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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Jorge Núñez Sánchez. El naciente orgullo nacional

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Este artículo de un buen amigo, que, además, es el director de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, fue publicado en El Telégrafo el pasado 2 de octubre.

Jorge, que conoció la dureza de los años cuarenta en el Ecuador, realiza en estas páginas una llamada al optimismo, desde el reencuentro de un orgullo nacional ecuatoriano.

La foto con que se abre esta entrada, en la que aparecemos Jorge y yo,  fue tomada durante mi reciente visita a la sede de la Academia.

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Nací en un Ecuador que todavía se dolía de sus cicatrices del 41 y el 42. Crecí en un país agobiado por la pobreza, donde las vías eran caminos de herradura, donde muchos de mis compañeros iban a la escuela sin zapatos y mis maestros cobraban sus sueldos cada tres meses. Fui al colegio en un tiempo en que la Historia de Límites era materia obligada y debíamos aprendernos de memoria esos tratados y protocolos que nos recordaban las sucesivas mutilaciones territoriales. Y crecí en medio de una cultura de lamentaciones, de tristezas nacionales y tristezas individuales, de derrotismo e impotencia.

Vistas así las cosas, no resulta nada raro que el país entero haya sufrido largas décadas de desorientación y desaliento y que cada ciudadano haya vivido una especie de secreta vergüenza por ser hijo de este pequeño país pobre y olvidado, derrotado en todas sus guerras, saqueado sistemáticamente por una oligarquía voraz, fracasado en todos sus sueños de transformación.

A contrapelo de eso, florecían por aquí y por allá los logros de la cultura, único espacio en el que el país alzaba orgullosamente su testa. Así, mientras los señorones de la política desbarrancaban al país, los hombres de cultura se empeñaban en levantarlo, denunciando en sus libros, cuadros y esculturas la miseria popular, la brutalidad gamonalista, la marginación de indios, negros, cholos y montubios, la falta de integración nacional. Y también se empeñaban en regalarnos ideas para un país mejor, sueños de igualdad y justicia.

Luego, como todos mis conciudadanos, fui testigo de los tumbos y saltos de la vida política: la demagogia, las dictaduras, la escuálida democracia de fin de siglo y finalmente la debacle nacional, la revuelta popular que buscaba un cauce, el saqueo bancario y la estampida migratoria.

Mirando desde mi madurez el tiempo y la circunstancia que me han tocado vivir, constato con alegría el nacimiento de un nuevo Ecuador, donde las transformaciones de la infraestructura afloran por todo lado, donde la pobreza va siendo domeñada y el desempleo se reduce crecientemente, donde los servicios del Estado se amplían y mejoran para todos los ciudadanos.

Pero hay algo todavía más importante: hallo que va desapareciendo el país de las lamentaciones, del regionalismo atroz, del desaliento colectivo. Y que su lugar va siendo ocupado por un nuevo país, re-encontrado con sus raíces identitarias, seguro de sí mismo, orgulloso de su ser.

Ese emergente orgullo nacional quiere abarcarlo todo. Hay una nueva mirada sobre el paisaje, un renovado interés por la naturaleza y un ánimo de rescatar las formas de la cultura popular: la gastronomía regional y local, la música del pasado y del presente, las creaciones artesanales, las voces y dialectos del habla popular. Pero hay, sobre todo, un animoso espíritu para seguir avanzando hacia un futuro de paz y justicia, de orden democrático, de Buen Vivir.