ICSH

Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Rodríguez Lloreda. Está roto el fútbol

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Está roto el fútbol. Como la sociedad. Como el planeta. Como todo en realidad. El error está en pensar que “el deporte más hermoso del mundo” es una excepción. Que es una suerte de burbuja gobernada por los hinchas, donde solo se disfruta y se celebra, donde solo hay historias de superación y de alegría. Donde no existen las leyes inexpugnables de oferta y demanda ni los efectos de la inalterable trayectoria capitalista hacia la modernidad, ni la insaciable avaricia corporativa, tan humana.

Es algo extraño, levemente vergonzoso, que cada vez que aparecen las plaquetas de récords individuales durante las transmisiones de los partidos (mayor número de goles en Champions, de apariciones con la selección, etc), todos los primeros puestos los ocupan jugadores de los últimos diez años. Nos acostumbramos a ver en las listas a Ramos, a Messi y Ronaldo, a Lewandowski o Benzema, o incluso Giroud. ¿Estaremos ante una suerte de generación mágica, rompe-récords, inquietantemente superior a todas las anteriores? No, claro que no. Simplemente todos estos jugadores de la última década juegan el doble o el triple de partidos. Por eso las ventajas.

Es el reflejo de la actual cultura del fútbol. Partidos y partidos y más partidos. UEFA Nations League por aquí, Superliga europea por allá, un nuevo Mundial de Clubes por otro lado. ¿Por qué, de dónde, la necesidad de agregar? ¿De cambiar? Nuevos formatos, más equipos, retoques, reformas. Cualquier hincha de la NBA o la NFL —competiciones que podrán tener sus defectos, pero presumen una estabilidad envidiable— mirará de reojo y se preguntará, ¿Cuál es el afán? ¿Cuál es la urgencia?

Fue alarmante ver a Florentino declarar en El Chiringuito. Primero porque estaba anunciando una de las más grandes transformaciones en la historia del fútbol en el Chiringuito, y segundo porque es agobiante que el presidente de uno de los clubes más grandes del mundo tenga tan poca consciencia, tan poco tacto respecto a lo que sucede en el mundo del fútbol (o el mundo del hincha, más bien), o al menos pretenda tenerlo. Decir que una reforma es necesaria porque los jóvenes han perdido interés es insultante.

El problema, en el fondo, es que el sistema es insostenible. Hace años que el único camino es el crecimiento y el consumismo (más audiencia, más ventas, más en derechos de televisión) así que ya es demasiado tarde para dar marcha atrás. Todo está tan inflado —tan podrido— que lo que queda es buscar alternativas absurdas, desacertadas y descabelladas, como la Superliga.

¿Cómo se atreve Florentino a poner cara de víctima y decir que necesita fondos, si anunció hace poco que le va a pagar a David Alaba 12 millones de euros anuales? ¿Cómo va a reclamar que el club está en quiebra, sin sonrojarse, cuando hace dos años desembolsó más de 150 millones por Eden Hazard?

¿Cómo va a ser esto culpa del mercado y del COVID, si entre Dembélé y Coutinho el Barça pagó más de 300 palos? ¿Quién es responsable, si a la Juve no le molestan los 30 kilos anuales que cobra Cristiano, si Neymar, un tipo que se dedica a hacer goles, cuesta lo que cuesta un barco?

Es curioso ver como los Agnellis y Florentinos, estos dueños multimillonarios para quienes los clubes son tan solo un lujo más, aparentan ser los perjudicados, como olvidando que son ellos mismos quienes destrozaron el mercado. No es culpa de los hinchas este desastre. No es la ‘falta de interés’. Son los dueños-magnate y sus clubes-juguete, corruptos e imprudentes.

Y en el medio de todo están los jugadores. “Esclavos del sistema”, se ha dicho tantas veces. Que si bien tienen algo de culpa (y de esto no se habla, pues que Messi tenga un contrato de 500 millones de euros es tanto culpa del club y la dirigencia, como del dueño, como de… Messi), se ven forzados a cumplir con un ritmo y una exigencia absurdos, de 60 o 70 partidos al año. Ha sido la misma historia durante ya varios años.

El caso es particularmente complejo para los jugadores sudamericanos que, entre otras cosas, deben jugar de nuevo una Copa América este verano. ¿Qué es, ya, la Copa América, si se juega más seguido que la Copa del Rey? En Europa deben pensar, “¿Qué pasa por allá, que hay copa todos los veranos?”. Y nos debemos preguntar nosotros, ¿Cuál es el punto? ¿Vale la pena ya verla? Al menos, para esta edición, cambiaron el formato, y la hicieron peor. Celebrada en dos países, a miles de kilómetros de distancia. Más viajes y más desgaste. ¿Por qué no?

Este semestre no se jugó la fecha de eliminatorias Conmebol por el COVID, lo que fue un alivio para varios entrenadores europeos –sus jugadores latinoamericanos se ahorraron dos partidos en cinco días y viajes de varias horas–. Pero no se soluciona nada. Esos partidos aún se tienen que jugar, y sencillamente no hay hueco. La eliminatoria ya de por sí estaba atrasada. Casi no hay fechas disponibles de aquí al Mundial. En el fútbol ya no se descansa.

La guerra en contra de la Superliga no se ha ganado. La idea resurgirá, así sea en otro formato. La creación de la UEFA Nations League hace un par de años fue un preludio, una señal de advertencia. Hubo quejas, reclamos y protestas por parte de entrenadores y hinchas. Al final el torneo se dio, todos encendimos nuestros televisores y vimos a Portugal levantar el trofeo. La propuesta para la nueva Champions, que también pretende aumentar el número de partidos, es otro ejemplo.

Hacia allá irá el fútbol, en busca de dinero. Y quedaremos nosotros los hinchas. El día que los Messis ganen en billones, el día que el Mundial lo jueguen 200 equipos. El día que haya partidos cada seis horas, que el Barça enfrente al United cada sábado, que el nuevo clásico sea Madrid-Boca. Cuando el mercado haya absorbido por completo la esencia del fútbol, del pueblo, del barrio, de la emoción visceral tan característica de este deporte, de la pasión por este juego cada vez más plástico.

Cuando todo haya ya colapsado, ese día, estaremos echados en el sofá, pegados a alguna transmisión millonaria. Tal vez con algo de culpa, pero seguramente disfrutándola, como siempre, gozando el partido. Aún creyendo que esto es nuestro.

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