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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Gorbachov visto desde América Latina: ¿un reformador traidor o traicionado?

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En entrevista, Joel Ortega Juárez afirma que Gorbachov naufragó traicionado por liderazgos de su propio entorno: «su derrota en 1991 también fue un golpe para todas las izquierdas democráticas en el continente. Que se convirtiera en sepulturero de sus sueños es la imagen que a Occidente le encanta subrayar, y es una última paradoja que favorece a la izquierda autoritaria».

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Ciudad de México, 31 agosto 2022 -El último líder de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Mijaíl Gorbachov, fallecido a los 91 años en un hospital de Moscú, fue un reformador que naufragó traicionado por liderazgos de su propio entorno, dijo Joel Ortega Juárez, quien fue líder comunista desde la rebelión estudiantil mexicana de 1968, en diálogo con la Agencia Sputnik.
«El proyecto democratizador y modernizador conocido como perestroika fue un fracaso, y ahora hay una polarización en la que algunos consideran a Gorbachov como traidor; en cambio, pienso que más bien fue un hombre traicionado», dice a sus setenta y pico años el intelectual que estudió en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, entre 1969 y 1970.

Un día con Gorbachov

El autor del libro Adiós al 68, quien integró el Comité Central del ahora disuelto Partido Comunista Mexicano, apunta vía telefónica que el desaparecido líder fue traicionado: «en primer lugar, por la ‘nomenklatura’ (altos cargos políticos de la antigua Unión Soviética)».
El exdirigente, que escapó de la persecución al movimiento estudiantil huyendo a Moscú, recuerda que conoció Gorbachov poco después de su dimisión.
«Lo conocí en 1992, en una conferencia magistral que ofreció en el Instituto Tecnológico de Monterrey (norte), gracias a que conocí a uno de sus asesores», recuerda el protagonista de batallas callejeras y electorales de las izquierdas, relatadas en el libro Otro Camino: cuarenta y cinco años de trinchera en trinchera.
En una breve conversación en ruso, Ortega Juárez le expresó al líder soviético la temprana evaluación que hacía de aquella experiencia, vista desde América Latina.
«Pude conversar con él lo que significaba para mi generación su legado: una última esperanza, una última puerta de posibilidad para una reforma democrática del socialismo», recuerda el testimonio.

Encuentro con un conspirador

Ortega Juárez relata una paradoja: un día también estrechó la mano de Guennadi Yanáyev (1937-2010), quien llegó a vicepresidente soviético y en agosto de 1991, junto con altos jefes de la seguridad del Estado (KGB), tramó un intento de golpe de Estado, arrestando a Gorbachov mientras vacacionaba en Crimea.
«Yanáyev me recibió en Moscú en 1973, en el aeropuerto de Sheremétievo, cuando llegué al frente de la delegación encargada de preparar el Festival Mundial de la Juventud en Berlín» prosigue el relato. El anfitrión, el principal jefe del Komsomol, la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética, lo recibió con alfombra roja hasta las escalinatas del avión. Completaba la delegación mexicana el joven comunista Liberato Terán Olguín (1947-2014), dirigente de la Universidad de Sinaloa (noroeste), que también acudió a la Unión Internacional de Estudiantes en Praga y a la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes, en La Habana.


Perestroika y glasnost

Gorbachov asumió la jefatura del Partido Comunista soviético en 1985 y en marzo de 1990 fue nombrado presidente de la nación.
En la segunda mitad de la década de 1980 le tocó encarar una situación crítica en la que la URSS atravesó un ‘periodo de estancamiento’ que se ilustra con una imagen de parálisis, explica Ortega Juárez.
En el momento del golpe de Estado contra Gorbachov, «había en la ex Unión Soviética miles de furgones de ferrocarriles parados en las estaciones, llenos de productos perecederos y materiales, porque estaban cerradas las arterias de comercialización en aquel momento», recuerda.
El líder fallecido esta semana, a los 91 años, estaba entonces en su plenitud, y tenía una idea audaz y riesgosa: «impulsar una apertura de la economía de la perestroika, una reestructuración y reconfiguración de todos los órdenes».
Ortega Juárez piensa que la apuesta «estaba inspirada por la experiencia del presidente de Yugoslavia Josip Broz Tito (1989-1980) y de Alexander Dubček en la entonces Checoslovaquia». El primero fue fundador del «socialismo independiente» y el Movimiento de Países No Alineados, y el segundo lideró un intento de reforma del sistema entre 1968 y 1969.
La pinza de la transformación la cerraba la llamada ‘glasnost’, es decir «la transparencia para liberalizar la prensa, los medios de comunicación en radio y televisión».
El intelectual y polemista mexicano recuerda en ese pasaje una anécdota contada en sus memorias por el presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) cuando visitó a Gorbachov en Moscú. Recuerda de memoria: «Usted se ha equivocado, porque está bien la perestroika, pero no haga la glasnost, porque no solo va a naufragar usted, sino que se le va acabar el país». Salinas también se comparaba con el estadista soviético: aseguraba que había logrado hacer una perestroika en México, con la integración comercial a Norteamérica, «pero jamás la glasnost».
El autor señala que el fracaso de Gorbachov llegó por una doble vertiente: «los ‘apparátchik’ (la burocracia soviética) del Partido Comunista, y el asedio de la izquierda radicalizada en todo el mundo».
Aparte de haber logrado eliminar las ojivas nucleares, el líder soviético «planteaba la promoción de una nueva relación con EEUU y el fin de la Guerra Fría -que sí consiguió-, un evento que fue importante para América Latina», enfatiza.


Una mirada latinoamericana

Gorbachov fue para América Latina muy importante en el debate por la democratización de las izquierdas, prosigue el autor.
«Sin embargo, queda todavía un sector ‘trasnochado’ de algunas izquierdas latinoamericanas, cuyo único referente es ser antiestadounidenses o antiyanquis; y por eso consideran a Gorbachov un traidor, cuando en realidad fue el gran reformador traicionado en la derrota», enfatiza.
El escritor afirma que el debate actual se presenta «entre las izquierdas democráticas y las izquierdas autoritarias, implícito en las propuestas de los presidentes Gustavo Petro, de Colombia, y Gabriel Boric, de Chile. Ellos representan la perspectiva de una izquierda democrática, que navegan a contracorriente de las tendencias autoritarias en otros países».
Ortega recuerda en ese punto que al saludar en ruso a Gorbachov le dijo: «su derrota también fue un golpe para todas las izquierdas democráticas en el continente».
La última paradoja en la vida de Gorbachov es que se le reivindica más en América y Europa: «por encarnar la tragedia de un hombre influyente y osado, que terminó derrotado, con un final inesperado».
Finalmente, recuerda una frase del día en que tomó posesión como líder del Partido Comunista en el mismo salón del Kremlin donde, en 1956, Nikita Jrushchov reconoció los crímenes de Estado, la intolerancia y abusos de poder cometidos en la época de Iósif Stalin (1922-1952). «Estoy por el socialismo, nunca he dejado de luchar por eso», cita de memoria.
«Que se convirtiera en sepulturero de sus sueños es la imagen que a Occidente le encanta subrayar, y es una última paradoja que favorece a la izquierda autoritaria», termina.
Como últimos errores del polémico personaje, Ortega Juárez señala que no supo atender y se resistió a las demandas de independencia de países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) y de la patria de Stalin, Georgia: «fue el comienzo del fin».

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