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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Cristina Barreiro. Cuando la República fusiló a los suyos

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Dicen que Azaña lloró. También José Giral, antiguo correligionario de Melquíades Álvarez en las filas del Partido Reformista. Pero el caso es que no hicieron nada para proteger a su viejo mentor de las garras del tribunal revolucionario que, en la madrugada del 21 al 22 de agosto de 1936, fusiló al tribuno asturiano en el sótano de la cárcel Modelo.

Melquíades Álvarez no había conseguido escaño en las elecciones de febrero de 1936. O sí. Pero el caso es que la Comisión de Revisión de Actas dejó al Partido Republicano Liberal Demócrata que presidía sin representación parlamentaria. Desde entonces, el antiguo líder del reformismo, se centró en sus ocupaciones como Decano del Colegio de Abogados de Madrid. Quién había sido uno de los más firmes impulsores de la huelga general de 1917 en Asturias y León, presidente de las últimas Cortes de la Restauración en septiembre de 1923 y opositor a la Dictadura de Primo de Rivera (pero que había pedido la pena de muerte para los autores de la Revolución de 1934) se encontraba a sus 72 años, apartado de la lucha política.

Su evolución ideológica o más bien, su habilidad para los acoplamientos pactistas propios de las conveniencias centristas, le había llevado a distanciarse de sus antiguos colegas ahora en el gobierno. Pero él seguía enarbolando las palabras de “libertad y justicia” preocupado por la radicalización que estaba tomando la calle.

La decisión de aceptar la defensa de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange, detenido desde el mes de marzo y al que habían incoado seis procesos penales (cuatro de ellos por tenencia ilícita de armas) no hizo sino ponerlo en el punto de mira de las fuerzas afectas al Frente Popular. Aceptó el encargo de su defensa como “compañero y Decano” –según palabras del protagonista al periodista Félix Centeno, en el diario Informaciones (10 de julio de 1936)– y no “por obligación” como actualmente puede leerse en la web del Congreso de los Diputados. Melquíades Álvarez tenía ideas contrarias a las de su representado, pero ello no era un obstáculo para que pudiera defenderle. Cumplía un deber.

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