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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Gorbachov visto desde América Latina: ¿un reformador traidor o traicionado?

En entrevista, Joel Ortega Juárez afirma que Gorbachov naufragó traicionado por liderazgos de su propio entorno: «su derrota en 1991 también fue un golpe para todas las izquierdas democráticas en el continente. Que se convirtiera en sepulturero de sus sueños es la imagen que a Occidente le encanta subrayar, y es una última paradoja que favorece a la izquierda autoritaria».

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Ciudad de México, 31 agosto 2022 -El último líder de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Mijaíl Gorbachov, fallecido a los 91 años en un hospital de Moscú, fue un reformador que naufragó traicionado por liderazgos de su propio entorno, dijo Joel Ortega Juárez, quien fue líder comunista desde la rebelión estudiantil mexicana de 1968, en diálogo con la Agencia Sputnik.
«El proyecto democratizador y modernizador conocido como perestroika fue un fracaso, y ahora hay una polarización en la que algunos consideran a Gorbachov como traidor; en cambio, pienso que más bien fue un hombre traicionado», dice a sus setenta y pico años el intelectual que estudió en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, entre 1969 y 1970.

Un día con Gorbachov

El autor del libro Adiós al 68, quien integró el Comité Central del ahora disuelto Partido Comunista Mexicano, apunta vía telefónica que el desaparecido líder fue traicionado: «en primer lugar, por la ‘nomenklatura’ (altos cargos políticos de la antigua Unión Soviética)».
El exdirigente, que escapó de la persecución al movimiento estudiantil huyendo a Moscú, recuerda que conoció Gorbachov poco después de su dimisión.
«Lo conocí en 1992, en una conferencia magistral que ofreció en el Instituto Tecnológico de Monterrey (norte), gracias a que conocí a uno de sus asesores», recuerda el protagonista de batallas callejeras y electorales de las izquierdas, relatadas en el libro Otro Camino: cuarenta y cinco años de trinchera en trinchera.
En una breve conversación en ruso, Ortega Juárez le expresó al líder soviético la temprana evaluación que hacía de aquella experiencia, vista desde América Latina.
«Pude conversar con él lo que significaba para mi generación su legado: una última esperanza, una última puerta de posibilidad para una reforma democrática del socialismo», recuerda el testimonio.

Encuentro con un conspirador

Ortega Juárez relata una paradoja: un día también estrechó la mano de Guennadi Yanáyev (1937-2010), quien llegó a vicepresidente soviético y en agosto de 1991, junto con altos jefes de la seguridad del Estado (KGB), tramó un intento de golpe de Estado, arrestando a Gorbachov mientras vacacionaba en Crimea.
«Yanáyev me recibió en Moscú en 1973, en el aeropuerto de Sheremétievo, cuando llegué al frente de la delegación encargada de preparar el Festival Mundial de la Juventud en Berlín» prosigue el relato. El anfitrión, el principal jefe del Komsomol, la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo recibió con alfombra roja hasta las escalinatas del avión. Completaba la delegación mexicana el joven comunista Liberato Terán Olguín (1947-2014), dirigente de la Universidad de Sinaloa (noroeste), que también acudió a la Unión Internacional de Estudiantes en Praga y a la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes, en La Habana.


Perestroika y glasnost

Gorbachov asumió la jefatura del Partido Comunista soviético en 1985 y en marzo de 1990 fue nombrado presidente de la nación.
En la segunda mitad de la década de 1980 le tocó encarar una situación crítica en la que la URSS atravesó un ‘periodo de estancamiento’ que se ilustra con una imagen de parálisis, explica Ortega Juárez.
En el momento del golpe de Estado contra Gorbachov, «había en la ex Unión Soviética miles de furgones de ferrocarriles parados en las estaciones, llenos de productos perecederos y materiales, porque estaban cerradas las arterias de comercialización en aquel momento», recuerda.
El líder fallecido esta semana, a los 91 años, estaba entonces en su plenitud, y tenía una idea audaz y riesgosa: «impulsar una apertura de la economía de la perestroika, una reestructuración y reconfiguración de todos los órdenes».
Ortega Juárez piensa que la apuesta «estaba inspirada por la experiencia del presidente de Yugoslavia Josip Broz Tito (1989-1980) y de Alexander Dubček en la entonces Checoslovaquia». El primero fue fundador del «socialismo independiente» y el Movimiento de Países No Alineados, y el segundo lideró un intento de reforma del sistema entre 1968 y 1969.
La pinza de la transformación la cerraba la llamada ‘glasnost’, es decir «la transparencia para liberalizar la prensa, los medios de comunicación en radio y televisión».
El intelectual y polemista mexicano recuerda en ese pasaje una anécdota contada en sus memorias por el presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) cuando visitó a Gorbachov en Moscú. Recuerda de memoria: «Usted se ha equivocado, porque está bien la perestroika, pero no haga la glasnost, porque no solo va a naufragar usted, sino que se le va acabar el país». Salinas también se comparaba con el estadista soviético: aseguraba que había logrado hacer una perestroika en México, con la integración comercial a Norteamérica, «pero jamás la glasnost».
El autor señala que el fracaso de Gorbachov llegó por una doble vertiente: «los ‘apparátchik’ (la burocracia soviética) del Partido Comunista, y el asedio de la izquierda radicalizada en todo el mundo».
Aparte de haber logrado eliminar las ojivas nucleares, el líder soviético «planteaba la promoción de una nueva relación con EEUU y el fin de la Guerra Fría -que sí consiguió-, un evento que fue importante para América Latina», enfatiza.


Una mirada latinoamericana

Gorbachov fue para América Latina muy importante en el debate por la democratización de las izquierdas, prosigue el autor.
«Sin embargo, queda todavía un sector ‘trasnochado’ de algunas izquierdas latinoamericanas, cuyo único referente es ser antiestadounidenses o antiyanquis; y por eso consideran a Gorbachov un traidor, cuando en realidad fue el gran reformador traicionado en la derrota», enfatiza.
El escritor afirma que el debate actual se presenta «entre las izquierdas democráticas y las izquierdas autoritarias, implícito en las propuestas de los presidentes Gustavo Petro, de Colombia, y Gabriel Boric, de Chile. Ellos representan la perspectiva de una izquierda democrática, que navegan a contracorriente de las tendencias autoritarias en otros países».
Ortega recuerda en ese punto que al saludar en ruso a Gorbachov le dijo: «su derrota también fue un golpe para todas las izquierdas democráticas en el continente».
La última paradoja en la vida de Gorbachov es que se le reivindica más en América y Europa: «por encarnar la tragedia de un hombre influyente y osado, que terminó derrotado, con un final inesperado».
Finalmente, recuerda una frase del día en que tomó posesión como líder del Partido Comunista en el mismo salón del Kremlin donde, en 1956, Nikita Jrushchov reconoció los crímenes de Estado, la intolerancia y abusos de poder cometidos en la época de Iósif Stalin (1922-1952). «Estoy por el socialismo, nunca he dejado de luchar por eso», cita de memoria.
«Que se convirtiera en sepulturero de sus sueños es la imagen que a Occidente le encanta subrayar, y es una última paradoja que favorece a la izquierda autoritaria», termina.
Como últimos errores del polémico personaje, Ortega Juárez señala que no supo atender y se resistió a las demandas de independencia de países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y de la patria de Stalin, Georgia: «fue el comienzo del fin».

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Antonio Flores. Violencia y corrupción: el intento de independencia de Miguel Hidalgo, ‘libertador’ de México

Cada nación hispanoamericana cuenta con un mito fundacional basado en una o varias personalidades que blandieron su espada contra España, con mayor o menor fortuna: los Libertadores.

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Toca hablar de espadas de «libertadores». Surgen por doquier artículos y se realizan comentarios para todos los gustos y, sobre todo, para todas las opiniones. Como serpiente de verano la espada de Bolívar se ha infiltrado en la prensa con insistencia determinante. Aunque las espadas, por sí solas, dan para lo que dan, constituyen un poderoso símbolo, cuando se asocian a la personalidad de quienes las empuñaron. En el caso de los «Libertadores», este significativo símbolo se asocia con mitos más que con personas reales, con mixtificaciones, más que con realidades.

Cada nación hispanoamericana cuenta con un mito fundacional basado en una o varias personalidades que blandieron su espada contra España, con mayor o menor fortuna: los Libertadores. En el caso de México el más significado, e idolatrado en la nación hermana, fue Miguel Hidalgo, sacerdote católico.

Conspirador conspicuo, protagonizó y dirigió la primera sublevación contra el poder virreinal de Nueva España en 1810. Con el pretexto de defender la religión católica y la autoridad de Fernando VII, amenazadas por los «infames españoles», partidarios de entregar México a los franceses y eliminar el catolicismo del pueblo mejicano. El movimiento pronto se transformó en un proceso anárquico y sanguinario, presidido por matanzas y saqueos contra personas inermes que Hidalgo nunca se esforzó en detener o siquiera limitar.

La rebelión pilló por sorpresa a las autoridades virreinales, que, como era habitual andaban escasas de medios y se extendió con rapidez, con la complicidad de jefes militares integrados en la conspiración, entre ellos el capitán Allende, de familia española que fue el primer jefe militar de los rebeldes.

Un poderoso ejército de más de 40.000 efectivos avanzó hacia la ciudad de Guanajuato, cuya reducida guarnición se acantonó en el gran edificio de la alhóndiga de Granaditas dando refugio a las familias de españoles y criollos realistas. En total unas 4.000 personas que fueron masacradas sin compasión una vez superada la brava resistencia de los defensores. La matanza indiscriminada, los saqueos y violaciones se extendieron al resto de la ciudad, sin consideraciones de sexo o edad. Este comportamiento de las fuerzas rebeldes, alentado por Hidalgo, se hizo habitual en sus sucesivas conquistas extendiendo el terror y la violencia por todo el norte de Nueva España.

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Jorge Vilches. Pol Pot, cómo exterminar un tercio de la población de un país

Unos paniaguados de la Ley de Memoria Histórica soltaron el bulo de que España era el segundo país del mundo con más desaparecidos tras Camboya. El país asiático sufrió la mayor tragedia de aquel continente, tras China, y ambos gracias a los comunistas. El autor del genocidio camboyano fue Pol Pot, un auténtico desconocido, que acabó con un tercio de la población de su país, cerca de dos millones y medio de personas. Si usted lleva gafas sepa que Pol Pot hubiera ordenado su muerte. El dictador comunista mandó ejecutar a todo aquel que supusiera una desviación de la naturaleza. Prohibió las medicinas y quemó las bibliotecas para devolver Camboya al estado primigenio, al trabajo en el campo y la subsistencia. Creían que la civilización burguesa había contaminado al hombre, y que la salvación de la humanidad era devolverla a la prehistoria.

Pol Pot había sido un niño rico. Estudió en Francia en 1949, donde estuvo tres años. Allí frecuentó el Partido Comunista, sintiendo una auténtica fascinación por Stalin. Conoció en la ciudad francesa al círculo que se convertiría en el grupo genocida camboyano: Ieng Sary, Khieu Samphan, Son Sen y Huo Yuon, que idearon la dictadura del Estado de Kampuchea. En 1951 fundaron el Partido Comunista de Camboya, y en 1962 Pol Pot fue elegido secretario general. Al año siguiente, al estilo del Che Guevara, crearon una guerrilla, los Jemeres Rojos, y se internaron en la jungla del noroeste del país. Mezclaban la liquidación social con el comunismo campesino. Reclutaron a los más jóvenes, como hicieron las guerrillas latinoamericanas, a partir de 12 años. En 1970 estalló una guerra civil en Camboya. El general Lon Nol quiso derrocar al príncipe Norodom Sihanuk con el apoyo de Estados Unidos. Dicho príncipe pidió ayuda a China. Ahí cobraron importancia los Jemeres Rojos, auxiliados por la propia China y Vietnam del Norte.

Cinco años después, el 17 de abril de 1975, Pol Pot entró con sus jemeres en Phnom Penh, la capital. A partir de ahí empezó el genocidio. Vació las ciudades e instaló a la gente en el campo. El maoísmo hizo el resto. Fue una copia del «Gran Salto Adelante». Pol Pot quiso llenar la Camboya vaciada, y envió a sus compatriotas a campos de trabajo con jornadas de 20 horas al día. Miles de personas murieron de agotamiento. En las ciudades se crearon campos de exterminio, al estilo nazi y soviético. Es famosa la prisión de Tuol Sleng, situada en Phnom Penh, una antigua escuela francesa. Ahí fueron torturados y ejecutados entre 12.000 y 20.000 personas. Descargas eléctricas, vivisecciones y sadismo en más de 150 prisiones por todo el país. Pol Pot y sus comunistas liquidaron a todos los que tenían una profesión «capitalista», como abogados, profesores y médicos, e incluso a aquellos que sabían un segundo idioma. La propiedad privada quedó abolida. La comida la suministraba el partido comunista. Tener una olla particular era considerado un delito, al igual que vestir de una manera distinta. Se ordenó a los campesinos que produjeran dos litros de orina al día para usarlo como fertilizante. Sembró la frontera con Tailandia de minas antipersona para evitar la salida del país. Obligó a una indumentaria a todo el mundo: blusa negra de manga larga abotonada hasta el cuello. Se prohibió la exhibición de sentimientos, como el llanto, porque era una demostración de debilidad.

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Manuel Ferrer Muñoz. El deporte del odio

Se cuenta de Francisco de Quevedo que su odio hacia Luis de Góngora llegó hasta el extremo de instar el desahucio de la casa donde éste vivía, carente de recursos para seguir pagando el alquiler. Pocos meses después, moría Góngora, enfermo y anciano, en la ciudad de Córdoba. La polémica literaria que habían sostenido durante años acabó derivando hacia un virulento odio personal que nunca dio cuartel a los antagonistas: Góngora se burlaba de la cojera de Quevedo, y éste contraatacaba tachándolo de sacerdote indigno, divulgando su supuesto origen judío que consideraba denigratorio, y difamándolo como jugador empedernido.

La presencia del odio entre nosotros no es de ayer ni de anteayer y, desde luego, no se circunscribe al Madrid de la primera mitad del siglo XVII. Es vieja como el mismo hombre: ahí está la historia de Caín. Y, para verificar esa propensión aparentemente innata en el hombre, basta acudir al largo listado de crímenes que se han sucedido desde entonces, a los odios entre hermanos y entre pueblos enteros, a las discordias civiles, a los etnocidios, a los hornos crematorios de Hitler, a los campos de concentración de Stalin, a los demenciales planes de ingeniería social de Mao Zedong…

Sería también el caso de la guerra declarada por el comunismo a la Iglesia Católica, de la que poseemos evidencias contemporáneas (el acoso a los católicos por la ‘pareja presidencial’ aferrada al poder y sostenida mediante la fuerza en Nicaragua, contra todo orden jurídico): nada nuevo bajo el sol, pues, como ha escrito recientemente un reputado columnista, “desde sus orígenes y en sus textos fundacionales el comunismo ha expresado su oposición, incluso su odio, radical al cristianismo. Por supuesto, ese odio se ha manifestado en la agresión a los católicos. No existe ningún régimen comunista que no se haya distinguido por su implacable persecución a los cristianos”. 

Demasiado horror como para no avergonzarnos de los extremos a que puede conducir la vileza del corazón de los hombres. Por si la naturaleza humana no proporcionara por sí misma capacidad bastante para la comisión de esas indignidades, se nos entrena para el odio, como es entrenado un deportista para la consecución de medallas, récords, reconocimientos.

La escuela, olvidada en la práctica su misión educadora, privilegia la competitividad a costa de la humillación de los menos dotados y de la promoción aduladora de los más inteligentes; y tiende a apartar la mirada de los incontables casos de acoso escolar que, a fin de cuentas, son padecidos por los más débiles.

El aprendizaje en la vida política y la promoción interna dentro de los partidos van asociados al fomento del insulto al adversario que, por el solo hecho de defender otras siglas, se convierte en objeto de un ataque sistemático que no repara en medios ni en las consecuencias de miserables ataques al honor.

Los nacionalismos, la peor lacra de la historia contemporánea, institucionalizan y propagan el odio al ‘otro’ en la afanosa búsqueda de ‘identidades’ excluyentes que alienten sus proyectos mezquinos; e idealizan a personajes, como el Bolívar redescubierto por Hugo Chaves y Pablo Iglesias, que cometieron crímenes abominables.

¿Y qué decir de los fanatismos religiosos instigadores de acciones terroristas? ¿Y los cotidianos episodios de odio a que asistimos en el tráfico rodado de las ciudades, pequeñas y grandes? ¿Y la violencia doméstica? ¿Y la discriminación del inmigrante por la simple razón de su procedencia geográfica o de su atuendo? ¿Y las aberrantes escenas de deportistas enzarzados a bofetada limpia, azuzados por espectadores que emulan a los asistentes al circo en Roma, que aplaudían a gladiadores y leones que derramaban sangre humana?

La enumeración de calamidades inducidas por el odio agotaría océanos de tinta. Por eso, una vez puesto el dedo en la llaga, cabría preguntarse por los medios de que disponemos para combatir esa fuerza destructora que amenaza con llevarse por delante a la humanidad. Asumido el hecho de que no existe un remedio con validez universal, fácil de administrar, de agradable sabor y precio económico, dirijamos la mirada hacia nosotros mismos y nuestros entornos inmediatos, y reformulemos el propósito de afrontar con serenidad y alegría las contrariedades diarias, pequeñas o grandes, sin pasar factura a quienes conviven con nosotros por nuestras personales frustraciones o por las carencias económicas. ¿Qué ganamos con maldecir por la escalada de precios, por la incompetencia de los gobiernos o la mezquindad de los bancos? Busquemos soluciones, no culpables.

-Me encanta mi pueblo, por nada lo cambiaría. Quien se expresa así es una adolescente de catorce años. Hija única, su padre trabaja en el campo, y su madre limpia casas. Ella, magnífica estudiante, lee con asiduidad (una semana tardó en leer un libro que le obsequié), y tiene estupenda mano para el dibujo. Cuando se le pregunta por el futuro, piensa en una carrera universitaria que le proporcione conocimientos y destrezas para gestionar ese trocito de campo que un día será suyo. Y nunca pierde la sonrisa: ni siquiera cuando admite que la mayoría de sus compañeras de instituto la ven como un bicho raro, porque sus intereses y aficiones no coinciden. Mira de frente y a los ojos. Y en esa mirada no hay espacio para el odio.

José, gitano de pura cepa, realizó en vida todo tipo de trabajos. Con apenas diez u once años se ocupaba de pasar la escoba por el salón del cine del pueblo, para así entrar gratis a las películas. Con el tiempo llegaría a convertirse en un referente insustituible que lo mismo se ocupaba de actualizar la cartelera como de atender a la limpieza de las instalaciones o de proyectar las películas y controlar los accesos al cine. Era la persona de confianza del juez de paz, a quien ayudaba en la panadería y en el reparto del pan por los campos; pero tampoco se arrugaba si había que recoger aceitunas o atender el molino. Se las ingeniaba también para trabajar de cobrador en el autobús que cubría el servicio entre dos poblaciones cercanas, o para operar el cine de verano de otra localidad vecina. Transcurridos ya casi veinte años desde su fallecimiento, el recuerdo de José se mantiene fresco entre las gentes del pueblo. Así lo testimonia el eco de una reciente publicación en que se le menciona: cinco mil accesos desde las redes sociales (el pueblo de José apenas sobrepasa los tres mil habitantes), y los comentarios más emotivos. Me quedo con éste, de una de sus hijas: “qué felices hacía a los niños en las sesiones matinales del cine. Cuando un niño no podía pagar, él lo dejaba pasar, no podía dejar a un niño sin pasar a ver los matinales. Aunque trabajó en muchos oficios su pasión siempre fue el cine, y hasta sus últimos días estuvo echando el cine en Torre del Mar”. Tampoco en la vida de José hay el menor atisbo de odio.

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Jorge Vilches. Leopoldo II de Bélgica: un rey con el manual del sátrapa

España arrastra una leyenda negra curiosa. No tanto por la verosimilitud, que no la tiene, sino porque sirve para tapar la historia vergonzosa y más reciente de otros países europeos. Mientras el Reino Unido, por ejemplo, presionaba a España hasta la extenuación para que eliminase la esclavitud en Cuba y financiaba a Simón Bolívar, permitía el genocidio indonesio a manos de Holanda, o de congoleños por obra y gracia de Bélgica.

He aquí que el rey de Bélgica, Leopoldo II, tuvo una ocurrencia. ¿Por qué mi país no puede tener una colonia? ¿Es que no merezco ser emperador? Pensó primero en Argentina, pero era un avispero lejano. Luego consideró las Filipinas, pero los españoles pusieron un precio imposible. Antes la honra que los barcos, que diría Méndez Núñez oliendo todavía la pólvora del bombardeo de El Callao. Así que Leopoldo II puso sus ojos sobre la cuenca del río CongoPero África era la perla de las potencias europeas, un territorio en plena explotación, y la flota belga daba menos miedo que las barcas del Retiro. Sin embargo, Holanda, un pequeño país, había conseguido tener presencia en medio mundo. Así que Leopoldo, que tenía tiempo y dinero, viajó a Ceilán, Birmania e Indonesia. Tras pensarlo, vio que el sistema holandés en Java era el que más le gustaba.

Holanda, el modelo de Leopoldo, explotaba los recursos de Indonesia hasta el punto de constituir un tercio de su renta nacional. El trabajo era esclavo o semiesclavo en cultivos de azúcar, café, té, nuez moscada o pimienta. Los nativos eran una raza inferior, apenas animales de carga. Esto solo se mantiene si hay un puño de hierro; es decir, si se aplasta a sangre y fuego cualquier protesta. Los resultados: 200.000 muertos en la Guerra de Java, entre 1825 y 1830, y otros 100.000 en la Guerra de Aceh, ocurrida desde 1873 a 1914. La colonización se envolvía en civilización, lo que resultaba turbio si se consideraba que había una jerarquía de razas. Blancos, arriba; negros, abajo. Así, Leopoldo II reunió a una sociedad geográfica, y anunció que iba a civilizar el río Congo, un lugar salvaje repleto de gente que vivía Dios sabe cómo. Alemania dio el visto bueno en 1885. Bismarck deseó a Leopoldo todos los éxitos en su noble empresa. Parece una aventura del profesor Challenger, el personaje de Arthur Conan Doyle, pero no. Por cierto, Leopoldo contrató a Stanley, el explorador, como intermediario con los jefes de las tribus congoleñas. Vivir para ver.

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Jorge Vilches. Mao, el líder que mató a 65 millones de chinos

Después de varias entradas que se han centrado en la figura de Simón Bolívar, que volverá a reclamar nuestra atención, les invitamos a la lectura de unos textos de Jorge Vilches, profesor titular de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid, que retratan a personajes a los que el autor caracteriza como “genocidas de la historia”.

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El mayor genocida de la historia de la Humanidad se llamaba Mao Zedong. No hay dudas ni debate alguno. La liquidación humana fue tan profunda que aunque hayan pasado décadas aún se venera al dictador en China. Aquel genocidio se llamó «Revolución Cultural». Las cifras de muertos son siempre aproximadas, lo que es una prueba de la masacre. 70 millones de muertos es el cálculo de Jung Chang, que fue Guardia Roja en aquellos días, y el historiador Jon Halliday en su biografía Mao: la historia desconocida (2005). Julia Lovell, en Maoísmo (2021) apunta que 20 millones murieron por la hambruna generada por los planes de ingeniería social. Jean-Louis Margolin, en el clásico Libro negro del comunismo (1997), habla de 65 millones de asesinados en China. El debate entre historiadores está entre 49 y 78 millones de muertos; es decir, es como liquidar a toda la población de España, del Reino Unido o de Francia. El origen de la «Revolución Cultural» está en el fracaso del programa político de Mao Zedong en 1958. Había intentado un cambio económico, al que llamó «Gran Salto Adelante», fundado en la colectivización agrícola y la industrialización. El dictador Mao Zedong creó comunas de 20.000 campesinos, autárquicas, sin propiedad privada ni intimidad. El plan supuso la «Gran Hambruna» entre 1959 y 1962, que generó un número indeterminado de millones de muertos, entre 15 y 40. Aquel fracaso podía suponer el fin de Mao Zedong al estilo comunista; es decir, su separación y liquidación. Ese fue el plan de Liu Shaoqi, Presidente de la República, y de Deng Xiapoing, secretario del Partido. El contraataque de Mao Zedong fue la «Revolución Cultural», una treta para cargarse a la dirección del partido y a los «disidentes» con la excusa de eliminar a los viejos estamentos capitalistas y sus formas antiguas.

Mao Zedong había nacido en 1893, en una familia campesina adinerada. Nunca trabajó en el campo ni en una fábrica. Estudió en la Universidad y luego estuvo en la fundación del partido comunista. Pronto aprendió cómo funcionaba una organización marxista-leninista teniendo como ejemplo los sucesos de Rusia entre 1917 y 1924. Las guerras civiles y la segunda guerra mundial le permitieron convertirse en dictador en 1949. A partir de ahí hizo tres grandes purgas. La primera purga fue entre 1950 y 1953 con una directiva para eliminar contrarrevolucionarios. Se atacó a todos los que fueran un peligro político o económico para la dictadura, como hizo Lenin: campesinos propietarios y nacionalistas chinos, los simpatizantes del Kuomintang. Se calcula que hubo un millón de muertosLa segunda fue entre 1955 y 1957 para «limpiar» el partido y la administración. Fue el llamado «Movimiento Sufán». Otros 700.000 muertos. Con estas dos purgas liquidó al otro gran partido político chino, y eliminó a los contestatarios comunistas. Como todo gran dictador, al estilo de Fidel Castropor ejemplo, adaptó la ideología marxista-leninista a China con sus propias ideas. Eso fue el maoísmo, la forma de llegar a la «sociedad perfecta» adaptada a China. Solo Mao Zedong había visto el camino y guiaba a su pueblo a pesar de los enemigos. Por eso era llamado el «Gran Timonel». Sus ideas fueron recopiladas en el «Libro Rojo» de Mao.

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Bolívar y su Guerra a Muerte

En estos documentos, publicados por La Gazeta de Caracas el 2 de mayo de 1815, se recogen disposiciones del gobierno de Simón Bolívar en que se ordena la decapitación de cientos de prisioneros españoles, enfermos incluidos.

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Manuel Hernández González, catedrático de Historia de América de la Universidad de La Laguna, escribió lo siguiente en La guerra a muerte. Bolívar y la campaña admirable (1813-1814) (Ediciones Idea, 2014): “mucho antes de las ejecuciones masivas de febrero de 1814 en La Guaira y Caracas, los valles de Aragua dejaron una prolija relación de españoles y canarios ejecutados en acto público ante los ojos estupefactos de sus parientes y amigos. El mismo 14 de agosto de 1813, en comunicación al presidente del Congreso de Nueva Granada, el Libertador especificó que «después de la batalla campal del Tinaquillo, marché sin detenerme por las ciudades y pueblos del Tocuyito, Valencia, Guayos, Guácara, San Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria, donde todos los europeos y canarios más criminales han sido pasados por las armas»”.

Citando los escritos del propio dirigente venezolano, Hernández señala que, en Puerto Cabello, Bolívar utilizó a los prisioneros españoles como rehenes para exigir la rendición, amenazando con asesinarlos: “el único medio de salvar a los innumerables prisioneros españoles e isleños que están en mi poder […] a la menor dilación serán exterminados todos“.

Hernández también documenta que, en la localidad de La Victoria, los canarios Mateo de Torres y Francisco Díaz fueron mutilados y degollados salvajemente; y que, en Los Valles de Aragua, “donde la presencia de españoles y muy especialmente de canarios era bien notable, y donde sus redes de paisanaje y parentesco estaban muy extendidas, las ejecuciones fueron muy comunes desde los primeros días de agosto de 1813“. En Carúpano la persecución contra los españoles fue “particularmente despiadada”, y allí “fueron «arcabuceadas» hasta las mujeres“.


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Gonzalo Araluce. La polémica de Bolívar salta de su espada a las estatuas: militares piden su retirada en España

Pocos podían imaginar que una de las polémicas del verano orbitaría en torno a la figura de Simón Bolívar. El gesto del rey Felipe VI en la toma de posesión de Gustavo Petro en Colombia ha suscitado una agria polvareda, arrastrando a los partidos políticos a un debate enconado. Pero lo cierto es que en España también ha habido una controversia soterrada en torno al militar, que lideró la rebelión contra la Corona. Según ha sabido Vozpópuli, una asociación de militares pidió a Margarita Robles que mediara para que se retirasen en España todas las estatuas dedicadas a Bolívar, al considerarlo un «traidor» que se «levantó contra su patria».

Este diario ya contó que la Asociación Tercios Viejos Españoles dirigió una carta al alcalde de Sevilla, cuyo cargo recaía entonces en Juan Espadas, a la postre candidato del PSOE a las últimas elecciones autonómicas de Andalucía. La asociación de militares consideraba «inaudito» que se honrase su memoria y no la de aquellos «soldados y marineros anónimos que dieron su vida por nuestra nación.

¿El motivo? Considerar a Bolívar un «traidor, por cuanto era español»: «El general rebelde Juan Bautista Arismendi, por órdenes de Simón Bolívar, mandó fusilar a 886 prisioneros españoles en Caracas. Del 13 al 16 de febrero de ese mismo año, añadió a esa lista a otros 500 españoles enfermos y heridos ingresados». Que se recuerde su figura en España «sólo es posible en la confusión de nuestro días», aseveraban desde la asociación.

Después de Sevilla, llegó el turno de Cádiz y de otros municipios que cuentan con representaciones erigidas en nombre de Simón Bolívar o de aquellas figuras que, a partir del siglo XIX, lideraron los procesos de rebelión y de independencia en los territorios americanos. Pero los militares no obtuvieron respuesta de ninguno de ellos, ni por escrito ni por ninguna otra vía de comunicación.

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Alfonsina Andrade. A propósito de Benamocarra y sus gentes

Hemos querido recoger aquí una breve reseña de este libro, del que se ha informado ampliamente en entradas anteriores, disponible de momento en formato digital, en tanto se lleva a cabo la prevista edición impresa.

Interesa advertir que a través de la inserción en las redes sociales de fragmentos de esta publicación ha podido verificarse el enorme atractivo que una investigación de estas características suscita entre vecinos de la localidad y de su entorno comarcal, hasta el punto de que diariamente se suman miles de lectores, emocionados al redescubrir a personajes emblemáticos del pueblo.

La inserción de un breve pasaje, elegido al azar, proporciona una muestra elocuente de esa cercanía afectiva, que tanto cautiva al lector. En un contexto en que se describe el día a día contemporáneo de las personas mayores del pueblo, se rememora una ‘institución’ que tradicionalmente funcionaba como acogedor espacio para la información y el entretenimiento: Más amables resultan las visitas a las peluquerías, aunque hoy hayan perdido la formalidad y el encanto de otros tiempos en los que el servicio incluía también el afeitado de la barba y el repaso de las novedades del pueblo. Eso sí, el mes de enero nunca ha sido propicio para los profesionales que se dedican a tomar el pelo a sus clientes, por el arraigado convencimiento de que, “si te pelas en enero, estarás todo el año pelado de dinero”.

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El lenguaje es una parte importante de la cultura y nos permite transmitir la cultura de los pueblos. Desde que nacemos vamos aprendiendo las costumbres y tradiciones de nuestros pueblos mediante el uso de la palabra.

La memoria de los pueblos no solo se encuentra en los escritos de historiadores y cronistas, sino también en las vivencias personales de un grupo o localidad, y esto nos permite adquirir un conocimiento integral de la sociedad y su entorno. Estos relatos se constituyen en parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de los pueblos

Es lamentable que ésta y otras formas de patrimonio cultural de los pueblos se encuentren en peligro de desaparecer por la rápida expansión de la urbanización y el avance de las tecnologías de la comunicación e información, que reemplazan los relatos tradicionales al interior de los hogares y los pueblos.

Ahí radica el interés de este libro sobre Benamocarra, que nos permite conocer a sus gentes, sus costumbres y su gastronomía, y constituye un aporte importante para conservar el patrimonio cultural de esta localidad, por cuanto nos permite conservar la memoria del pueblo, detener el tiempo y superar las distancias. A través de la magia de los relatos que integran el libro, cada día volveremos a entrar en la iglesia, cantaremos las rondas infantiles, conversaremos con los vecinos, acariciaremos a los niños y saborearemos los buñuelos y los churros de Benamocarra.


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Manuel Ferrer Muñoz. Ciudadanos, que no votantes

A fines de julio de 2022, un Ayuntamiento de la provincia de Málaga (España) organizó un evento musical que se preveía multitudinario, sin haber contemplado mínimas medidas de seguridad ni acordado el establecimiento de un aforo. Alarmado por la gravedad de lo que pudo haber ocurrido –y de los sucesos que se registraron (avalanchas, menores extraviados, actos vandálicos, robos, peleas)-, vertí unas fuertes críticas a través de las redes sociales, en las que señalaba la ligereza con que actuó esa Corporación municipal, y exigí la correspondiente asunción de responsabilidades.

Muchos amigos y conocidos y personas anónimas que accedieron a ese texto compartieron mis puntos de vista y lamentaron la cobarde actitud de quienes debieron dar la cara, aunque ese gesto hubiera comportado una digna renuncia a un cargo municipal que, a todas luces, les venía demasiado grande.

Hasta aquí todo discurría con lógica y placidez, hasta que se produjo la intervención de un exaltado que, en un primer momento y sin ninguna prueba, sostuvo que yo escribía desde un perfil falso y que ocultaba mi verdadera identidad ¡como concejal de la oposición de ese Ayuntamiento! Una vez aclaradas las cosas, y sin que el energúmeno de turno hubiera ofrecido las razonables disculpas, volvió a la carga con el siguiente argumento, que reproduzco en su literalidad (tan sólo corrijo la ortografía): “si no eres de la oposición y tampoco tienes intereses cruzados, no entiendo cómo se puede hacer un comentario con tan mala fe”.

La anécdota, intrascendente en sí misma, resulta reveladora de un estado de espíritu que contempla cuanto ocurre en nuestro entorno social a través del exclusivo prisma de la política, sin que se alcance a comprender que también los ciudadanos podemos opinar, criticar o proponer, sin que haya mala fe cuando se formulan discrepancias y reproches sustentados en el amor al lugar donde se vive y en la indignación que causa la estolidez de gente inepta a la que pagamos para que sirvan a los intereses de la ciudadanía.

Sería triste renunciar al ejercicio del sentido común o al intento de llamar a las cosas por su nombre, simplemente porque no nos mueven los ‘intereses cruzados’ a que aludía mi detractor; pues, llevando ese pseudo-razonamiento hasta sus últimas consecuencias, yo sólo podría haber expresado mi malestar por el caos organizativo de aquel concierto si un familiar cercano hubiera resultado herido, atropellado o víctima de un robo. Porque, si no tocan a los míos… ¡a los demás que los parta un rayo!

Las personas que, en su condición de cargos públicos o de funcionarios, actúan con torpeza o negligencia merecen, sí, nuestro respeto, pero se hacen acreedoras del reproche, sin que exista mala fe en la publicidad de su insipiencia o de su desfachatez: de otra manera, los idiotas y los sinvergüenzas se perpetuarían al frente de las instituciones, ignorante la ciudadanía de sus errores y tropelías. Y continuarían aferrados a sus cargos aunque mediaran procesos electorales, porque, desconocedora la mayoría de los votantes de lo que ocurre ante sus propias narices, seguiría respaldando con sus sufragios a ‘los de siempre’, por aquello de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Pero no: en el sentir de ese iluminado defensor de los ‘buenos’ que inspiró estas reflexiones, si un ciudadano ejercita el derecho a la libertad de expresión, y sus juicios no son lisonjeros para los que resuelven (o no) los asuntos públicos, actúa movido por intereses ocultos e inconfesables y se hace sospechoso de infidencia, por cuanto burla unas reglas del juego –no escritas- que lo condenan a un perenne silencio.

Con verdad escribió Antonio Machado que “de diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Las mismas tensiones e idénticas cerrazones mentales observables en la clase política -donde la inteligencia es patrimonio de muy pocos, mientras el recurso al ultraje y la amenaza constituye el pan de cada día- se reproducen entre los ciudadanos, muchos de los cuales anteponen el insulto al argumento. ¿Pero impediremos la libre expresión de sus ideas al 10% de la población, que se presume ‘racional’, a causa del cerrilismo de la mayoría?

¿Deberé abstenerme de expresar mis puntos de vista o mis divergencias respecto al modo en que nos gobiernan quienes ocupan esos cargos de responsabilidad porque ahí los hemos instalado los ciudadanos? ¿Me resignaré a que el único gesto de mi participación en la ‘cosa pública’ consista en acudir a una urna periódicamente y a marcar unos nombres ya preseleccionados, con sus correspondientes apellidos?

¡No y mil veces no! No renegaremos de la condición de ciudadanos, y lucharemos contra quienes se proponen convertirnos en simples y pasivos votantes, materia informe susceptible de manipulación y de engaño.

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