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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. A vueltas con la idiotez

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En tiempos marcados por el coronavirus resulta oportuno y casi constituye un deber moral pregonar a los cuatro vientos que la auténtica pandemia, la que de verdad ha puesto el mundo al revés, la que ha arrasado con lo divino y lo humano, la que ha socavado instituciones centenarias, la que ha envilecido a las multitudes, la que ha privado del intelecto a los intelectuales y de criterio ético a muchos profesionales y políticos, no es un bichito que, a lo más, alcanza a matar el cuerpo.

La verdadera plaga, la que ha dejado tras de sí desolación y sombras de muerte, tiene que ver con el empobrecimiento mental de sociedades enteras que, por cobarde sumisión a autoridades que, hipócritamente, dicen velar por los intereses ciudadanos, han renunciado a las señas identitarias del ser humano para perderse en intensificaciones artificiales de las diferencias por motivos políticos e ideológicos, instigadas desde grupos de poder que negocian con las identidades tradicionalmente postergadas. El mundo ha antepuesto la seguridad y la paz del rebaño a la libertad personal que se adquiere mediante la lucha y la crítica al establishment.

Los sueños libertarios que inauguró la Revolución Francesa yacen arrinconados en los desvanes de universidades decrépitas: y eso, suponiendo que una Revolución que invitaba a empapar de sangre los surcos de los campos mereciera ser canonizada como modelo en el que fundar un Nuevo Régimen.

Un manto de imbecilidad se ha extendido, generoso, para cobijar a esos ejércitos desarmados que renunciaron a pensar por sí mismos y que ahora, como perros sumisos, lamen la mano que les da de comer. A todos esos pobres diablos, que constituyen la inmensa mayoría de nuestras sociedades contemporáneas, les invitaría a que acometieran la ímproba tarea de escribir un libro cuyo título debería remedar el que hace ya tiempo dio a la imprenta Félix de Azúa: Historia de un idiota contada por él mismo.

Mientras no adquiramos la capacidad de admitir los propios errores y de reírnos de nosotros mismos y de quienes haga falta, nuestra idiotez tendrá difícil cura. Y la primera tarea que se nos impone es llamar a las cosas por su nombre: al pan, pan, y al vino a vino; y mafias a las mafias que regentan espacios académicos, profesionales y políticos. ¿Cómo se compagina el genuino espíritu universitario con la imposición de ‘verdades’ elaboradas a partir de mentiras mediante el recurso a un arsenal de mecanismos de pensamiento, como la unanimidad o el pensamiento de grupo? ¿Cómo sobrellevar con paciencia la cantinela repetida hasta el hastío de que la educación es competencia exclusiva del Estado y de que quien rehúsa plegarse a ese pensamiento único es un ciudadano pérfido que desafía el orden legal y da un ejemplo vergonzoso a sus hijos? ¿Cómo tolerar que los cuadros dirigentes de partidos políticos impidan la emisión de juicios críticos a integrantes de las mismas formaciones políticas, descalificando a quienes así se manifiestan como ególatras impulsados por personalismos o divismos?

La abulia se ha instalado entre nuestros jóvenes, convenientemente narcotizados para anular sus capacidades reflexivas y afectivas. Un chiste difundido estos días en las redes sociales se burla, malévolo, de la estulticia en que se ha logrado instalar a la juventud: “acavo de terminar el vachiyerato. Lla puedo botar”. Y la tara emocional se revela en un comentario escuchado por quien redacta estas líneas a la profesora de un centro público de enseñanza, que explicaba así la escasa participación en un concurso de fotografía en que los chicos debían retratar a sus abuelos: “la verdad es que no hay mucha motivación; lo primero que preguntan es por los premios y no les interesó mucho”. A fin de cuentas, los abuelos son, como tantos productos del mercado, de usar y tirar: los mimos que recibimos de niños son agua pasada, y ahora, en la adolescencia, no queda tiempo para pensar en momias. Si pregunto por quién pone el cascabel al gato, planteo tal vez un enigma indescifrable para algunos lectores poco ilustrados, desconocedores del significado de ese cuestionamiento. Pero me gustaría emplazar a los lectores algo más versados en el acceso a la palabra escrita a que resuelvan este angustioso interrogante: ¿quién desidiotizará a los idiotas? Porque, en verdad, el desidiotizador que los desidiotizare buen desidiotizador será.

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