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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Julio César Londoño. Los divos y los valéry

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Existen dos tipos de escritores: los divos y los valéry. Los divos necesitan silencio, estilográfica, papel con textura, condiciones climáticas precisas y flores amarillas. Y claro, inspiración. A este grupo pertenecen Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Leila Guerriero e incluso muchos grandes escritores. Los valéry escriben donde los coja la hora del cierre. Son profesionales. O escriben o no comen. Los llamo los valéry porque Paul Valéry decía que la inspiración era una fábula inventada por sujetos haraganes: “No puedo creer que un señor que lleva años escribiendo tenga que esperar la visita de no sé qué entidades para llenar una simple cuartilla. ¡Por Dios! Si alguien me pide un soneto sobre el protón, digamos, le digo: venga por él mañana a las cuatro, y ya. ¡Qué tal que el cirujano le dijera al poeta: lo voy a operar el lunes, espero que entonces mis dedos tengan uno de esos raros días de inspiración!”.

(Gabo era un valéry que posaba de divo. Todos sabemos que era capaz de escribir con hambre, contra el destino y contra las mismísimas musas).

Por más que trato, no encajo en ninguna de estas categorías. Me falta mucho pelo para el moño de un divo, y cabeza para orbitar en el nivel valéry. Quizás es por esto que me siento más lector que escritor. Cuando sea rico como Ospina, Bonnett o Abad, escribiré menos y leeré más, como a los 20, cuando éramos inmortales y no nos arredraba nada, ni siquiera los largos anaqueles de la obra de Balzac.

La lectura es una actividad más necesaria, más difícil y civilizada, menos pedante.

Como lector, soy asaz divo, reconózcolo. Necesito silencio, una silla que presienta mis movimientos y se acomode a cualquier capricho del cuerpo, y una lámpara ecualizable ubicada unos centímetros por encima y casi atrás de mi cabeza, preferiblemente a la izquierda. El libro debe ser flaco, liviano, en papel marfil mate y, lo más importante, con texto de caja angosta para que el renglón sea corto y no resulte fatigoso el viaje del ojo desde el fin de un renglón al principio del renglón siguiente. Así, el lector tiene una gratificación clave, pasa y pasa páginas, avanza rápido.

La letra grande es incompatible con un diseño elegante. Lo máximo tolerable son doce puntos. El interlineado tiene que ser uno y medio. Uno es muy poco, apeñuzcado, y dos es demasiado: el párrafo pierde peso, densidad gráfica.

Un buen lector tiene siempre a la mano un lápiz blando, un Faber 8B, digamos. Subrayar los libros nos inclina a leer despacio, nos depara la ilusión de que leemos con esmero, que nuestra memoria no dejará caer ese pasaje y que, en caso de apuro, esa línea negra será nuestro hilo de Ariadna. El lápiz debe ser blando para que no hiera el papel. Así, si alguien nos roba el libro puede borrar nuestros subrayados con facilidad (ojalá con un borrador de nata) y leerlo sin estorbos.

Entre los útiles del lector hay uno que siempre olvidan los inventarios, el trapo. Un lector sin trapo es un impostor, alguien capaz de oficiar sobre un altar sucio.

El lector clásico moja el índice en la lengua para pasar las páginas. Al microbiano le está negada esta comodidad y utiliza almohadillas húmedas o cera para contar billetes. Pero la verdad es que cuando encuentra el libro indicado, ese que fue escrito para sus ojos, no necesita lengua, almohadillas ni cera porque desde las primeras líneas, quizá desde la carátula, el lector siente la inminencia de la revelación y las yemas de sus dedos se humedecen.

Posdata pública. Hablo del lector y del trapito porque los adoro. Hablo de la forma porque no es menos importante que el fondo. Porque fondo y forma son inseparables.

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