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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Crimen de lesa majestad: un miserable atentado contra La Odisea

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Ha caído en mis manos la versión abreviada de La Odisea que editó la Editorial Unión Ltda. en 2004, y enseguida vino a mi mente el recuerdo del buen Homero, que no podría sino indignarse ante los despropósitos de ese engendro, digno de ser condenado a la hoguera por sus calamitosas faltas de ortografía y sus garrafales errores sintácticos. Sólo la portada del libro, que ambienta en el Medioevo el relato que Homero escribió ocho siglos antes de Cristo da idea de los dislates que se preanuncian.

Valgan algunos penosos ejemplos como muestras emblemáticas de tantísimos desatinos.

En las cercanías del palacio de Circe, “fácil era adivinar los temores que en aquel pmomento invadían el ánimo de los expedicionarios; la imagen del cruel Polífemo y la de Antífates con tus lestrigones, eran demasiado recientes” (p. 107). Casi imposible acumular más fallas en sólo tres renglones: una errata tipográfica, un acento ortográfico inventado para la ocasión, un adjetivo posesivo equivocado, una coma empeñada en separar al sujeto del verbo.

Tras la llegada de Odiseo a Ítaca, se refiere el despertar del héroe del profundo sueño en que lo había sumido Minerva [sic, que no Atenea], que se propone aleccionarlo “sobre la conducta a seguir era preciso que nadie le reconociese” (p. 146). Al brutal galicismo sigue la omisión de algún signo de puntuación y de alguna partícula que hagan inteligible el relato.

Y cuando Minerva [sic, que no Atenea], antes trasfigurada en pastor, se transforma en una hermosa mujer, se dirige a Odiseo burlándose de las más elementales normas de la acentuación ortográfica: “¡oh, Ulises, que avisado tendría que ser quién te sobrepasare en las lides del disimulo!” (p. 148).

El recibimiento que a Odiseo dispensa el buen Eumeo constituye un gracioso trabalenguas: “poco pobre yo darte, pero lo haré de todo corazón” (p. 152).

Argos, el fiel perro preferido de Odiseo lo reconoce tras su disfraz de mendigo. Y el narrador apunta: “fue uno de los mejores cazadores del país; más ahora, viejo y sin amigos yacía abandonado” (p. 178). Por enésima vez (pp. 201, 203…), el editor confunde la preposición “mas” con el “más” adverbio de cantidad.

Ya en el terreno de la zoología, llama la atención la presencia de un “servatillo” en el bordado del manto de Odiseo (p. 198). Y es que el editor parece debatirse en un angustioso conflicto entre el empleo de la ‘s’ y de la ‘c’. Por eso advertía Telémaco a los pretendientes, entregados al exceso en la comida y la bebida, que los dioses les habían “segado el entendimiento” (p. 192). Obviamente, Telémaco no hablaba de segar, sino de cegar: pero ésos son detalles sin importancia que no parecieron quitar el sueño a nuestro querido editor. Más sorprendente que la figura del servatillo del bordado es la escena del ciervo incapaz de contener las lágrimas (p. 214): el misterio se esclarece si advertimos que quien derrama esas emocionadas lágrimas no es un venado –lo que hubiera resultado prodigioso-, sino Eumeo, el fiel siervo de Odiseo.

La falta de fijeza de nuestro editor obliga a Odiseo a dirigirse de esta manera a su padre: ¡no loores padre mío! La omisión de la coma que precede al vocativo es asunto menor. Peor aún es la conversión de llores en loores: loores que no amerita precisamente el responsable del texto en español de esta versión de La Odisea.

El uso de la ‘h’ desborda también la capacidad gramatical de tan desastroso editor. Así, un rayo enviado por el padre de los dioses “vino ha caer” a los pies de Odiseo (p. 245).

El descuido de la sintaxis da origen a extraordinarios fenómenos meteorológicos: “mi corazón [de Penélope] llueven los pesares” (p. 196).

El recorrido por las 245 páginas que ocupa el texto de la Editorial Unión Ltda. no deja de causar profunda desazón. Aun admitiendo la oportunidad de aligerar el relato para volverlo más asequible a jóvenes lectores, la sucesión de horrores y errores gramaticales causa vergüenza e indignación.

Desde aquí instamos a la Editorial Unión Ltda. a que retiren los ejemplares que puedan restar de esa blasfema edición de La Odisea y, en desagravio, distribuyan gratuitamente una esmerada edición del texto entre los escolares colombianos.