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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Jacqueline Murillo. Miserere para exorcizar la pandemia

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Ahora, cuando nos sentimos más vulnerables, alzamos la mirada para reconocer que vivíamos en una burbuja. Nos creíamos blindados porque pensábamos que teníamos cierta protección, cierta estabilidad, y eso nos permitía respirar relativamente tranquilos, del todo ajenos a las tragedias que se vivían en otros países. Pero como en aquella pintura de Poussin, Et in Arcadia Ego -una de las obras más representativas del barroco, e incluso de la historia (lo dicen los expertos en arte)-, en ese lugar idílico, en esa Arcadia, esos pastores han descubierto que la muerte también está presente en el paraíso.

Recuerdo la portada románica de la catedral de Jaca: “Cristo no perdona el pecado, pero sí al pecador”. Cabría deducir de ahí que desde nuestro nacimiento ya estamos condenados, y ante eso, nada que hacer.

Incluso, veíamos algunas imágenes de África y de otros continentes que nos resultaban un tanto lejanas, y que ahora se han colado entre nosotros. No conocemos con certeza el mensaje de esos Heraldos negros, de esos Bárbaros Atilas del poema de Vallejo, pero lo cierto es que sentimos una especie de latencia que nos pone a reflexionar sobre nuestra fragilidad ante un sistema de salud tan precario como el de Colombia. Me refiero no solo a la salud pública: también “se cuecen habas” en los servicios de salud privada, que están supeditados al monto que paga el usuario. En ningún caso el Estado se encarga de proteger la vida del ciudadano.

De otro lado, atrás han quedado las pompas fúnebres, el rutilante desfile de limosinas y los rituales religiosos tan costosos para asegurar un sepelio como debe ser, acorde con el estrato del fallecido. El negocio de los seguros funerarios también ha sido muy lucrativo. Basta ver ahora las fosas comunes, los cajones en fila para ser sepultados por la máquina que los condenará al silencio eterno: todo queda allí completamente finiquitado y sin los rituales pagados en cómodas cuotas a lo largo de muchos años. La pandemia no da espera para los servicios luctuosos y es mejor evitar cualquier contagio en estos tiempos en los que algunos oportunistas religiosos de oficio hablan de las trompetas que anuncian el apocalipsis o el final de los tiempos: como si el tiempo tuviera un principio y un final. O si no, pregúntenles a los físicos relativistas, acólitos de Einstein, que son diestros en la materia.

El sistema de salud en Colombia es una trinidad compuesta por el Gobierno, que tiene la dirección y el control a través del Ministerio de Salud y Protección Social, las entidades promotoras de salud (EPD) y las administradoras de riesgos laborales (ARL).  Ya es claro para todos que el CoVid nos cogió con los calzones abajo, y el ítem de la salud se encontraba en cuidados paliativos; sin embargo, los planes de contingencia empezaron a dinamizarse con el confinamiento obligatorio, que fue un recurso utilizado para frenar un poco el contagio y preparar los hospitales y centros especializados y/o improvisados para recibir a tantísimos posibles contagiados. A dos días de restablecerse paulatinamente las tres franjas de la economía en Bogotá, las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) ya se encontraban con el 80% de su capacidad, y en el caso concreto de una clínica situada en el sector de Suba, uno de los más poblados de la capital, hubo que cerrar la UCI de neonatales por contagio de los médicos y del personal asistencial que, por la promiscuidad laboral, trabajan hasta en tres lugares para solventar el sustento familiar.

No había sido capaz de abordar la ausencia temprana de un ser querido, pero también es lamentable reconocer que la burocracia del sistema hace lo propio, y el torbellino de trámites en las diferentes dependencias descoordinadas prolonga la agonía de un paciente oncológico. Algunos especialistas terminan sus contratos, y entonces el paciente vuelve a empezar desde cero; las intermitencias en los cuidados y la falta de coordinación en las unidades especializadas contribuyen a dilatar la atención que merece la persona. A veces los laboratorios no entregan los resultados a tiempo; el servicio de Internet funciona en ocasiones con intermitencia; el patólogo de turno no siempre recibe las pruebas en el tiempo necesario para direccionar el caso; el laboratorio no alcanzó quizá a grabar las pruebas, y los insumos para las quimioterapias tardan más de lo esperado. El tráfico de desconciertos es una espiral en crescendo que va en contravía ante la acuciosa necesidad de saber cómo salieron los exámenes para corroborar que efectivamente vamos por el camino correcto o si se ha producido alguna falla en el tratamiento. Esa constelación de errores puede llegar a ser tan desgastadora como la misma enfermedad que se agazapa en un cuerpo cada vez más exiguo e indefenso.  De alguna forma mi amiga partió como consecuencia de estas penurias; y esto ocurrió antes de la pandemia: de lo contrario, el drama hubiera sido más desgarrador.

Parecería que aquella inscripción de la portada de la catedral de Jaca cobra actualidad cuando los colombianos se ven forzados a acudir a un sistema de salud tan poco eficiente, y terminan ofrendando sus vidas como víctimas silenciosas. Pero ustedes dirán que desde que nacimos ya tenemos la impronta de la muerte: elemental, mi querido Watson, lo que no es normal es que una persona no pueda tener una asistencia digna y termine convirtiéndose en la sustitución sacrificial de que hablaba Girard, pues, de hecho, como decía el maestro, el sacrificio es “una violencia sin riesgo de venganza”.

Colofón: por cierto, hace unos días en Colombia nombraron a Jorge Rodrigo Tovar como el nuevo coordinador de víctimas del Ministerio del Interior. Tovar es hijo de “Jorge 40”, reconocido exparamilitar que purga pena en EE. UU. por narcotráfico y tiene en su haber más de 600 casos criminales.

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