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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. Dos años después

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El 18 de noviembre de 2018 ponía el pie en el avión, con mi familia, para cerrar una etapa de cinco años en el Ecuador, en la que tuve la oportunidad de involucrarme de lleno en la vida universitaria de este país.

Guardo recuerdos memorables y afectos muy profundos que resisten incólumes el paso del tiempo. No son pocos los colegas y los estudiantes con los que compartí momentos muy gratos y de quienes recibí lecciones que espero nunca olvidar. Amo a Ecuador como mi tercera patria -también México dejó en mí huella imborrable-, y por eso me duele en el alma el panorama que describo a continuación, que responde a un balance de las experiencias acumuladas durante un lustro en el ejercicio de mi quehacer académico.

Aun admitiendo que hay salvedades, me atrevería a pergeñar un retrato-robot de las instituciones universitarias  del Ecuador que no deja bien paradas a las autoridades académicas de muchas universidades: equilibristas desconocedores del sentido de dignidad, a quienes se da muy bien el manejo de los hilos de enredos y trampas que aseguren su pervivencia; personajillos encaramados al poder que convirtieron universidades en cotos privados de caza; pobres hombres ignorantes de la grandeza de la misión que se les confió que, para retener lo que consideran una prebenda, se sirven de sumisos y dóciles escuderos -decanos, vicedecanos…- amaestrados para espiar, manejar, corromper.

Los ya lejanos tiempos del correísmo asistieron a un denodado esfuerzo por revitalizar una institución universitaria degradada hasta extremos bochornosos. Se hizo mucho. También se cometieron muchos disparates, algunos con nombre propio: Yachay se lleva la palma. Se atrajo a doctores de otros países que acudieron ilusionados y con ganas de partirse el pecho, aunque no faltaron los aprovechados que tan sólo reparaban en las generosas contraprestaciones económicas. Pero nunca se logró erradicar la tendencia al ombliguismo, el provincialismo, la mezquindad de los que se consideran depositarios de un patrimonio que pretenden preservar para su exclusivo beneficio.

Muchos estudiantes, que cruzaban el umbral de la universidad carentes de fundamentos sólidos, contribuyeron a propagar un clima de mediocridad, de escasa exigencia, que pronto encontró la connivencia culpable de profesores ramplones, cobardemente indulgentes, temerosos de caer en desgracia de sus superiores si sus calificaciones herían susceptibilidades de muchachos acostumbrados al mínimo esfuerzo y al aprobado fácil.

El infantilismo se instaló en muchos recintos universitarios. A los profesores nos animaban a que organizáramos juegos para que nuestros chicos estuvieran entretenidos y felices. En no pocos claustros académicos adquirió carta de naturaleza el bobalicón de turno que, a base de payasadas, pretendía que todos estuviéramos contentos, alegres y distendidos.

En fechas emblemáticas había que visibilizar la universidad mediante desfiles por las calles de la ciudad, portando emblemas, luciendo camisetas con los colores de la institución y cantando enardecedores himnos de regusto decimonónico y dudosa calidad literaria. Juzgue por sí mismo el lector a partir de este inspirado pasaje: “Adelante, adelante, adelante, adelante Universidad en el tiempo, en el espacio tu nombre sonará Universidad […]. Por ancestro eres pueblo valiente, sembrador de este centro que crece con semilla y cultura insurgente”.

De vez en cuando se daba la bienvenida a algún desastre natural de los que nunca faltan en el Ecuador, para manipularlo con destino al autobombo. Si se producía un terremoto, se establecía una competencia entre universidades, a ver cuál recaudaba más dinero, cuál acopiaba mas alimentos, cuál visitaba más barrios, cuál acaparaba más tiempo en la televisión y en la radio… sin que en verdad preocupara poco ni mucho la suerte de los infelices que habían visto destruidas sus viviendas y desaparecidos o muertos muchos de sus seres queridos.

El mismo ambiente festivo, artificialmente gozoso, envolvía las innumerables y costosas celebraciones que reúnen al claustro docente y al personal administrativo en interminables cenas de asistencia poco menos que obligatoria si no se quería incurrir en el estigma de insolidario.

Admito que este esperpento no sirve como exponente fidedigno del conjunto de la universidad ecuatoriana. Pero, en una medida u otra, la caricatura aquí abocetada refleja la deriva hacia la insustancialidad de la institución: un triste derrotero que se complementa con un desconocimiento garrafal de lo que significa la investigación, un penoso y patético autoritarismo, una burocracia apabullante y un ambiente sofocante y enrarecido por la multiplicación de informes, acumulación de evidencias, sílabos enredados, imposibles programaciones…

La ponderación de todos los factores que se han expuesto fue determinante para que, en el mes de octubre de 2018, decidiera plantar a la universidad donde desarrollaba mi labor, avergonzado por el atrevimiento de un consejo directivo de Facultad que pretendía imponerme la impartición de materias completamente ajenas a mis conocimientos y a mi perfil profesional, y por el acoso laboral de un decano prevaricador dedicado a tramar ridículas conjuras contra mí, siguiendo ocultas recomendaciones de su mentor.

Nunca resulta estimulante ni grato poner término abrupto a un proyecto profesional en el que se han depositado tantas ilusiones. Pero admito que, entregada la carta de renuncia el 3 de octubre de 2018, respiré a pleno pulmón y emprendí un gozoso camino hacia la libertad, el amoroso cultivo del estudio y la apertura de nuevos y sugerentes caminos en la investigación y la docencia, exonerado de las rémoras impuestas por gente sin alma y sin talento, y colmadas de vacío.

Aviso para navegantes: quede claro que la vía que conduce a la libertad  y la esperanza no pasa por la universidad española, que, entregada al amiguismo, hace ya bastantes años se empeñó en precipitarse al vacío.

3 pensamientos en “Manuel Ferrer Muñoz. Dos años después

  1. Lamentablemente, en muchos sitios pasa lo mismo, no sólo en Ecuador. La endogamia, el excesivo número de universidades y títulos, la escasez de recursos, la difícil adecuación de los planes de estudio a la evolución de los conocimientos, el poco intercambio con el mundo empresarial, etc., no ayudan al progreso y la excelencia

  2. “la connivencia culpable de profesores ramplones, cobardemente indulgentes” ¡Qué gran definición! Estamos pasando de un mundo disciplinario a un mundo en donde todos son tratados como clientes a los que hay que satisfacer (de palabra) porque al final de lo que se trata es de hacerle creer a todo el mundo que si no llegan es porque no se han esforzado demasiado, de ahí que haya tanto control, tanta evidencia, para que cuando te echen no te quede claro que te echan porque quieren sino porque tu no te has esforzado demasiado.

  3. Pingback: Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina en su segundo aniversario | ICSH

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