ICSH

Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina: casi cien libros en menos de tres años

Lo extraordinario es que la editorial, iniciativa personal de un profesor universitario que realiza su quehacer académico en una universidad ecuatoriana, carece de ánimo de lucro.

Se trata de un espacio alternativo para difundir el pensamiento, dirigido de preferencia a quienes no cuentan con los recursos económicos, para que puedan difundir sus productos editoriales.

En apenas tres años ha logrado publicar 91 libros en la Colección Ciencias Sociales y en la Colección Taller Literario. Se ha caracterizado por ser una tribuna de libertad de expresión y pensamiento, apartada de toda bandería política. Y ha traído el germen de una conciencia literaria.

Acceso al artículo publicado en Ecuador Universitario


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Profesor renuncia a la cátedra porque sus alumnos no escriben bien

Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza que pudiera pasar por literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de condensar un texto de mayor extensión, es decir, un resumen, un resumen de un párrafo, en el que cada frase dijera algo significativo sobre el texto original, en el que se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito -ortografía, sintaxis- y se cuidaran las mínimas normas: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. Era solo componer un resumen de un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.

No voy a generalizar. De 30, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos en sus 20 años no pudieron, en cuatro meses, escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro. Estudiantes de Comunicación Social entre su tercer y su octavo semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la familia. Son hijos de ejecutivos que están por los 40 y los 50, que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos, posgraduados. En casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos 20 de esos estudiantes tiene banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en canales por cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que agua de panela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.

Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no tienen presentaciones de Power Point ni películas; a lo más, vemos una o dos en todo el semestre. Quizá, ya no es una manera válida saber qué es una crónica leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles una presentación con frases en mayúsculas que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la película Capote en lugar de hacer que lean A sangre fría. Quizá, no debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien palabras, sino de tres cuartillas, mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el miércoles.

De esas limitaciones y dubitaciones, quizá, vengan las pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre, sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. De ahí, quizá, vengan sus párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con frases cojas, desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, que me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo de zombis. Quizá, eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.

El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece a la línea de Producción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil, ensayo, memorias y testimonios. A partir de clásicos nacionales y extranjeros, los estudiantes componían escritos como los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero, un resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo -contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera-. Una vez que la mayoría hubiera conseguido un resumen pertinente y económico, pasábamos a escritos más complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe editorial o una reseña.

En el centro de todo el programa estaban la participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí siempre en la participación en clase para fomentar actividades que noto algo empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una conversación.

El otro concepto transversal, la economía lingüística, buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en 100 palabras debe sintetizar un libro de 200 páginas, debe cuidar cada palabra, cada frase, cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros, revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores.

Los estudiantes de este último semestre, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen. No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en el 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía y espíritu crítico.

Debe de ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook. «Esos gorditos de más». El mensaje en el Blackberry.

Nunca he sido mamerto ni amargado ni ñoño: a los 20 años, fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba con alcohol cada que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas, e hice cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho tiempo en eso. Pero leía.

No sé. En esos tiempos lo importante, creo, era discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba eso: buscar. Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos veinteañeros alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.

Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo, sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al «sistema». Pero algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los 20 años o menos.

Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee mucho, en Internet. Lo que debe preguntarse es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook.

Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá la lectura sea ahora salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y, en consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida, siempre con errores. Por eso, los nuevos párrafos que se están escribiendo parecen zombis. Ya veremos qué pasa dentro de unos pocos años, cuando estos veinteañeros de ahora tengan 30 y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora, para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas, voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a esta carta de renuncia con un nudo en la garganta.

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Agustín Laje. La generación de los idiotas

Como continuación de las reflexiones contenidas en la anterior entrada del blog –A vueltas con la idiotez– querríamos recomendarles el contenido de este audiovisual. El extracto que sigue ilustra sobre una de las tesis centrales en el argumentario de este politólogo argentino, que guarda una estrecha conexión con lo que se trató en aquel texto del blog.

Vale la pena seguir el vídeo en su integridad.

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Los jóvenes pasan más tiempo en las escuelas aprendiendo de curricula que están diseñados especialmente por burócratas, por políticos. Pasan años, por lo menos doce años entre la escuela primaria, la escuela secundaria… la universidad. Cuando hablamos de la generación de idiotas no estamos hablando de idiotas culturales, no estamos hablando de gente necesariamente ignorante. Estamos hablando incluso de gente perteneciente a las capas medias, medias altas y altas de la sociedad que ha sido imbecilizada en el marco de su formación educativa estatal, planificada por una clase política a la que conviene tener gente confundida. Porque, en las repúblicas bananeras, ¿qué le conviene a un político populista?, ¿le conviene tener un pueblo lúcido, que sabe bien de dónde viene, hacia dónde va, que tiene seguridad en sí mismo, que sabe lo que representa, que conoce sus capacidades?, ¿o le conviene tener una juventud que ni siquiera sabe si son hombres o mujeres? ¿Qué le conviene a un político que vende además pan y circo? Evidentemente acá hay una responsabilidad política estatal enorme, pero al mismo tiempo es tan sucia la política que hay ya un despertar libertario antiestatista de gente que ya está cansada de la clase política parasitaria, que está contagiando la rebeldía juvenil, la buena rebeldía, no esa rebeldía que sale a destruir monumentos, sale a destruir edificios públicos y privados, de quienes piensan que van a hacer la revolución por cantar un himno, o que piensan que van a salvar al mundo por tomar café en vaso de Starbucks.


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Manuel Ferrer Muñoz. A vueltas con la idiotez

En tiempos marcados por el coronavirus resulta oportuno y casi constituye un deber moral pregonar a los cuatro vientos que la auténtica pandemia, la que de verdad ha puesto el mundo al revés, la que ha arrasado con lo divino y lo humano, la que ha socavado instituciones centenarias, la que ha envilecido a las multitudes, la que ha privado del intelecto a los intelectuales y de criterio ético a muchos profesionales y políticos, no es un bichito que, a lo más, alcanza a matar el cuerpo.

La verdadera plaga, la que ha dejado tras de sí desolación y sombras de muerte, tiene que ver con el empobrecimiento mental de sociedades enteras que, por cobarde sumisión a autoridades que, hipócritamente, dicen velar por los intereses ciudadanos, han renunciado a las señas identitarias del ser humano para perderse en intensificaciones artificiales de las diferencias por motivos políticos e ideológicos, instigadas desde grupos de poder que negocian con las identidades tradicionalmente postergadas. El mundo ha antepuesto la seguridad y la paz del rebaño a la libertad personal que se adquiere mediante la lucha y la crítica al establishment.

Los sueños libertarios que inauguró la Revolución Francesa yacen arrinconados en los desvanes de universidades decrépitas: y eso, suponiendo que una Revolución que invitaba a empapar de sangre los surcos de los campos mereciera ser canonizada como modelo en el que fundar un Nuevo Régimen.

Un manto de imbecilidad se ha extendido, generoso, para cobijar a esos ejércitos desarmados que renunciaron a pensar por sí mismos y que ahora, como perros sumisos, lamen la mano que les da de comer. A todos esos pobres diablos, que constituyen la inmensa mayoría de nuestras sociedades contemporáneas, les invitaría a que acometieran la ímproba tarea de escribir un libro cuyo título debería remedar el que hace ya tiempo dio a la imprenta Félix de Azúa: Historia de un idiota contada por él mismo.

Mientras no adquiramos la capacidad de admitir los propios errores y de reírnos de nosotros mismos y de quienes haga falta, nuestra idiotez tendrá difícil cura. Y la primera tarea que se nos impone es llamar a las cosas por su nombre: al pan, pan, y al vino a vino; y mafias a las mafias que regentan espacios académicos, profesionales y políticos. ¿Cómo se compagina el genuino espíritu universitario con la imposición de ‘verdades’ elaboradas a partir de mentiras mediante el recurso a un arsenal de mecanismos de pensamiento, como la unanimidad o el pensamiento de grupo? ¿Cómo sobrellevar con paciencia la cantinela repetida hasta el hastío de que la educación es competencia exclusiva del Estado y de que quien rehúsa plegarse a ese pensamiento único es un ciudadano pérfido que desafía el orden legal y da un ejemplo vergonzoso a sus hijos? ¿Cómo tolerar que los cuadros dirigentes de partidos políticos impidan la emisión de juicios críticos a integrantes de las mismas formaciones políticas, descalificando a quienes así se manifiestan como ególatras impulsados por personalismos o divismos?

La abulia se ha instalado entre nuestros jóvenes, convenientemente narcotizados para anular sus capacidades reflexivas y afectivas. Un chiste difundido estos días en las redes sociales se burla, malévolo, de la estulticia en que se ha logrado instalar a la juventud: “acavo de terminar el vachiyerato. Lla puedo botar”. Y la tara emocional se revela en un comentario escuchado por quien redacta estas líneas a la profesora de un centro público de enseñanza, que explicaba así la escasa participación en un concurso de fotografía en que los chicos debían retratar a sus abuelos: “la verdad es que no hay mucha motivación; lo primero que preguntan es por los premios y no les interesó mucho”. A fin de cuentas, los abuelos son, como tantos productos del mercado, de usar y tirar: los mimos que recibimos de niños son agua pasada, y ahora, en la adolescencia, no queda tiempo para pensar en momias. Si pregunto por quién pone el cascabel al gato, planteo tal vez un enigma indescifrable para algunos lectores poco ilustrados, desconocedores del significado de ese cuestionamiento. Pero me gustaría emplazar a los lectores algo más versados en el acceso a la palabra escrita a que resuelvan este angustioso interrogante: ¿quién desidiotizará a los idiotas? Porque, en verdad, el desidiotizador que los desidiotizare buen desidiotizador será.

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Félix de Azúa. El lujo de decir lo que se piensa

En esta entrevista a tumba abierta, el escritor catalán expone sin reservas a Lorena G. Maldonado sus puntos de vista y sus opiniones sobre temas que los modernos inquisidores han establecido como tabúes.  Lo hace sin complejos, en clave de alegría y de escepticismo. Y no oculta la angustia que se apoderó de él, en su momento, cuando “empezó a dudar de conceptos manoseados -y a menudo, tramposos- como progreso, democracia o fraternidad”, y el temor que experimentó a ser fulminado por el ‘ala de la imbecilidad’. Entonces avistó por vez primera el final de una era.

El escritor no duda en reconocerse tonto por haber creído en su juventud en la revolución comunista, el paraíso del proletariado, el padrecito Stalin.

Y las palabras que dedica a las políticas educativas de España son de aúpa: “Se han cargado la educación porque no les interesa la gente educada, es evidente. Yo si fuera político también preferiría que la gente fuera completamente tonta. Se han cargado la educación, ¡adelante…! Hombre, está bien, ¿eh? Piensa que a partir de ahora ni un solo estudiante español será contratado jamás por una universidad extranjera ni podrá trabajar jamás en una empresa seria. Tendrán la reputación que tienen los bachilleres marroquíes o del Líbano o de Etiopía”.

NOTA de SAICSHU: No compartimos el juicio sobre los bachilleres libaneses. Líbano es un maravilloso país, culto y tolerante, que ha subsistido a mil tormentas y que merece ser tratado con mucho respeto.

No se pierdan el texto completo de la entrevista, accesible desde aquí. Y saquen sus propias conclusiones.


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La Universidad de Princeton desenmascarada por un exdecano de la Escuela de Arquitectura

Alejandro Zaera-Polo es uno de los arquitectos españoles más punteros del mundo. Ha dado clase en algunas de las escuelas de arquitectura más prestigiosas, como Yale, y fue decano de la Escuela de Arquitectura de Princeton hasta que iniciaron un proceso contra él por un supuesto plagio, motivo por el que demandó a Princeton por difamación. Tras su destitución, se quedó dando clase en la universidad, pero el control ideológico sobre el trabajo de sus alumnos y la supervisión obligatoria a la que lo sometían terminaron de colmar el vaso. Así que Alejandro Zaera-Polo, antaño decano de esta prestigiosa universidad, les declaró la guerra: hizo escalar su reclamación sobre la libertad académica hasta la cima de la jerarquía y recogió por el camino todo el material, para publicarlo.

Lo que sus detractores definen como un ‘berrinche’ son en realidad más de 800 páginas de documentos en las que se ve, correo electrónico a correo electrónico, cómo las políticas de la identidad, el pensamiento de grupo y la presión están siendo aprovechados allí por algunas personas poderosas para impedir la libertad académica, y para acaparar poder. Es un montón de material que Zaera-Polo ha ordenado y analizado, en forma de ‘etnografía gonzo’, y que ha aderezado con seis horas más de un seminario, grabado por él mismo, disponibles en Vimeo.

Acceso a la entrevista realizada por Juan Soto Ibars para El Confidencial


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Convocatoria de la Revista Palobra para el vol. 22, núm. 2

El Comité Editorial/Directivo de Revista Palobra, de la Universidad de Cartagena, invita a toda la comunidad académica y científica a enviar artículos para el vol. 22, núm. 2, que entrará en el proceso editorial para su eventual publicación en el segundo semestre de 2022.

La recepción de manuscritos se hará hasta el 20 de mayo de 2022.

Se aceptarán artículos sobre la relación entre educación, cultura, comunicación y sociedad (en inglés y español).

Los artículos deben ser enviados a: revistapalobra@unicartagena.edu.co 

Ricardo Chica Gelis

Editor

Revista Palobra, Palabra que Obra

Facultad de Ciencias Sociales y Educación, Universidad de Cartagena

Teléfono: (5) 6645706

Portal OJS: http://revistas.unicartagena.edu.co/index.php/palobra

E-mailrevistapalobra@unicartagena.edu.co

FanPage de Facebbok: https://www.facebook.com/palabraqueobra/

Especificaciones y directrices para los autores de los artículos: https://revistas.unicartagena.edu.co/index.php/palobra/about/submissions


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Convocatoria de Comunicar para el núm. 72: ‘Sociedad de la desinformación’

Tenemos el placer de informar de que la revista Comunicar (JCR-Scopus Q1) actualmente tiene activa la recepción de manuscritos para el Call for Papers nº 72, Sociedad de la desinformación: El impacto de las fake news en la esfera pública, hasta el próximo 30 de diciembre. Se trata de número coordinado por el Dr. Guillermo López-García (Universidad de Valencia), el Dr. Gianpietri Mazzoleni (Universidad de Milán), y la Dra. Eva Campos-Domínguez (Universidad de Valladolid), que contribuye al análisis de los mensajes erróneos, sesgados o falsos en materia de misinformation, desinformación, fake news y ciclos de noticias que han transformado la comunicación social.

Asimismo, les recordamos que la revista acepta manuscritos en cada uno de sus números de temática miscelánea adscrita al enfoque de la revista. Y les invitamos a leer con detenimiento la normativa para autores y a enviar propuestas.

Un saludo cordial,

Dr. Ignacio Aguaded

Editor-in-Chief ‘Comunicar’ Research Journal

Indexed in JCR (Q1), Scopus (Q1), Google Scholar (1st top 100)
www.revistacomunicar.com / www.comunicarjournal.com


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Convocatoria para los volúmenes 21 y 22 de la Revista Palobra

El Comité Editorial/Directivo de la Revista Palobra, de la Universidad de Cartagena, invita a toda la comunidad académica y científica a enviar artículos para los volúmenes: 21, núm. 2 y 22, núm. 1, los cuales entrarán en el proceso editorial para su eventual publicación en el primer semestre de 2022.

Para ambos volúmenes la recepción de manuscritos se hará hasta el 15 de febrero de 2022.

Se aceptarán artículos sobre el cine y su relación con la sociedad, la cultura, la política, la comunicación, el género, la educación, la economía, el derecho, las ciencias sociales y humanas; además, del análisis fílmico e historias del cine en Colombia, el Caribe e Iberoamérica (en inglés y español).

Los artículos deben ser enviados a: revistapalobra@unicartagena.edu.co 

Atentamente,

Ricardo Chica Gelis, Editor

Revista Palobra, Palabra que Obra 

Facultad de Ciencias Sociales y Educación

Universidad de Cartagena

Teléfono: (5) 6645706

Portal OJS: http://revistas.unicartagena.edu.co/index.php/palobra

E-mail: revistapalobra@unicartagena.edu.co

FanPage de Facebbok: https://www.facebook.com/palabraqueobra/

Especificaciones y directrices para los autores de los artículos: https://revistas.unicartagena.edu.co/index.php/palobra/about/submissions