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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Reconocimiento de la Universidad de Cuenca a la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina

Recogemos aquí la entrevista de Jaime Cedillo, director de El Observador, a José Manuel Castellano, en su calidad de editor-Jefe de la editorial que, en sus tres años de vida, ha publicado más de un centenar de libros, con un promedio de más de cuarenta obras anuales.

Se ha concedido ese reconocimiento por la contribución de la editorial a la difusión de los conocimientos sociales en la región y en el mundo, cumpliendo con una muy meritoria labor de comunicación académica y científica.

Desde SAICSHU nos sumamos a esas felicitaciones de todo corazón. Ojalá prendiera este ejemplo en el mundo universitario del Ecuador, tan necesitado de honradez y seriedad en el trabajo diario y escondido, y sobrado de clientelismos y de humo de pajas.


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Manuel Ferrer Muñoz. Sociedad posmoderna, autoritarismo y sentido del humor

Apenas hace unos días, un destacado político gallego se permitió un divertido e inocente comentario durante su visita al Palacio de la Alhambra, en Granada, del que Bill Clinton dijo años atrás que le había brindado el maravilloso espectáculo de la puesta de sol más bonita del mundo. Aquel político nacido en Galicia cerró su observación con una broma, a modo de coletilla: “yo no voy a discutir con Clinton, porque él nunca vio la puesta de sol de Finisterre”.

Cualquier interlocutor en sus cabales, no instalado en el mundo de los ofuscados prejuicios y de la dialéctica barata de la lucha partidista, habría sonreído ante la socarronería bienintencionada del pícaro gallego que, aun admirando las bellezas de otros entornos, presume del encanto del propio lar. Cualquier mente sana, no mediatizada por la torpe creencia de que todas las expresiones procedentes de una figura política de un partido adversario deben ser satanizadas, habría acogido con benevolencia el elegante piropo dirigido al incomparable anochecer de Granada, ciudad inspiradora de unos famosos y sentidos versos que salieron de la pluma de un poeta mexicano enamorado de la vieja capital nazarí: “dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”.

No fue el caso de un tal Manuel Pezzi, encumbrado –ignoro por qué razones- a la presidencia del PS en Andalucía -¡y luego hay quien se extraña de la deriva hacia la nada del PS en la región, que amenaza con desembocar en una catástrofe en la convocatoria electoral del próximo 19 de junio!-, que, haciendo alarde de su fina dialéctica y escogido vocabulario, calificó al político gallego del Partido Popular de “tontopollas”, expresión que, días después, reputó como “enjundiosa ocurrencia”, en un alarde de autobombo digno de un perfecto majagranzas.

Seguramente el aguerrido y microcéfalo Pezzi quiso hacer méritos ante los suyos y sacar pecho, para así dar fe de su entrega y generosa dedicación a la presidencia andaluza del PS (no hemos dicho aún que las siglas, novedosas en la sopa de letras de las formaciones políticas españolas, corresponden al Partido de Sánchez que, a pesar de su desabrida denominación y de la reconocida desfachatez de quien se halla a su frente, gobierna España con puño de hierro y desvergüenza torera desde 2018, gracias a las cesiones continuas a sus impresentables socios chantajistas).

La pérdida del sentido del humor se asocia, lamentablemente, a la insolente vulgaridad y a la estulticia. Y así lo confirma el caso de ese pobre señor, presidente del PS andaluz: un cargo al que, con toda certeza, nunca hubiera accedido cuando el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) era una formación política respetada y respetable, antes de dejarse las dos últimas letras en el camino y mudar la ‘S’ de Socialista por la de Sánchez.

No sería justo ensañarse con el bueno de Pezzi, ni con esas ocurrencias que él, ‘modestamente’, acaso desconocedor de su significado, calificó de “enjundiosas”. A fin de cuentas, por recurrir a un sinónimo menos agresivo y vulgar que la brutal expresión escupida por la boca del melifluo y delicado Pezzi, nos hallamos ante un tontolaba, incapaz de captar las finas y amables ironías del lenguaje, por mucho que estruje su endurecida mollera.

Y, sin embargo, la reacción de ese zopenco resulta paradigmática de los modales irrespetuosos instalados en una sociedad inculta, agresiva, impotente para captar matices en un razonamiento mínimamente refinado. En el mundo de los zampabollos impera sólo el ‘ordeno y mando’, el autoritarismo bobalicón característico de quien se aferra a la norma porque carece del mínimo talento que le faculte para analizar situaciones particulares desde unos planteamientos flexibles. El tontorrón útil, investido así de la ‘respetabilidad’ que deriva de la potestas –que no de la auctoritas-, exigirá obediencia ciega a los mandatos que vienen desde ‘arriba’, sin entender ni poco ni mucho las motivaciones de unos ‘protocolos’ –palabra mágica que conmina  a la rendida aceptación- que determinan qué hacer y qué omitir en cada circunstancia del día y de la noche.

Los lectores ecuatorianos de La Clave entenderán las razones por las que la argumentación sobre el trinomio idiotez-carencia de sentido del humor-autoritarismo se sustenta en un ejemplo tomado de otras latitudes: de un lado, la ocasión la pintaban calva, por cuanto la estupidez del personaje seleccionado como prototipo venía muy a propósito para ilustrar las tesis que se sustentan en el texto; y, de otra parte, por consideración a Ecuador, un país maravilloso donde transcurrieron cinco inolvidables años de mi vida, y donde nació el más pequeño de mis hijos. La mención de palurdos nacidos en las inmediaciones del Chimborazo y del río Guayas podría ser interpretada por gente quisquillosa como una irritante falta de respeto, y por eso se ha omitido la señalización de tontos de capirote ecuatorianos; pero conste que los hay, como en todas partes (tal vez esos papanatas abundan con especial profusión en los medios políticos y académicos: y es que ya se sabe, no hay mayor cretino que el que nunca adquirió conciencia de su mentecatería, por no haberse contemplado ante el espejo con un mínimo de detenimiento). Y aun así, aunque en todas partes se cuezan habas, lo cierto es que en mi casa –España, mi casa de ahora- se cuecen a calderadas.

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Manuel Ferrer Muñoz. Elogio de la vejez

Si de piropear se trata a esta entrañable compañera, de la que espero no separarme hasta que pasen muchos años, nada mejor que tomar prestadas unas palabras pronunciadas hace unos meses en un plató de televisión por Arturo Pérez-Reverte, prestigioso escritor español, miembro de la Real Academia Española: “los viejos, yo soy viejo, no son contemporáneos. Si un viejo es contemporáneo hace el payaso. El viejo no puede adaptarse a un mundo que ya no es el suyo, pero tiene una ventaja, la experiencia, una mirada. Antes al viejo le ponían en el centro y le preguntaban, ‘¿cómo lo hiciste?’, y el joven aprendía del viejo, pero ahora apartamos a los viejos y estamos privando a los jóvenes de la experiencia del viejo, de la mirada. No puedes pedirme que me ponga a bailar claqué, pero puedes pedirme lo que yo puedo dar. Pero tendemos a apartar. Los viejos son útiles no porque se modernicen o hagan el payaso sino por su mirada”.

Sólo un viejo podía haber expresado con esa hondura y ese descaro la honra de pertenecer a esta especie en extinción; porque mucho me temo que los que vendrán después vayan a ser aprendices de payaso, a lo sumo personas de la ‘tercera edad’, ese término tan repelente que suena a desecho de tienta. La generación que nos precedió aceptó con gusto el tratamiento de ‘ancianos’, ciertamente respetuoso, pero carente de energía y de magia. Proclamarse viejo significa haber aceptado el reto que se nos lanza desde múltiples instancias, y enfrentar a los que de un modo necio pretenden que nos modernicemos. ¡No! Nosotros ocupamos nuestro sitio, que es un lugar privilegiado. Nuestros ojos han visto tanto… Nuestro corazón ha amado tanto… ¡Que nos quiten lo ‘bailao’! Por eso no coqueteamos con lo moderno, no queremos ser contemporáneos, ni adoptamos ridículas actitudes juveniles. Nos reconocemos como reliquias del pasado, anacrónicos.

El viejo es descarado, porque a nadie ha de rendir cuentas aquí abajo, y por eso gusta de estar con los niños que, por definición, desconocen la timidez. El viejo es osado porque dice lo que piensa; y, porque ha vivido mucho, es una mina de sabiduría, de experiencias. ¡Los viejos tenemos de qué presumir! ¿Cómo vamos a tolerar que nos arrinconen o que nos contemplen con miradas ‘asistenciales’ y caritativas? Los viejos queremos morir dando guerra… y sembrando amor.

Pero, para mantener el tipo y plantar cara a los sabihondos que nos menosprecian con hipócritas conmiserativas sonrisas, se necesita tiempo: tiempo para pensar, y tiempo para alimentar nuestros sueños con la lectura: tiempo para la reflexión, sin abatirnos por lo que pudo haber sido y no fue; tiempo para la introspección, y tiempo… mucho tiempo para escuchar a los nietos que quieran hablarnos, y para mostrarles cómo éramos y cómo era nuestro alrededor cuando aún vestíamos pantalón corto: el tiempo que debimos dedicar a nuestros hijos, y que nos fue robado.

Ciertamente, esa mirada atrás nos muestra la senda que, como avisó Antonio Machado, “nunca se ha de volver a pisar”; y van escaseando las fuerzas para proseguir haciendo camino; y tal vez aflora el pesimismo que otro grandísimo poeta, Jaime Gil de Biedma, acertó a describir con tristes palabras: “pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”. Y, sin embargo, ganamos la partida al tiempo rememorándolo, rebuscando en nuestras raíces y descubriendo a los jóvenes de mirada limpia y alma noble tesoros escondidos a los ojos de los sabelotodos impertinentes que contemplan con desdén nuestras arrugas y nuestros andares encorvados.

Viene en refuerzo de mi argumentación en elogio de la vejez una hermosa imagen que he contemplado recientemente de Monica Bellucci, con 65 años cumplidos y posando ante la convencional e inevitable alfombra roja con toda naturalidad, sin maquillaje que ocultara sus arrugas y sin complejos, consciente de que la verdadera belleza es un estado mental y de que hacerse mayor no constituye ningún motivo de vergüenza. Este ejemplo gráfico constituye por sí mismo una invitación a envejecer con dignidad, único camino para ganar el respeto de los más jóvenes.

Cuando se ha emprendido el último tramo de la vida, es importante no extraviar las huellas de nuestras pisadas remotas y de los pasos de quienes nos precedieron: no para que se imiten esas andanzas, que el camino de la vida es responsabilidad de cada uno. Ni es cierto que cualquier tiempo pasado haya sido mejor, ni puede ignorarse la sabiduría que el tiempo permitió acumular, quizá gracias a la depuración de muchos errores cometidos. Aprendamos precisamente de las equivocaciones nuestras y de nuestros ancestros; pero tomemos buena nota de sus aciertos, de sus sacrificios, de su hondo sentido de la familia, de su amor al trabajo bien hecho. Compadezcámonos de las penurias, incertidumbres  y angustias que empaparon las vidas de las generaciones que nos han precedido. Lamentemos, sin distingos, los horrores de luchas civiles que desgarraron a sociedades enteras y extendamos la piadosa manta del olvido sobre odios abominables y rencores soterrados. Contribuyamos así a una ‘cultura de la paz y del perdón’, tan imprescindible para construir juntos.

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Adeli Gutiérrez Padilla. Veinticinco años de lucha por la vida

Hoy, el blog de SAICSHU se ve honrado por el testimonio de vida de una persona a la que tuve el privilegio de conocer hace muy pocos años, no mucho después de mi regreso a España, terminada mi última aventura académica, otra vez en tierras americanas.

Desde hace un cuarto de siglo, Adeli lucha contra la ataxia, y ha encontrado en ese combate el sentido de una vida que constituye un maravilloso ejemplo de fortaleza y de servicio a los demás. No combate sola. A su lado, un hombre de una pieza, enamorado, fuerte y siempre alegre. Muy cerca, un pequeño entorno de amigas –soy el único hombre infiltrado en ese selecto círculo de allegadas-, que comparte un proyecto de escritura creativa en torno al cual se tejen ilusiones, intimidades, complicidades y, sobre todo, esperanzas. Cada una de las personas de ese estrecho círculo vive su día a día con toda intensidad, con los inevitables altibajos y zozobras, y las alegrías y tristezas que nunca faltan. La enfermedad es una invitada frecuente, a la que damos acogida cordial, como la que se dispensa a un familiar querido, pero inoportuno, con el decidido propósito de despedirla cuanto antes con la misma cordialidad con que le dimos la bienvenida.

El amor a la literatura, a la palabra escrita y al pensamiento creativo, crítico y comprometido, concebido como vía hacia la liberación del peso muerto de las pequeñas calamidades diarias, se ha convertido en el denominador común a partir del cual Adeli y sus ‘amigas’ hemos desarrollado trayectorias que se cruzan y que nos ayudan a elevar el vuelo.

Adeli no se queda a la zaga en creatividad ni en entusiasmo ni en fuerza expresiva, y aspira a que su voz resuene con fuerza y penetre en los oídos de todos aquellos que, ante las arremetidas de la enfermedad -o de lo que las gentes consideran desgracias-, andan encogidos, apocados, huérfanos de esperanza.

Presten atención a este mensaje; y, tras su lectura, enfréntense a sí mismos y adviertan que sólo se vive una vez. ¡Y la vida es un don divino!

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¡Hola! Mi nombre es Adeli, y tengo cincuentaiún años. Sufrí una hemorragia cerebral -un accidente cerebro vascular- cuando contaba poco más de un cuarto de siglo de vida: un aneurisma que estaba instalado en una arteria se inflamó y obstaculizó el riego normal del cerebro; la arteria reventó y entró sangre en el cerebelo, que es donde radica la coordinación y el equilibrio del cuerpo.  En consecuencia, me quedé como un bebé recién nacido que no tiene fuerza para sujetar su tronco ni su cabecita. Para que todos entendáis bien lo que me pasó, fue como si a un ordenador le entra líquido y se borran todos los datos. Mi cuerpo y mi cerebro no funcionaban al mismo ritmo: el primero mandaba órdenes al segundo, y éste no obedecía.

La hemorragia cerebral también produjo en mi cuerpo otros daños, como una hemiplejia en el lado izquierdo, una parálisis facial en media cara, y disartria en la voz. Se me puso la boca casi en la oreja; dormía cada noche con el dedo en la boca tirando para el otro lado, pues pensaba que durmiendo así se me pondría la cara bien; y cada mañana, al despertar, pedía un espejo para ver mi cara. Observaba también si mi voz volvía a ser normal. ¡Pero todo seguía igual un día tras otro!, y me decía a mí misma: bueno, puede ser que mañana sea ese gran día. A veces, sonrío recordando esas pequeñas cosas que yo hacía pensando que eran las correctas. ¡Qué ingenua era! Hoy, al pasar los años, me doy cuenta del significado de aquellas acciones: que la esperanza de volver a estar bien nunca me abandonó.

También afectó a mi deglución, padecía de atragantamientos, sobre todo con líquidos. Mi vista, de igual forma, se vio alterada: no podía fijarla en nada, ni en libros, ni en la televisión. ¡Tenía los ojos como Marujita Díaz, dando vueltas!

El diagnóstico de los médicos era que yo no podía caminar porque sentía miedo de hacerlo: al haber superado la hemiplejia, no encontraban otra explicación. De ese accidente cerebro vascular quedó una secuela, “la ataxia”, por entonces una perfecta desconocida. Se explica así que me diagnosticaran tan a la ligera. Tras dos meses de hospitalización me dieron el alta médica, y me comunicaron que ya no podían hacer nada más por mí; que, cuando estuviera rodeada por gente “normal”, me entrarían ganas de estar bien y que se quitaría todo. Suena un poco a risa, pero así fue. Visité a unos cuantos psicólogos, pero ninguno sabía decirme qué me pasaba: y era lógico, pues no padecía ningún trastorno psicológico. Yo tenía claro que algo se había apoderado de mi cuerpo, y miedo os puedo asegurar que no era.

Caminar era para mí, y lo es todavía, como ir sobre un cable, como los equilibristas en el circo. Como hay más de doscientas patologías (los propios enfermos sabemos más de la ataxia que los especialistas de la medicina), la mía es muy desconocida porque, a simple vista, no se distinguen los síntomas; además, muchos (la forma de hablar, de andar) son parecidos a los de una persona ebria. Ante el desconocimiento, ¿qué es lo más fácil? Juzgar a la ligera, ¿verdad? Y por eso mucha gente, cuando me ve, piensa que estoy borracha; o peor aún, puesto que se me dificulta el habla, me toman por discapacitada psíquica, y se ponen a hablar con la persona que me acompaña, ante mis propias narices, preguntándole cosas sobre mí, ¡como si fuera invisible! ¡Eso me da más rabia!  Que conste que yo sólo hablo de mi experiencia personal con la ataxia, de mi perspectiva y de mis vivencias. Cada cual sabrá el camino que lleva recorrido y las piedras que ha debido sortear.

¿Ayuda psicológica? Afortunadamente no necesité, supe llevar la situación bastante bien. Yo misma me sorprendo cuando recapacito sobre todo lo vivido. En un mismo día pasas de tu rutina diaria (trabajo, sueños, ilusiones…, como cualquier chica de tu edad que empieza a vivir) a una cama de hospital con tubos y máquinas por todos lados, sin capacidad para moverte por ti misma, y con plena conciencia de todo.  Y rondan preguntas sin respuesta: ¿qué está pasando, si ayer celebraba en las fiestas de mi pueblo que había aprobado el carnet de conducir, y ahora me veo clavada en esta cama? ¡Ufff!, es bastante duro. ¿Para qué engañarnos? Pero la esperanza ayuda mucho, y es lo último que se pierde.

En una de mis revisiones me tocó un médico del que no querría acordarme. Me dijo que iba a ir degenerándome hasta quedar hecha un vegetal. Cada persona es un mundo y generalizar es, sencillamente, una barbaridad. Se puede causar mucho daño con unas palabras desafortunadas sólo porque tú tengas un mal día. Lo que él no imaginó nunca es cuánto me ayudó al hablarme así, porque, lejos de hundirme, sus palabras me sirvieron como trampolín para mi recuperación. Basta que te digan que no puedes hacer algo, para que digas: mira cómo lo hago.

Mi madre, que me acompañaba durante esa revisión, al escuchar aquellos disparates, sintió como si le clavaran una estaca en el corazón. Resultaba todo tan surrealista que llegué incluso a pensar que aquel “sabio doctor” se habría equivocado de informe médico. Así que, atónita, miré de reojo a mi madre. Ese doctor sin alma no se había dignado saludarme cuando entré a su consulta; no levantó la vista del papel que sostenía en sus manos, ni tan siquiera mostró curiosidad por conocer el rostro que había detrás del informe que atrapaban sus dedos.  ¿Y, así, a ciegas, se atrevió a valorarme? ¿Cómo se aventuró a decir aquellas sandeces sin poseer apenas conocimientos de la enfermedad? ¿De qué autoridad se creyó investido en su prepotencia? Eso fue lo que más daño me causó: la cara de dolor de mi madre, sus ojos brillantes, su nudo en la garganta que le impedía articular palabra. Jamás olvidaré ese momento tan horrible. Aunque resulte incomprensible, salí de aquella consulta con más fuerza que nunca. Había perdido la batalla, pero supe que iba a ganar la guerra.

Ahora no estoy bien al cien por cien, pero tampoco tan mal como me dijeron. Muchas lágrimas y sudores llevo derramados durante estos años para conseguir disfrutar de una mejor calidad de vida y de una independencia total en mi casa. En la calle necesito ayuda, y sigo teniendo dañada la voz.  A los afectados de ataxia nos queda un largo camino que recorrer todavía, necesitamos mucha investigación para que se encuentre la cura o algún tratamiento que frene su evolución, porque hay casos altamente invalidantes. Nuestra medicina, hoy por hoy, es mucho ejercicio físico. Yo tuve que reeducar mi cerebelo, fui a fisioterapia, natación, logopedia, acupuntura, utilizaba las cartillas ésas de “Rubio”, que, cuando éramos pequeños, usábamos en el colegio para aprender a escribir.

Un buen día se me ocurrió la idea de compartir mi experiencia, así que escribí mis vivencias con la ataxia en redes sociales, y recibí una multitud de comentarios agradeciéndome el haber hecho esta enfermedad un poco más visible. Decidí entonces escribir un libro contando más detalles. Y a ese libro siguió otro. Yo quería hacer algo por ayudar a los afectados, lo tenía claro, así que decidí vender los ejemplares del libro por Facebook.  Me sorprendió que me pidieran tantos, la verdad, y lo recaudado fue íntegro para investigación de la ataxia. Mis libros no habían pasado por ningún editor, ni se vendían en ninguna librería, sólo a través de mí se podían adquirir. Un amigo me ayudó a encuadernarlos y prepararlos, aunque él no se dedicaba a eso. Tal vez nos parezca que nuestro esfuerzo es insignificante, pero todos podemos ayudar, somos como una simple gota en el océano, pero sin esas gotas no existiría el océano.

Muchas personas se sentían identificadas conmigo, y otras, que no tenían discapacidad, veían que también se puede ser feliz con ciertas limitaciones. Yo lo soy, aunque tengo mis días malos como todo el mundo; suelo buscar el lado positivo de todo lo que nos pasa.

Ya han pasado siete años desde que mi primer libro viera la luz, y aún hay personas que me escriben emails o me mandan mensajes en los que me cuentan sus vidas con una confianza sorprendente. Yo me siento encantada de que compartan conmigo su intimidad.

Hoy, que casi he logrado salir de ese mundo de la discapacidad, miro atrás, y veo que todo el esfuerzo llevado a cabo ha merecido la pena. Así que aconsejo a todo aquel que me esté escuchando, y que tenga una discapacidad, que trabaje y luche por obtener una mejor calidad de vida, aunque no haya cura; que, sentándose en un rincón a llorar y a lamentarse por el propio estado, no se soluciona nada. No hay que dar saltos de alegría encima de la cama por tener ataxia, pero tampoco hay que esconderse debajo de ella. La vida es así: a quien le toca, le toca; y mejor afrontar lo que venga. Hay que coger el toro por los cuernos, que hay mucha vida detrás de la ataxia. ¿Sabéis eso que dicen?: al que le duele la muela, es el que se la saca. Pues eso mismo.

¿Rechazo por ser discapacitada?… Yo puedo darme con un canto en los dientes en lo referente al apoyo familiar: por ese lado no lo sentí. Lo de los amigos es otra historia, triste en apariencia. Ya no podía realizar ciertas actividades que compartíamos, y mis necesidades también eran diferentes. Por eso, algunos de ellos, los más diplomáticos, empezaron a distanciarse poco a poco;  otros, más bruscos, cortaron de golpe. Yo no quiero gente a mi lado que no me quiera sin mis galones, y esa poda me vino muy bien. Ahora sé que los que están es porque quieren estar.

Con la sociedad en general, sí hay rechazo todavía. Sólo diré que, si no hubiera exclusión, no existiría la palabra inclusión, que ahora está tan de moda. Vamos de solidarios y de “guays”, pero la realidad es muy distinta. Podría enumerar infinidad de obstáculos y estorbos que tiene que sortear un usuario de sillas de ruedas para circular por la calle: rampas tan empinadas que parecen toboganes, escalones kilométricos en establecimientos públicos, o señores-señoras que dejan el coche en aparcamientos reservados para minusválidos, o en bajadas de las aceras.

Yo tengo la capacidad para sostenerme en pie, aun con esfuerzo, y saltar tanto las barreras arquitectónicas como las mentales, que suelen ser peores. Pero ¿qué hace quien está obligado a permanecer siempre sentado? No le queda otro remedio que quedarse en el sofá de su casa, contratar Netflix, hacer las compras por Amazon, y encargar que le lleven la comida a su domicilio. Para esas personas, salir a la calle en silla de ruedas es una auténtica aventura, que enfada, quita las ganas de respirar fuera de casa y las emplaza a esta pregunta descorazonadora: ¿por qué tiene que ser la vida tan difícil para mí?

Entenderéis muy bien, a la vista de cuanto llevo dicho, que el aislamiento social es una realidad cercana que acecha a muchas, muchísimas personas; y que curar el dolor que causa esa sensación de soledad exige bien poco: tan sólo la capacidad para ponerse en los zapatos de esas personas. Porque vosotros mismos, en un viraje brusco de los que da la vida, podríais veros obligados a afrontar el resto de vuestras existencias desde esa otra perspectiva que seguramente nunca habéis imaginado.


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Las titulaciones otorgadas por la Atlantic International University no son válidas en ninguna parte del mundo

Transcribimos un texto remitido por un usuario de SAICSHU en relación con este delicado asunto.

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Después de leer todos los comentarios en este blog sobre la Atlantic International University me doy cuenta de una cosa: ¡a la gente no le gusta leer! El director del blog se ha tomado la molestia de responder un montón de veces a la misma pregunta: «¿en mi país me van a reconocer por titulación ofrecida por AIU?».
La respuesta es clara: las titulaciones otorgadas por la AIU no son válidas en ninguna parte del mundo: ninguna de ellas, ni licenciaturas, ni maestrías, ni doctorados, ni nada. Soy de Uruguay y conozco un par de personas que estudiaron másteres y doctorados en AIU y están desesperadas porque nadie les reconoce el título.
La ASIC (Accreditation Service for International Schools, Colleges and Universities), que es la agencia privada que concede alguna clase de acreditación a la AIU, no tiene el poder de suplantar a la Secretaría de Educación de EE.UU. De hecho, ASIC en realidad no tiene el poder de acreditar universidades en el Reino Unido propiamente dicho: no es una agencia reconocida ni por Ofqual (Office of Qualifications and Examinations Regulation) ni por la QAA (Quality Assurance Agency for Higher Education) que, en Inglaterra, son las agencias acreditatarias de programas de formación terciaria, sean superiores, profesionales o vocacionales.
Para que un título universitario o terciario sea reconocido mundialmente, el primer paso es que sea reconocido por la autoridad oficial estatal del país donde se estudió el programa formativo. Sin ese reconocimiento oficial, el título no vale nada, académicamente hablando, y jamás será reconocido en ninguna parte del mundo.
Es lo que pasa con los másteres propios españoles, que no son másteres como tales, son formación permanente y de posgrado, pero no son una titulación de máster como tal. Sin embargo, los que son otorgados por universidades acreditadas y reconocidas, sí tienen algo de valor y de prestigio, al menos en el sector privado y a la hora de estudiar masters oficiales, ya que es posible revalidar ciertas materias de másteres propios a másteres oficiales.
Por supuesto, los másteres propios otorgados por universidades de verdad -un máster propio de la Universidad Complutense de Madrid, por ejemplo- otorgan prestigio a quien lo posee. Eso está fuera de discusión.
He leído consultas de varios usuarios que piden recomendaciones para estudiar online títulos reconocidos. La respuesta es algo genérica: si se quiere estudiar online y se requiere que el título sea reconocido en los países de residencia, lo ideal, por regla general, es estudiar en universidades acreditadas por la autoridad educativa competente (generalmente secretarías o ministerios de educación) en los países donde se encuentran esas universidades o instituciones de educación terciaria (también pueden ser escuelas de negocios o de idiomas, de prestigio).
Si se quiere tener por ejemplo, una maestría en el área que sea y que esa maestría sea reconocida en otros países, debe ser una maestría o máster oficial. Los títulos de másteres propios españoles no serán reconocidos académicamente como titulaciones de másteres , pueden ser reconocidos como posgrado, pero no como una maestría que lleva a poder estudiar un doctorado.
Si me preguntan a mí cuál es el mejor país para estudiar carreras o posgrados oficiales del mundo, la respuesta es Inglaterra (hay que tener un nivel de dominio avanzado de la lengua inglesa para ello).
En Inglaterra existe algo llamado Educación Vocacional/Profesional, que está regulado por el Estado, más específicamente por la agencia de educación pública llamada Ofqual, que es el organismo público encargado de la acreditación de programas educativos vocacionales y profesionales que tienen equivalencia directa universitaria.
Por ejemplo, uno puede estudiar un Diploma de educación vocacional de Nivel 7 en un área determinada (educación, finanzas, administración de empresas, etcétera), que equivale en nivel a un máster; presentarse después a una universidad con el Diplomado de Nivel 7 acreditado por Ofqual, e ir directamente a la disertación del trabajo final de máster: no hay que cursar ninguna materia en la universidad, pues ese máster universitario oficial es reconocido en todo el mundo.
También es posible hacer el Doctorado bajo esta modalidad, por ejemplo, un DBA o Doctorado en Administración de Empresas (estudiando previamente un Diplomado de Nivel 8 en Administración de Empresas), completamente acreditado y reconocido por la autoridad pública de Inglaterra.


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II Congreso internacional de innovación en la docencia e investigación de las Ciencias Sociales y Jurídicas

Plazo de presentación de las propuestas: ampliado hasta el 30 de mayo

El II Congreso internacional de innovación en la docencia e investigación de las Ciencias Sociales y Jurídicas pretende propiciar un espacio virtual de aprendizaje interdisciplinar a partir del intercambio de experiencias en la universidad.

La experiencia acumulada en la primera edición del congreso, con una importante participación y una destacable producción de literatura científica en la colección «Conocimiento contemporáneo» (Dykinson), anima a desarollar esta segunda edición.

Por esta razón, desde la organización del Congreso se invita a la comunidad universitaria a participar en los diferentes simposios temáticos especializados en las siguientes disciplinas:

  • Derecho
  • Ciencias Económicas y Empresariales
  • Ciencias de la Educación
  • Ciencias del Comportamiento
  • Ciencias Sociales

La participación se realizará de manera virtual y en diferido, para facilitar la participación de los ponentes y que el evento se adapte a diferentes horarios y agendas de los mismos.

Las propuestas podrán presentarse en español, inglés o portugués.

Más información


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Forthcoming Issue: Philosophy International Journal

Trasladamos a los usuarios de SAICSHU esta invitación que nos ha llegado.

Más información: https://medwinpublishers.com/PhIJ/
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Philosophy International Journal (PhIJ) [ISSN: 2641-9130] is an open access, scholarly academic journal that aims to publish the best work from leading international scholars across the range of philosophical study in English.

PhIJ is delighted to invite you to participate in Upcoming Issue by submitting an article on or before June 10, 2022. Articles dealing with any aspect of philosophy are considered for publication.

Email: philosophy@medwinpublishers.com (OR) philosophy@medwinpublishers.org


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Mentiras que, por repetidas, cuelan como verdades

Miente Biden cuando afirma que los niños son de los profesores mientras están en el aula.

Ésta es una de las mentiras tremendas que amparan las legislaciones de algunos estados –y no precisamente Estados Unidos- que niegan el derecho de los padres a educar a sus hijos en casa.

Los niños no pertenecen a nadie, tampoco a sus padres. Pero las figuras materna y paterna en la crianza son insustituibles, y el ámbito familiar es mucho más decisivo que el escolar en la educación de los niños.

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Manuel Ferrer Muñoz. Fábrica de héroes

Terminado el partido de ida de las semifinales de la Champions League, entre Liverpool y Villarreal, en el que el equipo inglés dio un repaso en el juego a sus contrincantes, un exjugador de la Premier League y comentarista en un programa televisivo, hizo declaraciones insolentes sobre el club de Villarreal, un pequeño pueblo de la provincia de Castellón, de poco más de 50.000 habitantes: “El Villarreal es una desgracia para esta competición. [Se trata de] un equipo que no es lo suficientemente bueno para llegar a la Europa League. Así de malos son». En el partido de vuelta, el Villarreal realizó una primera parte extraordinaria, en que arrolló a su oponente y empató la eliminatoria, aunque el Liverpool logró doblegarlo en la segunda mitad. Una rápida comparación de los recursos económicos en que se sustentan uno y otro equipo desarma la arrogancia de aquel ignorante tertuliano: el Liverpool fue comprado en 2010 por un grupo de inversores estadounidenses que pagó unos 340 millones de euros, en tanto que el actual propietario del Villarreal compró en 1997 el club, que militaba entonces en Segunda División, por 432.000 euros. No cabe duda de que la increíble resistencia que el Villarreal opuso al todopoderoso Liverpool en esa competición, que reúne a los mejores clubes europeos, fue propiciada y alentada por el despectivo comentario de aquel soberbio parlanchín que, dicho sea de paso, nunca dejó de ser un jugador de fútbol de segundo nivel. La engreída Albión, que se expresaba en este caso por la boca del irrespetuoso crítico, había erigido un monumento al heroísmo del pequeño David, que, enardecido, a punto estuvo de tumbar a Goliat.

Cuando Vladímir Putin pensó que lograría cambiar el curso de la guerra en Ucrania –a la que cínicamente sigue refiriéndose como una ‘operación militar especial’- mediante brutales bombardeos de la ciudad de Mariúpol, que la han convertido en un desierto de destrucción y muerte, cometió un tremendo error que elevó a la condición heroica a los soldados ucranianos resistentes en los subterráneos de la acería Azovstal. El oso ruso, encarnado en el paranoico Putin, acaba de consagrar el mito de unos cientos de héroes decididos a pagar con sus vidas el sacrificio reclamado por la nación en armas. Y contra los mitos de nada sirven las armas de destrucción masiva.

Tal vez venga a la memoria de algunos lectores que acceden a la Tribuna Internacional de La Clave la resistencia ofrecida por el pueblo español en 1808 a los afanes expansionistas del entonces poderoso emperador de los franceses, Napoleón Bonaparte, que, aprovechando la crisis institucional abierta en la monarquía española, quiso convertir a España en un feudo francés. Seis años después, se consumaba el fracaso del coloso con pies de barro, cuya estrella se eclipsó ante la ferocidad y el pundonor de un pueblo en armas. La prepotencia del que había sido militante nacionalista corso, después oficial del ejército que combatía los anhelos nacionalistas de Córcega y, finalmente, emperador de los franceses, se disolvió como un azucarillo cuando hubo de enfrentarse al orgullo de quienes rechazaron, por dignidad, rendirse ante el invasor. Las atrocidades cometidas contra los civiles alzados en armas, en mayo de 1808, dotaron de un sentido a la resistencia y derramaron la sangre heroica que enardecería a los patriotas. Y podrían aducirse, hasta el cansancio, tantísimos otros ejemplos que ilustran la torpeza de quienes levantan muros contra sí mismos al procurar alas, inadvertidamente, a pueblos a los que buscan oprimir: las luchas por la independencia de los pueblos americanos, la tenacidad del nacionalismo irlandés, el carácter indómito del pueblo judío avasallado tantas veces en tantos espacios geográficos, la valentía con que húngaros, checoslovacos o polacos lucharon contra la tiranía soviética…

Parecía llegado un nuevo ciclo en que, como consecuencia de la racionalización de los mitos y del carácter crítico y ‘científico’ con que pretende adornarse la nueva narración histórica, empezaba a remitir el proceso de canonización de modelos dignos de ser imitados y ofrecidos por los Estados a los ciudadanos como generadores de legitimidad y como guías de conducta. No obstante, tal vez empieza a revertirse esa tendencia por la reacción colectiva de grupos de personas o de pueblos enteros que, subestimados, humillados o amenazados por un agresor externo, redescubren su propia valía y afrontan con orgullo retos que, desde un planteamiento pragmático, podrían considerarse insuperables.

El ‘más difícil todavía’ que tronaba en los antiguos circos resuena con renovadas fuerzas. Cuanta mayor sea la presión ejercida para sojuzgar a una nación, más firme y determinada será su resiliencia, incluso si, llegado el caso, la fuerza bruta logra un éxito que nunca dejará de ser transitorio. El viejo vae victis! cede el paso al vae victoribus!: porque la sangre derramada por quienes plantaron cara al agresor fertiliza la tierra patria y rebaja al tirano a la condición de bellaco que sólo inspira desprecio y odio.

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