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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Por qué fracasan los países que someten a las mujeres

Después de que Estados Unidos y sus aliados derrotaran a los talibanes en 2001, la matriculación de niñas en los colegios de primaria en Afganistán aumentó del 0% al 80%. La mortalidad infantil se redujo a la mitad. El matrimonio forzoso se convirtió en ilegal. Muchas de esas escuelas eran lugares sucios y muchas familias ignoraban la ley. Pero nadie duda de que las mujeres y niñas afganas han logrado grandes avances en los últimos 20 años, y de que esos logros están ahora en peligro.

Estados Unidos está “comprometido con el avance de la igualdad de género” a través de su política exterior, según el Departamento de Estado. Dejar miles de millones de dólares en armas y un país de tamaño mediano a un grupo de misóginos violentos es una forma extraña de demostrarlo. Por supuesto, la política exterior implica concesiones difíciles. Pero cada vez hay más pruebas de que Hillary Clinton tenía razón cuando dijo, hace una década, que “el sometimiento de las mujeres es una amenaza para la seguridad de nuestro mundo”. Las sociedades que oprimen a las mujeres tienen muchas más probabilidades de ser violentas e inestables.

Hay varias posibles razones que lo explican. En muchos lugares, las niñas son seleccionadas para abortar o quedan desatendidas. Esto ha provocado desequilibrio en los géneros, lo que significa que millones de hombres jóvenes están condenados a quedarse solteros. Los jóvenes frustrados tienen más probabilidades de cometer delitos violentos o unirse a grupos rebeldes. Los reclutadores de Boko Haram y del Estado Islámico lo saben y les prometen “esposas” como botín de guerra. La poligamia también crea un excedente de jóvenes solteros. Múltiples esposas para los hombres en la parte de arriba genera hombres solteros para los que están en la parte de abajo.

Todos los conflictos presentan causas complejas. Pero puede que no sea una coincidencia que Cachemira tenga una de las proporciones de sexos más desequilibradas en India, o que los 20 países más turbulentos en el índice de Estados Frágiles compilado por el Fondo para la Paz en Washington practiquen la poligamia. En Guinea, donde hubo un golpe el 5 de septiembre, el 42% de las mujeres casadas de entre 15 y 49 años corresponden a uniones polígamas.

Fuera de las democracias ricas, el grupo de parentesco masculino sigue siendo la unidad básica de muchas sociedades. Estos grupos surgieron en gran parte para la autodefensa: los primos varones se unían para repeler a los forasteros. Hoy, en su mayoría son foco de problemas. Las disputas entre clanes han dejado un reguero de sangre en Oriente Medio y el Sahel. Las tribus compiten por controlar el estado, a menudo de forma violenta, para poder repartir trabajos y saquear a sus vecinos. Esos estados se vuelven corruptos y disfuncionales, alienando a los ciudadanos y aumentando el apoyo a los yihadistas que prometen gobernar de manera más justa.

Texto completo en La Razón


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¿Cómo contribuir al empobrecimiento de la mente humana?

A través de un amigo lector nos ha llegado este texto, que compartimos gustosos, desde el penoso convencimiento de que la pérdida del hábito de lectura ha idiotizado ya a más de una generación.

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El coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años está disminuyendo…

Es la vuelta del efecto Flynn. Parece que el nivel de inteligencia medida por las pruebas disminuye en los países más desarrollados. Muchas pueden ser las causas de este fenómeno. Una de ellas podría ser el empobrecimiento del lenguaje. En efecto, varios estudios demuestran la disminución del conocimiento léxico y el empobrecimiento de la lengua: no solo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas lingüísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo. La desaparición gradual de los tiempos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limitado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo. La simplificación de los tutoriales, la desaparición de mayúsculas y la puntuación son ejemplos de “golpes mortales” a la precisión y variedad de la expresión. Solo un ejemplo: eliminar la palabra “señorita” (ya inusual) no solo significa renunciar a la estética de una palabra, sino también fomentar involuntariamente la idea de que entre una niña y una mujer no hay fases intermedias.

Menos palabras y menos verbos conjugados implican menos capacidad para expresar las emociones y menos posibilidades de elaborar un pensamiento. Los estudios han demostrado que parte de la violencia en la esfera pública y privada proviene directamente de la incapacidad de describir sus emociones a través de las palabras. Sin palabras para construir un razonamiento, el pensamiento complejo se hace imposible. Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento. La historia es rica en ejemplos y muchos libros (Georges Orwell-1984; Ray Bradbury – Fahrenheit 451) han contado cómo todos los regímenes totalitarios han obstaculizado siempre el pensamiento, mediante una reducción del número y el sentido de las palabras.

Si no existen pensamientos, no existen pensamientos críticos. Y no hay pensamiento sin palabras. ¿Cómo se puede construir un pensamiento hipotético-deductivo sin condicional? ¿Cómo se puede considerar el futuro sin una conjugación en el futuro? ¿Cómo es posible capturar una tormenta, una sucesión de elementos en el tiempo, ya sean pasados o futuros, y su duración relativa, sin una lengua que distingue entre lo que podría haber sido, lo que fue, lo que es, lo que podría ser, y lo que será después de que lo que podría haber sucedido, realmente sucedió?

Queridos padres y maestros: hablemos, leamos y escribamos a nuestros hijos, a nuestros estudiantes. Enseñemos y practiquemos el idioma en sus formas más diferentes; aunque parezca complicado: especialmente si es complicado. Porque en ese esfuerzo está la libertad. Quienes afirman la necesidad de simplificar la ortografía, de descontar el idioma de sus “fallas”, de abolir los géneros, los tiempos, los matices, y de todo lo que crea complejidad, son los verdaderos artífices del empobrecimiento de la mente humana. No hay libertad sin necesidad. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza.


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Antonio Caballero. El uribato y la paz de Santos

“Mano firme, corazón grande”, anunció Uribe. Había practicado su mano dura en Antioquia como gobernador, donde había presidido la creación de setenta organizaciones cívicomilitares armadas llamadas paradójicamente Convivir, que combatían con terror el terror de la guerrilla. Con el respaldo financiero del Plan Colombia negociado por Pastrana con el presidente norteamericano Bill Clinton, Uribe emprendió una política de guerra total contra las Farc (y secundariamente contra el ELN) bajo el rótulo de “seguridad democrática”. Hizo aprobar un impuesto de guerra. Duplicó el pie de fuerza del Ejército y la Policía. Organizó una retaguardia de “soldados campesinos”, y quiso, sin lograrlo por razones presupuestarias, respaldarla con un millón de informantes pagados. Devolvió la presencia de la Policía a doscientos municipios que carecían de ella. Y pronto se vieron notables resultados, en especial en la recuperación del control de las carreteras troncales del país, en las que la guerrilla practicaba mediante retenes móviles armados el secuestro indiscriminado de viajeros, que llamaba “pesca milagrosa”. En resumen, y aunque a costa de numerosos abusos y detenciones arbitrarias, la “seguridad democrática” del presidente Uribe puso a las Farc en retirada por primera vez en muchos años.

Por la existencia del conflicto armado —que negaban el propio Uribe y sus principales consejeros, para quienes lo que había en el país desde hacía cuarenta años era simplemente ” narcoterrorismo” dentro de un paisaje que no era de desplazamiento forzoso y masivo de personas, sino de robusta y saludable “migración interna”—, Colombia se convirtió en una excepción en la América Latina del momento, donde proliferaban los gobiernos de izquierda: Venezuela, Ecuador, Bolivia, Chile, la Argentina, el Brasil, Uruguay. La población colombiana siempre ha sido predominantemente reaccionaria, “un país conservador que vota liberal”, lo definía con acierto el líder conservador Álvaro Gómez, sin precisar el motivo de ese voto contradictorio: el miedo a los gobiernos conservadores; en respuesta al accionar de las guerrillas, que se calificaban de izquierda, la derechización se pronunció todavía más.

Colombia ya era para entonces un país de desplazados. Unos seis millones de refugiados del interior, la mitad de la población campesina, campesinos expulsados de sus tierras expoliadas por los narcos y los paras con la complicidad de políticos locales, de notarios y jueces, y de las fuerzas armadas oficiales. Cinco millones de colombianos en el exterior, de los cuales unos miles exiliados por razones políticas y los restantes millones emigrados por motivos económicos, a Venezuela (más de dos millones), a Europa (sobre todo a España), a los Estados Unidos (600.000 sólo en la ciudad de Nueva York), al Canadá, a Australia, al Ecuador, a la Argentina. Colombia exporta su desempleo, y recibe a cambio anualmente varios miles de millones de dólares en remesas familiares. Y eso va acompañado por una concentración creciente de la propiedad de la tierra: una tendencia que viene desde la conquista española, continuada en la eliminación de los resguardos indígenas por los gobiernos republicanos, agravada por el despojo a los pequeños propietarios en los años de la Violencia liberal-conservadora y rematada luego por las adquisiciones de los narcotraficantes y los desplazamientos del paramilitarismo.

 Si a las guerrillas el gobierno de Uribe les presentó guerra total, a los paramilitares les ofreció en cambio puente de plata. No en balde las zonas dominadas por el paramilitarismo habían sido claves en su victoria electoral del año 2002. Y es por eso que, cuando empezaron las investigaciones judiciales a los políticos por paramilitarismo, el presidente mismo les recomendó a los congresistas de la bancada gobiernista que votaran por los proyectos del gobierno antes de que los jueces los metieran a la cárcel. Pero entre tanto, algunos de los más conspicuos jefes del paramilitarismo fueron llevados por el gobierno para ser oídos por el Congreso: Salvatore Mancuso, Ernesto Báez (que más tarde serían condenados a muchos años de cárcel). Otro más, Carlos Castaño, se convirtió en una estrella de la televisión dando entrevistas en las que exhibía ostentosamente sus armas, sus hombres y sus uniformes camuflados de las AUC, Autodefensas Unidas de Colombia. Y finalmente el gobierno les dio una generosa ley de “Justicia y Paz” que propició la desmovilización de más de treinta mil combatientes, cuando sus diferentes grupos sumaban, según se decía, sólo 18.000. Entregaron 16.000 armas. Algunas de las rendiciones fueron tan grotescamente de sainete que acabaron siendo causa de que se acusara penalmente al Alto Comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, de “falsas desmovilizaciones”. Mientras estaban en teoría concentrados en el pueblo de despeje de Santa Fe de Ralito, los “paras” seguían organizando contrabandos de droga sin que pasara nada. Cuando empezaron a declarar ante la justicia, catorce de sus cabecillas fueron extraditados a los Estados Unidos para ser juzgados allá por narcotráfico, dejando pendientes sus crímenes en Colombia: masacres, descuartizamientos, desapariciones.

Texto completo en fuente original


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Juan Manuel Santos dialoga con Ingrid Betancourt

En Oxford (Inglaterra), tan lejos de Colombia, nació Una conversación pendiente (Planeta, 2021), que es la historia de dos vidas y el retrato de un país. Los recorridos de Juan Manuel Santos (Bogotá, 70 años) e Ingrid Betancourt (Bogotá, 59 años), dos de los personajes políticos colombianos más destacados de los últimos treinta años, se cruzan decenas de veces hasta juntarse en un pub inglés, en el que se hablan como nunca lo habían hecho. Él, ya expresidente, Nobel de la Paz 2016, abuelo de dos nietos. Ella, excandidata presidencial, secuestrada seis años por las FARC en la selva, abuela de tres.

Ambos nacieron en cunas de la élite económica y política bogotana y crecieron saludando en la sala de su casa a los más poderosos del país. En los noventa desembarcaron en la política. Él iba a ser director del periódico El Tiempo, en manos de su familia, pero prefirió “el poder a la influencia”. Ella, que vivía en Francia, decidió volver al país cuando Pablo Escobar mató al aspirante a presidente Luis Carlos Galán, con el que trabajaba su madre y sobre el que gran parte de la sociedad colombiana había puesto sus esperanzas para romper la cada más estrecha alianza entre la política y el narco.

Empezaron a conocer casi de la mano los entresijos del poder colombiano, que ahora desmenuzan desde su posición de testigos irrepetibles. El secuestro de Betancourt por la guerrilla de las FARC en 2002, un cautiverio atroz que dio la vuelta al mundo, los acabó de unir para siempre en un rescate de película. Santos era el ministro de Defensa del Gobierno de Álvaro Uribe cuando la Operación Jaque, en 2008, rescató a Betancourt y otros secuestrados sin pegar un solo tiro.

De esto hablaban Ingrid y Juan Manuel en un pub de Oxford hace un par de años. Uniendo las visiones, anécdotas y sentimientos de ambos desde los dos lados de un episodio del que fueron protagonistas. Santos pensó que aquello era “una historia maravillosa” que había que escribir. Lo que siguió fueron cuarenta horas de conversación virtual a lo largo de quince meses, en medio de la pandemia, moderada y ordenada por el escritor Juan Carlos Torres. El resultado son más de quinientas páginas de dos personajes claves que “desde el alma”, asegura Betancourt, cuentan su visión de un país que convivió con la guerra durante más de cincuenta años.

Entre el cariño y la admiración mutuos, la víctima de las FARC y el promotor del acuerdo de la paz con la guerrilla despellejan la realidad colombiana. Critican o alaban, sin compasión ni rubor, a expresidentes o ministros del presente y del pasado. Una conversación pendiente llegó a las librerías en Colombia esta semana, a las puertas de un año electoral clave para el país. Los autores conversan con El País, él desde Colombia y ella desde Francia, en una entrevista en línea, como se fraguó el libro.

Acceso a la entrevista, a cargo de Inés Santaeulalia


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Manuel Ferrer Muñoz. Homo homini lupus

Vivimos tiempos de barbarie. Tal vez todos los tiempos que miden el paso del hombre sobre la tierra hayan sido de barbarie, sin excepción alguna.

Hace ya unas décadas, cuando estalló la Guerra de los Balcanes, revivimos horrores que los europeos no habían experimentado desde la II Guerra Mundial: eso sí, existía hasta entonces un Telón de Acero que ocultaba de su mirada la brutalidad imperante en la Unión Soviética y en sus países satélites. Por eso llama la atención que la derrota del comunismo en el Este de Europa resultara incruenta en la mayoría de los casos, con la sola dramática excepción de Rumanía. Pero el veneno del nacionalismo infestó los Balcanes y propició una lucha de todos contra todos que conmovió al mundo. Y, si dirigimos la mirada al occidente de Europa, España, que padeció desde mucho antes y durante varias décadas la violencia desatada por los terroristas de ETA, constituye un caso particular: en nombre del irredentismo vasco, se cometieron auténticas masacres abominables.

¿Y qué decir, si nos trasladamos a otros continentes, de las brutales dictaduras de Uruguay, Argentina o Chile, de la destrucción de las Torres Gemelas, de las guerras en Irak y Afganistán, del terrorismo de Al-Qaeda, del de Boko Haram en Nigeria, de los bárbaros dictadores africanos cuyo simple listado causa horror…?

En todos los rincones del planeta se han cometido crímenes execrables, invocando razones políticas o étnicas, esgrimiendo argumentos religiosos o ideológicos.

¿Qué monstruo anida en el corazón humano que, sosegado habitualmente por los convencionalismos sociales, estalla de pronto y ante nada se detiene?

Cuesta admitir que los artífices de aquellas vilezas, que han costado las vidas de tantas personas, alcanzaran a pasar página sin reprocharse nada, y llegaran a representarse a sí mismos ante sus conciudadanos como héroes salvadores de un pueblo o como sacrificados gobernantes amantes de su nación. ¿Acaso, en la intimidad de su conciencia o ante la inminencia de la muerte, permanecerían insensibles ante el mal que sembraron y ante el daño inferido a personas inocentes?

Los talibanes que, después de veinte años, han recuperado el gobierno de Afganistán, ¿pensarán honradamente que la Sharía posibilita el imperio de la justicia en la sociedad, y que las mutilaciones de ladrones y el desprecio a la mujer, relegada a una condición sumisa y alejada del acceso a la educación, llegarán a ser bendecidas por Alá?

Las manos manchadas de sangre ¿pueden acariciar a los hijos o a la esposa? ¿Cómo olvidar las miradas de aquéllos a quienes esas mismas manos torturaron o privaron de la vida? ¿Puede un asesino de ETA cruzarse con familiares de una de sus víctimas y permanecer insensible?

Se trata, indudablemente, de preguntas lanzadas al viento, para las que no existen respuestas; pero sí se abre el camino a una reflexión personal. ¿Cómo superar el odio? ¿Cuál es el camino que conduce al perdón? ¿Cómo preservar la esperanza en un mundo en que priman los egoísmos, la corrupción, el insulto, la subordinación del hombre a la economía, la mentira institucionalizada? ¿Cómo vivir en coherencia con las personales convicciones frente a las burlas, el ninguneo, la presión mediática de un mundo donde la libertad de pensamiento es acosada y acorralada? ¿Cómo convivir en familia, a pesar de los errores que todos cometemos, y cómo mantener encendido el fuego de un enamoramiento que culminó en la fundación de un hogar?

¿Qué hacer para que el hombre deje de ser un lobo para los otros hombres? Si el camino para cambiar y renovar el mundo exige el abandono de cualquier forma de violencia, queda claro que la solución no consiste en exterminar a los lobos. ¿Cómo, entonces, rehumanizar a los lobos?

Si a alguno de los lectores interesa conocer mi convicción personal, no ocultaré que mis creencias católicas constituyen la única fuente en que logro calmar la sed de justicia y sustentar la esperanza. Pero cada hombre ha de actuar de acuerdo con su propia conciencia, pues no hay remedios universales ni varitas mágicas de venta en las tiendas de los chinos que encontramos en todas y cada una de las ciudades de Occidente.

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Manuel Ferrer Muñoz. Se acabó lo que se daba

Termina una era. Se cerró el ciclo de las democracias, los totalitarismos, el Estado del bienestar, la libertad de los mercados, la especulación bursátil… Y nos adentramos en una nueva época histórica cuya preparación requiere rebasar los cánones anteriores: como el agricultor entierra al pie del árbol las hojas secas que se amontonan a su sombra, para abonar la tierra que le da vida, así -piadosamente- habremos de preservar lo valioso del legado histórico que recibimos, para impulsar nuevos tiempos.

Ni todo lo que poseímos hasta hoy merece el rechazo, ni puede decirse que hayamos vivido en el mejor de los mundos imaginables. La brutalidad de los totalitarismos nos ahorra cualquier reflexión sobre su catadura moral, por más que en su momento encandilaran a millones de hombres, y por más que aún perduren -disimulados- tics totalitarios de aquellos que, en nombre de la libertad, insultan a quienes discrepan de sus puntos de vista. Pero también las democracias, el Estado del bienestar, la libertad de mercados, la bolsa de valores, aupados durante más de un siglo al panteón de las divinidades, han mostrado con el tiempo flaquezas propias de simples mortales.

El tinglado actual no sólo es perecedero, como se ha evidenciado desde que estalló la crisis mundial en 2007, o, más recientemente, cuando se atribuyeron efectos catastróficos a un virus desconocido, que cambió el estilo de vida de toda la humanidad: es que, al menos en España, se ha iniciado un acelerado proceso de descomposición general.  Lo que importa es que, conocidos los síntomas de ese profundo decaimiento, empecemos a estudiar soluciones.

Ya está más que cuestionado el modelo mastodóntico de la Unión Europea, que creció a base de piensos artificiales. No funciona el sistema de partidos políticos imperante en el Estado español, no se puede confiar en la otrora poderosa Seguridad Social, no hay certeza de que las demandas ciudadanas en materia de sanidad, de educación o de protección social vayan a ser satisfechas a largo plazo. Ya no hay trabajo para quien lo busca, porque nadie en su sano juicio emprende nada que suponga una lucha sin cuartel contra las infinitas burocracias castradoras del espíritu libre. Ya no hay esperanza para miles de ciudadanos cuyos sueldos están embargados y sus propiedades perdidas por el impago de hipotecas tramposas. No hay solidaridad entre unos y otros grupos sociales, ni nos importa la muerte de decenas de miles de niños inocentes en el Cuerno de África, ni la violencia de la no guerra de Afganistán, ni los desvergonzados ingresos de deportistas de élite, banqueros o políticos.

Cuando toda la miseria antes descrita ha adquirido carta de naturaleza, cuando un casi entero conjunto ciudadano desvía la mirada para no ver lo que no puede aceptar ni arreglar, cabe certificar que se ha acabado la esperanza de modificar desde dentro un estado de cosas que simplemente se halla en consunción.  ¿Tiene sentido seguir velando ese cadáver?

Suele ser violento el término de una época histórica. Ni siquiera revoluciones como las industriales han sido incruentas. Ojalá que la Revolución que ya está en marcha no se lleve por delante demasiadas vidas y no acarree más horrores de los que nos han acompañado a lo largo de esta Modernidad -¿o Posmodernidad?- que nos prometieron feliz y esclarecida los alucinados por las vanas quimeras del Progreso y del advenimiento de un Hombre Nuevo.

Terminado un ciclo, otro ciclo de duración incierta nos separa de una nueva era, que reclama ya el diseño de sus ejes axiológicos. Si resulta fácil señalar la identidad negativa de lo que procede extirpar -la farsa política, la ficción del Papá Estado, las burocracias, la especulación como vía directa hacia la riqueza, los nichos de privilegios (banqueros, clase política, deportistas de élite), el dinero como fuente de poder-, mayor compromiso entraña el acuerdo sobre las bases en que ha de asentarse la nueva construcción que, en cualquier caso, pasan por el retorno a la espiritualidad, la recuperación de la trascendencia y del sentido del trabajo, el aprecio de la Naturaleza, la valoración de lo auténticamente tradicional.

NOTA FINAL:

El texto que hoy se presenta a los lectores de La clave es la versión actualizada de un artículo que se publicó en Canarias-7 hace ya unos cuantos años. Una reciente relectura, tras el fortuito hallazgo de un viejo recorte de prensa, convenció al autor de que la prospectiva que en él se presenta conserva su validez, con ligeros ajustes de detalle, y sigue proporcionando bases útiles para una reflexión en profundidad sobre la crisis global que atravesamos.

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Manuel Ferrer Muñoz. Ausencias

La mayoría de los lectores de La Clave son jóvenes, aunque imagino que no faltan veteranos que compartirán puntos de vista y experiencias por los que el autor de estas líneas ha atravesado en los últimos años: modos de pensar y usanzas que seguramente avivarán en ellos recuerdos similares. A unos y otros -jóvenes y menos jóvenes- se dirigen estas reflexiones nacidas de la propia vida y maduradas entre alegrías y penas.

En la vida del jubilado hay, indudablemente, sobradas razones para el júbilo y el gozo, aunque no se traduzcan en una algazara estruendosa como la que suele experimentarse en los años de juventud. El cese de las obligaciones laborales y la oportunidad de gozar sin límites de la vida familiar constituyen poderosos estímulos para la alegría. Resulta además casi inevitable que, en el curso de una vida laboral dilatada, por muchas satisfacciones que ésta haya brindado, se acumulen decepciones y frustraciones, más frecuentes y de más hondo calado en sus últimos tramos, cuando se contempla el entorno con la calma del que ya no necesita acreditar méritos, en contraste con la actitud de muchos jóvenes arribistas, ávidos de crecer y de deslumbrar, poseídos de un entusiasmo paranoico que no pocas veces se sustenta en una visión ególatra de la vida y una distorsionada estimación de la propia valía. La universidad, el mundo del derecho, la política, los quehaceres relacionados con las nuevas tecnologías, constituyen terrenos abonados para esas conductas no pocas veces prepotentes y ridículamente vanidosas.

¡Qué tiempos aquéllos en que la senectud era sinónimo de prudencia y sensatez, hasta el punto de que la voz de los ancianos solía orientar las grandes decisiones políticas! Hoy el viejo es un fantoche inservible, un elemento retrógrado, una rémora para las arcas públicas, por mucho que se viertan ríos de tinta en hipócrita elogio solidario de eso que estúpidamente se llama la tercera edad. Basta observar las edades de personas que, apenas entradas en la década de los cuarenta, ocupan ministerios de gobiernos nacionales, regionales o locales, para verificar el valor descomedido que se otorga a la juventud en la política profesional. ¿Y qué decir de las jubilaciones anticipadas en el mundo de la banca, en busca de captación de nuevos talentos muchísimo peor remunerados que aquellos a quienes relevan, cuyos salarios habían ido creciendo en función de la antigüedad hasta el punto de convertirse en ‘inasumibles’ por los adinerados miembros de los consejos de administración de los bancos?

Qué distantes de las jóvenes promesas en las ciencias sociales se sienten profesores e investigadores universitarios de la generación anterior, moldeados en una tradición en que la formación intelectual relegaba a un segundo lugar instrumental lo metodológico y enfatizaba una visión más integradora del saber, sustentada en un conocimiento de las grandes líneas del pensamiento filosófico, de la historia, de las bases de la propia civilización.

¿Qué sabrán esos nuevos paladines del saber científico de Aristóteles, de San Agustín, de Lutero, de Spinoza, de Kant o de Hegel? ¿Habrán leído algo de Dante, de Santa Teresa de Jesús, de Molière, de Shakespeare, de Cervantes, de Voltaire, de Balzac? ¿Sabrían encuadrar históricamente a personajes como Séneca, Flavio Valerio Constantino, Marco Polo, Juan de la Cosa, Juan Huss, Horatio Nelson, Benito Juárez…?

La nostalgia que, de modo inevitable, mora cerca de cada jubilado le incita a comparaciones dolorosas y acentúa su espíritu crítico ante las decisiones de los gestores políticos, de los grandes capitalistas, de los autodenominados intelectuales, y ante los vergonzosos espectáculos televisivos, o la triste realidad de unos medios de prensa vendidos y sumisos sin recato a los intereses de quienes los financian.

El hombre y la mujer entrados en años trazan balances de la historia reciente que cortan las alas al optimismo, y prevén el advenimiento irremediable de desastres naturales que, en un tiempo que se acorta cada vez más, convertirán la Tierra en un planeta aún menos acogedor. Pero ante la conciencia de esos vacíos, de esas ausencias de talento, de vergüenza, de ética, de independencia de criterio, las mujeres y los hombres mayores tienden a sellar sus labios para no ser tachados de profetas agoreros de desgracias. Por lo demás, si hablaran, ¿quién daría crédito a sus palabras?

Y, sin embargo, sería desleal con los nuestros -familiares, amigos, entorno social- mirar hacia otra parte, bajar la cabeza y hacer mutis por el foro. Recordemos, con Unamuno, que el sufrimiento nos hace personas, y enfrentemos la ola de miseria y de podredumbre que amenaza con devorarnos con el valor de quienes no se rinden, porque ansían rescatar los valores de nuestros antepasados que una horda de vándalos se ha empeñado en aniquilar.

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Manuel Ferrer Muñoz. La sumisión de los ciudadanos al Estado

Hace más de dos siglos, los súbditos de algunos países europeos empezaron a convertirse en ciudadanos titulares de derechos y de deberes. Este giro revolucionario constituiría uno de los elementos claves que marcaría la desaparición del Antiguo Régimen.

Los totalitarismos del siglo XX, que golpearon con fuerza al Viejo Continente, no lograron derribar la fortaleza de los Estados liberales, que, para adaptarse a los nuevos tiempos, evolucionaron hacia el modelo de la socialdemocracia, concebido como una rectificación parcial del individualismo liberal para reforzar las instancias públicas y contener el ‘desenfreno’ liberal, permaneciendo intactos los principios políticos básicos del liberalismo democrático.

La segunda década de la actual centuria asistió en algunos países de Europa a un renacer apresurado y efímero de los modelos comunistas, supuestamente purificados de la brutalidad de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de sus satélites del este de Europa, y de los bárbaros experimentos registrados en países asiáticos, de los que no se libra la China de Mao. Y los partidos socialistas occidentales, que habían abrazado mayoritariamente el credo socialdemócrata, acometieron la búsqueda de unas renovadas señas identitarias que impidieran la fuga de sus votantes hacia formaciones políticas más genuinamente de izquierdas. Fue éste el caso del Partido Socialista Obrero Español que, de la mano de su actual secretario general, ha emprendido una trayectoria desconcertante y errática, asumiendo cuantas causas puedan reportarle votos, por más que esas reconversiones sucesivas empiecen a marcar una deriva hacia ninguna parte.

Profesionalizada cada vez más la actividad política y alejada de su sentido originario de defensa de los intereses de los ciudadanos, en muchos países se ha convertido en un envidiable medio de vida, bien remunerado, que garantiza un régimen de privilegios a quienes ingresan en las estructuras partidistas y se acomodan en ellas con vocación de perennidad.

La consecuencia lógica del auge y desarrollo de esa nueva ‘aristocracia’ -llamémosla así- es un alejamiento creciente y alarmante entre gobernantes y gobernados, convencidos estos últimos de la inanidad de sus esfuerzos por desmontar el tinglado de intereses creados.

Obviamente, quienes detentan el poder -según el riguroso significado del verbo detentar, desconocido por la ignorante clase política- se esfuerzan por garantizar su permanencia en los centros de decisiones y de manipulación, al costo que sea. Y, conscientes del desprecio que inspiran en la sociedad civil, traman mil argucias legales para perpetuarse en su pequeño mundo paradisíaco por medio de la eliminación de contrapesos y de organismos autónomos de fiscalización.

Sentados esos precedentes, y tras la insólita experiencia de la pandemia del coronavirus y de los poderes excepcionales que asumió el Ejecutivo tras la proclamación del estado de alarma, se entiende que las neuronas de los asesores del césar que gobierna reclamando para sí la confianza ciega de los españoles -los pocos que quedan, si se excluye a catalanes, vascos, gallegos…-, se ocupen en diseñar mecanismos que prevengan el peligro de una reasunción por los ciudadanos del espíritu crítico. Por eso, la demencial y aberrante política en materia educativa, que conducirá a la canonización de la idiotez; por eso, la creciente censura de la libre expresión, y, quién sabe si también por eso, el anteproyecto de reforma de la Ley de Seguridad Nacional aprobado recientemente en el Consejo de Ministros, que no ha tardado en levantar suspicacias y recelos entre intelectuales no adoctrinados, que, aun desconocedores de los detalles de la reforma, alertan de «importantes riesgos» de extralimitaciones y abuso de poder del Ejecutivo, y de la amenaza que se cierne sobre derechos fundamentales de los ciudadanos.

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Presentación del libro de Francisco Javier Sánchez-Verdejo. Última parada: La estética del terror radiofónico

El sábado, 10 de julio, tendrá lugar la presentación del libro de Francisco Javier Sánchez-Verdejo Pérez, Última parada: La estética del terror radiofónico o cómo pasar del microrrelato a la lectura dramatizada. Ediciones Atlantis.

Lugar y hora: Madrid, Casa de Castilla-La Mancha (C/ de la Paz, 4), 19 horas.