ICSH

Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. Homo homini lupus

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Vivimos tiempos de barbarie. Tal vez todos los tiempos que miden el paso del hombre sobre la tierra hayan sido de barbarie, sin excepción alguna.

Hace ya unas décadas, cuando estalló la Guerra de los Balcanes, revivimos horrores que los europeos no habían experimentado desde la II Guerra Mundial: eso sí, existía hasta entonces un Telón de Acero que ocultaba de su mirada la brutalidad imperante en la Unión Soviética y en sus países satélites. Por eso llama la atención que la derrota del comunismo en el Este de Europa resultara incruenta en la mayoría de los casos, con la sola dramática excepción de Rumanía. Pero el veneno del nacionalismo infestó los Balcanes y propició una lucha de todos contra todos que conmovió al mundo. Y, si dirigimos la mirada al occidente de Europa, España, que padeció desde mucho antes y durante varias décadas la violencia desatada por los terroristas de ETA, constituye un caso particular: en nombre del irredentismo vasco, se cometieron auténticas masacres abominables.

¿Y qué decir, si nos trasladamos a otros continentes, de las brutales dictaduras de Uruguay, Argentina o Chile, de la destrucción de las Torres Gemelas, de las guerras en Irak y Afganistán, del terrorismo de Al-Qaeda, del de Boko Haram en Nigeria, de los bárbaros dictadores africanos cuyo simple listado causa horror…?

En todos los rincones del planeta se han cometido crímenes execrables, invocando razones políticas o étnicas, esgrimiendo argumentos religiosos o ideológicos.

¿Qué monstruo anida en el corazón humano que, sosegado habitualmente por los convencionalismos sociales, estalla de pronto y ante nada se detiene?

Cuesta admitir que los artífices de aquellas vilezas, que han costado las vidas de tantas personas, alcanzaran a pasar página sin reprocharse nada, y llegaran a representarse a sí mismos ante sus conciudadanos como héroes salvadores de un pueblo o como sacrificados gobernantes amantes de su nación. ¿Acaso, en la intimidad de su conciencia o ante la inminencia de la muerte, permanecerían insensibles ante el mal que sembraron y ante el daño inferido a personas inocentes?

Los talibanes que, después de veinte años, han recuperado el gobierno de Afganistán, ¿pensarán honradamente que la Sharía posibilita el imperio de la justicia en la sociedad, y que las mutilaciones de ladrones y el desprecio a la mujer, relegada a una condición sumisa y alejada del acceso a la educación, llegarán a ser bendecidas por Alá?

Las manos manchadas de sangre ¿pueden acariciar a los hijos o a la esposa? ¿Cómo olvidar las miradas de aquéllos a quienes esas mismas manos torturaron o privaron de la vida? ¿Puede un asesino de ETA cruzarse con familiares de una de sus víctimas y permanecer insensible?

Se trata, indudablemente, de preguntas lanzadas al viento, para las que no existen respuestas; pero sí se abre el camino a una reflexión personal. ¿Cómo superar el odio? ¿Cuál es el camino que conduce al perdón? ¿Cómo preservar la esperanza en un mundo en que priman los egoísmos, la corrupción, el insulto, la subordinación del hombre a la economía, la mentira institucionalizada? ¿Cómo vivir en coherencia con las personales convicciones frente a las burlas, el ninguneo, la presión mediática de un mundo donde la libertad de pensamiento es acosada y acorralada? ¿Cómo convivir en familia, a pesar de los errores que todos cometemos, y cómo mantener encendido el fuego de un enamoramiento que culminó en la fundación de un hogar?

¿Qué hacer para que el hombre deje de ser un lobo para los otros hombres? Si el camino para cambiar y renovar el mundo exige el abandono de cualquier forma de violencia, queda claro que la solución no consiste en exterminar a los lobos. ¿Cómo, entonces, rehumanizar a los lobos?

Si a alguno de los lectores interesa conocer mi convicción personal, no ocultaré que mis creencias católicas constituyen la única fuente en que logro calmar la sed de justicia y sustentar la esperanza. Pero cada hombre ha de actuar de acuerdo con su propia conciencia, pues no hay remedios universales ni varitas mágicas de venta en las tiendas de los chinos que encontramos en todas y cada una de las ciudades de Occidente.

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