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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Jacqueline Murillo Garnica. Itinerario de los días que fueron

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En una anterior entrada del blog aludíamos a la próxima aparición de estos escritos de Jacqueline Murillo, que acaban de salir a la luz, editados por el Centro de Estudios Sociales de América Latina, con prólogo de Alejandro Vivas Benítez, que recogemos a continuación.

Desde SAICSHU expresamos nuestra alegría por este nuevo éxito editorial de Jacqueline Murillo, y nos felicitamos por haber puesto nuestro granito de arena a través del servicio de asesoría literaria, que da así un importante paso adelante.

Antes de ceder la pluma al prologuista, indicamos el enlace a través del cual puede descargarse el libro; recordamos la importancia que este tipo de colaboraciones ha cobrado en SAICSHU desde comienzos de año y reiteramos la oferta de asesorías individualizadas a escritores que deseen publicar sus textos, tanto en prosa como en verso.

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Itinerario de los días que fueron es un libro de cuentos de la literata colombiana Jacqueline Murillo Garnica. Son veinte retratos ágiles construidos de recuerdos, reflexiones, quizá premoniciones. El itinerario al que se refiere el título marca la ruta del campo a la ciudad, de unas formas de violencia a otras, y también de unas formas de humanidad a otras.

El lenguaje es espontáneo, ágil, vívido, lleno de figuras que elevan la imaginación. Los relatos están conectados por la búsqueda de sentido de cambios tan rápidos como los ocurridos en la sociedad colombiana en los últimos setenta años, y por el rechazo a distintas manifestaciones de violencia contra hombres y mujeres de todos los tiempos.

Los relatos nos hacen testigos de experiencias en distintos lugares de la geografía de Colombia, en un mosaico de culturas unidas por los despertares de las mañanas y por las oscuridades e incertidumbres de los anocheceres. Las violencias que recogen son las de los campos, en donde más se ensañaron las pobrezas y las violencias políticas, y también las de las ciudades, con sus nuevas formas y sus ecos de asfalto y concreto.

La voz de mujer de Jacqueline tiene el tono de lo auténtico, está alejada de estridencias y estereotipos, más bien refleja la sabiduría y la resiliencia milenaria de madres, hermanas y abuelas, y nos transmite la fortaleza de todas ellas.

Desde los primeros párrafos, el lector encuentra figuras de creatividad exquisita, que serán constantes en todo el libro. También aparece muy pronto un sentido del humor cómplice, que es permanente en los veinte relatos. Encontramos, por ejemplo, que “la madrugada se escondía para dar paso a un nuevo día”, o nos sentimos cómplices con la mujer difunta que, en su ataúd, sonríe al sospechar “que tal vez sus acompañantes también estarían muertos antes de la siguiente cosecha”. Los textos deben ser leídos con la atención al detalle y a los matices en los que la autora ha mostrado su maestría.

Los primeros seis cuentos ocurren en los años de violencia política en Colombia, entre 1948 y 1958, y son un recordatorio de que ésta fue un flagelo principalmente de los campos y de sus gentes más pobres y aisladas. El primer relato nos presenta a Críspula el día de su muerte y su funeral, como ejemplificados en la sonrisa de la protagonista y en el episodio de la tarta que será el motivo inmediato de su muerte.

En medio de las diferencias políticas, hay personajes flemáticos como Don Manuel —no solo los ingleses son flemáticos y calculadores—, o “Resignación”, la madre que prepara la visita de un hijo que nunca llega y que, así, la hará sufrir.

En la mente del lector quedará el menor de los dos hermanos Beltrán, al que terminan importándole del hermano mayor solo sus botas de cuero; sin ninguna duda, ésta es de las escenas más poderosas escritas en la literatura de Colombia sobre la violencia y la pobreza de las gentes.

El nombre de una persona es casi que su mismo yo, y revela mucho de ella. Entonces hay razón para preguntarse por qué “Los de la montaña” no querían que nadie supiera sus nombres. La respuesta implícita es que la violencia podría acabar con sus nombres, con ellos. Pero el ritmo de la música y el anís es más fuerte que la prudencia, y lleva a uno de los de la montaña a pronunciarlos. Sin embargo, cuando Jacqueline nos los dice, ¡estos nombres no nos dicen nada! Es como si la historia real de las personas nos estuviera vedada a quienes no vivimos la violencia.

Otro cuento especial sobre el tema de la violencia es el de “Julieth”. Ella y sus hermanos y el padre terminan asimilados y devorados por los enfrentamientos entre narcos y guerrilleros. Quien relata la historia con cara de “acordeón desgastado” es la madre. Qué amarga la realidad de muertos de una familia a causa de otro miembro de la misma familia; cómo sería de dura para tantas de las madres. Y quizás ellas agotaron lágrimas y maldiciones o rezos, como parece ser el caso de la madre del cuento, porque ella no nos dice nada así.

La religión, las campanas, los rezos, anunciaban la madrugada en los pueblos; en las ciudades grandes actuales, el bullicio de autos, bocinas, griterías desde las 4 de la mañana va absorbiendo de manera creciente sonidos como los de las iglesias. ¿Acaso, en su lenguaje en apariencia sencillo —solo en apariencia— Jacqueline está diciéndonos en “Retrato de una madrugada” que los homicidios y las violencias en las ciudades están dejándonos sin anuncios de nuevos días y sin mensajes de esperanza?

La ciudad puede condenar a las personas no solo a vivir entre cuatro paredes, sino a que al mirar hacia afuera lo único que veamos sea otra pared. “En busca del tiempo olvidado”, éste se refiere al de las enredaderas y las veraneras, el palo de icaco, el abuelo y su reloj, a las paredes de cal, al tiempo de voces y verdades, que ha sido reemplazado por el tiempo de una pared muda.

La ciudad y su multitud de empleados. “Los zapatos” nos pasean por la vida laboral de una joven que mantiene su visión soñadora en medio de las dificultades. Que ella deba ponerles cartón para tapar las suelas rotas suscita la solidaridad respetuosa de sus compañeros de trabajo. Tal vez no toda humanidad está perdida en la ciudad.

“Corre que te alcanzo” es el relato más largo de esta antología y, a la vez, como lo sugiere ya el título, el más frenético. Es un logro de la autora haberle dado esta dinámica alrededor de los miedos que suscita la inseguridad en una ciudad tropical (y París como una invitada lejana). La angustia del tiempo perdido aparece también aquí, pero de una manera trastocada, alrededor de un reloj que no está atrasado, sino adelantado.

En París, ahora sí París, la entrega urgente de un sobre termina en la frustración de la mujer que corre y en la pérdida del sobre mismo. Qué angustia tanto atafago, y para nada. Pero es que en la ciudad el tiempo es más corto que en los campos, y las angustias igual de largas. Así se pone de manifiesto en la azarosa travesía de “El hombre del cigarrillo y la mujer que corre”.

“Los cordones cafés” está muy bien logrado. Retoma la violencia, pero en un despacho judicial. Un funcionario cínico desatiende la solicitud de reconocimiento del cadáver de un hijo. El funcionario, como tantos otros que nos encontramos cada día, es incapaz de ponerse en los zapatos de los demás, o en sus cordones, como diría Jacqueline.

“Memorias inconclusas de un encuentro” pertenece a los relatos largos en la ciudad. Es la historia de una infidelidad inconclusa, en la que termina con la peor parte una ilusa mujer. Otros afanes, otros infortunios.

En “La historia de una traición”, no se trata tanto de la traición realizada por la persona que ha adoptado a un perro, como la de la vida misma en la ciudad, con sus autos locos, sus impersonalidades.

El marco del siguiente relato es una ciudad caribeña. “Una mala noche” lo es para la mujer que muere, pero no para otra persona que realiza un trabajo “normal” para ella. No sabemos si es una venganza política, un ajuste de cuentas entre mafiosos, un accidente, y no importa: la autora nos hace testigos de estas violencias urbanas.

“La paradoja del ratón” constituye un tributo de agradecimiento, en especial por la pandemia del virus COVID 19, a estos pequeños amigos, en otras épocas portadores de la peste. Y es que la naturaleza no tiene ni consciencia ni voluntad y, sin embargo, en ocasiones se encarga de sostener los esfuerzos de curación de la humanidad.

Ojos, bombillas rotas, escaleras deterioradas, mendigos, olores, rincones, todo esto, y el sufragio encontrado en el buzón del correo alimentan la “Paranoia” de un hombre de ciudad grande y caótica. Es una violencia muy diferente a la narrada en los cuentos de la violencia política.

Los últimos pensamientos de desvarío de un anciano serán para el tranvía de su niñez. La solidaridad de una joven de ciudad no es suficiente para evitar el destino de este abuelo de alguien.

“Hoy, casi sin proponérmelo como un ideal de fantasía, he abierto una ventana en mi vida. Algunos lo llaman cambio, yo lo nombro elección”, nos dice la autora en el penúltimo relato, en el que recrea la historia de su vida, las epifanías que la condujeron a escribir para los demás, para nosotros. Constituye una invitación a pensar en nuestro recorrido vital, en las epifanías que hemos tenido, en dónde estamos.

Alejandro Vivas Benítez

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