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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Moraima Salom Villalba. Gabriel García Márquez y Oriana Fallaci: admiración desde la distancia

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“Mi admirada periodista”, “mi escritor preferido”, fueron las expresiones que, en la distancia, se dirigieron Gabo y Oriana, que nunca se conocieron. En ambos, la violencia hizo parte de su infancia y sería la primera fuente de inspiración y rebeldía.

Violencia que ocurre lo mismo en Italia, en Alemania o en Colombia. “Aracataca deja de ser Aracataca para convertirse en un Macondo fantasmal que no sabemos si queda en Europa, en África, en Asia o en América”, manifestó Germán Arciniegas. Y agregó: “del mar de la violencia universal sacó García Márquez una gota de agua. Con esa gota se refresca la historia del mundo”.

Tampoco aceptaron cargos públicos. Él declinó el ofrecimiento del gobierno colombiano al Consulado de Barcelona. Ella, una curul en el Parlamento de Italia. Por razones políticas compartieron el destino del asilado. Nunca dieron un paso atrás para quedarse en la sombra y vivir en lo ignoto, sino que con la fuerza de su espíritu lograron lo infinito.

Oriana soñó con una libertad que encontraría en América, como la soñó para los ingleses Tomás Moro, cuando publicó en 1516 Utopía (situada en el Nuevo Mundo).  Llegó a Nueva York en julio de 1956 (volverá para radicarse allí), año determinante para su carrera, pues se convertiría en la primera mujer italiana corresponsal de guerra: en Budapest, cuando en la madrugada del 4 de noviembre de ese año, mil tanques soviéticos atravesaban el puente Margarita, sobre el Danubio, y cercaban el Parlamento húngaro. Desde entonces, cubrió numerosos conflictos bélicos y las entrevistas (que han creado escuela) fueron su especialidad. Como aquélla de 1976 al ex director de la CIA, William Colby, cuando en tono despectivo, le dice que “Italia no es una república bananera de la United Fruits”.

Pero fuerza es reconocer que esta América, con su pasado indígena, fue “la síntesis verdadera del Renacimiento”.  Porque el Descubrimiento de América es el principio que ya existía pero que debía ser encontrado. “¿No era acaso Colón el nuevo Tiphys (piloto que condujo a Jasón), predestinado desde la Antigüedad clásica para la obra máxima de los siglos?”, como lo expresó el historiador Jaime Vicens Vives. Aunque el paso de las generaciones no ha cambiado los hábitos del pensamiento, América sigue siendo desconocida en Europa, como Europa es desconocida en América. Quizás no ha existido una orientación que busque rectificar este mutuo error.

Arciniegas ha demostrado con documentos que fue en Italia donde “tuvieron lugar las resonancias más íntimas del descubrimiento”. Citando a Raúl Porras Barrenechea (historiador peruano), relata que Galileo, perseguido por los inquisidores, había pensado viajar a América y sentar cátedra en Lima para enseñar el uso del telescopio a los marinos que viajaban a América.

Por eso Gabo, en su primer viaje a Europa (1955), tendría como propósito esencial Roma, porque ya había descubierto a Arciniegas. Allí estudió la corriente cinematográfica del neorrealismo. Con una influencia del cine neorrealista en sus cuentos, se convertirá en el escritor más célebre que haya tenido Colombia en su historia literaria.

Veintidós años después de ese viaje, el novelista Carlo Caccioli manifestaba en Il Tempo de Italia: “sobre los cabellos vigorosamente crespos de tocador de marimba de Gabriel García Márquez, llamado Gabo por sus amigos, el Espíritu Santo se ha posado una sola vez. Pero ha bastado para la producción de un libro magnífico, Cien años de soledad, recipiente en el cual se puede encontrar a toda América Latina”.

La prensa mundial siguió ocupándose de Gabo, al que calificaba como uno de los mejores escritores del mundo. Antes, en 1972, Heinrich Böll, alemán que recibió el Nobel de literatura, vaticinaba los próximos premios Nobel, y entre los nombres de esos nominados estaba el del colombiano, La revista italiana Época lo incluyó en 1979 en la serie “Grandes escritores del mundo”, con una entrevista lograda por el periodista inglés Peter Stone en la casa del escritor en Ciudad de México.

México fue el país escogido por Gabo para sentar su residencia, por las raíces comunes que, en distintos momentos de su historia, ha compartido con Colombia. Representa un papel directivo en Hispanoamérica, pues ya en el siglo XVIII había construido una identidad criolla temprana, diferente a lo que vivían las demás colonias del Imperio español. Bolívar, que conocía esta fuerza mexicana, en enero de 1799 (con 16 años de edad) se embarcó en La Guajira con rumbo a Madrid (España) y en los primeros días de marzo tocó en el puerto de Veracruz, donde se demoró varios días para conocer la ciudad.

Cuenta José Manuel Rojas Rueda que, en una de las reuniones que Bolívar sostuvo con el virrey José Miguel de Azanza, éste se refirió a una sublevación que años antes había estallado en Caracas. Siendo Bolívar un adolescente, respondió que eran justos los derechos de la independencia en América. No pasaría mucho tiempo sin que todos los pueblos hispanoamericanos aseguraran el goce de la libertad.

Ya antes, Alejandro Von  Humboldt, con su estudio de México en cuatro volúmenes, a raíz de su viaje a la América hispana, se había convertido en uno de los hombres más famosos de Europa y en uno de los primeros en atraer la atención del mundo sobre lo que entonces era la Nueva España.

Así, pues, desde la colonia, México buscaba su verdadera ruta histórica. La primera revolución que vio el siglo XX se da en territorio azteca, con una legislación política y social que abarca una reforma agraria importante. Reivindicación de su pasado indígena con participación en la República y en la nacionalidad. El genio de México encontró su expresión definitiva en las artes y en la vida cultural que gozó de la protección oficial.

La revolución (1910-1920) atrajo a periodistas y analistas políticos; científicos y sociólogos; médicos y educadores de todas partes del mundo. Aunque fue el renacimiento artístico que empezó en 1922 lo que atrajo a los escritores. Drewey Wayne Gunn, cuenta en su libro Escritores norteamericanos y británicos en México que, entre 1569 y 1973, estos literatos han publicado cerca de 600 crónicas de viajes; 450 entre novelas históricas, obras de teatro y poemas narrativos. La lista es larga, y algunos de los autores son de sobra conocidos: Graham Green, John Dos Passos, John Reed, Katherine Ane Porter, Aldous Huxley, Stephen Crane, Jack London, D.H. Lawrence y Malcolm Lowry.

En las obras que se han mencionado y en la ópera de Vivaldi sobre Moctezuma, de la cual extrajo Alejo Carpentier su Concierto barroco, está simbolizada la influencia de América.

Hubo un tiempo en que el arte indígena recorrió los museos de otras latitudes influyendo sobre muchos artistas. La pintora Irene Balas, nacida en Budapest y refugiada en Chile, vivió 10 años en Bogotá (1959 a 1969), donde realizó varias exposiciones y exploró el tema indígena.

Ese centro babilónico en que se convirtió México inauguró en 1941 una exposición de artistas colombianos en el Palacio de Bellas Artes, de la mano del poeta Pablo Neruda. Y éstas fueron sus palabras: “Nosotros americanos intranquilos, de una época agónica, miramos morir las últimas flores frías y nacer los primeros trigos rojos, sin la indiferencia de los lejanos países habitados y destruidos por el hombre, con una palpitación de orgullo territorial indecible (…). Colombia hermana nuestra por lo dulce, por lo fresca y por lo universal: juegas, Colombia, tu rol radiante una vez más en nuestro destino americano: iluminar con un toque de campanas pintadas la reminiscencia de la libertad”.

En función de su trabajo, Oriana Fallaci se encontraba en México el 2 de octubre de 1968, cuando cubría las manifestaciones estudiantiles que se realizaron en los días previos a los Juegos Olímpicos y que terminarían en tragedia. En la plaza de Tlatelolco, se congregaron 10 mil personas que protestaban en contra de la ocupación militar del campus de la UNAM.

Octavio Paz condenó la intervención del ejército en la masacre de Tlatelolco, con su renuncia al cargo diplomático en la Embajada de la India, como un acto de valor moral. Sobre aquellos acontecimientos Oscar Sánchez escribió el corrido Dos de octubre, que dice en una de sus estrofas: “Hieren a Oriana Fallaci, voz de la prensa extranjera. Ya conoció la cultura del gobierno de esta tierra”.

Tildada de agitadora y anarquista, Fallaci no volvió más por estas tierras. Patricia Lara Salive, periodista colombiana, la entrevistó en 1980. Y al final de la charla le preguntó si las publicaciones con las que ella colaboraba habían reproducido algunas de sus entrevistas. Patricia le respondió que Nueva Frontera reprodujo su entrevista con Kissinger. Y Carlos Lleras Restrepo, director de la revista, escribió un comentario de Un hombre.

No solo eso, confesó en la misma revista: “Soy un lector asiduo de todo lo que escribe Oriana Fallaci, me atraen su estilo directo, su franqueza ruda que no pocas veces linda con la insolencia, su indiscutible sinceridad (…). No puedo menos que pensar que pertenece a la izquierda (…)”.

Según apariencias, Oriana milita en “la izquierda”, como ya conocíamos. Su padre, un antifascista, hecho prisionero y torturado durante la ocupación nazi, influyó en las ideas de la joven Oriana. Al mismo tiempo, se nos presenta distinta en los últimos años de su vida, pero con la misma insolencia, al escribir la trilogía La rabia y el orgullo.

Periódicos y revistas publicaron textos de Oriana y de su hermana Neera (también periodista).  Llama la atención uno: “Moscú y los rusos”, donde se resalta: “Oriana Fallaci, la famosa periodista italiana –quizá la primera reportera del mundo– estuvo una semana en Moscú. Estas son algunas de sus impresiones sobre la ciudad y su gente (son apuntes tomados en un cuaderno y los reproduzco en su redacción original, es decir, apresurada e inevitablemente superficial); sin embargo, en cada una de las líneas de este reportaje está la mirada profunda y el estilo brillante de la gran periodista”.

Cuenta Patricia que, al despedirse, visiblemente emocionada, “Oriana se percató de que yo era del país de García Márquez, su escritor preferido”. Entonces, le preguntó: “¿Desea entrevistarlo?”. “No, dijo. No seríamos sinceros el uno con el otro. Pero quiero verlo. Dígale que me escriba”. Como si un encuentro cara a cara pudiese haber sido doloroso por la proximidad de sus universos.

Patricia hubiera podido lograr comunicar a la mediterránea con el caribeño en la más vasta operación de la historia del periodismo. Ese encuentro hubiera podido conducir a “una explosión deslumbrante”; significativo y palpitante. Tal como lo soñó Gabo: “al cabo de tantos años de frustraciones, uno sigue esperando en el fondo de su alma que llegue por fin el entrevistador de su vida. Siempre como en el amor”.