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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. La compasión y la insensibilidad de las sociedades contemporáneas

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El reciente fallecimiento de una popular actriz española, que se suicidó en su casa, víctima de una depresión que arrastraba desde hace años y que aún luchaba por superar, ha puesto sobre la mesa del debate la cuestión del respeto a la intimidad de las personas.

La polémica ha saltado a raíz de la presencia de esa mujer en un programa televisivo en el que explícitamente reveló que había atravesado por múltiples y profundas depresiones. Y no sólo eso: obligada por esos problemas de salud mental, se vio forzada a poner punto y final a su participación en el concurso: “Mi cuerpo dijo basta», señaló al abandonar el reality de cocina. «No tengo buenas noticias. No me encuentro bien, estoy agotada», agregó.

Enseguida se acumularon comentarios vejatorios y burlones: primero en directo y, enseguida, en las redes sociales. Así describió ese ensañamiento un reconocido profesor de yoga, en una entrevista publicada en elplural: “a lo largo del programa, la intérprete se situó en la diana de los televidentes, que enjuiciaban algunas de sus acciones y arrebatos, pero las reacciones de Verónica no eran fruto de su ‘divismo’, ni de su ‘mala educación’, eran fruto de una mente enferma que fue expuesta y llevada al extremo”.

Si los autores de esas miserables bromas de mal gusto, a costa de una persona que daba ostensibles muestras de no hallarse bien, merecen reproche, asombra la insensibilidad de los responsables del programa: “el hecho de mostrar a alguien en estados de brote absoluto y desequilibrio a millones de personas es irrespetuoso, cruel e irresponsable, y tiene consecuencias”, continúa el profesor de yoga arriba citado.

Hasta aquí las referencias al hecho circunstancial y trágico que sustenta el arranque de estas reflexiones, por cuanto constituye un doloroso paradigma de la insensibilidad de las sociedades contemporáneas ante el dolor ajeno. Muchos de nosotros aprendimos de pequeños -y aún lo recordamos- que había que consolar al triste; pero hoy el triste es objeto de desprecio y marginación, cuando no de hirientes burlas. Nos enseñaron a apiadarnos de los que mendigaban cubiertos de harapos; pero hoy estos indigentes son atacados con frecuencia por jóvenes ociosos, simplemente por la diversión que causan sus lamentos. Y la sola enumeración de otras tantas contradicciones entre lo que oímos y lo que vemos llenaría muchos renglones de escritura bien apretada.

Avergonzado Occidente de sus raíces cristianas, se ha instalado en la indiferencia, porque resulta más cómodo y placentero vivir encerrado en uno mismo. Pero, como dijo en cierta ocasión el Papa Francisco, “la compasión no es un sentimiento de pena que se experimenta, por ejemplo, cuando se ve morir a un perro por la calle; sino que es involucrarse en el problema de los demás, es jugarse la vida allí». ¿Y no es cierto que, ante cualquier episodio desagradable que se desarrolla ante nuestros ojos, apretamos el paso mientas miramos de soslayo para no vernos comprometidos e importunados? ¿Para qué molestarse ante el dolor o las lágrimas de un perfecto desconocido? ¿Quién sabe si los gritos de petición de auxilio de alguien que yace en el suelo no serán una treta para tendernos una emboscada, asestarnos un golpe traicionero y robarnos la cartera?

Una sociedad incapaz de conmoverse por la miseria ajena, insensible ante el espectáculo del llanto de un ser humano, interesada exclusivamente por el propio bienestar material, es una sociedad gravemente enferma. Éste es el mundo en que vivimos, y cuesta pensar que haya cura para esa profunda degradación. ¡Pero habrá que tirar de esperanza!

La Navidad nos invita a renacer desde la humildad del propio conocimiento. Y, desde esa humildad, podemos formular audaces propósitos para el año que está a la puerta, y para toda la vida. Esforcémonos por cultivar la compasión cada día, adentrémonos en nosotros mismos en busca del corazón que quieren arrancarnos. Y recreémonos con aquella canción que Mercedes Sosa convirtió en inmortal: “Sólo le pido a Dios / que el dolor no me sea indiferente / que la reseca muerte no me encuentre / vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”.

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