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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. Ausencias

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La mayoría de los lectores de La Clave son jóvenes, aunque imagino que no faltan veteranos que compartirán puntos de vista y experiencias por los que el autor de estas líneas ha atravesado en los últimos años: modos de pensar y usanzas que seguramente avivarán en ellos recuerdos similares. A unos y otros -jóvenes y menos jóvenes- se dirigen estas reflexiones nacidas de la propia vida y maduradas entre alegrías y penas.

En la vida del jubilado hay, indudablemente, sobradas razones para el júbilo y el gozo, aunque no se traduzcan en una algazara estruendosa como la que suele experimentarse en los años de juventud. El cese de las obligaciones laborales y la oportunidad de gozar sin límites de la vida familiar constituyen poderosos estímulos para la alegría. Resulta además casi inevitable que, en el curso de una vida laboral dilatada, por muchas satisfacciones que ésta haya brindado, se acumulen decepciones y frustraciones, más frecuentes y de más hondo calado en sus últimos tramos, cuando se contempla el entorno con la calma del que ya no necesita acreditar méritos, en contraste con la actitud de muchos jóvenes arribistas, ávidos de crecer y de deslumbrar, poseídos de un entusiasmo paranoico que no pocas veces se sustenta en una visión ególatra de la vida y una distorsionada estimación de la propia valía. La universidad, el mundo del derecho, la política, los quehaceres relacionados con las nuevas tecnologías, constituyen terrenos abonados para esas conductas no pocas veces prepotentes y ridículamente vanidosas.

¡Qué tiempos aquéllos en que la senectud era sinónimo de prudencia y sensatez, hasta el punto de que la voz de los ancianos solía orientar las grandes decisiones políticas! Hoy el viejo es un fantoche inservible, un elemento retrógrado, una rémora para las arcas públicas, por mucho que se viertan ríos de tinta en hipócrita elogio solidario de eso que estúpidamente se llama la tercera edad. Basta observar las edades de personas que, apenas entradas en la década de los cuarenta, ocupan ministerios de gobiernos nacionales, regionales o locales, para verificar el valor descomedido que se otorga a la juventud en la política profesional. ¿Y qué decir de las jubilaciones anticipadas en el mundo de la banca, en busca de captación de nuevos talentos muchísimo peor remunerados que aquellos a quienes relevan, cuyos salarios habían ido creciendo en función de la antigüedad hasta el punto de convertirse en ‘inasumibles’ por los adinerados miembros de los consejos de administración de los bancos?

Qué distantes de las jóvenes promesas en las ciencias sociales se sienten profesores e investigadores universitarios de la generación anterior, moldeados en una tradición en que la formación intelectual relegaba a un segundo lugar instrumental lo metodológico y enfatizaba una visión más integradora del saber, sustentada en un conocimiento de las grandes líneas del pensamiento filosófico, de la historia, de las bases de la propia civilización.

¿Qué sabrán esos nuevos paladines del saber científico de Aristóteles, de San Agustín, de Lutero, de Spinoza, de Kant o de Hegel? ¿Habrán leído algo de Dante, de Santa Teresa de Jesús, de Molière, de Shakespeare, de Cervantes, de Voltaire, de Balzac? ¿Sabrían encuadrar históricamente a personajes como Séneca, Flavio Valerio Constantino, Marco Polo, Juan de la Cosa, Juan Huss, Horatio Nelson, Benito Juárez…?

La nostalgia que, de modo inevitable, mora cerca de cada jubilado le incita a comparaciones dolorosas y acentúa su espíritu crítico ante las decisiones de los gestores políticos, de los grandes capitalistas, de los autodenominados intelectuales, y ante los vergonzosos espectáculos televisivos, o la triste realidad de unos medios de prensa vendidos y sumisos sin recato a los intereses de quienes los financian.

El hombre y la mujer entrados en años trazan balances de la historia reciente que cortan las alas al optimismo, y prevén el advenimiento irremediable de desastres naturales que, en un tiempo que se acorta cada vez más, convertirán la Tierra en un planeta aún menos acogedor. Pero ante la conciencia de esos vacíos, de esas ausencias de talento, de vergüenza, de ética, de independencia de criterio, las mujeres y los hombres mayores tienden a sellar sus labios para no ser tachados de profetas agoreros de desgracias. Por lo demás, si hablaran, ¿quién daría crédito a sus palabras?

Y, sin embargo, sería desleal con los nuestros -familiares, amigos, entorno social- mirar hacia otra parte, bajar la cabeza y hacer mutis por el foro. Recordemos, con Unamuno, que el sufrimiento nos hace personas, y enfrentemos la ola de miseria y de podredumbre que amenaza con devorarnos con el valor de quienes no se rinden, porque ansían rescatar los valores de nuestros antepasados que una horda de vándalos se ha empeñado en aniquilar.

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