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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Gustavo Morales. La mentira de Guernica

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El bombardeo de Guernica es uno de los mitos de la guerra civil española. Como todos los mitos tiene una parte de verdad y otra, de mentira. La población, divisa del secesionismo vasco que alojaba una fábrica de armas y varios cuarteles, fue bombardeada el 26 de abril de 1937 por aviones de la Legión Cóndor alemana, con ayuda de la Aviación legionaria italiana. El objetivo era obstaculizar la retirada del ejército gubernativo en la campaña de Vizcaya, por un lado, y probar, como ya se había hecho en Durango, el bombardeo en alfombra o de saturación. La primera parte estaba dentro de los planes tácticos de guerra, la segunda era un experimento realizado por los aviadores germanos. Claude G. Browers, embajador de Estados Unidos en Madrid, en su libro Misión en España, dice: «Guernica, tanto por los sistemas de bombardeo empleados, como por el tipo de armas utilizadas, fue un test, un laboratorio para la Luftwaffe de Herman Goering». Hasta ahí la verdad.

La acción formaba parte de la ofensiva del Norte. Cayeron Eibar y su comarca, de gran importancia por su abundante industria de armamento y por su posición estratégica. Las tropas rebeldes habían entrado en la población, mientras las gubernamentales huyeron por la carretera Durango-Bilbao.

El mito inventado fue convertirlo en un símbolo de defensa del Frente Popular, a pesar de que el número de víctimas fue de 126 personas y 52 edificios destruidos. En aquel entonces, la maquinaria propagandística del Gobierno habló de miles de muertos, bulo que se desvaneció ante los estudios más rigurosos realizados por historiadores de un lado y de otro, españoles y extranjeros. El día de mercado había acabado cuando empezó el bombardeo, que no duró ni tres horas por imposibilidad técnica de las aeronaves participantes.

La prensa extranjera se hizo eco del mítico bombardeo. El corresponsal George Steer publicaba en The Times, la «devastación absoluta de Guernica». Pero no fue el único, tanto Daily Worker como News Chronicle exageraron las víctimas. También el periódico francés L’Humanité hizo lo propio. Al día siguiente, Daily Herald se preguntaba quién perpetró la atrocidad.

El director general de Bellas Artes, Josep Renau, encargó al pintor malagueño, Pablo Picasso, un cuadro para exhibirlo en el pabellón español de París dentro de la Exposición Internacional de 1937, con un claro objetivo propagandístico, usando como señuelo el bombardeo de Guernica. Picasso cobró del gobierno de Madrid 200.000 francos franceses de entonces (unos once millones cuatrocientos treinta mil doscientos ochenta y ocho euros de hoy) por la obra de casi ocho metros de ancho y cuatro de alto, con insólitas referencias taurinas que algunas fuentes explican con acierto porque el boceto del cuadro estaba destinado originalmente a un amigo torero muerto, Sánchez Mejías. Para pintar el cuadro, el Gobierno republicano compró en Francia por un millón de francos, un antiguo palacio del siglo XVII en el número 7 de la calle de Grands Agustins, que se habilitó y entregó al pintor para su uso exclusivo.

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