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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades

Hugo Chávez revisado por Enrique Krauze: un héroe despedazado

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Enrique Krauze, historiador mexicano y autor de varias excelentes biografías, traza en este libro (El poder y el delirio, Caracas, Editorial Alfa, 2008) un agudo y crítico retrato personal, ideológico y político de la persona del venezolano Hugo Chávez.

Y Gonzalo Maldonado Albán ha publicado recientemente en Mundo Diners una inteligente reseña de la biografía de Krauze, a la que pertenecen los siguientes párrafos:

Esta pregunta no es sencilla de responder: ¿cómo es que alguien que, desde muy joven, se impone la tarea de remediar los peores males de la humanidad —como la pobreza y la enfermedad— termina provocando injusticias mucho mayores y peores? Enrique Krauze, historiador mexicano de gran prestigio se propuso contestarla en este libro de múltiples registros, donde se mezclan el ensayo histórico, la entrevista, el reportaje y la reflexión libre. El origen del caudillo estaría en la pasión exaltada que estos hombres ávidos de poder sentirían por quienes Krauze llama “héroes”, es decir, personajes con virtudes supuestamente extraordinarias que ese caudillo en ciernes dice querer cultivar y que luego asumirá como suyas y de nadie más, de un momento a otro, sin rubores ni ambages.

El caso que Krauze examina es el de Hugo Chávez Frías, el teniente coronel que llegó al poder por las urnas, tras un golpe de Estado fallido, para dirigir a su país hacia la ruina, desbaratando las instituciones republicanas y montando un aparato de Gobierno ineficiente, autoritario y corrupto. Desde joven —cuenta Krauze— Chávez fue proclive a venerar “héroes”. El primero fue El Látigo, un pícher que salió de las ligas inferiores venezolanas para jugar con los Gigantes de San Francisco. Además de su habilidad beisbolística, El Látigo tenía otro gran atractivo: llevaba su mismo apellido pues se llamaba Néstor Isaías Chávez.

Cuando el deportista murió en un accidente aéreo, el joven Hugo inventó una oración que rezaba todas las noches, prometiéndole que él también sería un pícher de las Grandes Ligas. Años más tarde, cuando estuvo claro que su camino sería la política, le pidió perdón con nuevas oraciones. Es que Hugo Chávez no solo quiso emular a sus héroes, sino también hablar con ellos e incluso ser ellos. En una sesión espiritista, cuando estaba en prisión por golpista, contó que una “fuerza extraña” comenzó a moverlo y que súbitamente empezó a hablar como un viejito. Sus compañeros de celda pensaron que se trataba del mismísimo Simón Bolívar, pero Chávez, por entonces menos encumbrado, se encargó de decirles: “¡No me pongan tan arriba!”.

Texto completo en fuente original

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