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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. La sociedad del desconocimiento

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A principios del siglo XVIII, Leibnitz adquirió la certeza de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Faltaba poco entonces para que empezara a desplegar sus alas el gran movimiento intelectual que dio en llamarse la Ilustración, que consagró la fe en el progreso humano y su convicción de que no existía impedimento alguno que estorbara la capacidad del hombre para desentrañar el último misterioso resquicio del universo. Relegado Dios a un ‘prudente’ segundo plano, la criatura desplazaba a su Creador y le arrebataba la plenitud del ser y del saber. La ignorancia humana desaparecería como por ensalmo, en la medida en que las Luces de la Razón iluminaran la oscuridad de un mundo anclado en una fe religiosa que había mantenido al hombre alejado de la libertad de pensamiento y sujeto al férreo control de los sacerdotes.

No hace falta decir que el panorama descrito hasta aquí no deja de ser una ensoñación en la que muy pocos ingenuos siguen creyendo. Liberado el hombre de Dios, la Humanidad pareció dirigirse a la autodestrucción con el estallido de la Gran Guerra en 1914. El optimismo pleno derivó bruscamente hacia la angustiosa percepción de que ‘Occidente’ enfilaba una irremediable decadencia.

Y ni aun así quiso admitir el hombre su falibilidad, la limitación de su capacidad para conocer. Y perseveró en su inveterada tendencia a la búsqueda de ídolos que, en último término, se convirtieran paradójicamente en instrumentos para la adoración del ser humano: las tecnologías, por ejemplo. Sin embargo, entrados ya en el siglo XXI, nos sentimos cada vez más inseguros ante el poder de unas tecnologías cuyo manejo amenaza con escaparse de nuestras manos. La perseverante búsqueda de fuentes de energía capaces de atender la creciente y acelerada demanda de las sociedades modernas lleva anejos temores cada vez más profundos sobre las consecuencias medioambientales del recurso a los hidrocarburos o a la energía nuclear. Nos hemos visto instalados en un mundo que cada vez entendemos menos y gestionamos peor. Frankestein parece cobrar vida propia, mientras el hombre teme verse convertido en un muñeco.

Nuestra capacidad de conocer empieza a verse controvertida. Sobre un mismo fenómeno encontramos múltiples y contradictorias explicaciones, sin que acertemos a formarnos criterio propio. Los clásicos organizadores del conocimiento han saltado por los aires en nombre del relativismo, la improvisación o la chapuza manipuladora con que los políticos y sus cortesanos tratan de afrontar los retos que plantea a las modernas sociedades un mundo cambiante, sujeto a la irrupción de fuerzas desconocidas e inexplicables.

Y entonces se recurre al engaño. Los políticos y sus cortesanos, conocedores de que disponen de un tiempo muy corto para hacernos creer que saben lo que se traen entre manos –porque, de otro modo, podríamos darles las espaldas en el siguiente proceso electoral-, se han convertido en vendedores de humo, que improvisan soluciones mágicas, impuestas a la fuerza con el poder que, ingenuamente, transferimos a los Estados para que nos controlen y nos mantengan sumisos.

La sarta de equivocadas decisiones improvisadas durante la ‘pandemia’ del coronavirus, desconocedoras muchas veces de los derechos ciudadanos consagrados en las constituciones, no ha llegado a pasar la debida factura a quienes violaron principios fundamentales de la ideología liberal-democrática, e impusieron auténticas dictaduras sostenidas sólo por la fuerza y no por la razón. Y la precipitación con que muchos gobernantes sacan de la chistera soluciones para frenar la inflación y el encarecimiento de la energía atribuidos a la guerra de Ucrania, que Rusia rechaza que sea guerra, invitaría a la risa si no fuera porque, previsiblemente, serán catastróficos los resultados de esas ‘políticas económicas’ (por asignar un nombre digno a las payasadas de circo que se ensayan alegremente, en la vana esperanza de que alguna produzca efecto).

Lo simpático del caso es que, según los medios de comunicación a los que se acuda, los juicios de los sesudos ‘investigadores’ y ‘expertos’ que pontifican desde las redes discrepan de modo radical. ¿Qué habrá de verdad o de mentira en sus explicaciones de lo que se dice que está ocurriendo, qué argumentos de los que airean -insultando a quienes no los comparten- se sostendrá cuando pasen unos pocos meses? ¿Qué pasa realmente en Ucrania, en China, en Afganistán, en Venezuela, en Rusia?, ¿cuál es la situación de Siria o de Libia?, ¿se abre Marruecos a una democracia de corte occidental, o sigue jugando al despiste?, ¿cuáles son los verdaderos resultados electorales en tantas y tantas convocatorias sospechosas?, ¿cuáles serán los tratos entre los políticos y sus cortesanos encaramados al poder y los cortesanos y los políticos opositores, cuando no hay micrófonos delante?, ¿cuál habrá sido el alcance de la corrupción en países que se nos presentaban como ejemplo de pureza institucional?, ¿cómo justificar desde la ética las monstruosas diferencias sociales y económicas, incluso en sociedades supuestamente asentadas en los principios del Estado de bienestar?

Arrinconada la fe religiosa, nos preguntamos, temerosos, si habrá vida después de la muerte; y, aterrorizados, nos esforzamos por embotar nuestros sentidos para distraernos de las grandes cuestiones de la vida. Y nos aferramos a discusiones bizantinas, a apasionadas intervenciones en las redes sociales carentes de racionalidad y desprovistas del más elemental sentido común, que dan pábulo y una brizna de sentido a la existencia de pobres idiotas agresivos que se pronuncian sobre lo que ignoran, e insultan, desvergonzados, a quienes no les siguen la corriente.

Tal vez la mejor vía de escape de esas tendencias autodestructoras sea el reconocimiento humilde de las personales limitaciones, la conciencia de nuestra condición de criaturas, falibles pero a la vez abiertas al conocimiento de la verdad, a través de la reflexión. Propiciemos un silencio interior que facilite la imprescindible introspección que nos conecte con los valores espirituales de la vida.

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