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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Estudiantes colombianos en lucha

Este cartel, portado por estudiantes universitarios de Cali (Colombia) en la marcha del 28 de mayo que salió desde Siloé hacia la Universidad del Valle, enlaza de un modo dramático con el testimonio que recogíamos en la anterior entrada del blog: “de nada sirve cursar una carrera en Colombia, aun con excelentes calificaciones, para acceder a un puesto de trabajo acorde con esa preparación académica”.


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Manuel Ferrer Muñoz. Estudiar, ¿para qué?

Año 2009. Mes de febrero. Lugar: Universidad del Valle, en Cali (Colombia). Contexto: un encuentro con un grupo de estudiantes de Sociología para debatir las razones por las que tantos jóvenes colombianos emigran a España y a Italia después de su titulación universitaria. Respuesta unánime: de nada sirve cursar una carrera en Colombia, aun con excelentes calificaciones, para acceder a un puesto de trabajo acorde con esa preparación académica.

Si hoy, en junio de 2021, planteáramos esa misma pregunta en la misma sede, se repetiría idéntica contestación, incluso con más contundencia a la vista del gravísimo conflicto social y político que atraviesa Colombia.

¿Qué dirían ante ese interrogante nuestros estudiantes universitarios ecuatorianos? Y ¿qué dirían los españoles, que persiguen maestrías y doctorados allende las fronteras? ¿Qué opinarían los mexicanos, seducidos siempre por el vecino de norte?

Los resultados de esas hipotéticas encuestas serían abrumadoramente coincidentes en el más profundo pesimismo.

¿Qué haremos? ¿Cerraremos las universidades? ¿Practicaremos un harakiri multitudinario? ¿Practicaremos un acto de fe colectivo en las excelencias que vaya a depararnos la política educativa del presidente Guillermo Lasso? (Porque en Colombia, España y México ya sabemos lo que hay, que, por cierto, no abre vías a la esperanza).

Si de verdad buscamos una respuesta a esas cuestiones, no podremos conformarnos con la búsqueda de soluciones prácticas a las enormes carencias de la educación en los países arriba mencionados -Colombia, Ecuador, España, México-, que no se solucionarán simplemente con la disponibilidad de más recursos económicos o tecnológicos, ni con una revisión de los planes de estudios, ni con una más eficaz capacitación del profesorado.

Perdimos de vista la perspectiva de lo que significa la universidad, una institución cuyo sentido redujimos miserablemente a la simple expedición de unos títulos que capacitan para desempeñar tareas a las que van anexos envidiables ingresos económicos, una plausible estabilidad laboral y un prestigio social que rivaliza con el que gozaba antes la vieja aristocracia de la sangre.

Y porque extraviamos esa perspectiva, erramos con la pregunta. Y es que no importa el ‘para qué’, sino el ‘qué’.

Cuando empezaba el siglo XX, la universidad estaba dando pasos de gigante en algunos países europeos, porque los avances científicos de los siglos XVIII y XIX reforzaron el papel de la investigación en áreas especializadas, sin que se cuestionaran los rasgos identitarios de la academia, que se remontaban a los siglos XII y XIII y que comportaban una estrecha relación entre maestros y discípulos.

Pero, con el transcurrir del tiempo, la universidad dejó de ser un espacio para pensar y discutir puntos de vista, para aprender de maestros comprometidos en la búsqueda del saber (investigación y estudio) y en su difusión (docencia y publicación). Y la universidad empequeñeció su misión -la pesquisa de una visión integradora del hombre y de la sociedad-, para dispersarse en una constelación de saberes especializados, inconexos e incomunicados entre sí.

La universidad acabó por eludir los grandes interrogantes de la vida humana: el sentido de la vida y del tiempo, el porqué de la muerte, la existencia de Dios, las nociones éticas del bien y del mal, la responsabilidad social de cada hombre… Hubo, ciertamente, un acercamiento a la sociedad y a sus demandas, pero, sobre todo, a través de su contribución -y supeditación- al Estado y a la empresa: y lo que empezó constituyendo un compromiso social ha ido derivando, al incorporarse la institución universitaria a la economía de mercado, a una subordinación de la universidad a los intereses y necesidades del poder político y del gran capital.

Sentadas las anteriores premisas, la conclusión implacable y desmoralizadora es que el fin último que se propone la inmensa mayoría de quienes acometen el estudio de estudios universitarios es rendir tributo a las exigencias del Estado y de la empresa, en la confianza de que mediante esa subordinación se logre obtener un beneficio personal que, ciertamente, en los tiempos actuales es muy incierto y volátil.

En verdad, si es esto lo que se busca, no vale la pena invertir tiempo ni dinero ni ilusiones en unos estudios burocratizados, impartidos por unos maestros desmotivados -cuando no manifiestamente incompetentes-, en unas anodinas aulas universitarias donde rara vez se alza una voz que cuestione el sistema o que trascienda la atonía de unas instancias pseudoacadémicas que se limitan a funcionar como guarderías en las que entretener y domesticar a jóvenes que ninguna resistencia ofrecerán al adoctrinamiento.

Pero, si nos esforzamos por renovar el auténtico espíritu universitario, que rastrea el saber en las bibliotecas, los archivos y los laboratorios, que se incardina en el aquí y hoy de nuestras sociedades, que rastrea la verdad en la maraña de medias verdades que repiten monótonamente indecentes docentes, tal vez empecemos a atisbar que las grandes aventuras y las batallas épicas a que está llamada nuestra juventud se librarán en los campus universitarios… o no se librarán nunca.

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Discurso de Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuente Vaqueros (Granada), en septiembre de 1931

Transcribimos el texto íntegro de este discurso donde se proclama el amor de Federico a la palabra escrita, conocedor de que no sólo de pan vive el hombre. De ahí que sintiera “más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento”.

Disfruten de esta maravillosa apología de la lectura que debería presidir nuestras bibliotecas, amenazadas hoy por la desidia y la indiferencia de tantos ‘gestores culturales’ -horrenda expresión, aunque apropiada para designar a esos incompetentes asesinos de ilusiones- incapaces de vibrar con la emoción encerrada en los libros.

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Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.


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Las contradicciones de Colombia

En días anteriores hemos acogido varios textos que, desde diversas perspectivas, analizan y muestran la crisis social y política por que atraviesa Colombia. Y es nuestra intención continuar por ese camino, persuadidos de que el hallazgo de vías de negociación y de encuentro en que converjan opiniones discrepantes se halla condicionado a la reflexión, a la escucha del otro y a la firme voluntad de construir y de no dinamitar los esfuerzos por la paz y la justicia social.

El artículo de Gustavo Bolívar Moreno, al que podrán acceder a través de este enlace, desvela una dramática realidad: “el nuestro es en un Estado narcoparamilitar que persigue la coca pero no la cocaína. Un gobierno que persigue al consumidor pero no al narcotraficante”.


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“A movilizar la palabra”, iniciativa para seguir buscando salidas

El pasado miércoles, en rueda de prensa, fue presentada la estrategia “A movilizar la palabra”. Se trata de un conjunto de acciones que pretende recoger problemáticas, necesidades y propuestas en todo el país. Esta iniciativa es impulsada por más de 50 organizaciones y plataformas de la sociedad civil que se han sumado hasta el momento. Además, cuenta con el apoyo de las Naciones Unidas, de la Pastoral Social y de otros actores internacionales.

“A movilizar la palabra” surge en las asambleas populares, territoriales y sectoriales que han venido desarrollándose en el marco del Paro Nacional que se realiza desde el 28 de abril. En esas asambleas han surgido distintas razones para protestar y, según la presentación de la iniciativa, todas esas voces deben ser protagonistas por encima de concepciones ideológicas. “Sabemos que escuchar las voces de protesta del pueblo plural que emerge es fundamental, y que el momento de consultar, dialogar y representar, ¡es ya!”, dice la comunicación.

La iniciativa “A movilizar la palabra” buscará construir espacios de confianza y de diálogo para recoger y consolidar los mandatos de la ciudadanía y llevarlos a los entes gubernamentales. Además, la estrategia pretende ser el “diálogo más amplio y generoso de la última década” llegando a diversos sectores a través de la tecnología, las redes sociales y el voz a voz para recoger todas las indignaciones que hay en el país.

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Ricardo Silva ante la crisis que vive Colombia

Tanto el artículo de Silva publicado en El Tiempo, al que aquí remitimos, como su entrevista con Mábel Lara, marcan la posición de este intelectual colombiano ante la crisis que vive el país.

Ya en anteriores entradas del blog (La conversación más grande de Colombia, La Comisión Interamericana de Derechos humanos condena al Estado colombiano por graves violaciones de los derechos humanos durante las recientes protestas) nos hemos ocupado del reciente estallido social de Colombia, y privilegiaremos esta cuestión en nuestras próximas publicaciones, conscientes de que estamos ante un conflicto de enormes consecuencias para la región.

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Sorprende que todo esto sorprenda. Pues cuando una clase dirigente se porta como una realeza, descendiente de Dios en una democracia hereditaria, se está escribiendo su descalabro, su caída. Hoy además es imposible posponer una república, o sea una ciudadanía de iguales de acuerdo con una Constitución, a punta de cortinas de humo y de incendios: si un Gobierno renuncia a hacer política, y agarra cara de inquilino que quiere tomar posesión, y no entiende que una sociedad no está hecha a imagen y semejanza de una presidencia, ya no hay Copa América ni Giro de Italia ni Miss Universo que distraigan, no, no hay circos que anestesien a los pueblos sin pan en estos días en los que aquello de que “todos estamos conectados” no es una sospecha de los panteístas, sino un hecho.

Sorprende que sorprenda que el presente no sea el pasado. Hubo fútbol para apaciguar a los países de la masacre de las bananeras, del Bogotazo, del Palacio de Justicia, de la ‘parapolítica’, pero esta vez, aun cuando el Gobierno insistió e insistió en la táctica de disfrazar de servicio social el negocio de la Copa América hasta que se le enredó como cualquier reforma, no iba a haber goles que durmieran a los hinchas que marchan en las calles, ni podrán darse torneos nostálgicos hasta que el Estado –un Estado al que le pesen 57 asesinatos, 18 víctimas de violencia sexual y 2.387 casos de violencia policial durante el paro– tenga un gabinete que represente al país y cree mesas de trabajo de jóvenes que saquen adelante la igualdad de las suertes que proponen tanto el acuerdo de paz como la Constitución: para entender que hoy el circo no engaña e indigna bastan esos dos partidos de la Copa Libertadores entre gases lacrimógenos.

Sorprende que sorprenda que no sean los ochenta. Durante décadas se exigió a nuestros ciclistas que probaran al mundo que aquí había más escarabajos que mulas, se ordenó a nuestros futbolistas que demostraran a la especie que acá no solo matábamos por cometer autogoles y se confió a nuestras reinas de belleza la misión de desmentir ante el universo los monstruos de esta cultura, pero no, ya no: hoy nuestra imagen depende enteramente de nuestra capacidad para pactar la paz porque no solo hemos dejado de ser aquel país con tres canales de televisión, sino que, como cada cual es su propio canal, vemos en vivo esta represión de machos sanguinarios en las calles de Pasto o Popayán. Durante décadas fuimos un país negacionista e iluso que seguía adelante, a pesar de sus guerras y sus desigualdades y sus traumas, con la convicción de que una buena gerencia nos haría libres –y los números volverían innecesarias las palabras–, pero no, ya no: hoy hay que hablar.

Y, sin embargo, a pesar de darle a esta democracia tan frágil el desprestigio de una tiranía, a pesar de la defensa que hicieron los futbolistas colombianos de la sensatez y de las “voces que piden un país más justo”, este gobierno efímero pero terco insistió sin vergüenza en montar su desafiante campeonato de la reactivación, de la unión. Dijo el presidente Duque, allá en su sueño, que “sería absurdo que no se jugara la Copa América acá cuando sí se va a jugar la Eurocopa”. También aseguró –refiriéndose a los estremecedores bloqueos– que “este no va a ser el último paro que viva Colombia en su historia” y que nuestra respuesta como sociedad “va a marcar qué va a pasar en el futuro”, pero poco nombró la huella que ha dejado la represión.

No será este el último paro. Dentro de poco habrá otro y otro y otro más si no se da un nuevo pacto social que empiece por el reconocimiento político de esta enorme protesta contra la violencia estatal. Y todo esto va a ser en vano si seguimos jugando a que el circo sea el pan.

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Nuestros niños amenazados

Si ya en entradas anteriores hemos alertado sobre la violencia de un energúmeno ejercida sobre la madre de un niño autista, o sobre las fobias de gente poco equilibrada a la que estorban los niños, hoy recogemos el lamentable episodio de un bárbaro que, blandiendo una botella de cerveza, amenazaba de muerte a un niño. Nuestra sociedad, enferma, ha dado un paso más hacia la locura colectiva, propiciada por las distorsiones de nuestras rutinas provocadas por la pandemia del coronavirus. Ojalá no nos acostumbremos a estas imágenes degradantes.

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La Policía Local de Vélez-Málaga ha detenido a un hombre vecino del municipio, de 56 años, por amenazar con una botella de cerveza a un niño de 10 años de edad mientras le gritaba “te tengo que matar”.

Los hechos ocurrieron a las puertas de la iglesia de San Andrés de Torre del Mar sobre las ocho y media del sábado ante la presencia de los feligreses que habían acudido a Misa.

El hombre, al parecer en esto de embriaguez, bebía cerveza en la vía pública, sin el uso correcto de mascarilla y acompañado por un perro suelto y sin cuidados mínimos.

Según la madre, las amenazas al menor las había realizado en varias ocasiones, y de hecho, las repitió en presencia de los agentes, por lo que fue detenido y trasladado a la Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía.

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Pablo Serrano Álvarez. Ciudad de México, 10 de junio de 1971: el Halconazo. Cincuenta años

Todo era el caos apocalíptico. Gritos, disparos, olor a pólvora y gases lacrimógenos, mantas tiradas en el piso. Algunos valientes tiraban piedras a Los halcones. Quizá hubo disparos del lado de los estudiantes; si así fue, habrán sido pocos y de bajo calibre, defensivos. Nada que hacer frente al ataque comandado por el siniestro militar Manuel Díaz Escobar, organizador de Los halcones y viejo represor de los estudiantes.

El desprestigio del priiato por la utilización abierta del ejército durante todos los años 60 y en 68, sobre todo en Tlatelolco, lo llevó a crear ese grupo paramilitar con todo el respaldo gubernamental, y yo diría que incluso del Estado. El salvajismo con el que actuaron fue dantesco: llegaron a las instalaciones del hospital Rubén Leñero, entonces denominado Cruz Verde –ubicado a unas calles del sitio de la matanza- y sacaban a los heridos y a las enfermeras. Algunos de éstos valientemente intentaban proteger a los heridos. Era el infierno.

Joel Ortega Juárez, 10 de junio: ¡ganamos la calle!,
México, Ediciones de Educación y Cultura, 2011,
(Colección nuestro siglo XX), p. 103.

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El trauma del movimiento estudiantil de 1968 no se había desvanecido del ambiente político y social de México al iniciar la década de los setenta del pasado siglo. La herida se encontraba abierta y sangraba aún. La persecución y la represión gubernamental contra los estudiantes y sectores populares continuó en el gobierno encabezado por el presidente populista Luis Echeverría Álvarez, sucesor del presidente autoritario Gustavo Díaz Ordaz. El ejército, las policías y las autoridades de inteligencia prosiguieron en su encono contra las movilizaciones, oposiciones, disidencias o acciones de los demandantes de democracia, libertad, justicia e igualdad. Cualquier indicio de expresión o acción era perseguido y reprimido con la inteligencia política del gobierno, o, más aún, con la represión armada y violenta de grupos relacionados con el ejército y las policías. Esto sucedía en todo el país, mucho más en la ciudad de México. Luego de los sucesos lamentables del 68, poco quedaba de la organización estudiantil y popular. Presos políticos, exiliados en el extranjero, escondidos, los estudiantes y líderes tuvieron escaso margen de organización y acción para seguir en la lucha opositora al gobierno autoritario mexicano. Los sobrevivientes de brigadas, asambleas y manifestaciones se replegaron y dividieron.

Sin embargo, hubo una organización que se denominó Comités de Lucha que, mediante un Consejo, continuó agrupando y organizando a los estudiantes de la UNAM, el IPN, las Normales, Universidad de Chapingo, Universidad Iberoamericana e incluso a El Colegio de México, entre otros más. Ese Comité agrupaba a cincuenta escuelas y regulaba las acciones y manifestaciones de los estudiantes, dando continuidad al movimiento estudiantil de tres años antes, aunque con cierta autonomía que le brindaba libertad de maniobra y movilidad. Esta organización buscaba el alejamiento con los líderes del 68, la conquista de la manifestación callejera, la vinculación popular con la lucha obrera, incidir en la reforma universitaria (se identificaron con las movilizaciones universitarias de Nuevo León, que buscaban la paridad), la distancia con respecto a propuestas izquierdistas, la libertad de los presos políticos, la democracia sindical, la democratización de la enseñanza y la no negociación con el gobierno federal por ningún motivo. Esta agrupación era poco institucionalizada y se oponía al radicalismo, sin liderazgos encumbrados y donde imperaba el asambleísmo. No era una organización consolidada y fuerte, pero tuvo sus seguidores gracias a la labor de los líderes que atraían a los estudiantes en cuanto a la conciencia opositora que debía mantenerse.

El Manifiesto publicado el mismo 10 de junio de 1971, expresó que esta organización era heredera de los “estudiantes politécnicos, normalistas universitarios, de quienes pelearon por defender el derecho de nuestro pueblo a la enseñanza, de quienes se tiñeron de rojo al fundirse con las luchas del proletariado en 58-59… los luchadores de hoy somos quienes inundamos de voces y puños las calles lluviosas en julio-diciembre del 68 para gritar por los obreros enmudecidos por el charrismo, por los campesinos que luchan por la tierra, junto al pueblo que se ha levantado más de una vez con sus cananas cruzadas para arrojar a los poderosos al estercolero de la historia”.[1] Desde ya, pugnaba por la desaparición de los grupos paramilitares financiados y organizados por el gobierno, que en este caso los atacaron de manera sangrienta.

Las premisas rebasaron los hechos, se organizó una manifestación para el jueves 10 de junio de 1971, a la que de entrada se opusieron los ex líderes del 68 y otros personajes radicales provenientes de la izquierda, que no se identificaron con la organización y acciones del Comité. El espíritu de lucha por la libertad era lo que animaba a los miembros del Comité, como Joel Ortega Juárez lo escribió:

Cualquier centro educativo era un buen espacio para tirar el rollo y reclutar muchachos (pocas mujeres, por cierto), para organizar los Clubes de la Juventud Comunista y sin falta los Comités de lucha que hicieran posible la consigna: “Es sólo el principio; lucha. La lucha continúa”.

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Berta Ferrero. Paliza a una mujer en el parque Warner por defender a su hijo con autismo

En la anterior entrada registrábamos los inconvenientes que suele encontrar en la vida social un matrimonio con hijos pequeños. Hoy traemos a colación un caso dramático, que muestra con toda contundencia el grado de deterioro moral y de violencia de algunos sectores de nuestra sociedad. Discrepamos de la opinión -legítima, por supuesto- de los legalistas que sugieren que, para corregir actitudes de esta gravedad y vileza como la que hoy presentamos, hay que endurecer la legislación penal. Se trata, más bien, de una pérdida de valores difícilmente reparable en el corto y medio plazo, porque desde hace décadas hemos perdido el norte y va a resultar muy difícil que se recupere la fe en las brújulas. Ya se sabe, cada uno tiene su propia verdad, su propio código de valores… y puede aporrear a quien le venga en gana si sus quejas le molestan. Al fin y al cabo, cada uno determina su propio norte, según su leal saber y entender.

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La cabeza de Mayte Q. rebobina una y otra vez al 2 de mayo, el día de la madre y el día que recibió una paliza que la dejó inconsciente en el parque Warner de Madrid por defender a su hijo con autismo. Todavía no entiende cómo un hombre “de entre 40 y 50 años” la tomó primero con Jimy, de 11 años, porque tenía prioridad para entrar en las atracciones debido a su discapacidad, y luego con ella, que se acercó a él para explicarle que el niño estaba aterrorizado por sus burlas y a pedirle que, por favor, le dejara en paz. Ahora, atiborrada de pastillas contra la depresión con 38 años, se atreve a hablar con EL PAÍS solo con un objetivo: evidenciar el problema de la incomprensión que sufren las familias de personas con una discapacidad invisible como el trastorno del espectro autista, conocido por sus siglas, TEA.

El caso de Mayte, ahora en los tribunales, se ha convertido en la punta del iceberg de un problema que numerosas familias denuncian en el día a día, según cuenta Ana Vidal, coordinadora de la asociación ProTGD Autismo. “Cada día recibimos llamadas o correos de personas contándonos situaciones diversas. Ya no es que la gente mire raro o con pena, es que muchos miran con desprecio. Y eso que es una discapacidad que es más común de lo que creemos”.

Plena Inclusión Madrid, una federación de 118 organizaciones de personas con discapacidad intelectual o del desarrollo a la que pertenece ProTGD Autismo, explica que estudios epidemiológicos realizados en Europa indican una prevalencia de aproximadamente un caso de TEA por cada 100 nacimientos. En España hay unas 450.000 personas diagnosticadas y se estiman unas 60.000 en Madrid. De ellas, alrededor de 6.000 están inscritas en diferentes asociaciones, como Mayte, que pertenece a ProTGD para recibir apoyo con su hijo.

El plan de la Warner lo planificaron principalmente para evadirse. Mayte perdió hace justo un año a su madre y ha estado sumida desde entonces en una inestabilidad emocional aguda por la que ha llegado a perder hasta 15 kilos. Ese día, dos amigas de la infancia le propusieron pasar la jornada en el parque temático ubicado en la localidad de San Martín de la Vega, al sur de la región madrileña, para que se distrajera un poco. Ella aceptó y las tres reunieron a sus seis hijos —dos de cada una— y se lanzaron a disfrutar del día de la madre.

El parque, inaugurado en Madrid en 2002, cuenta con un distintivo para personas con discapacidad. Se trata de una pulsera azul con la que pueden acceder a las atracciones a través de colas rápidas, una fórmula pensada para que estas personas, y hasta tres acompañantes, no tengan que esperar en exceso. Por una de ellas entró Jimy. Quería subir a la atracción de Batman, una especie de montaña rusa, y las dos amigas de Mayte decidieron acompañarle. En ese momento, un grupo de hombres les increparon por haberse “colado”, según cuenta la madre de Jimy, sentada en una cafetería de Leganés y aún con los nervios a flor de piel. Ellas explicaron a los hombres que disponían de prioridad porque el menor tenía una discapacidad. “¿Un mongolito?”, se mofó uno de ellos, haciendo gestos con los brazos. A las burlas les acompañaron unas risas y algunos insultos más, pero el incidente se quedó ahí.

Tras bajar de la atracción, el niño estaba obsesionado “con el hombre malo” y cuando se lo volvió a encontrar después empezó a gritar, fuera de sí. Ese es el momento que Mayte rebobina una y otra vez en su cabeza, porque fue cuando decidió acercarse para mediar. “¿Eres la madre del mongol?”, insistió él, y acto seguido la agarró del pelo y la estampó contra el suelo. Ella se revolvió, se puso de pie, se encaró a él y, de nuevo, acabó contra el cemento, con la mala suerte de que cayó boca abajo y perdió el conocimiento. “Tengo que agradecer al parque lo bien que se portó. Primero lo retuvieron a él hasta que llegó la Guardia Civil y a mí me hicieron las primeras curas”, cuenta la madre. Las fotos que le tomaron después en el hospital —que prefiere que no se publiquen— muestran a una mujer descompuesta, llorando, con el labio partido, la nariz ensangrentada, los ojos morados y una herida profunda en la frente. En el parte médico, además, consta que le detectaron una lesión cervical. Cuando la médico forense del juzgado vio el parte de lesiones, emitió un informe que paralizó el juicio rápido que estaba previsto el pasado día 13. El caso será juzgado por lo penal como delito grave.

‘Policías de balcón’

Las familias de personas con TEA denuncian constantemente situaciones como mínimo desagradables. Jose Manuel Barbé, de 35 años, grabó un vídeo el 22 de marzo de 2020 que se hizo viral en Twitter en el que explicaba el trato que tanto él como su hijo Adrián, que entonces tenía nueve años, estaban sufriendo por culpa de los conocidos como policías de balcón. Se encontraban en la primera ola de la pandemia y, tras varios días encerrados, decidieron salir a la calle a dar una vuelta gracias al permiso que otorgó el Gobierno a las personas con discapacidad y a un certificado médico que explicaba que el niño, además de autista, era hiperactivo y necesitaba salir a la calle. Nadie les preguntó por qué se saltaban, supuestamente, las normas. Directamente les insultaron y hasta les desearon la muerte.

“Mi hijo es grande y antes solía hacer mucho ejercicio para quemar energía. Y no le podía explicar aquella situación de pandemia mundial porque no entendía nada. No podía estar ni 10 segundos viendo la tele, ni un minuto seguido sentado. Era realmente duro”, explica Barbé. Los vecinos, además de increparles en la calle, les denunciaron y la policía se presentó enseguida en el parque. Él enseñó el justificante y ahí se acabó el debate. “Lo fuerte fue que entonces nos empezaron a gritar de nuevo, incluso más fuerte, y a insultar más, indignados. ¿Qué querían? ¿Que me detuvieran delante de mi hijo?”

Aquella situación, que empezó a ser un problema generalizado, provocó un fuerte debate dentro de las asociaciones que pertenecen a Plena Inclusión. Algunos familiares pensaron que sería buena idea identificarse con un brazalete o una camiseta para que los vecinos supieran que trataban con personas con discapacidad. Otros se opusieron. Significaba estigmatizar más aún a sus hijos, etiquetarlos. “El problema es social, de educación. Hay que visibilizar el autismo con charlas para que se conozcan las características y las necesidades y que no se les vea como bichos raros”, argumenta Vidal. El conocimiento como arma para erradicar apelativos como el de “mongolito”.

“HAY QUIEN NO HA TRATADO CON UNA PERSONA CON DISCAPACIDAD EN LA VIDA”

Mariano Casado, presidente de Plena Inclusión Madrid, lamenta que en realidad “no se acepta lo que no se conoce” por lo que apunta a la Administración para que dedique más recursos y más apoyo para normalizar cualquier tipo de discapacidad en la sociedad, empezando por la escuela. El objetivo es amplio, asegura, porque parece mentira que las familias tengan que soportar, todavía, insultos hirientes por una discapacidad.

José Manuel Barbé cuenta que su hijo, que casi no se comunica verbalmente con nadie, tiene amigos de todo tipo, “también niños sin discapacidad, que da la casualidad que están en un aula TEA”, es decir, que estudian en clases con alumnos con autismo. “Han aprendido a tratar con él y saben qué características tiene. Juegan unos con otros perfectamente sabiendo la singularidad de cada uno”, explica el padre.

Para Casado, esa es la prueba de que la educación inclusiva tiene efectos positivos y funciona, ya que cuando los niños se hacen adultos, ya no ven los demás como bichos raros. “Hay gente que no ha tenido contacto con una persona con discapacidad en la vida y le cuesta luego integrarla. Aunque también habrá alguno que ni conviviendo cambie…”. Para él, el trabajo de la Administración debe centrarse en tres patas: la educativa, la del ocio y la del empleo. De esa manera, los niños, de adultos, también normalizarán una realidad que no se puede obviar, explica. Y sin esa educación inclusiva, lamenta, ocurren casos similares al del parque Warner.

La mujer agredida, Mayte Q., mientras espera encerrada en casa a que todo eso evolucione, se enfrenta cada día a su cóctel de pastillas: varios ansiolíticos y un antidepresivo. Las heridas de la cara las tiene casi curadas. Las otras, no.

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Carlos García Miranda. Carta a los que les molestan los niños

Parece ser que creéis que el mundo y sus planes de ocio deben dividirse entre los que tenemos hijos y los que no queréis ver niños ni en pintura. Así me lo dijo una pareja de vuestro rollo que tuvo la desgracia de coincidir con mi hijo en una exposición de fotos. Su madre y yo estábamos enseñándole las obras al mismo tiempo que intentábamos que no se escapara ni pegara grititos de esos que significan “me lo estoy pasando guay”. Justo soltó uno al lado de esa pareja que, tras maldecirlo entre dientes, acabó por decirnos que el niño no tenía que estar allí.

Le explicamos que los bebés tienen que aprender a comportarse, pero que desde antes tienen el mismo derecho que cualquiera a disfrutar de una exposición del ayuntamiento. Eso mismo les dijo el de seguridad al ver la movida, y la responsable, que insistió en que nos quedáramos porque ese espacio era de todos, aunque al final nos fuimos para no discutir. Los de la niñofobia estáis convencidos de que las familias debemos mantener la distancia en barrios periféricos en los que solo hay centros comerciales con parques de bolas.

El caso es que hace nada leí la noticia de que los índices de natalidad están por los suelos porque no hay trabajo ni acceso a la vivienda. Es por eso, pero también porque vivimos en una sociedad que castiga tener hijos (e igual por eso a ti te molestan). Si apuestas por ello, ya puedes olvidarte de compatibilizarlos con las calles del centro, que los carritos no casan con los bolardos ni con los alquileres de más de dos habitaciones. Tampoco encajan en los restaurantes buenos, ni en los trenes con vagones silenciosos, aunque en donde de verdad se pone difícil la cosa es en el trabajo.

Ser padre supone hacer malabares para cuadrar horarios de guarderías y marcarse horas extra de tapadillo de trabajo para que no noten que estás criando a un niño, a ver si se van a pensar que ya no tienes proyección (sí, ya sé que lo he elegido yo). Esa imagen de “tengo todo controlado” tienes que dársela al jefe, a tus compañeros con opciones de quedarse el puesto y a la sociedad capitalista. En las mujeres se multiplica por veinte, que si lo dan todo por el trabajo hasta petarlo son ejemplos de emprendimiento, pero como digan que a las cinco sueltan el boli para cuidar a su familia son víctimas del heteropatriarcado. El nuevo feminismo debería centrarse más en eso y menos en si un maleducado va con las piernas abiertas en el metro.

Vivimos en una sociedad plural que suma todas las edades, incluidos niños movidos, bebés gritones y parejas irascibles. Todos somos necesarios. Nuestros hijos ahora lo parecen menos, pero serán los que igual montan una exposición para contar que al final salió bien lo de España 2050. El futuro de todos no puede molestaros.

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