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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Valdovinos Rubio, Marcelo. Tierra nuestra, ancestral y diversa, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo de Imbabura, 2015

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Marcelo Valdospinos Rubio habla en este libro, de muy reciente aparición, de la llacta, de la tierra nuestra, de la sierra norte del Ecuador ancestral y diversa, atávica y plural.

En palabras pronunciadas con motivo de la presentación del libro en el Núcleo de Imbabura de la Casa de la Cultura Ecuatoriana,

son abundantes los hontanares donde el maestro Valdospinos ha ido a saciar su sed investigativa para allegar el ingente cúmulo de informaciones que se plasman en este libro que relieva a la tierra ancestral, a la tierra mestiza y rebelde y a la tierra musical y amable. Allí fulge el devenir histórico que se unimisma al quehacer secular de nuestra nacionalidad, las festividades con hondo sincretismo cultural, las bebidas de imponderable y especial dulzura como el Yamor, cuyo carisma vital se exulta con hondos caracteres en la tradición vernacular del pueblo otavaleño. Finalmente se evoca la lúcida trayectoria de una pléyade de otavaleños quienes con sus señeras virtualidades musicales han dado lustre a su terrazgo nativo y se proyectaron dentro y fuera de los linderos patrios.

Permítasenos transcribir aquí un pasaje del texto, que aparece bajo el inspirado epígrafe de “Polifonía de culturas”:

La alteridad no es una simple relación yo–tú. Es algo más complejo, por ello vale la pena seguir razonando en el término. Alteridad –según el Diccionario de Cordero de Espinosa– es: ‘Término de uso filosófico: condición de ser otro. La otredad es ineludible para la conciencia del yo’. Cuando el yo solo trasmite saberes y valores quebranta las exigencias de la otredad. Imponer juicios es un irrespeto. La otredad demanda equidad al yo y al otro. Otredad que surge en el yo y luego se interioriza en el otro. El chileno Manuel Jofré afirma que la otredad equivale ‘al otro, a la otra, y a lo otro’.

La otredad tiene cercana vecindad con la ética. Pero no desde la óptica axiológica que plantea la dualidad del bien y el mal. Ni como disciplina que se ocupa de la moral. Sino desde la vida cotidiana. Entendiendo que la ética es reflexión, y, la moral, vida. Es decir, desde la visión de hombres que viven inmersos en colectividades, están en permanente comunicación y actúan con racionalidad. El escritor ruso Bajtín decía que ‘No se trata de fundir el yo en el otro. Ya que son dos mundos axiológicos relacionados entre sí’.

Antónimo de otredad es pensar en uno mismo. Sinónimo de otredad es lo múltiple, lo diverso. Es una negación de la otredad orientar que el otro haga lo mismo que el yo. Al estudiar la oralidad, aprendemos que ‘toda palabra es explicada por otra’ en una especie de espiral dialogada. Lo mismo ocurre con la otredad, que no es un monólogo, sino un diálogo que encadena diversidades. Jacques Lacan asevera que el otro –también– ‘es el lugar donde se constituye el que habla con el que escucha’. La otredad no es un fenómeno monolingüe. Es plurilingüe. Ya que el yo tiene que dialogar con una ‘polifonía de culturas’, voces diferentes que quieren expresarse y no someterse a silencios o ecos. La otredad no es un ejercicio sin ruta, ni puerto. Es un camino que conduce a la integración cultural. La otredad es base para respetar el patrimonio. Recrear las culturas. Debatir el destino de sus identidades. Descubrir sus historias.

La otredad tiene un campo de acción enorme. Lo estamos comprobando desde la antropología y filosofía. Pero su influencia en la educación, en el acto poético, en el arte, inclusive en la vida familiar, puede ser enriquecedora (pp. 31-32).

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