llevado por su extremismo, Puigdemont considere a Cataluña como una colonia.

Lo que sí resulta aplicable al caso catalán es la normativa de Naciones Unidas que reconoce el derecho de autodeterminación, pero en sentido interno, entendido como el respeto universal a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, y la efectividad de tales derechos y libertades, que fundamentan la aspiración de los pueblos a que sus ciudadanos persigan libremente su desarrollo económico, social y cultural, se realicen políticamente, voten en elecciones democráticas y participen en las instituciones.

Tampoco sería irrelevante a este propósito recordar que el Parlamento catalán rechazó en su momento el derecho de autodeterminación de palestinos, kurdos y saharauis. Pero eso es otra historia.


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Sobre el nacionalismo catalán. Hay libros y libros

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Carme Molinero y Pere Ysàs, La cuestión catalana. Cataluña en la transición española, Barcelona, Crítica, 2014.

Para entender la naturaleza de la cuestión catalana es necesario conocer el trasfondo histórico inmediato que Carme Molinero y Pere Ysàs desvelan en este libro: un trasfondo que arranca de mediados de los años sesenta, cuando los informes reservados señalaban que la sociedad catalana estaba organizándose en todos los niveles, lo que condujo a la creación de una oposición unificada y a una movilización social que dio lugar a que la batalla de la transición se diera allí en la calle. La victoria de las izquierdas catalanas en las elecciones de 1977 movió al gobierno de Adolfo Suárez a tomar medidas y a iniciar la larga etapa de negociaciones que se abrió con la operación Tarradellas y concluyó con la aprobación del Estatuto de Autonomía de 1979.

Molinero e Ysàs nos ofrecen una documentada investigación sobre este período, con una especial atención a los debates y las discusiones de los proyectos de la Constitución y del Estatut.

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Roser Calafell, L’abecedari de la independencia, Barcelona, La Galera, 2014.

El libro utiliza ilustraciones para definir conceptos asociados a la noción de independencia, y busca inculcar los valores independentistas en las nuevas generaciones catalanas. Para facilitar ese aprendizaje, las ilustraciones del libro vinculan cada letra con un motivo identificable del proceso separatista.

La aspiración de la editorial es, según propia confesión, facilitar que los niños a los que va dirigido el libro –escolares de más de cuatro años- conozcan “el momento histórico que estamos viviendo”.

La principal objeción que cabe formular a este proyecto editorial, subvencionado por la Generalitat y criticable por muchos conceptos, es su unilateralidad, pues, según el consejo que la Convención de Derechos del Niño traslada a los gobiernos, debe procurarse que los medios de comunicación faciliten un acceso a información y material procedente de diversas fuentes, tanto nacionales como internacionales.