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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. ¿Niños asilvestrados?: la culpa no es de ellos, es nuestra

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Apenas hace unos días, al glosar una noticia sobre la movilización de profesores en España, inconformes con los lineamientos y las improvisaciones de la última ley de educación, deslicé este comentario sarcástico: “Parece que a alguien empieza a importarle la educación de nuestros hijos. Pero no hay que preocuparse: sigamos idiotizándolos con los jueguitos de móviles y tabletas, que esos profesores inconformistas y protestones no van a hacernos daño mientras tengamos narcotizados los cerebritos de los niños”.

Podría parecer que ignoramos aspectos claves en la educación de los hijos: la confianza en sus capacidades y el recurso al estímulo y a la motivación –nunca al castigo- para alentarlos a cumplir sus obligaciones en casa y en el centro escolar (si estuvieran escolarizados), sin que se sientan juzgados ni condenados en sus pequeños aparentes fracasos; el interés por las causas de sus alegrías y tristezas, por sus amigos, sus aficiones, sus temores…; la comunicación gestual nunca amargada ni regañona y siempre cordial y amorosa; la disponibilidad de espacios y actividades que estimulen su creatividad; el recorte del tiempo dedicado a las pantallitas y a los juegos con el celular (¡cuántas veces asistimos al demencial espectáculo de niños de pocos meses que se entretienen con un móvil en sus manitas!); la práctica de juegos que exciten su inclinación innata a la aventura, que es su principal medio de acceso a nuevos conocimientos; el cuidado de una alimentación balanceada, que huya del exceso de azúcar, tan dañino para sus organismos.

De otra parte, se han multiplicado las llamadas de atención sobre los daños que acarrea a los niños una exposición excesiva a las pantallas de los dispositivos móviles (dificultades a la hora de hablar y de expresarse, déficit de atención, desarrollo cognitivo tardío, rendimiento escolar bajo, aumento de la impulsividad y de la falta de autocontrol, entre otros). Pero la mayoría de las familias desatienden esas advertencias, porque la comodidad que les reporta la ocupación de los hijos en esos entretenimientos se antepone a cualquier tipo de consideración sobre su bienestar y su equilibrio psicológico.

Nos han dicho muchas veces que si los niños se sienten respetados y valorados volarán muy alto, pero no acabamos de creerlo, y una y otra vez les recortamos las alas y empequeñecemos sus espíritus: los presionamos o los chantajeamos para que realicen los deberes que, muchas veces de modo imprudente, les encargan en la escuela; los criamos tontos cuando en esos parques infantiles –cuyo diseño parece inspirado en jaulas de hámsteres-, recortamos su libertad de movimientos advirtiendo hasta el aburrimiento del peligro de caídas o de resbalones; les imponemos formas de resolver conflictos entre hermanos, sin atender sus justas demandas ni sus propuestas para el restablecimiento de la paz alterada.

Que no nos engañen: el Estado no puede arrebatarnos a nuestros hijos, porque no le pertenecen (como se atrevió a decir, temerariamente, ese señor senil que ocupa la Presidencia del estado más poderoso de la tierra). Persuadámonos de que, juntos –padres e hijos-, formamos un núcleo muy poderoso, capaz de resistir los embates de los que se han propuesto destruir la familia. Y luchemos por la pervivencia de los lazos de unión, disculpando, perdonando, rectificando.

Estrechemos vínculos de complicidad con nuestros hijos, ganémonos su respeto sin autoritarismos, preparemos el caldo de cultivo de una convivencia familiar grata. Y no nos desanimemos al constatar nuestros fracasos, nacidos de la impaciencia, del cansancio, de las preocupaciones del trabajo, de las estrecheces económicas o de los conflictos entre esposos (que siempre pueden resolverse si hay buena voluntad en las dos partes).

El entorno en que nos desenvolvemos está contaminado. La mayoría de los dirigentes políticos son incompetentes cuando no corruptos, cantamañanas, dilapidadores o malversadores. Pero la inteligente complicidad de los padres, nacida del compromiso que adquirieron al traer hijos a este mundo, posee la fuerza necesaria para crear cordones sanitarios que nos aíslen de la bellaquería, la estulticia o la frivolidad de quienes administran los recursos públicos.

Aboguemos por el reconocimiento del derecho a educar a nuestros hijos en casa, que comporta la asunción de una tremenda carga de responsabilidad. Incluso si nos hemos visto obligados a escolarizarlos, por imperativo legal, defendamos el espacio familiar como lugar privilegiado para el desarrollo de las capacidades y la formación de mentes libres, capaces de descubrir los afilados colmillos de lobo camuflados bajo mentirosa piel de oveja; de distinguir la belleza de la monstruosidad, la verdad de la mentira, la nobleza de espíritu de la vulgaridad, la sabiduría de la petulancia.

Inculquemos en las mentes de los chicos el respeto a los demás: a las personas y a las instituciones. Que aprendan a no insultar, a no escupir obscenidades por la boca, a comportarse con educación, a no temer el ridículo, a comportarse como personas, no como animalitos.

Y convenzámonos: nuestra generación se aboca a un fracaso colectivo que pagarán nuestros hijos. En nuestras manos está emprender una lucha empeñada contra los sembradores de odio; contra los infames que no reparan en arruinar la vida de los niños para sostener los ingresos que se derivan del tráfico de drogas; contra los hombres bestializados que ejercen violencia sobre sus esposas o sus novias; contra las mujeres enloquecidas que, amparadas por leyes ignorantes del principio de presunción de inocencia, dirimen ante tribunales de manera torticera sus contratiempos matrimoniales; contra la gente de mente estrecha que no ve más allá de sus narices.

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