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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer. Regresamos

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Después de un receso de varias semanas, por las razones apuntadas en la anterior entrada del blog, retornamos a la actividad, una vez superadas parcialmente las limitaciones físicas de quien suscribe estas líneas, que, después de haber sufrido un inquietante percance de salud, por causas desconocidas al día de hoy a pesar de las múltiples pruebas practicadas, ha recuperado la vista, seriamente afectada por un accidente vascular.

Así, pues, hay que aprovechar el tiempo, no sea que sobrevenga algún nuevo inconveniente que vaya a imponer un nuevo compás de espera.

La obligada convalecencia ha brindado una oportunidad extraordinaria para la introspección y para una reflexión a fondo en torno a los grandes retos que desafían a la condición humana: el amor y la amistad, el sentido de la vida y de la muerte, el entorno familiar, la frívola lucha por el éxito, la vanidad de los que se consideran a sí mismos intelectuales, señores todos ellos propietarios de sus respectivas y pobres y mentirosas “verdades”.

Y, como no podía ser de otra manera, la conclusión de esas cavilaciones ha sido que se impone una lucha por preservar la personal intimidad, para no vernos contaminados por una sociedad anquilosada y esclerótica, infestada por un mal que se agrava cada vez más por la equivocada aplicación de remedios estúpidos e inútiles (inutilidad y estupidez contrastadas hasta la saciedad).

¡Cuánto idiota engreído convencido en su fuero íntimo de la trascendencia de sus aportaciones a la ciencia, al arte, a la política, a la economía, al deporte…! ¡Cuánta desorientación entre los (i)responsables de la res publica a la hora de pergeñar mecanismos de selección o de medición de la eficacia de las máquinas humanas a las que se pretende deshumanizar del todo para que dejen de pensar por sí mismas! ¡Ay, si Bertolt Brecht levantara la cabeza!

¿Cómo es posible que, terminada ya la segunda década del siglo XXI, continúen las inútiles pruebas memorísticas en oposiciones que nada prueban sobre la capacitación de los candidatos? ¿Hasta cuándo los gestores de las políticas educativas en el mundo universitario persistirán en su empeño por asfixiar a docentes e investigadores con engorrosos controles que roban el tiempo y la dignidad de quienes se ven sometidos a ellos?

Incluso los sistemas empleados para medir el nivel de competencia de los candidatos a manejar un vehículo de automoción son estúpidos en la mayoría de los países, con la necia exigencia de un bagaje de conocimientos teóricos cuya única utilidad es superar un test de selección.

Al menos en España y Ecuador -países en los que ha transcurrido mi vida durante las últimas décadas- no se plantean ni remotamente desechar esos instrumentos rutinarios que se perpetúan generación tras generación, sin que la cerrazón mental de quienes deberían actuar como instrumentos de catalización opositora y crítica permita pergeñar otras herramientas. En uno y otro país se apagaron las luces hace tiempo y se avanza a tientas, en medio de contradicciones y falsedades.

La corrupción y la hipocresía consiguiente permean las estructuras sociales, y los fingidos discursos de condena del actual estado de cosas y de renovación nacen sólo del deseo de provocar un vuelco en el reparto del poder que propicie que los marginados de hoy marginen a los que disfrutan ahora de la supremacía y de los privilegios anejos: unos y otros olvidan -si es que tuvieron conocimiento alguna vez- que la vocación de los políticos y de los hombres públicos -y de las mujeres públicas, con perdón- pasa por el servicio y el respeto a los ciudadanos, que no son tomados en cuenta más que para sumar votos en elecciones que se ganan o se pierden con campañas electorales mentirosas casi siempre, carentes de vocación de cambio y sostenidas tantas veces mediante medios de financiación ilícitos.

El caso español podría ejemplificarse con la intensísima agenda social del gobierno de Pedro Sánchez, con el apoyo de Podemos, del mes de abril de 2019. Aquellos programas grandilocuentes, que iban a redimir a parados de larga duración y abrirles ilusionantes panoramas laborales, quedaron en humo de pajas y al día de hoy -transcurridos cinco meses- carecen de toda operatividad. Y, si alguno de mis incrédulos lectores, duda sobre la veracidad de esta afirmación, le invito a que acuda a cerciorarse por sí mismo a una Oficina de Empleo. Que pregunte, por ejemplo, por el Plan Reincorpora-t, ¡de 8 de abril de 2019! (Plan trienal para prevenir y reducir el Desempleo de Larga Duración 2019-2021), y comprobará que sonará a música celestial al funcionario que lo atienda.

Y, si incursionamos en el mundo de la educación superior en el Ecuador, dan ganas de salir corriendo. Ahí está la Universidad de Guayaquil, elocuentísimo botón de muestra de caos y corrupción, que ahorra otras reflexiones. ¿En qué han quedado los esfuerzos desplegados por los gobiernos de la Revolución Ciudadana? Lamentablemente, la respuesta es desoladora: aun valorando la importancia del camino recorrido, la situación actual muestra que los avances han quedado empantanados, precisamente por el asfixiante sistema de controles proyectado por esos gobiernos y por sus sesudos asesores. Consulten los lectores incrédulos a profesores universitarios no “enganchados” a las autoridades académicas, tanto nacionales como extranjeros. Entre estos últimos, que conocen más mundo porque han laborado en universidades de otros países, hay un buen puñado de españoles que, si resisten en sus puestos de trabajo, es por la certidumbre de que la universidad española -indudablemente de calidad muy superior, a pesar de los pesares- es un destino mucho más desfavorable en lo que a perspectivas económicas se refiere. ¡Por no hablar de los horrores de la ANECA, uno de esos inventos endiablados de los amigos del control y de la medición!

El problema de todo esto, aquí y en los países iberoamericanos, es el de siempre: ¿quién le pone el cascabel al gato?

Alejados de esos espacios de toma i(responsable) de decisiones, son muchos los hombres y mujeres que, sin ruido ni alharacas, realizan diariamente un trabajo sacrificado, discreto, que compaginan con una dedicación amorosa a sus familias. Son ellos quienes sostienen todavía unas estructuras sociales que han ido vaciándose de valores. El día en que esta gente discreta y ejemplar se extinga habrá desaparecido la esperanza que aún mantienen unos pocos ilusos, entre los que me cuento.