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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Manuel Ferrer. Un pueblo andaluz retratado por José Lucena, el poeta campesino: luces y sombras

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jose lucena

El texto que sigue empalma con el que publicamos el pasado 19 de enero –Convivir en paz desde un sustrato violento– y se enmarca en un proyecto de largo alcance que impulsaremos desde la Asociación Somos Axarquía, constituida el 23 de enero de 2020.

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En 1994, once años después del fallecimiento de nuestro personaje, salía a la luz la última recopilación de sus versos, que constituyen un testimonio fehaciente de cómo discurría la vida humilde de los habitantes de Benamocarra, un pequeño pueblo de la Axarquía malagueña, durante unas cuantas décadas del siglo XX.

Lucena Gordo, nacido en 1902, tenía doce años cuando empezó la I Guerra Mundial; veinte cuando llegó la luz eléctrica a Benamocarra; veintinueve cuando se proclamó la II República en España; treinta y cuatro cuando estalló la Guerra Civil, y setenta y tres cuando la muerte del general Franco posibilitaría el restablecimiento de la democracia, después de treinta y seis años de régimen autoritario. ¡No se privó de nada!

A la luz de sus escritos, casi todos de tono festivo –“pequeñas historietas para hacer reír en familia”, siempre y cuando la familia tuviera amplias tragaderas, dado el tono subido de muchos textos-, se nos descubre un microcosmos donde mujeres y hombres trenzan sus vidas y protagonizan historias de amor, de amoríos y de desencuentros, de escasez y de hambre, de ilusiones y de penas que se mudan en risas por la magia de los hechizos de Lucena, que convierte el dolor en espectáculo cómico al describir con sorna y pillería los enredos y tropiezos de los personajes que dan vida a sus versos.

La modesta condición social del ‘poeta campesino’ -durante mucho tiempo trabajó como pastor y peón agrícola- acerca nuestra mirada a las durísimas condiciones de vida de la gente humilde de un pequeño pueblo andaluz, amenazada siempre por una pobreza severa y carente de las más básicas comodidades. Basta espigar algunos de sus poemas para constatar esas penurias: “dormía en mi choza sobre un mísero jergón”, “una mala cama hoy cuesta un dineral”… De la mano de Lucena adquirimos un conocimiento fotográfico del agro andaluz en la primera mitad del siglo XX que en nada desmerece del que puedan procurar estudios eruditos.

Cercano a sus paisanos, Lucena, que había aprendido a leer y escribir con gran esfuerzo y tesón, gracias a la ayuda de un maestro rural ambulante, antiguo vecino de Benamocarra, transmitió esos saberes a vecinos que acudían a él; y, a través de la asiduidad de ese trato, fue adquiriendo conocimiento de pequeñas historias pintorescas que, complementadas por sus vivencias personales, recrearía luego en sus coplas y coplillas.

No eran pocos los hombres que, para sortear el agobiante cerco de la miseria, hastiados de las exigencias de un duro trabajo mal remunerado, acudían a la bebida como escapatoria: “lo único que me gusta / es el vino y el coñac, / y para quitarme el gusto / el aguardiente me va”.

Otras poesías de Lucena narran aventuras extramatrimoniales de mozos y mozas, adulterios, e incluso casos de bestialismo. Esta exaltación del sexo se presenta como la otra vía de escape de las angustiosas preocupaciones cotidianas en una sociedad donde apenas hay cabida para el ocio y el entretenimiento.

La violencia, aun presentada con sorna y mucha guasa, está omnipresente en los escritos de nuestro autor, ejercida con frecuencia por una futurible suegra capaz de arrojar una teja a la cabeza de quien corteja a su hija, de partir la boca al atrevido que osó besar a la muchacha, o de romper unas tenazas sobre la cabeza del aventurero galán. El tópico de la ‘suegra-ogro’, que el marido contempla como amenaza perpetua para la posesión de ‘su’ mujer, se hace presente en un poema de otro benamocarreño, Antonio Quero, que lo tituló de modo irónico ‘Mi suegra no es mala’ y dejó expresa constancia de haber redactado esos versos inspirado por la obra de José Lucena.

La violencia que impregna las relaciones familiares y sociales se manifiesta también en las acciones de un yerno despechado, que “metió a su suegra en un saco degollada y troceada”; es practicada por la esposa, que saca de su trabajo al marido agarrado por una oreja y, tras asestarle puntapiés, pellizcos y bocados, la emprende a garrotazos; recurre a ella un campesino agraviado por la mala puntería de un cazador que, por error, mata a su gato, sin que falte la acción brutal de un guardia civil que propina varias bofetadas al desafortunado furtivo…

El mismo propósito burlesco, expresión de una difundida violencia intrafamiliar, reviste una peculiar promesa de amor contenida en una alocada proposición de matrimonio: “Yo tengo para ti, Pepa, / los palos de cuatro sillas / pa medirte las costillas / el día que nos casemos”. El matrimonio, a lo que se ve, representaba el final abrupto del falso camino de rosas de un noviazgo: como si, al formalizarse la relación entre hombre y mujer, se desvaneciera el amor, y aquél adquiriera la clara conciencia de que, como ‘cabeza de familia’, debía imponer su autoridad sobre la esposa reproductora y sometida.

Obviando la intencionalidad cómica de esos pasajes, resulta indudable que el éxito de esos relatos, muchos de los cuales eran aprendidos de memoria por los paisanos de Lucena, radica en que satirizan situaciones de la vida real, marcadas en numerosos casos por una violencia que, desde nuestra perspectiva actual, resulta difícil de comprender.

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