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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Solidaridad universitaria

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Van a permitirme que en esta entrada del blog descienda a un terreno muy personal. A fin de cuentas, somos amigos que compartimos mucho más que intereses intelectuales comunes. Y de eso trata el escrito que pongo en sus manos, ahora que se vislumbra el final de un túnel que amenazó con enterrar mis ilusiones profesionales y mi confianza en las instituciones. Les anticipo que se trata de una historia para no dormir.

Hace ya unos cuantos meses recibí una oferta de contrato de una universidad ecuatoriana –la Universidad Nacional de Educación (UNAE)-, en unas condiciones salariales muy convenientes. Fui seleccionado como Personal Académico No Titular Principal 2, a través de una convocatoria de esa universidad, con plazos para la entrega de documentación (11 de agosto) e inicio de labores (15 de agosto).

Pues bien, lo impredecible ocurrió. El 15 de julio recibí el siguiente mensaje, que ni siquiera venía firmado:

“Le comentamos que por motivo del cierre de la asignatura destinada a su persona, en reunión de hoy la coordinación académica tomo la decisión de no incorporar  docentes en esta área, lamentamos mucho las molestias causadas a la vez nos permitimos agradecer por su interés de formar parte de la Universidad”.

Comprenderán mi perplejidad ante esa sorprendente falta de formalidad; con mayor motivo cuanto que, para incorporarme a esa institución, había renunciado a la universidad con la que estaba ligado, con conocimiento de la UNAE. La consecuencia, dramática, pueden entreverla: me quedé en un limbo, flotando en el aire, casi sin capacidad de reacción ante un suceso tan infortunado e injusto como inesperado. Lo peor: el silencio cobarde de los responsables de la UNAE, que en ningún momento se dignaron comparecer ante mis requerimientos de una explicación.

Siguieron días muy duros, en los que mi esposa y yo luchamos para sobreponernos al desánimo, y en los que me empleé a fondo para la búsqueda de contratación en una universidad. Procuramos no lamentarnos demasiado y hablar lo justo del tema, al tiempo que nos apretamos el cinturón porque habíamos dejado de percibir ingresos desde que terminó el mes de junio.

Aunque el impacto anímico fue devastador en los primeros momentos, gracias a Dios y al mutuo apoyo, logramos sobreponernos a la tristeza, que no queríamos traducir en la vida diaria, pensando sobre todo en nuestros hijos, de corta edad.

Lo positivo de estos sucesos ha sido la extraordinaria reacción de apoyo de muchísimos colegas, que se han volcado sugiriendo, orientando, facilitando contactos… El resultado es que el 1 de septiembre me incorporo a la Universidad Luis Vargas Torres, en Esmeraldas (Ecuador), que me ha planteado un apasionante reto profesional.

Definitivamente la Universidad –así, con mayúsculas- y los universitarios conservan aún el halo de nobleza, de aventura y del espíritu abierto y generoso que siempre les distinguió, más allá de la necesidad de reforma en la estructura de muchas universidades de todo el mundo, de las prácticas corruptas instaladas en tantas de ellas, de la sobrecarga administrativa a que son sometidos los profesores…

Concluyo con la vibrante llamada al optimismo de un pasaje del Gaudeamus igitur que tantas veces ha resonado en mis oídos: Vivat Academia, / vivant profesores. / Vivat membrum quodlibet, / vivant membra quaelibet, / semper sint in flore.

De la experiencia vivida en relación con la UNAE extraigo una enseñanza que comparto con ustedes: en tanto que a su frente permanezcan los actuales miembros de la Comisión Gestora, incluido el rector, y en tanto que la Coordinación Académica siga confiada a la persona que desempeña esas tareas al día de hoy, es preferible mantener una prudente distancia. No se confíen.