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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer. Reinventar el turismo

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Quién sabe si la pandemia del coronavirus ha sido la ocasión para cambiar las bases y reorientar los enfoques de la actividad turística, tradicionalmente poco respetuosa con el medioambiente, sobre todo desde que se convirtió en fenómeno de masas en la década de los sesenta del pasado siglo.

En todo caso conviene observar que la avidez posesiva y destructora del patógeno turista-tipo venía de lejos, como lo prueban algunos pasajes de Años y leguas que aquí transcribimos y comentamos: reparemos en que el año de publicación de esta novela señera de Gabriel Miró es ¡1928!

No deja de resultar significativo que las lamentaciones del gran escritor alicantino apunten a una de las franjas del litoral mediterráneo de España más afectadas por la atolondrada urbanización que siguió al descubrimiento de las potencialidades económicas de un turismo de masas. Ya nos ocupamos del tema en una entrada del blog todavía reciente: Benidorm hace un siglo.

Pero cedamos la palabra a Miró, quien en el capítulo titulado ‘Calpe. Excursionismo’ lleva a cabo unas consideraciones que deberían remover la conciencia de los académicos, de los empresarios turísticos y de las autoridades públicas con competencias en el sector: también, por supuesto, y sobre todo, en el ámbito inmobiliario.

Así, al evocar ese “mar grande” al que se asoma Calpe, Sigüenza -el otro yo de Miró- se deleita en el rumoroso silencio de un “mar sin bullicio democrático de verano” que sirve de marco a una población, “Calpe, todo de lumbre ancha de verano sin jovialidad, en una íntima clausura. Cantonadas y callejones con calma de portal en un atardecer de invierno; calma que se queda respirando entre los aletazos y torbellinos del viento salobre”. Silencio y calma.

Un lugar, Calpe, callado, “sin verano de gentes forasteras”, “sin colonia de veraneantes regocijados y orfeónicos” envuelto en el “olor de barcos en el sol de la arena, de redes y de tiestos de alhábegas y geranios”. Y estalla Sigüenza: “¡gracias a Dios, sin turismo!”.

También el turismo, se dice a sí mismo Sigüenza, “hunde su raíz en edades muy viejas. Los griegos fueron turistas de Etruria, de Asiria, de Roma; turistas aprovechados y provechosos: vendían un ánfora y se dejaban una leyenda, un mito, un nombre de Dios, la claridad de una cultura”. Como los romeros y peregrinos, los turistas dejaban una huella enriquecedora en la tierra que visitaban, su paso no dañaba la hierba que pisaban. “El verdadero turismo origina una técnica de viaje y de curiosidad arqueológica. Pero junto al tronco de toda técnica se cría siempre la hierba borde de la afición. Son tiempos ahora de afición; es decir, de facilidad”.

Y del turismo salta Siguënza al excursionismo, que maldice por su carácter invasor, por la prisa del que se agobia por registrar los lugares que visita sin mirar.

“El pueblo más escondido, los campos más silenciosos, ya están a merced de un Ford bronquítico. Un día de fiesta, un automóvil de familia o de amigos, y ya la comarca que Sigüenza caminó a pie o en jumento y que le acogió en toda su pureza se queda desgarrada de bulla de ciudad, delante de todos los ojos”.

Al carácter depredador del excursionista se suma su rechazo del silencio contemplativo y su perentoria necesidad de ensuciar con ruido la calma secular del campo: “jarana, júbilo colectivo, emoción en mangas de camisa o con guardapolvo de dril. Facilidad y proselitismo. El veraneante que se aburre apetece el grupo; se origina la colonia; querencia inflamada de los lugares; prurito de mejorarlos. El campo se trueca en arrabal y patio, en un número de programa de festejos estivales”.

Ese hombre de aluvión, caído como una plaga sobre la tierra que maltrata con sus pisadas, quiere posesionarse del paisaje, hacerlo suyo y reacomodarlo a su conveniencia, porque no sabe mirar sin codicia.

“Si además hubiera ruinas, más o menos gloriosas, el excursionista aconsejará el derribo, el aprovechamiento y hasta las restauraciones. El excursionista se complace en una parcela de campo a costa del paisaje. Le agrada concretamente un sitio, y los ojos que ven con precisión, con limitación, un paisaje, se cansan pronto de mirarlo. De otra manera, también confinada, se sirve del paisaje el elegante y el deportista: para jugar en él separados de él. A la postre, en un fragmento del campo realizan el mito de sentirse dueños de la creación, sin importarles la creación; y de toda la Naturaleza, lo único que no tiene límite ni contorno que le inquiete son ellos”. No hay, ni puede haber, fusión entre el paisaje y los advenedizos que se asoman a él con ojos de mercaderes.

“Muchas veces ha proclamado Sigüenza […] que el paisaje natal, el nuestro, es el que nos mantiene la emoción y la comprensión de todo paisaje. Pero un paisaje para un lírico es el paisaje, la evocación de todos, con lo que puede poblarlo nuestra vida y con las regiones solitarias de nuestra vida. Un paisaje, y, entre todos, el nuestro, abre la mirada desde lo lineal, desde el rasgo más sutil, hasta la esencia del campo sin confines, y, al contrario del turista y del deportista, Sigüenza no sentirá más agobio de límites que los de sí mismo”. Desde la lírica, desde la contemplación, un paisaje evoca a otros, no se encierra en unos límites que lo coarten.

Ciertamente, esta miopía no es privativa de “las gentes contemporáneas”. Ya la desenmascaró el mismísimo Horacio. “Había momentos en que el poeta no podía resistir más la corte, la política, las visitas, los intelectuales, y se escondía en su granja. Roma entonces, socialmente, quizá se pareciese a España. Era de buen tono el veraneo, el entusiasmo embustero por el sosiego rural, por la Naturaleza, trasladando a ella los mismos gustos urbanos externos -y aquí no repudiamos los refinamientos personales y de hogar, sino los que prueban que de la Naturaleza únicamente se busca un fondo escénico-, con los mismos artificios de calle, de club, de hall de hotel. Simuladores apologistas de un deseo de soledad que escalan una cumbre por una actitud de elegancia”…

El cierre de esas meditaciones de Sigüenza es un elogio al andarín que, como expresó Machado, “hace camino al andar”. El excursionista [concluye Sigüenza] no tiene otro goce ni propósito que llegar a un punto concreto del mundo: valle o cumbre, árbol, peña, playa; y, desde allí, casi únicamente desde allí, mirar a la redonda y volver. Yo, no. Y si soy excursionista, para mí la excursión no consiste en llegar, sino en ir”.

Hasta aquí la revisión de estos textos luminosos de Gabriel Miró. Ojalá la cacareada ‘nueva normalidad’ incorpore la sensatez de amar la tierra de nuestros mayores y de concedernos la pausa para la complaciente contemplación de ese patrimonio inmaterial, amenazado -cuando no destruido- en tantos sitios por una industria turística atenta más que nada al afán de lucro inmediato.

Un pensamiento en “Manuel Ferrer. Reinventar el turismo

  1. Transcribo aquí un hermoso comentario que me hace llegar mi querida Jacqueline Murillo: Excelente mirada al turismo que se encarga de profanar el silencio de ciertos lugares. Evocar al poeta Horacio, quien se refugiaba en su granja para poder disfrutar de la tranquilidad de sus días, es también en cierta forma un bálsamo para soportar estas horas de intensa reflexión personal. Llegar a un lugar suele ser una meta propuesta, pero quien realmente va yendo, ¿va haciendo camino al andar?

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