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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer Muñoz. Una pausa en el camino y el recuerdo de una madre

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caminito del rey

Mentiría si dijera que estos días de confinamientos, escaladas y desescaladas progresivas hayan sido una balsa de aceite, un tiempo de reposo que, más que invitar, casi obligara a la reflexión. Entre las razones por las que no alcanzo a disfrutar de ese espacio de sosiego, propicio para la introspección y el repaso de lo andado, podría aducir la brega diaria con dos niños maravillosos -y por eso inquietos-, de 8 y 4 años, respectivamente, que conceden escasas pausas para el cultivo del ocio, entendido éste en su sentido prístino de intuición intelectual, más allá de la trabajosa racionalidad. A ratos me escapo con la imaginación junto a mi hijo mayor, distante muchos kilómetros, cientos de kilómetros, enamorado y triste por la ausencia de la chica que le aprisionó el alma. Y pienso en mi padre, alejado de sus hijos y de sus nietos por causa de una pandemia ignorante de las leyes del corazón.

Hay instantes del día en que percibo fogonazos que me permiten reconstruir jirones de lo que he vivido durante sesenta y seis años. Pondero entonces tomas de postura y decisiones que tal vez fueron dictadas en su momento por cierta precipitación o por impulsos pasionales. Recurriré a una expresión castiza, de honda raigambre cristiana, para resumir el balance de esas intuiciones fugaces y repetidas: Dios escribe derecho con renglones torcidos.

Pasan ante mis ojos, con la rapidez de una saeta, mis largos años de trabajo en tantos lugares, en países remotos, enlazados entre sí por el denominador común del cultivo de la historia, desde diversas facetas: investigación, docencia, gestión… Me observo ante el espejo y se me escapa una sonrisa incrédula: tanto tiempo de afanes laborales y ni siquiera disfruto aún de una pensión de jubilación, obstruido el trámite por la lentitud y la ineficiencia burocrática, achacables en este caso a los premiosos funcionarios del Ecuador y a los criterios administrativos de los convenios que mantiene España con otros Estados en materia de Seguridad Social, que discriminan a quienes hemos trabajado en el sector público.

Yo me miro ante el espejo, pero mi madre me contempla desde el cielo.

Retiro la mirada de esa falsa percepción de mí mismo, plasmada en la indiferente y a veces turbia superficie de un cristal, y contemplo un presente espléndido colmado por la plenitud de la dicha de una familia que ha capeado ya tantos temporales y que afronta ahora en un pueblecito pintoresco de Málaga (España) una penuria económica a la que no estábamos acostumbrados. Y, si trato de predecir el futuro -estúpida pretensión, ¿quién hubiera podido imaginar lo que han sido nuestras vidas desde hace ya casi dos meses?-, cobro conciencia de que necesito cargar de aire los pulmones y asentar bien los pies en el suelo para no experimentar una sensación de mareo, de zozobra intensa.

¿Cómo se presentarán los próximos años?, ¿qué será de los míos cuando yo falte?, ¿ganaré en vida la batalla a la burocracia y lograré lo que en justicia me pertenece? Si venzo la ofensiva, obtendré una modesta pensión que nos ayude a vivir con sobriedad y que, reforzada con el trabajo de mi esposa, nos permita asistir al milagro de que el balance económico mensual no sea deficitario.

Yo tropiezo a veces y caigo al suelo, pero mi madre me cuida desde el cielo. Es retador el futuro que entreveo, pero mi madre me guía desde el cielo.

¿Conseguirá mi esposa un empleo? Porque desde nuestra llegada a España después de un lustro en el Ecuador ha rebuscado y llamado a tantas puertas… Siempre tropieza con la misma piedra: la falta de padrinazgos, la sensación de llegar siempre tarde porque las ofertas de empleo anunciadas estaban adjudicadas de antemano… Y aun así persistirá en el empeño, porque nos va en eso el futuro de los niños, la posibilidad de ofrecerles los medios para que alcancen lo que ellos quieran ser en la vida.

Tal vez alguno de los amigos que lean estas páginas opinará que me hallo en un laberinto. Pero no es así. Cada día descubro nuevas y luminosas razones para la esperanza, y por ella me guío alejándome de los abismos oscuros que me acechan, como acechan a todos los mortales. Y me veo recorriendo ese prodigio de la ingeniería que es el Caminito del Rey, que, construido en la parte occidental de las Cordilleras Béticas, en la provincia de Málaga, cruza mediante estrechas pasarelas precipicios profundos encajados entre paredes escarpadas.

Y si alguno de esos amigos lectores considera que está a su alcance encaminarnos por la vía adecuada para el hallazgo de ese empleo soñado, ¡que se apresure a avisarnos!

Yo peleo en la tierra, pero mi madre me colma de paz y me bendice desde el cielo

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