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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Luis Pulido Ritter. Sobre el Premio Miró y el ejercicio de escribir

miró

Vivimos tiempos en los que la imagen tiene más peso que las letras, especialmente en nuestros países, donde la literatura ha sido una cuestión de pocos, pues el ideal humanista resulta casi siempre un asunto marginal

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Hace poco obtuve el Premio Nacional Miró (ensayo) 2017. No es necesario afirmar aquí lo que significa recibir este premio, que no solo es una buena recompensa económica, sino que también es un reconocimiento merecido al trabajo.

Año tras año el Miró es otorgado en cinco categorías y, sin duda alguna, este premio es la reafirmación de una ciudad letrada que todavía ve en las letras un medio legítimo de expresión. No hay Estado nacional sin su ciudad letrada y el premio es una especie de rito, una recomposición de esta fórmula del Estado y las letras.

En efecto, vivimos tiempos en que la imagen tiene más peso que las letras, especialmente, en nuestros países donde las letras han sido una cuestión de unos pocos, pues el ideal humanista ha sido casi siempre un asunto marginal. En este sentido, hemos regresado paradójicamente a tiempos pre-napoleónicos puesto que la cultura clásica, la de poseer libros (y más escribirlos), es y será como un artículo de lujo de una ‘élite’ que se distingue porque solo hablará de unos temas y algunos autores.

Ya nuestras bibliotecas escolares están desmanteladas y muy difícilmente se encontrarán en sus anaqueles libros de Cervantes o de Flaubert, de Platón o de Ovidio, de Homero y de Dante Alighieri, solo para mencionar algunos clásicos que, en una época ya muy lejana, fueron lecturas obligadas.

Por eso escuché hace poco con interés a un expresidente de la República hablando de su profesor de latín en el Instituto Nacional y yo, para mis adentros, me decía ‘qué buena suerte la de su generación’. Esto es irrepetible, el sueño de una república ilustrada, que más nunca volverá.

No se trata de nostalgias o de querellas, pero es un hecho que la cultura, como la habíamos conocido, será verdaderamente ahora un ejercicio de ‘élites’. Si antes decíamos que llevar una novela al cine la traicionaba, que nunca alcanzaría la maestría y el gusto de la letra, pues ahora lo que no está en el cine, en la imagen en cualquier otro formato, no existe o solo existe marginalmente para el gusto y el placer de unos cuantos.

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