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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Ramiro Díez. Mi abuelo, el guerrillero

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Nuestra querida Jenny Londoño nos envía esta hermosa historia, que remueve lo más profundo de sus recuerdos.  Su abuelo antioqueño se parecía mucho al protagonista del relato y contaba historias parecidas. Liberal de hueso colorado, admirador de Vargas Vila y ateo, nunca dio su brazo a torcer.  Desde luego, él tampoco era muy amigo de escapularios.  Murió en su ley.

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Mi abuelo participó, como tantos otros millones de colombianos respetables, en alguna de las muchas guerras civiles de aquel país.

El viejo, barba blanca, mirada azul y mansa, tuvo tiempo y ganas de contarnos sus historias de cuando era un muchacho, y por su propia boca supimos que era liberal anticlerical y ateo, aunque la abuela, persignándose, decía que en la intimidad el hombre creía en Dios. Y agregaba en voz baja: “por si acaso…”.

Cuando estalló el conflicto que él mismo nos relataba, no tenía las ideas muy claras, pero estaba sacudido por ímpetus libertarios y gestos heroicos, y era un jovencito que aunque no cumplía todavía los dieciocho años, entre sus manos ya tenía una escopeta que movía más a la risa que al temor.

Nada serio era aquella caricatura de arma, más peligrosa para quien la disparaba que para quien recibía el disparo, fabricada en la cocina de la casa, pero era lo único disponible para enfrentar a las “tenebrosas tropas conservadoras”, como él mismo las calificaba.

Sus enemigos, “los godos” —nombre dado a los conservadores en Colombia— estaban un poco mejor en pertrechos, aunque la diferencia era mínima.

No obstante, era indiscutible que los de la casaca azul y de la sangre del mismo supuesto color, es decir los conservadores, sí contaban con algunas ventajas comparativas: tenían como aliados poderosos a la Iglesia Católica y a Dios, según creían ellos mismos. El primer aliado —la Iglesia— era un hecho, y del segundo siempre quedaron dudas.

Un domingo de mayo, en el mes de las fiestas de la Virgen María, por un camino serpenteante de la zona cafetera se vio venir una procesión que se acercaba al pueblo, y que traía en andas una gigantesca figura de la Madre de Cristo.

Agitando incienso y con oraciones recitadas en coros, aquel grupo estaba encabezado por el cura Burgos, recalcitrante y famoso personaje, que en más de una ocasión, en plena misa, había hecho disparos al aire para amenazar a los liberales, que en el pueblo eran mayoría.

Pero los liberales no se dejaron engañar, así que improvisaron trincheras y se parapetaron en las afueras del pueblo.  A corta distancia, la cuadrilla visitante desnudó sus intenciones y del interior de la virgen de yeso sacó revólveres, escopetas y tacos de dinamita, y empezaron los primeros disparos en medio de vivas a la religión y muerte a los liberales ateos y masones.

Una viejecita del pueblo, sin temor al estruendo y la batahola, quiso proteger a mi abuelo:

“Don José, tenga este escapulario de la Virgen del Carmen… ¡Ella le salva la vida!”

El hombre siguió en sus piruetas de combatiente, apuntando con un solo brazo, disparando de cualquier manera, mientras su espontánea salvadora hacía lo posible por asegurarle la reliquia alrededor del cuello, a pesar de los balazos que cada vez sonaban más fuerte y más cerca.

Tal vez por la prisa y los nervios, en algún movimiento brusco, la cuerda del escapulario se rompió. Y en ese mismo instante una bala le voló la gorra a mi abuelo, que no tuvo más alternativa que arrojarse al piso y olvidarse de protecciones extraterrestres.

Solidaria, de rodillas junto a mi abuelo, la buena mujer tuvo una idea brillante: le anudó el escapulario en la pierna derecha para que pudiera continuar el combate con mejor pronóstico.

Tres horas más tarde terminó la batalla. Ambos bandos tuvieron un número grande de bajas, pero los liberales conservaron el control territorial del pueblo.  Mi abuelo, sin embargo, no pudo ayudar a nadie porque…

Nada: porque recibió un balazo en la pierna, justamente donde tenía amarrado el escapulario.

Cincuenta años más tarde, envuelto en el humo de su pipa miraba a lo lejos, a sus recuerdos, y nos decía: “por suerte no me pusieron el escapulario en el pecho…”