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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Constanza Vieira. Prosigue la represión en Colombia: Duque impone régimen militar a una cuarta parte de la población

El presidente de Colombia, Iván Duque, prefirió darle una patada al tablero. Optó por militarizar, lejos de tomar en serio un preacuerdo construido durante nueve días entre plenipotenciarios de su gobierno y el Comité Nacional de Paro (huelga), el CNP.

Al cumplirse un mes de la huelga nacional iniciada el 28 de abril, el conservador Duque emitió la noche del pasado viernes un decreto (el 575 de 2021) que impone la “asistencia militar” en ocho departamentos y 13 ciudades, incluidas seis capitales departamentales.

El senador de izquierda Iván Cepeda indicó que, en la práctica, esto sería ni más ni menos que “un golpe de estado”, porque “sustituye la autoridad civil por autoridades militares” en un área habitada por unos 12,7 millones de personas, es decir, la cuarta parte de la población.

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Luis Carlos Castillo. Cali, un proceso brutal y acelerado de empobrecimiento

Charla con Luis Carlos Castillo Gómez, catedrático de la Universidad del Valle y doctorado en Sociología, para entender qué sucede en Cali que pasó de ser la “sucursal del cielo” y de la salsa, a una ciudad destrozada por el estallido de ira de sus habitantes, enfrentados unos contra otros, a palo y bala.

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A raíz de los graves disturbios ocurridos en el país, algunos personajes sostienen que el vandalismo es un fenómeno “organizado” por unos conspiradores comunistas, izquierdistas y terroristas de Colombia y de otras naciones de América Latina ¿Esta interpretación puede tomarse como seria o cierta?

Ese es un enfoque que la sociología considera simplista como interpretación de las protestas y los estallidos sociales que tienen raíces -profundas y complejas- en la exclusión, la pobreza, la miseria y el conflicto político. También debe decirse que cualquier violencia debe ser rechazada, provenga de donde provenga. La destrucción de bienes públicos y privados y el ataque a miembros de la Policía son condenables. De igual manera, hay que rechazar los excesos de la fuerza pública.

¿Usted es profesor permanente de doctorado en sociología. En tal condición ¿ha conocido algún estudio, informe, investigación o encuesta que indique que la afirmación de que el vandalismo es una estrategia ideológica perversa, tiene fundamento documental?

Desde el punto de vista sociológico y de las Ciencias Sociales, no hay ningún soporte documental ni empírico que permita sustentar la hipótesis de que el fenómeno que está enfrentando Colombia, en la actualidad, se pueda explicar como una conspiración comunista o como un organización nacional o internacional de vándalos que estarían detrás de los hechos que han sacudido al país en las últimas semanas.

Los vándalos que destruyen los bienes públicos, tiran piedra a los uniformados y saquean en Cali, ¿responden a iguales motivaciones que los que protagonizan actos violentos en las calles de Bogotá, Pasto o Pereira o son diferentes en cada ciudad?

La expresión “vándalos” no me gusta, precisamente porque simplifica la complejidad del fenómeno y trasmite la falsa idea de que el estallido social y las protestas en Colombia son el resultado de una suma de delincuentes y inadaptados sociales. En cuanto a su pregunta y en la medida en que el “vandalismo” es el término con que se define una expresión violenta de rabia, ira y descontento social, se puede afirmar que hay motivaciones similares en las diferentes ciudades del país. Ahora, insisto, la idea de que existe algo así como una organización nacional de “vándalos” financiados internacionalmente, es tan simplista como pretender explicar el bogotazo del 9 de abril de 1948 (magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán y destrucción posterior de Bogotá en medio del levantamiento popular) por una conspiración comunista internacional de la época.

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Jeanny Posso. Paradojas del paro en Cali (Colombia)

Los paros registrados estos días en Cali no dejan de encerrar paradojas. Participan en ellos estudiantes universitarios, sobre todo de las universidades públicas, aunque durante unas jornadas se sumaron a ellos estudiantes de las privadas, algo nunca antes visto. Y resulta asombroso que estén sostenidos también por jóvenes que no dispusieron de la oportunidad de estudiar y que ahora viven del rebusque, de empleos precarios, o que ni estudian ni trabajan, pero tienen el anhelo del conocimiento.

Muchos de los CAIs (Comandos de Acción Inmediata, esos pequeños puestos de policía de los barrios, como el que aparece en la imagen) a los que se pegó fuego fueron después restaurados por los jóvenes y convertidos por ellos mismos en pequeñas bibliotecas populares. Es probable que, cuando se retorne a la normalidad, sean restituidos en su antigua función: pero su habilitación como bibliotecas -siquiera sea con carácter provisional- dice mucho del anhelo de los jóvenes.


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Estudiantes colombianos en lucha

Este cartel, portado por estudiantes universitarios de Cali (Colombia) en la marcha del 28 de mayo que salió desde Siloé hacia la Universidad del Valle, enlaza de un modo dramático con el testimonio que recogíamos en la anterior entrada del blog: “de nada sirve cursar una carrera en Colombia, aun con excelentes calificaciones, para acceder a un puesto de trabajo acorde con esa preparación académica”.


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Manuel Ferrer Muñoz. Estudiar, ¿para qué?

Año 2009. Mes de febrero. Lugar: Universidad del Valle, en Cali (Colombia). Contexto: un encuentro con un grupo de estudiantes de Sociología para debatir las razones por las que tantos jóvenes colombianos emigran a España y a Italia después de su titulación universitaria. Respuesta unánime: de nada sirve cursar una carrera en Colombia, aun con excelentes calificaciones, para acceder a un puesto de trabajo acorde con esa preparación académica.

Si hoy, en junio de 2021, planteáramos esa misma pregunta en la misma sede, se repetiría idéntica contestación, incluso con más contundencia a la vista del gravísimo conflicto social y político que atraviesa Colombia.

¿Qué dirían ante ese interrogante nuestros estudiantes universitarios ecuatorianos? Y ¿qué dirían los españoles, que persiguen maestrías y doctorados allende las fronteras? ¿Qué opinarían los mexicanos, seducidos siempre por el vecino de norte?

Los resultados de esas hipotéticas encuestas serían abrumadoramente coincidentes en el más profundo pesimismo.

¿Qué haremos? ¿Cerraremos las universidades? ¿Practicaremos un harakiri multitudinario? ¿Practicaremos un acto de fe colectivo en las excelencias que vaya a depararnos la política educativa del presidente Guillermo Lasso? (Porque en Colombia, España y México ya sabemos lo que hay, que, por cierto, no abre vías a la esperanza).

Si de verdad buscamos una respuesta a esas cuestiones, no podremos conformarnos con la búsqueda de soluciones prácticas a las enormes carencias de la educación en los países arriba mencionados -Colombia, Ecuador, España, México-, que no se solucionarán simplemente con la disponibilidad de más recursos económicos o tecnológicos, ni con una revisión de los planes de estudios, ni con una más eficaz capacitación del profesorado.

Perdimos de vista la perspectiva de lo que significa la universidad, una institución cuyo sentido redujimos miserablemente a la simple expedición de unos títulos que capacitan para desempeñar tareas a las que van anexos envidiables ingresos económicos, una plausible estabilidad laboral y un prestigio social que rivaliza con el que gozaba antes la vieja aristocracia de la sangre.

Y porque extraviamos esa perspectiva, erramos con la pregunta. Y es que no importa el ‘para qué’, sino el ‘qué’.

Cuando empezaba el siglo XX, la universidad estaba dando pasos de gigante en algunos países europeos, porque los avances científicos de los siglos XVIII y XIX reforzaron el papel de la investigación en áreas especializadas, sin que se cuestionaran los rasgos identitarios de la academia, que se remontaban a los siglos XII y XIII y que comportaban una estrecha relación entre maestros y discípulos.

Pero, con el transcurrir del tiempo, la universidad dejó de ser un espacio para pensar y discutir puntos de vista, para aprender de maestros comprometidos en la búsqueda del saber (investigación y estudio) y en su difusión (docencia y publicación). Y la universidad empequeñeció su misión -la pesquisa de una visión integradora del hombre y de la sociedad-, para dispersarse en una constelación de saberes especializados, inconexos e incomunicados entre sí.

La universidad acabó por eludir los grandes interrogantes de la vida humana: el sentido de la vida y del tiempo, el porqué de la muerte, la existencia de Dios, las nociones éticas del bien y del mal, la responsabilidad social de cada hombre… Hubo, ciertamente, un acercamiento a la sociedad y a sus demandas, pero, sobre todo, a través de su contribución -y supeditación- al Estado y a la empresa: y lo que empezó constituyendo un compromiso social ha ido derivando, al incorporarse la institución universitaria a la economía de mercado, a una subordinación de la universidad a los intereses y necesidades del poder político y del gran capital.

Sentadas las anteriores premisas, la conclusión implacable y desmoralizadora es que el fin último que se propone la inmensa mayoría de quienes acometen el estudio de estudios universitarios es rendir tributo a las exigencias del Estado y de la empresa, en la confianza de que mediante esa subordinación se logre obtener un beneficio personal que, ciertamente, en los tiempos actuales es muy incierto y volátil.

En verdad, si es esto lo que se busca, no vale la pena invertir tiempo ni dinero ni ilusiones en unos estudios burocratizados, impartidos por unos maestros desmotivados -cuando no manifiestamente incompetentes-, en unas anodinas aulas universitarias donde rara vez se alza una voz que cuestione el sistema o que trascienda la atonía de unas instancias pseudoacadémicas que se limitan a funcionar como guarderías en las que entretener y domesticar a jóvenes que ninguna resistencia ofrecerán al adoctrinamiento.

Pero, si nos esforzamos por renovar el auténtico espíritu universitario, que rastrea el saber en las bibliotecas, los archivos y los laboratorios, que se incardina en el aquí y hoy de nuestras sociedades, que rastrea la verdad en la maraña de medias verdades que repiten monótonamente indecentes docentes, tal vez empecemos a atisbar que las grandes aventuras y las batallas épicas a que está llamada nuestra juventud se librarán en los campus universitarios… o no se librarán nunca.

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Discurso de Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuente Vaqueros (Granada), en septiembre de 1931

Transcribimos el texto íntegro de este discurso donde se proclama el amor de Federico a la palabra escrita, conocedor de que no sólo de pan vive el hombre. De ahí que sintiera “más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento”.

Disfruten de esta maravillosa apología de la lectura que debería presidir nuestras bibliotecas, amenazadas hoy por la desidia y la indiferencia de tantos ‘gestores culturales’ -horrenda expresión, aunque apropiada para designar a esos incompetentes asesinos de ilusiones- incapaces de vibrar con la emoción encerrada en los libros.

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Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.


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Las contradicciones de Colombia

En días anteriores hemos acogido varios textos que, desde diversas perspectivas, analizan y muestran la crisis social y política por que atraviesa Colombia. Y es nuestra intención continuar por ese camino, persuadidos de que el hallazgo de vías de negociación y de encuentro en que converjan opiniones discrepantes se halla condicionado a la reflexión, a la escucha del otro y a la firme voluntad de construir y de no dinamitar los esfuerzos por la paz y la justicia social.

El artículo de Gustavo Bolívar Moreno, al que podrán acceder a través de este enlace, desvela una dramática realidad: “el nuestro es en un Estado narcoparamilitar que persigue la coca pero no la cocaína. Un gobierno que persigue al consumidor pero no al narcotraficante”.


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“A movilizar la palabra”, iniciativa para seguir buscando salidas

El pasado miércoles, en rueda de prensa, fue presentada la estrategia “A movilizar la palabra”. Se trata de un conjunto de acciones que pretende recoger problemáticas, necesidades y propuestas en todo el país. Esta iniciativa es impulsada por más de 50 organizaciones y plataformas de la sociedad civil que se han sumado hasta el momento. Además, cuenta con el apoyo de las Naciones Unidas, de la Pastoral Social y de otros actores internacionales.

“A movilizar la palabra” surge en las asambleas populares, territoriales y sectoriales que han venido desarrollándose en el marco del Paro Nacional que se realiza desde el 28 de abril. En esas asambleas han surgido distintas razones para protestar y, según la presentación de la iniciativa, todas esas voces deben ser protagonistas por encima de concepciones ideológicas. “Sabemos que escuchar las voces de protesta del pueblo plural que emerge es fundamental, y que el momento de consultar, dialogar y representar, ¡es ya!”, dice la comunicación.

La iniciativa “A movilizar la palabra” buscará construir espacios de confianza y de diálogo para recoger y consolidar los mandatos de la ciudadanía y llevarlos a los entes gubernamentales. Además, la estrategia pretende ser el “diálogo más amplio y generoso de la última década” llegando a diversos sectores a través de la tecnología, las redes sociales y el voz a voz para recoger todas las indignaciones que hay en el país.

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Ricardo Silva ante la crisis que vive Colombia

Tanto el artículo de Silva publicado en El Tiempo, al que aquí remitimos, como su entrevista con Mábel Lara, marcan la posición de este intelectual colombiano ante la crisis que vive el país.

Ya en anteriores entradas del blog (La conversación más grande de Colombia, La Comisión Interamericana de Derechos humanos condena al Estado colombiano por graves violaciones de los derechos humanos durante las recientes protestas) nos hemos ocupado del reciente estallido social de Colombia, y privilegiaremos esta cuestión en nuestras próximas publicaciones, conscientes de que estamos ante un conflicto de enormes consecuencias para la región.

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Sorprende que todo esto sorprenda. Pues cuando una clase dirigente se porta como una realeza, descendiente de Dios en una democracia hereditaria, se está escribiendo su descalabro, su caída. Hoy además es imposible posponer una república, o sea una ciudadanía de iguales de acuerdo con una Constitución, a punta de cortinas de humo y de incendios: si un Gobierno renuncia a hacer política, y agarra cara de inquilino que quiere tomar posesión, y no entiende que una sociedad no está hecha a imagen y semejanza de una presidencia, ya no hay Copa América ni Giro de Italia ni Miss Universo que distraigan, no, no hay circos que anestesien a los pueblos sin pan en estos días en los que aquello de que “todos estamos conectados” no es una sospecha de los panteístas, sino un hecho.

Sorprende que sorprenda que el presente no sea el pasado. Hubo fútbol para apaciguar a los países de la masacre de las bananeras, del Bogotazo, del Palacio de Justicia, de la ‘parapolítica’, pero esta vez, aun cuando el Gobierno insistió e insistió en la táctica de disfrazar de servicio social el negocio de la Copa América hasta que se le enredó como cualquier reforma, no iba a haber goles que durmieran a los hinchas que marchan en las calles, ni podrán darse torneos nostálgicos hasta que el Estado –un Estado al que le pesen 57 asesinatos, 18 víctimas de violencia sexual y 2.387 casos de violencia policial durante el paro– tenga un gabinete que represente al país y cree mesas de trabajo de jóvenes que saquen adelante la igualdad de las suertes que proponen tanto el acuerdo de paz como la Constitución: para entender que hoy el circo no engaña e indigna bastan esos dos partidos de la Copa Libertadores entre gases lacrimógenos.

Sorprende que sorprenda que no sean los ochenta. Durante décadas se exigió a nuestros ciclistas que probaran al mundo que aquí había más escarabajos que mulas, se ordenó a nuestros futbolistas que demostraran a la especie que acá no solo matábamos por cometer autogoles y se confió a nuestras reinas de belleza la misión de desmentir ante el universo los monstruos de esta cultura, pero no, ya no: hoy nuestra imagen depende enteramente de nuestra capacidad para pactar la paz porque no solo hemos dejado de ser aquel país con tres canales de televisión, sino que, como cada cual es su propio canal, vemos en vivo esta represión de machos sanguinarios en las calles de Pasto o Popayán. Durante décadas fuimos un país negacionista e iluso que seguía adelante, a pesar de sus guerras y sus desigualdades y sus traumas, con la convicción de que una buena gerencia nos haría libres –y los números volverían innecesarias las palabras–, pero no, ya no: hoy hay que hablar.

Y, sin embargo, a pesar de darle a esta democracia tan frágil el desprestigio de una tiranía, a pesar de la defensa que hicieron los futbolistas colombianos de la sensatez y de las “voces que piden un país más justo”, este gobierno efímero pero terco insistió sin vergüenza en montar su desafiante campeonato de la reactivación, de la unión. Dijo el presidente Duque, allá en su sueño, que “sería absurdo que no se jugara la Copa América acá cuando sí se va a jugar la Eurocopa”. También aseguró –refiriéndose a los estremecedores bloqueos– que “este no va a ser el último paro que viva Colombia en su historia” y que nuestra respuesta como sociedad “va a marcar qué va a pasar en el futuro”, pero poco nombró la huella que ha dejado la represión.

No será este el último paro. Dentro de poco habrá otro y otro y otro más si no se da un nuevo pacto social que empiece por el reconocimiento político de esta enorme protesta contra la violencia estatal. Y todo esto va a ser en vano si seguimos jugando a que el circo sea el pan.

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