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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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La purga de Stalin en la España republicana

La lógica de Stalin era aterradora. Para luchar con éxito contra cualquier enemigo era necesario, primero, acabar con el enemigo interno. Stalin estaba convencido de que uno de los principales motivos por los que los republicanos podían ser derrotados era por la presencia de traidores en su campamento. Como en Rusia, exigió tratar a los traidores con determinación. Para ello, envió a España a Lev Nikolsky, alias Alexander M. Orlov.

Las actuaciones, planes y peripecias de Orlov en España entre 1936, 1937 y 1938 al frente de la NKVD, predecesora de la KGB, fueron recogidos por el historiador ruso y ex agente de los servicios de inteligencia de Rusia, Boris Volodarsky, en El caso Orlov (Editorial Crítica), una obra de una exactitud y amplitud inédita sobre la actuación de los servicios secretos soviéticos en la Guerra Civil española.

El sicario de Stalin Lev Nikolsky operaba en España con el seudónimo de Alexander M. Orlov, medía alrededor de 1,72 metros, era más bien atractivo y tenía la típica nariz de boxeador con bigote oscuro. Hablaba mal español y siempre iba acompañado de su intérprete personal. En 1936, cuando aterrizó en España, Nikolsky tenía 41 años y la valoración de sus servicios durante la Guerra Civil puede calificarse como desastrosa. “Fue un espía de una inteligencia muy mediocre que falló en todas sus misiones de inteligencia”, resume el historiador Volodarsky.

No obstante, apunta la obra, hubo un apartado en el que Orlov no fracasó. En el asesinato selectivo de trotskistas, considerados por Stalin como su mayor enemigo. En diciembre de 1936 el Comité Ejecutivo del Komintern (ECCI) informó al PCE: “Ocurra lo que ocurra, hay que lograr la destrucción de los trotskistas, exponiéndolos a las masas como un servicio secreto fascista que realiza acciones de provocación al servicio de Hitler y el general Franco para intentar dividir el Frente Popular llevando a cabo una campaña difamatoria contra la URSS”.

El asesinato selectivo se utilizaba, sin embargo, en contadas ocasiones y siempre era estrictamente coordinado desde Moscú. La cantidad de víctimas del NKDV en España “casi con toda seguridad jamás superó las veinte personas”, igual que el número de agentes en España estuvo limitado a diez. “La cantidad de víctimas del KGB/NKVD en la Guerra Civil española no se puede comparar ni remotamente con las de Polonia (1939-41), Finlandia (1939-40), Austria (1945-55), Hungría (1956) o Afganistán (1979)”, apunta el historiador, que añade que estos asesinatos “nunca fueron en beneficio de la República española” sino “siempre fue en defensa de los intereses del Kremlin”.

El investigador señala que entre las víctimas de Orlov se encuentran Dmitry Navashin (en París), Brian Goold-Vershoyle (secuestrado en Barcelona y muerto en un campo de prisioneros de Rusia), Marc Rein (muerto en España), Hans Freund, Ignatz Reiss (asesinados en Suiza), Kurt Landau, el general Skoblin (un agente del NKVD muerto en Barcelona), Georges Agabekov (un oficial de alto rango, que desertó, y luego llegó a España y fue asesinado) y el líder del POUM, Andreu Nin.

El inicio del odio de los soviéticos y la Komintern/PCE hacia los miembros del POUM están claros para el investigador ruso. A finales de 1936, el POUM denunció públicamente las ejecuciones en la Unión Soviética de Kamenev, Zinoniev y otros viejos bolcheviques. Además, los republicanos, socialistas y comunistas creían que la defensa de las milicias revolucionarias por parte de la CNT y el POUM estaba minando sus esfuerzos bélicos.

Asimismo, la gota que colmó el vaso para Stalin fue la invitación de Andreu Nin, jefe del POUM, a Trotski, entonces exiliado en Noruega, a ir a Barcelona. Con este gesto quedó sellado el destino del partido y del propio Nin. “El hecho de acusar a Nin o a cualquier otro disidente de trotskista es debido no a la importancia de los trotskistas sino por el hábito adquirido por los comunistas de denunciar por trotskista a todo el mundo que discrepe con ellos sobre cualquier cosa”, asevera el autor.

El 23 de mayo de 1937 Orlov envió su plan para acabar con Nin y con el POUM. Todo quedó a la espera de la aprobación de Moscú. Días más tarde, Moscú dio el sí definitivo. El plan de Orlov consistía en elaborar un documento falso que revelara la colaboración de los dirigentes del POUM con Falange y, por consiguiente, con Franco y Alemania. “Codificaremos el contenido del documento utilizando las claves de Franco, que tenemos disponibles, y lo escribiremos en el dorso del mapa”, escribe Orlov a Moscú.

El texto comprometedor para el POUM sería escrito en tinta invisible y enviado a los servicios de contrainteligencia del Gobierno de la República que detendría a Nin por traidor y por ser parte fundamental del alzamiento franquista. El resultado del plan de Orlov es ya conocido: secuestro, interrogatorio y asesinato de Nin. “La fecha exacta del asesinato de Nin probablemente jamás será conocida más allá de que obviamente falleció después del 22 de junio de 1937”, señala el historiador.

El 16 de junio de 1936 Nin estaba preparando el congreso del POUM, que iba a celebrarse al cabo de tres días. Durante la tarde le advirtieron hasta en dos ocasiones de que su vida estaba en peligro. “¡No se atreverán!”, contestó entre risas Nin al segundo aviso. Pasados unos instantes fue detenido cerca del palacio de la Virreina y trasladado al edificio de la Juventud Comunista Ibérica del Paseo de Gracia. Entonces, Nin fue escoltado hasta Valencia y luego a Madrid, donde fue alojado en el centro de detención de Atocha. Al no ofrecer las garantías suficientes este emplazamiento, el líder del POUM fue llevado a una casa en Alcalá de Henares, donde lo interrogaron en secreto durante dos o tres días.

“Orlov estaba seguro de que su plan funcionaría y de que bajo coacción Nin finalmente se desmoronaría y firmaría la confesión que le tenían preparada. Sin embargo, el jefe del POUM estaba en su país rodeado de su gente, los agentes de la policía republicana de los que no tenía nada que temer”, asegura el historiador, que añade que “es obvio” que Nin no fue torturado en esta etapa.

Es en este punto donde Orlov organiza el espectáculo final. Un grupo de hombres uniformados con documentos firmados por el general Miaja y el coronel Ortega aparecieron en la casa ordenando la entrega del prisionero. Fue entonces cuando un grupo de atacantes neutralizó a los guardias y se llevó a Nin dejando un reguero de pruebas falsas que debían vincular la “liberación de Nin” con los fascistas de Franco o Alemania. Los atacantes, sin embargo, eran Orlov, Grigúlevich. Tacke, Nezhinsky y dos españoles identificados como “L” y “AF”. “Nin salió sin oponer resistencia y ocupó su asiento en el coche, que se dirigió al sureste rumbo a Perales de Tajuña. Tras recorrer unos 20 kilómetros el vehículo se detuvo. No se sabe y probablemente no se sabrá nunca lo que ocurrió por el camino, o si los captores y la víctima intercambiaron unas palabras”, escribe.

Finalmente, “el grupo desembarcó y, según Victor, el conductor, se adentró cien metros en el campo. Casi con toda certeza fue Grigúlevich quien disparó a Nin”. Para el historiador, el motivo del asesinato de Nin es que se había convertido en un testigo no deseado, de modo que “no había más remedio que asesinarle”. Tras su muerte, a diferencia de lo defendido por otros historiadores, no hubo un gran juicio estalinista y ninguno de los cerca del millar de detenidos del POUM fue acusado de espionaje. “No hay que olvidar que Madrid no era Moscú y que los dirigentes republicanos no eran en absoluto como Molotov y Kaganovich”, sentencia Volodarsky.

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