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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Si yo fuera niño

Algunos de mis lectores recordarán esta bellísima canción de la película El violinista en el tejado, de 1971, adaptación del musical de Broadway del mismo nombre estrenado en 1964: Si yo fuera rico. Tal vez a otros lectores más jóvenes suene más familiar una boba y pésima comedia española titulada Si yo fuera rico, rodada en 2019: a estos últimos les recomendaría que borren ese recuerdo superfluo de sus memorias.

Tevye, el protagonista de El violinista en el tejado, una película ambientada en la Rusia zarista del siglo XIX, reflexiona sobre la tradición y las dificultades que enfrenta una persona que, además de su condición de pobre, pertenece a una comunidad judía acosada por sus vecinos y perseguida por las autoridades del Estado. Y sueña, con la ingenuidad de un niño, lo que haría de su vida si fuera rico.

Puestos a soñar, yo prefiero imaginar que vuelvo a ser niño, porque el niño es el hombre en estado prístino, antes de que su entorno se haya encargado de recortarle las alas. Además, aquel hombre sabio en quien los creyentes reconocemos al Hijo de Dios invitó a los que le escuchaban a que se hicieran como niños; y ese mensaje, que viene de una fuente tan fiable, ha traspasado ya la barrera de veinte siglos y sigue resonando como un reto difícil de alcanzar. Probaré a adentrarme por ese sueño tan atractivo, que tantos desafíos plantea…

Si yo fuera niño, seguiría pidiendo la luna, como han hecho casi todos los niños desde que el mundo es mundo; y dejaría para los mayores la mesura y el pesimismo supuestamente realistas.

Si yo fuera niña, rechazaría los vestidos de color rosa, jugaría con muñecas y competiría en un equipo federado de fútbol: obviamente, no hablo de fútbol americano sino del bueno, del soccer que se dice en Estados Unidos.

Si yo fuera niña, iría proyectado mi boda con mucha anticipación, y dejaría muy clarito a quien se atreviera a casarse conmigo que me importa un bledo la presencia de muchos invitados, y que si deseo casarme por la Iglesia es porque soy creyente y quiero poner a Dios por testigo de mi amor a la persona que elija para compartir el resto de mi vida.

Si yo fuera niña, le diría a la ministra de Igualdad de España que no me gusta volver a casa sola ni borracha: que se quede ella con esa estúpida aspiración.

Si yo fuera niño –o niña, que igual da-, me costaría mucho entender por qué los políticos que juegan con la educación de los niños, y quieren impedir que éstos jueguen, no se dejan caer de vez en cuando por las escuelas. ¿Acaso esa pandilla de sanguijuelas no se ha enterado de que el acoso escolar se da a diario en todos los rincones del mundo, sin que los servicios sociales hagan nada efectivo por impedirlo? ¿Ignoran quizá que hay miles de niños a los que algunos compañeritos hacen imposible la vida, hasta el punto de incitarles a optar por el suicidio? ¿Son incapaces de entender que los ‘deberes’ con que nos acogotan en las escuelas son un atentado a nuestra creatividad y que, en aras a esa imposición tiránica, sacrificamos un tiempo que necesitamos para jugar? ¿Por qué quieren encerrar a todos los niños en las escuelas tantísimas horas diarias, cuando es posible –y más divertido- aprender desde la libertad y el cariño que se respiran en el propio hogar?

Si yo fuera niña o niño, escribiría una carta a la ministra de Igualdad de España y, en un esfuerzo tremendo por mostrarme cortés, le contaría que eso de niño, niña, niñe es, con diferencia, la tontería más grande de que he oído hablar; y le diría también que los niños –todos los niños, sin necesidad de la repetidera cansina de niños/as- estamos hasta el copete de tanta palabrería insulsa y necia.

Si yo fuera niño –el género importa un pimiento también en este caso-, levantaría en armas a mis compañeros de clase para que impidieran que en los colegios se hable de Manualidades cuando se quiere tratar de la Expresión Artística. ¡Como si la escultura, la pintura o el origami no exigieran actividad de la inteligencia!

Promovería plantones ante las sedes de todos los ayuntamientos del mundo, para que las autoridades municipales dejaran de construir parques infantiles concebidos y diseñados como si los niños fueran hámsteres, obligados a ser felices con las infinitas vueltas a una noria que trata de disimular su cautividad.

Si yo fuera niño, hablaría seriamente con mis padres para que pensaran más en mí y menos en las cosas de sus trabajos, y les preguntaría por qué les obligan sus jefes a pasar casi todo el día fuera de casa.

Reclamaría más días en el campo o en la playa, al aire libre y en libertad, y menos encerronas aburridas en casa, alejado de mis amigos y pegado a aparatos tan hipnóticos como el iPad (incluso estaría dispuesto a reconocer que en esto –quizá sólo en esto- mis padres y mis abuelos, puestos de acuerdo por esta única vez, tienen toda la razón).

Disfrutaría como un enano haciendo construcciones, junto a mis amigos, con los materiales que encontráramos tirados por el campo, y montaríamos una casita en un árbol que fuera nuestro centro de operaciones aventureras.

Me las ingeniaría para pasar muchas horas con mis abuelos, y me esforzaría por no olvidar las conversaciones con ellos, ni las historias que me narraran.

Me quejaría de lo difícil que es practicar la gimnasia artística, porque hay muy pocas instalaciones. ¿Por qué todo tiene que ser fútbol, fútbol y más fútbol, por mucho que a mí me guste el fútbol?

Si yo fuera niño recordaría a todos los mayores, a grito pelado, que también ellos fueron niños. Y añadiría que, si somos como somos y si hay cosas que no les agradan en nuestro modo de ser, culpen a la genética, a tanto tiempo encerrados entre cuatro paredes, a su falta de habilidad para llevarnos por las buenas, al exceso de prohibiciones… Bueno, concedería a lo sumo que un poquito, sólo una mínima parte de lo que desagrada a los adultos de nosotros, los niños, se debe a nuestros pequeños errores propios de niños pequeños a los que cuesta moderar sus emociones y mostrarse siempre ecuánimes y circunspectos.

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Manuel Ferrer Muñoz. ¡A las trincheras!

En breve daré a conocer a través de las redes sociales los nuevos enfoques de SAICSHU -Servicio de Asesoría sobre Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades (https://icsh.es/)-, que puse en marcha hace tres años. La remodelación implica una poda radical en los servicios que se ofrecen, durante los próximos doce meses, para atender a lo que se considera más esencial. Desde luego, no se trata de una operación de cirugía estética, ya que la meta última a la que apuntamos es una muerte digna, porque habrá sido una muerte en combate: así prevemos que ocurra, y no por circunstancias externas sobrevenidas, sino por propia decisión.

La investigación en esas ramas del saber -humanidades y ciencias sociales- ha emprendido desde hace tiempo unos derroteros que rechazo en buena medida, por cuanto está perdiéndose de vista lo esencial, mientras se prioriza lo trivial.

Y no son tiempos de andarse por las ramas ni de cultivar bizantinismos.

Es la hora de plantar cara a los que, con el disfraz de demócratas, pretenden imponer dogmas totalitarios, mediante la ingeniosa estrategia de cultivar con esmero la ignorancia de las masas y conducirlas con suavidad a la embriagadora atmósfera de la estupidez, resultado inevitable del abandono del hábito de pensar por propia cuenta.

A la vista de esta declaración de intenciones, se entiende que el firme propósito de mi quehacer intelectual y literario a lo largo del año que acabamos de estrenar se dirija a una profundización en el estudio de los artificios y mentiras de que se sirven los gestores estatales de la política educativa para laminar la capacidad de los ciudadanos de desarrollar un discurso propio, al margen de las ‘verdades’ impuestas desde esos ‘centros del saber’ que son los poderes legislativos de los estados. Leyes injustas e inicuas son aceptadas de modo acrítico por ‘súbditos’ aborregados a quienes la llamada gandhiana a la desobediencia civil suena sencillamente a música de extraterrestres.

A esas aspiraciones idiotizantes de quienes detentan el poder político contribuye el abandono del saber filosófico: muy en particular, de la metafísica, la psicología y la lógica. A través de la escolarización forzosa se ha logrado que, ya desde edades tempranas, los niños renuncien al ejercicio de su libre imaginación y acepten las imposiciones brutales de unos dispositivos antipedagógicos que cercenan lo más valioso de sus mentes no contaminadas, sometidas a un bombardeo de normas disciplinarias que, simplemente, los convierten en actores pasivos de su propia educación y en masas obedientes a la autoritaria imposición de la voluntad de un profesorado que, bombardeado por una propaganda sistemática, no alcanza a cuestionarse si la tarea que desarrolla constituye o no un servicio a la sociedad, o si la mecánica transmisión de las normativas que le es impuesta representa o no una traición a los nobles objetivos que se planteó cuando abrazó una profesión de cuya grandeza y alcances es tal vez ignorante.

El concepto filosófico de verdad ha sido arrinconado y sustituido por un relativismo que huye del contraste con los hechos que acaecen al margen de nuestra voluntad, y disimula lo que ocurre en la realidad mediante el recurso a la ficción de lo que interesa que suceda.

Postergado el saber filosófico, la ruina mental de los jóvenes escolarizados se ve rematada por el empobrecimiento del lenguaje, reducido cada vez más a la repetición de eslóganes y vigilado por censores que deciden qué expresiones son correctas y cuáles han de ser reprobadas, en nombre de unos ‘valores’ supuestamente compartidos por toda la sociedad.

Por supuesto, la historia debe ser suprimida como investigación de la verdad, y reemplazada por una leyenda oficial que, acuñada como ‘la memoria histórica’, se impone por la fuerza: quienes discrepan de ella son anematizados como réprobos o reaccionarios sospechosos de maquinaciones siniestras.

Basta dejar al margen de la regulación legal aspectos centrales en el quehacer educativo, como el derecho de que los padres asuman la educación de sus hijos, si así lo desean, para perseguir y acosar a quienes, inconformes con el ‘sistema’ y queriendo lo mejor para su familia, emprenden el arduo y maravilloso camino de la educación en casa. El caso de España es paradigmático, y quien redacta estas líneas acumula experiencias asombrosas que espera compartir precisamente a través del blog de SAICSHU.

Espero que estas breves y, tal vez, desordenadas disquisiciones, que requieren un desarrollo mucho más extenso y sistemático, ayuden a comprender mi actitud militante contra lo académicamente correcto, y sean recibidas con respeto por los usuarios de aquel servicio. Honradamente entiendo que esta llamada a que nos atrincheremos frente al Estado déspota y combatamos sus políticas educativas con el arma del estudio concienzudo y del rechazo razonado de las mentiras disfrazadas de verdades es el mejor servicio que podemos brindar en SAICSHU. Y comprendo también que muchos de los colaboradores de los primeros tiempos prefieran dar un paso al lado, para no verse retratados como anarquistas irresponsables, desagradecidos con los estados bienhechores.

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Profesor renuncia a la cátedra porque sus alumnos no escriben bien

Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza que pudiera pasar por literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de condensar un texto de mayor extensión, es decir, un resumen, un resumen de un párrafo, en el que cada frase dijera algo significativo sobre el texto original, en el que se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito -ortografía, sintaxis- y se cuidaran las mínimas normas: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. Era solo componer un resumen de un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.

No voy a generalizar. De 30, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos en sus 20 años no pudieron, en cuatro meses, escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro. Estudiantes de Comunicación Social entre su tercer y su octavo semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la familia. Son hijos de ejecutivos que están por los 40 y los 50, que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos, posgraduados. En casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos 20 de esos estudiantes tiene banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en canales por cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que agua de panela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.

Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no tienen presentaciones de Power Point ni películas; a lo más, vemos una o dos en todo el semestre. Quizá, ya no es una manera válida saber qué es una crónica leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles una presentación con frases en mayúsculas que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la película Capote en lugar de hacer que lean A sangre fría. Quizá, no debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien palabras, sino de tres cuartillas, mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el miércoles.

De esas limitaciones y dubitaciones, quizá, vengan las pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre, sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. De ahí, quizá, vengan sus párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con frases cojas, desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, que me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo de zombis. Quizá, eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.

El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece a la línea de Producción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil, ensayo, memorias y testimonios. A partir de clásicos nacionales y extranjeros, los estudiantes componían escritos como los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero, un resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo -contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera-. Una vez que la mayoría hubiera conseguido un resumen pertinente y económico, pasábamos a escritos más complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe editorial o una reseña.

En el centro de todo el programa estaban la participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí siempre en la participación en clase para fomentar actividades que noto algo empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una conversación.

El otro concepto transversal, la economía lingüística, buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en 100 palabras debe sintetizar un libro de 200 páginas, debe cuidar cada palabra, cada frase, cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros, revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores.

Los estudiantes de este último semestre, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen. No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en el 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía y espíritu crítico.

Debe de ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook. «Esos gorditos de más». El mensaje en el Blackberry.

Nunca he sido mamerto ni amargado ni ñoño: a los 20 años, fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba con alcohol cada que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas, e hice cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho tiempo en eso. Pero leía.

No sé. En esos tiempos lo importante, creo, era discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba eso: buscar. Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos veinteañeros alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.

Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo, sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al «sistema». Pero algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los 20 años o menos.

Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee mucho, en Internet. Lo que debe preguntarse es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook.

Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá la lectura sea ahora salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y, en consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida, siempre con errores. Por eso, los nuevos párrafos que se están escribiendo parecen zombis. Ya veremos qué pasa dentro de unos pocos años, cuando estos veinteañeros de ahora tengan 30 y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora, para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas, voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a esta carta de renuncia con un nudo en la garganta.

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Noticias de revistas científicas indexadas en el blog de SAICSHU

En lo que va de año hemos privilegiado la información sobre revistas indexadas. Para muestra, las siguientes entradas:

Revista Laboratorio de Arte

Política y Sociedad, aceptada para su indexación en Emerging Sources Citation Index (ESCI)

RUNA, archivo para las ciencias del hombre

Comunicar, vol. XXIX, núm. 66, 1º trimestre, enero de 2021 Revista Perspectivas: Notas sobre Intervención y Acción Social

Invitación al monográfico transversal Arte, Tecnología y Colonialidad

Memoria Americana. Cuadernos de Etnohistoria

Publicado el primer número de Yeiyá. Revista de Estudios Críticos

Revista Ciencia y Desarrollo

Revista Andina

Revista Histórica


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Bojana Kovacevic Petrovic. La vanguardia en la obra de Zoé Valdés

Cita completa:

Bojana Kovacevic Petrovic. “La vanguardia en la obra de Zoé Valdés”, Estudios hispánicos serbios y retos de la contemporaneidad, Conferencia nacional de hispanistas serbios, vol. 2 (2019), pp. 353-368

El presente artículo trata la presencia de la vanguardia en dos novelas de la escritora cubana exiliada en París, Zoé Valdés (1959) – La cazadora de astros (2007) y La mujer que llora (2013, premio Azorín) – que forman parte de su trilogía dedicada a las artistas de la época vanguardista. Analizando varios aspectos del arte de la pintora catalano-mexicana Remedios Varo (1908–1963) y de la fotógrafa yugoslavo-francesa Dora Maar (1907–1997), mostraremos varios vínculos entre la vida y la obra de la escritora y las artistas surrealistas, rodeadas de André Breton, Benjamin Péret, Pablo Picasso, Esteban Francés, Max Ernst, Man Ray, Leonor Carrington, Leonor Fini, Paul y Nusch Eluard, entre otros. Asimismo, el artículo ofrece, entrecruza y choca contrasta dos diferentes aproximaciones: una literaria, de la autora cubana Zoé Valdés, y otra documental, de varias fuentes relevantes: biografías, catálogos y memorias. Las dos visiones llevan a las mismas conclusiones: que tanto la escritora cubana como las artistas vanguardistas tuvieron el mismo ímpetu: el deseo hacia la libertad artística y personal.

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Los grandes negocios montados alrededor del coronavirus

 

mascarillas

Este texto de Luis del Val es una llamada de atención sobre los abusos que una y otra vez se comenten contra la ciudadanía, con el mentiroso pretexto de protegerla. Claro que, a los ojos de los políticos que están arriba –(des)gobernando o jugando a la oposición-, estos pequeños detallitos carecen de importancia.

El precio de un producto que debemos llevar obligatoriamente -la dichosa mascarilla- ha subido un 2.500 por ciento. “Para hacerse una idea suponga usted que, en marzo, compraba una barra de pan que le costaba un euro, y que, ahora, esa misma barra le costase 25 euros, es decir 25 veces más cara”.

Y sigue el articulista: “eso es el mercado libre, y la ley de la oferta y la demanda, dirá alguno. Pues no señor. Soy un defensor del mercado libre, pero siempre y cuando no esté obligado a adquirir un producto y a usarlo todos los días. Si las mascarillas fueran voluntarias, pues que las hicieran con luces intermitentes y que su precio fuera veinte euros la unidad, y a mí me daría igual, pero es que nos obligan a comprar mascarillas y a usar una nueva cada día, y si no cumples con esa obligación consumidora, encima, te ponen una multa”.

“¿No hay un ministro de consumo entre las casi dos docenas de ministros de casi todo? ¿Y ese vicepresidente, que siempre dice que está preocupado por la gente y porque la gente llegue a fin de mes? Una familia, formada por los padres y dos niños, tiene un presupuesto mensual de mascarillas de casi 120 euros”.

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Miguel A. Moreta-Lara. Manuel Ferrer vuelve a casa

Miguel Moreta Lara

Me encuentro con una obriella (como escribía el buen Gonzalo de Berceo, uno de los primeros cultivadores de la lengua castellana) o, si quieren, con un ejemplo de microteatro, como dicen ahora los teatreros à la page: es una obra minúscula con poco más de 3.000 palabras, muy bien editada, ilustrada y sabiamente presentada por ¡nada menos que cuatro prologuistas!: un prólogo de la poeta ecuatoriana Catalina Sojos, una nota preliminar del autor, una presentación institucional de la concejal de Cultura de Benamocarra Victoria Téllez y una presentación entrañable del amigo Antonio Clavero. Permítanme que desmienta el tópico taurino que cree que no hay quinto malo, algo muy fácil después de esas cuatro estupendas colaboraciones que sitúan atinadamente al microdrama y al autor en su contexto personal, histórico y literario.

El doctor Manuel Ferrer ha tenido una vida vagabunda. Se formó en los Maristas de Málaga y luego en las universidades de Sevilla, Granada y Navarra. Su profesión lo llevó a vivir en México y Ecuador, de donde finalmente ha regresado a su Málaga natal y a la Axarquía. Quizá esta deriva del profesor nos dé pie a explicar algunas de las tintas con que describe a su personaje principal, el fugitivo Miguel que, en un exótico periplo, acaba por enmaridar con una japonesa.

En su nota preliminar, Manuel Ferrer provee las principales claves de Volver a casa. Afirma que sintió “la necesidad de repasar mi vida y de plasmar esas reflexiones en papel escrito”, al tiempo que se declara historiador: sabemos que ha dedicado varios de sus muchos libros a la historia reciente de España. Por tanto, la trama de esta pequeña obra de teatro vehicula una compleja biografía personal ambientada en la no menos complicada trama de la guerra civil española de 1936.

Este sangriento episodio de nuestra historia reciente, del que todavía nos resentimos, ha sido largamente tratado: su bibliografía investigadora es un bosque inmenso ya inabarcable. Pero todavía pululan las falsedades, al tiempo que se airean los datos más hipócritas, las manipulaciones más groseras y la desmemoria más vil… Sigue siendo una herida abierta. Como decía cierto historiador, la Historia es un cadáver que goza de una siniestra buena salud. De ahí la existencia de un cúmulo de obras literarias (novelas, poemas, películas, obras de teatro, cómics, etc.) con que los creadores alimentan el interés de un público numeroso que busca interpretar y descansar de una vez por todas de un pasado que, como una sombra cainita, no cesa de perseguirnos. Podemos afirmar que, en cuanto españolitos, es difícil sustraernos a un cierto sentimiento de bipolaridad: no hay ciudadano español que, a nivel personal y familiar o a ras de su localidad, no esté habitado por una historia de parientes o paisanos asesinados, encarcelados, represaliados o exiliados (como es el caso de los personajes principales de este microdrama, Miguel e Irina). Y, sin embargo, si queremos escapar a la lluvia de fakes y de tópicos, a esa vieja estrategia autoritaria que envenena nuestros sueños, es necesario acudir a las obras de historiadores foráneos, especialmente anglosajones, que nos expliquen la verdad de una guerra terrible y la maldad de una dictadura subsecuente que, en lugar de cerrar el conflicto, lo alimentó con ejecuciones y represiones de todo tipo.

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Ignacio Muro. Países frugales, paraísos fiscales

frugales

El uso recurrente del término “frugal”, sinónimo de sencillo, sobrio, mesurado… para definir a Holanda, Irlanda, Luxemburgo… países que comparten la ventaja comparativa que les aporta su especialización en un tipo de economía financiera y rentista, típica de paraísos fiscales, denota el éxito en la imposición de un marco ideológico favorable a determinados lobbies muy poderosos.

Esa manipulación del lenguaje pretende ocultar su capacidad de apropiarse de rentas obtenidas de los escasos recursos de países periféricos de África, Oriente Medio y la India, no solo de los países del sur de Europa. Era en todas esas periferias de donde Appel había extraído los beneficios causantes de la reclamación de la UE por 10.000 M€ que el Tribunal Europeo ha desechado.

A pesar de ello, las “nuevas cigarras” han construido un relato que les hace presentarse como hormigas ahorradoras, justificando una nueva forma de usura que envuelve los comportamientos ociosos en el rigor calvinista. Expertos en imponer sus criterios sobre los de la actividad productiva, están a punto de volver a ganar la batalla de los consensos dominantes.

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