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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Delfín I. Grueso. Las raíces del descontento social en Cali

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“Odio a Cali, una ciudad que espera, pero no les abre las puertas a los desesperados”
Infección, Andrés Caicedo.

El régimen y la ideología

Esta cita de Andrés Caicedo podría servir para entender por qué el Paro Nacional en Cali adquirió una forma particular donde estalló el descontento social.

Otras frases, como las que alaban a esta ‘Sucursal del Cielo’ (definida por Neruda como un ‘sueño atravesado por un río’), podrían describir las líneas de apoyo a los llamados ‘puntos de resistencia’, las expresiones artísticas, las ollas comunitarias; en fin, todo un movimiento organizado, impregnado de calidez barrial y creatividad juvenil. Pero ninguna frase logrará penetrar, como la de Caicedo, en el subsuelo de exclusión social donde se enraízan tanto la voluntad de resistencia como el coraje y el vandalismo.

Que la explosión del descontento no se limita a Cali; nadie lo niega. Que no puede explicarse a partir de tendencias continentales, tampoco. Mas allá de lo local y más acá de lo internacional, está la crisis social nacional: resultado de los estragos producidos por un régimen y por una ideología.

  • Al primero lo definen las reformas neoliberales que van desde Uribe hasta Duque, pasando por Santos. Un régimen que socavó conquistas sociales y alejó ese Estado social de derecho que prometió la reforma constitucional de 1991.
  • La ideología es el uribismo, que se nutre de un otro fantasmal (el ‘narcoterrorismo’, el ‘castrochavismo’, la ‘revolución molecular disipada’) para apuntalar un moralismo patriotero que nos retiene en la retórica de la guerra, mientras anula los compromisos en materia de justicia social consignados en los Acuerdos de Paz.

Apagar el incendio con gasolina

Este paro, que de alguna forma es la segunda parte del que comenzó en 2019, se multiplicó en formas de protesta social que ya no tienen dueño.

El pliego de negociación, que está empolvado desde hace más de un año en algún escritorio de la Casa de Nariño, fue rebasado por una multiplicidad de demandas provenientes de distintas regiones, etnias y sectores de la economía. La juventud, más que nadie, vino identificando su propia agenda.

Y aunque nadie niega el papel de convocante que cumplió el Comité del Paro, es evidente que a mucha gente salió a la calle, en plena pandemia, por la rabia que le producían las actitudes desafiantes de este gobierno, su silencio cómplice frente al asesinato de líderes sociales, su catastrófico manejo de la pandemia, las ‘jugaditas’ a las que acudió para quedarse con los órganos de control y para legislar por decreto.

El presidente no supo tramitar políticamente el momento. Tratemos de entenderlo: no negoció porque no tiene permiso para hacerlo y tampoco tiene liderazgo propio (ni un solo voto propio, ninguna experiencia como concejal de algún remoto municipio o como presidente de una junta de acción comunal). En general, Duque no conoce este país, no tiene empatía con él, y no tiene músculo político para tomar decisiones osadas.

Entonces, fiel al talante ideológico del partido que lo puso allí, no podía hacer otra cosa que reprimir policialmente la protesta. Y esto, debido el historial militarista de nuestra policía, se tradujo en tratar a quienes marchan como el ‘enemigo interno’, llevándose por delante todos los formalismos en materia de derechos humanos y desprestigiándose —si es que puede hacerlo más— en el plano internacional.

Mala táctica: querer apagar con gasolina el incendio que él mismo ayudó a encender con su inhumana propuesta de reforma tributaria.

El estallido en Cali

A Cali no le faltaba sino esa chispa para incendiarse con su propia leña seca.

¿Qué tan lista estaba ya esa leña para la combustión? Es algo que cualquiera puede entender con revisar las cifras del DANE sobre los efectos, tanto de las mencionadas reformas neoliberales como de la pandemia en Cali. Esa revisión de estadísticas puede complementarse con explicaciones más recientes (entre las cuales recomiendo el valioso volumen del Centro de Investigaciones y Documentación Socioeconómica (CIDSE) de la Universidad del Valle, Pensar la resistencia: mayo del 2021 en Cali y Colombia.

En cualquier caso, quien repase las cifras del DANE entenderá cómo las políticas que favorecen al capital financiero acabaron golpeando al aparato productivo de una ciudad que no ha sido predominantemente industrial. Cali no produce empleo al ritmo de su incesante aumento poblacional, pues tampoco cesan las causas del desplazamiento forzado que producen la guerrilla, el paramilitarismo y los carteles de la droga en las áreas circunvecinas.

Texto completo en fuente original

Un pensamiento en “Delfín I. Grueso. Las raíces del descontento social en Cali

  1. Colombia, un país plegado de matices, y Cali, una de sus ciudades más emblemáticas por haber sido referente de civismo sabía cubrir con un manto de soltura y jovialidad, todas las desventuras que se estaban conformando detrás de bambalinas. El dinero fácil, los narcos y todo lo que ha traído esa cultura emergente, hoy se debate entre la deplorable realidad y esas capas sociales que han suscitado toda clase de ambigüedades y transgresiones sociales.
    Cali, la capital mundial de la salsa, es hoy un recuerdo nostálgico de su civismo para todos los colombianos. La tragedia lo de los desplazados, su cercanía con Buenaventura y las fronteras adueñadas de las “bacrim” y toda suerte de delincuentes de todos los pelambres , incluidos los políticos de turno, han llevado a la hecatombe a este país de colores sombríos y de amaneceres insospechados.

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