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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Jacqueline Murillo G. La falacia de la educación virtual también en tiempos del coronavirus

1 comentario

falacias

Tras el interés suscitado por una entrada anterior –Claves para un ‘homeschooling’ sostenible para un confinamiento prolongado-, la llegada del texto de la Prof. Jacqueline Murillo no puede ser más oportuna.

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Dejemos de mentir y acudamos a la sensatez. Ya habíamos perdido la inocencia hace unos cuantos años, cuando reconocimos que la educación se volvió un negocio, así como la salud, en la gran mayoría de nuestros países latinoamericanos. Recuerdo la trillada y obsesiva referencia a la realidad educativa de Finlandia que establecíamos los profesores de secundaria y de educación superior de Colombia. Era como comparar la gimnasia con la magnesia.

Todas esas angustias tenían y tienen como trasfondo el temor a la deserción, la preocupación por mantener los índices de matrículas, que ha llevado a algunas instituciones a exigir a los profesores un mínimo porcentaje de abandono de las carreras (o lo que viene a ser lo mismo: que regalen el aprobado). Así las cosas, la almendra del asunto -que debería ser la calidad de la educación- vuelve a quedar desatendida.

Todavía hay profesores ingenuos, dispuestos a beberse las pócimas que preparan los coordinadores de área para tapar el sol con dos dedos; y llegan a creer de buena fe que están formando profesionales de valía con la aplicación de esas recetas. También les mueve la inquietud de no perder el trabajo, por lo que no dudan en convertirse en contorsionistas de circo, con la ilusa pretensión de capturar la atención de los estudiantes (en el mejor de los casos); otras veces, para no complicarse la vida, buscan agradar a sus alumnos evitando causarles molestias, sin importarles el fondo real de lo que se traen entre manos.

Asumir posturas críticas y buscar soluciones al debacle de la enseñanza es algo que todavía no se ha puesto en la mesa de discusión.  Lo que de verdad importa, aunque sea a costa de la rebaja en el nivel de la educación, son las cifras que permiten acceder a la anhelada acreditación de un programa.

Aunque de la adversidad también pueden rescatarse buenas prácticas, lo cierto es que la realidad no ceba sueños. En esencia, la educación ya venía en caída libre, su presurización era cada vez más latente, y esta coyuntura ha propiciado un lecho de justificaciones, un colchón de pretextos para remendar lo que ya estaba roto. Me refiero a la mayoría de los países latinoamericanos, sin precisar ningún caso particular.

Supongamos que las universidades privadas y públicas cuenten con toda la infraestructura en plataformas digitales robustas, con goce de una cobertura eficiente; que los estudiantes dispongan de todas las herramientas tecnológicas para continuar con un proceso de educación autónomo y de calidad y sin que nada de eso altere el costo de las matrículas ni ponga en riesgo la nómina de profesores. Sigamos por esta senda de la esperanza y del ¡Yes we can! Asumamos que las instituciones se ponen la camiseta de la excelencia, de la educación con calidad. No pretendo ser una aguafiestas, créanme, les escribe la última de las optimistas. Sin embargo, como dice la legendaria canción del Gran Combo, “No hay cama pa’tanta gente”: la sobreproducción de profesionales y tecnólogos choca con una demanda  escasa . Un principio de realidad nos dice que las universidades privadas, en su gran mayoría, se volvieron fábricas de los “octavos de cartulina”, o sea, los diplomas. Así las cosas, seguimos en cuidados intensivos y la negligencia del Estado para afrontar la crisis continúa acrecentando las cifras de profesionales desempleados.

No es el momento de mencionar el subempleo docente, que forma parte del mismo viacrucis. Quedémonos en el desempleo, que ascendió desproporcionalmente con la oferta laboral. Las cifras que enuncian folclóricamente algunos gobiernos no coinciden con una realidad que el CoVid ha permitido develar. Entonces, la culpa la tuvo un tubo.

Si aterrizamos en Colombia, para que no se diga que divagamos al hablar genéricamente de Latinoamérica, observaremos que el empleo antes del CoVid se hallaba en caída libre. Según el DANE, en febrero de 2020 el país tenía una tasa de desempleo de 12.2%, con un crecimiento en el número de desocupados de 39.000 en relación con el año anterior (la tasa de ese año era del 11.8%). Y en el caso concreto que nos ocupa, el sector educativo, pueden exhibirse cifras muy reveladoras sobre la contribución al incremento del desempleo de los diversos niveles educativos: en educación media, 1.7 puntos porcentuales; en pregrado y posgrado, 1.2 puntos porcentuales, mientras que el porcentaje correspondiente a educación básica, primaria y secundaria era -3.1 (Diario La República, 28 de febrero de 2020).

Las cuentas alegres de algunas universidades, que pretenden situar en el mismo nivel la educación virtual y la educación presencial, para no bajar las matrículas, pone en riesgo una calidad que ya registraba saldo en rojo. Y es que el salpicón de improvisaciones de las instituciones permea profundamente la crisis en la educación: bastará advertir que, de acuerdo con el Observatorio de la Universidad Colombiana, solo un 20% de las 320 IES contaba con experiencia en educación virtual antes de la crisis del coronavirus. Refiero aquí las palabras de Carlos Lopera: “mientras más se extienda la suspensión de clases presenciales, la probabilidad de que se quiebren [las universidades] va a aumentar fuertemente, específicamente, las privadas”. La salud de la educación está en urgencias y sin los cuidados intensivos. De acuerdo con un informe de la consultora McKinsey, de Estados Unidos, más de 2.000 IES calculan que sus déficits incrementarán en 5% o más para finales de 2020.

No pretendo seguir aguando la fiesta. Recurrir a la retórica de la calidad de la educación sería nadar contracorriente. Además, la crisis del coronavirus ha puesto las cosas patas arriba, la desesperanza ha adquirido velocidad de vértigo, y la cruda verdad es que la educación, siempre la Cenicienta, tampoco constituye ahora la prioridad. La emergencia consiste en solucionar el tema del desempleo para dar solución a lo más apremiante, la comida, la despensa del hogar. Todo esto hará que un buen número de estudiantes abandone los estudios por carecer de recursos para pagar las matrículas; y muchos que pretendían ingresar a la universidad deberán cancelar el propósito, por la pérdida de empleo de algunos miembros de la familia.

El demonio o el ángel del coronavirus también ha servido para reconocer los abismos astronómicos de la sociedad, y ha desnudado una realidad que venía soterrada en medio de tanta parafernalia de consumismo salvaje.

Un pensamiento en “Jacqueline Murillo G. La falacia de la educación virtual también en tiempos del coronavirus

  1. Estoy de acuerdo en ciertos aspectos que desarrolla la profesora Murillo, si bien es cierto, los seres humanos nos vimos embebidos en el caos generalizado de una pandemia generalizada y sectores como la educación han visto las muchas caras que tiene la enseñanza en países donde aparte de atrasados, pobres, sustancialmente precarios para cubrir las necesidades inmediatas en el sistema tecnológico y organizacional del sector educativo. Ojalá saquemos lo mejor de la situación.

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