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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer. Colombia, Colombia

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Los colombianos en el exterior, que suelen amar a su país con más pasión que los que viven dentro de las fronteras nacionales, reciben una atención casi siempre esmerada de los Consulados de Colombia asentados en las ciudades donde más numerosa es la presencia de población emigrada.

Quien afirma esto sabe lo que dice: casado con colombiana, acumula innumerables motivos de agradecimiento hacia las personas que atienden el Consulado de Colombia en Las Palmas (España).

Por eso, lo padecido el pasado miércoles, 3 de septiembre, cuando acudí a la sede del Consulado de Colombia en Quito para autorizar el viaje de uno de mis hijos, de dos años, en la sola compañía de su madre, me resulta inconcebible y debería dar pie a un escarmiento ejemplar.

Mi esposa y yo, que acudíamos con el bebé, tuvimos la desgracia de que nos atendiera “María José”, que, por lo que sigue a continuación no debe ser propuesta para una recomendación ni presentada como modelo de atención al usuario.

Apenas insinué la razón de nuestra comparecencia, sin escuchar más, me remitió a la lista de documentos enumerada en un listado que figuraba en una hoja pegada a la pared (el mismo que aparece en la fotografía que preside este texto).

Advertí a María José que el requisito de la cédula de ciudadanía no aplicaba en este caso, pues yo era quien autorizaba, y, en cuanto español, me identifico con el pasaporte. Pero María José no se dignó atenderme, y nos obligó a regresar a nuestro domicilio a buscar la cédula de ciudadanía de la madre: error monumental que puse luego en conocimiento del cónsul, que no pudo por menos de darme la razón.

Lo grandioso del caso es la actitud observada a continuación por nuestro entrañable personaje, molesta por el hecho de que yo hubiera reclamado contra su arbitrariedad: hasta el punto de ignorarme y de burlarse en mi cara.

Como ya voy siendo mayorcito, y no tolero que María José ni nadie me falte al respeto (y menos aún en la sede de una institución consular), traslado esta queja al Ministerio de Relaciones Exteriores y al Consulado de Colombia en Quito, de paso que la publicito en las redes sociales: la señorita María José debe ser sancionada con la contundencia que amerita el caso.

De no aplicarse ningún correctivo, se estaría dando pie al imperio de la arbitrariedad y de la desvergüenza.

El prestigio de Colombia no puede quedar en entredicho por la inmadurez y la carencia de educación de una persona que se hace indigna de ocupar un puesto de atención al público en un recinto consular.


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Un drama que dura ya dos décadas

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Les recomiendo la lectura de este artículo de Rosa Rodríguez, aparecido en Canarias 7 la pasada semana. La impermeabilización de las fronteras de la Unión Europea, comprensible por razones estratégicas, no deja de ser la causa directa de varios miles de muertes. Como planteé en Los muros y las barreras no son soluciones, nuestros hombres de Bruselas deberían reflexionar y “replantearse sus propuestas y las directrices que propugnan. No bastan reformas que maquillen desperfectos. Hay que proceder a una reestructuración desde la base, que arranque del conocimiento real del estado de cosas en los países de origen”.

Hace 20 años que llegó la primera patera a Canarias

El 28 de agosto se cumplieron 20 años de la llegada a Canarias de la primera patera procedente de África. Arribó a la costa de Fuerteventura y a bordo iban dos jóvenes saharauis. Durante estas dos décadas han recalado por mar en las Islas cerca de 100.000 personas, el mayor número los años 2006 y 2007. En lo que va de año apenas han llegado 6 cayucos.

El 28 de agosto de 1994 llegó a  Fuerteventura la embarcación que se estima que inauguró la ruta canaria de la inmigración. A bordo de la patera llegaron dos jóvenes saharauis y su viaje apenas duró un día. Tras ellos llegaron ese año otros ocho inmigrantes y luego siguió el goteo de pateras, unas pequeñas embarcaciones con un puñado de personas a bordo que hacían el viaje desde las costas africanas más próximas a las Islas en apenas 20 o 24 horas. Usaban una ruta conocida por los pescadores de una y otra orilla y el número fue aumentando progresivamente hasta alcanzar las 375 en 2002. A bordo ellas llegaron ese año casi 10.000 personas y al siguiente, otras tantas. El fenómeno comenzaba ya a ser preocupante, pero sólo estaba empezando.

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