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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. La sociedad del desconocimiento

A principios del siglo XVIII, Leibnitz adquirió la certeza de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Faltaba poco entonces para que empezara a desplegar sus alas el gran movimiento intelectual que dio en llamarse la Ilustración, que consagró la fe en el progreso humano y su convicción de que no existía impedimento alguno que estorbara la capacidad del hombre para desentrañar el último misterioso resquicio del universo. Relegado Dios a un ‘prudente’ segundo plano, la criatura desplazaba a su Creador y le arrebataba la plenitud del ser y del saber. La ignorancia humana desaparecería como por ensalmo, en la medida en que las Luces de la Razón iluminaran la oscuridad de un mundo anclado en una fe religiosa que había mantenido al hombre alejado de la libertad de pensamiento y sujeto al férreo control de los sacerdotes.

No hace falta decir que el panorama descrito hasta aquí no deja de ser una ensoñación en la que muy pocos ingenuos siguen creyendo. Liberado el hombre de Dios, la Humanidad pareció dirigirse a la autodestrucción con el estallido de la Gran Guerra en 1914. El optimismo pleno derivó bruscamente hacia la angustiosa percepción de que ‘Occidente’ enfilaba una irremediable decadencia.

Y ni aun así quiso admitir el hombre su falibilidad, la limitación de su capacidad para conocer. Y perseveró en su inveterada tendencia a la búsqueda de ídolos que, en último término, se convirtieran paradójicamente en instrumentos para la adoración del ser humano: las tecnologías, por ejemplo. Sin embargo, entrados ya en el siglo XXI, nos sentimos cada vez más inseguros ante el poder de unas tecnologías cuyo manejo amenaza con escaparse de nuestras manos. La perseverante búsqueda de fuentes de energía capaces de atender la creciente y acelerada demanda de las sociedades modernas lleva anejos temores cada vez más profundos sobre las consecuencias medioambientales del recurso a los hidrocarburos o a la energía nuclear. Nos hemos visto instalados en un mundo que cada vez entendemos menos y gestionamos peor. Frankestein parece cobrar vida propia, mientras el hombre teme verse convertido en un muñeco.

Nuestra capacidad de conocer empieza a verse controvertida. Sobre un mismo fenómeno encontramos múltiples y contradictorias explicaciones, sin que acertemos a formarnos criterio propio. Los clásicos organizadores del conocimiento han saltado por los aires en nombre del relativismo, la improvisación o la chapuza manipuladora con que los políticos y sus cortesanos tratan de afrontar los retos que plantea a las modernas sociedades un mundo cambiante, sujeto a la irrupción de fuerzas desconocidas e inexplicables.

Y entonces se recurre al engaño. Los políticos y sus cortesanos, conocedores de que disponen de un tiempo muy corto para hacernos creer que saben lo que se traen entre manos –porque, de otro modo, podríamos darles las espaldas en el siguiente proceso electoral-, se han convertido en vendedores de humo, que improvisan soluciones mágicas, impuestas a la fuerza con el poder que, ingenuamente, transferimos a los Estados para que nos controlen y nos mantengan sumisos.

La sarta de equivocadas decisiones improvisadas durante la ‘pandemia’ del coronavirus, desconocedoras muchas veces de los derechos ciudadanos consagrados en las constituciones, no ha llegado a pasar la debida factura a quienes violaron principios fundamentales de la ideología liberal-democrática, e impusieron auténticas dictaduras sostenidas sólo por la fuerza y no por la razón. Y la precipitación con que muchos gobernantes sacan de la chistera soluciones para frenar la inflación y el encarecimiento de la energía atribuidos a la guerra de Ucrania, que Rusia rechaza que sea guerra, invitaría a la risa si no fuera porque, previsiblemente, serán catastróficos los resultados de esas ‘políticas económicas’ (por asignar un nombre digno a las payasadas de circo que se ensayan alegremente, en la vana esperanza de que alguna produzca efecto).

Lo simpático del caso es que, según los medios de comunicación a los que se acuda, los juicios de los sesudos ‘investigadores’ y ‘expertos’ que pontifican desde las redes discrepan de modo radical. ¿Qué habrá de verdad o de mentira en sus explicaciones de lo que se dice que está ocurriendo, qué argumentos de los que airean -insultando a quienes no los comparten- se sostendrá cuando pasen unos pocos meses? ¿Qué pasa realmente en Ucrania, en China, en Afganistán, en Venezuela, en Rusia?, ¿cuál es la situación de Siria o de Libia?, ¿se abre Marruecos a una democracia de corte occidental, o sigue jugando al despiste?, ¿cuáles son los verdaderos resultados electorales en tantas y tantas convocatorias sospechosas?, ¿cuáles serán los tratos entre los políticos y sus cortesanos encaramados al poder y los cortesanos y los políticos opositores, cuando no hay micrófonos delante?, ¿cuál habrá sido el alcance de la corrupción en países que se nos presentaban como ejemplo de pureza institucional?, ¿cómo justificar desde la ética las monstruosas diferencias sociales y económicas, incluso en sociedades supuestamente asentadas en los principios del Estado de bienestar?

Arrinconada la fe religiosa, nos preguntamos, temerosos, si habrá vida después de la muerte; y, aterrorizados, nos esforzamos por embotar nuestros sentidos para distraernos de las grandes cuestiones de la vida. Y nos aferramos a discusiones bizantinas, a apasionadas intervenciones en las redes sociales carentes de racionalidad y desprovistas del más elemental sentido común, que dan pábulo y una brizna de sentido a la existencia de pobres idiotas agresivos que se pronuncian sobre lo que ignoran, e insultan, desvergonzados, a quienes no les siguen la corriente.

Tal vez la mejor vía de escape de esas tendencias autodestructoras sea el reconocimiento humilde de las personales limitaciones, la conciencia de nuestra condición de criaturas, falibles pero a la vez abiertas al conocimiento de la verdad, a través de la reflexión. Propiciemos un silencio interior que facilite la imprescindible introspección que nos conecte con los valores espirituales de la vida.

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Santiago Torrado y Francesco Manetto. Gustavo Petro marca la senda de la nueva izquierda latinoamericana

Colombia marca a partir de este domingo el camino de la nueva izquierda latinoamericana. Con un acto de transmisión de mando cargado de simbolismo en la Plaza de Bolívar, en el corazón de Bogotá, y ante una decena de jefes de Estado, Gustavo Petro y Francia Márquez se incorporan a un bloque progresista diverso y heterogéneo que incluye al mexicano Andrés Manuel López Obrador —que no viajó a la capital colombiana, pero estará representado por su esposa, Beatriz Gutiérrez y el canciller, Marcelo Ebrard—, así como a algunos de los invitados: el argentino Alberto Fernández, el chileno Gabriel Boric o el boliviano Luis Arce. A la espera de las presidenciales de octubre en Brasil, donde Lula da Silva parte como favorito, la camada encabezada por Petro llega con la novedad de incorporar una marcada agenda ambiental y postular un modelo económico que dé prioridad a las energías limpias.

“Es una convergencia de izquierdas en un solo Gobierno”, señala el abogado y sociólogo César Rodríguez, profesor de la Universidad de Nueva York, NYU. De un lado la izquierda más política, pues Petro, que en su juventud perteneció a la guerrilla del M-19, tiene más de dos décadas de trayectoria en las instituciones colombianas como congresista y alcalde de Bogotá. Y de otro, Francia Márquez, su número dos,viene del corazón de los movimientos sociales, “que hasta ahora no habían tenido ese nivel de liderazgo y poder nacional ni en Colombia ni en ningún otro país de América Latina”. La nueva vicepresidente es un avance sin precedentes para los movimientos afro, ambientalista y feminista. De ahí el enorme interés que despertó en su reciente gira por Brasil, Chile, Argentina y Bolivia.

Para la internacionalista Sandra Borda, las izquierdas latinoamericanas de esta nueva época “son mucho más diversas que las de la ola rosa” de comienzos de siglo, lo que puede dificultar la acción colectiva. La académica de la Universidad de Los Andes, en Bogotá, que fue candidata del Nuevo Liberalismo y que manifestó su apoyo a Petro, señala dos grandes diferencias con respecto al pasado. “Una, que no es la izquierda explotadora de commodities a diestra y siniestra. Es una izquierda que tiene una agenda ambiental. La otra, que incorpora dentro de su agenda la reivindicación de derechos de identidades y comunidades minoritarias”, señala.

La izquierda tradicional en la región no tenía el medio ambiente entre sus preocupaciones centrales. Incluso, en lo que va del siglo ha tendido a decantarse por favorecer el modelo económico extractivista, con una posición agresiva contra los movimientos ambientalistas —de Lula y Dilma Rousseff en Brasil a Rafael Correa en Ecuador. Con Petro, a la agenda de búsqueda de paz y justicia social en Colombia se suma un importante componente de justicia ambiental, transición energética y cambio climático, un aporte fundamental de los movimientos sociales, valora Rodríguez, coautor de La nueva izquierda en América Latina.

El progresismo que despunta principalmente con Petro y Boric, que han exhibido afinidad e intercambiado visitas, destaca Rodríguez, entiende que los combustibles fósiles y las industrias extractivas son el pasado. En otras palabras, que no existe futuro en un planeta inhabitable, ni para la izquierda ni para nadie. En campaña, Petro marcó distancia con la Venezuela de Nicolás Maduro, un vínculo con el que lo suelen atacar sus críticos, al subrayar que la dependencia del petróleo es todo lo contrario a sus postulados. Tanto en Colombia como en Chile se habla de que una eventual victoria de Lula frente al presidente Bolsonaro en Brasil consolidaría un nuevo eje progresista, pero está por verse si en caso de regresar al palacio de Planalto estaría dispuesto a abandonar la tradición extractivista.

“Petro ha defendido a la nueva izquierda y probablemente se comprometa con la región a través de esta lente, abordando el cambio climático e impulsando el desarrollo económico en industrias “intensivas en conocimiento””, señala un análisis de la consultora Colombia Risk Analysis sobre la naciente política exterior. “Esto rompe con otros líderes de izquierda, como en México y Brasil, que continúan abogando por un crecimiento basado en materias primas”.

Pero más allá de la viabilidad del plan de Petro a corto plazo, su llegada al poder redibuja también el sistema de contrapesos regionales frente a Estados Unidos. Ese es, por ejemplo, el propósito de López Obrador, que busca liderar un bloque progresista en América Latina y tratar de lograr una mayor capacidad de negociación con Washington. La afinidad con el nuevo gobernante colombiano aumenta su margen para intentar reafirmarse, aunque según apuntó Humberto Beck, profesor e investigador del Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México, se trata de una ambición con efectos más simbólicos y retóricos que prácticos.

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Comisión de la Verdad y Proceso de Paz en Colombia

A través de la web de la Comisión de la Verdad puede accederse a una documentación valiosísima y de primera mano de este magno esfuerzo por reconducir Colombia por las vías de la paz y del entendimiento.

Invitamos, pues, a todos los estudiosos del ámbito de las ciencias sociales y a todas las personas interesadas a que profundicen en la lectura de estos textos, que deberían constituir las bases sobre las que se asiente un nuevo modelo de país.

Así lo deseamos de todo corazón, y así esperamos que se trabaje desde las instituciones, la academia y la sociedad civil. Sólo se pierden con certeza las batallas que no se acometen.

Amemos a Colombia con obras y de verdad, e impulsemos una pedagogía del respeto, la comprensión y el perdón.


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Reportaje de Ecuavisa sobre la exposición Memorias de un héroe, en la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit

La exposición «Memorias de un héroe» es un esfuerzo enorme de la  Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit por rendir un homenaje al mariscal Antonio José de Sucre y a otros héroes de la Independencia, en el marco del año jubilar por el bicentenario de la Batalla del Pichincha.

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Carlos Bravo Regidor. Una entrevista con Daniel Innerarity: lidiar con el desconocimiento

Daniel Innerarity es uno de los filósofos españoles más reconocidos de nuestra época. Recogemos aquí una entrevista sobre su último libro, La sociedad del desconocimiento (Galaxia Gutenberg, 2022). Nos gustaría destacar la importancia de estas reflexiones, que sirven de base para una explicación global de lo que Innerarity llama ‘la sociedad del desconocimiento’: si a finales del siglo XX nos vanagloriábamos de vivir en la sociedad del conocimiento, ahora, según Daniel Innerarity, nos percatamos de que vivimos en la sociedad del desconocimiento. Nuestra irreductible ignorancia se debe a la complejidad de los problemas políticos y sociales, a la deslegitimación de las instituciones de mediación (la prensa, la academia, la ciencia, los partidos políticos, los sindicatos) y a los riesgos ocultos de las tecnologías, entre tantas otras cosas.

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Carlos Bravo Regidor (CBR): El punto de partida de su libro, La sociedad del desconocimiento, es que estamos viviendo un cambio muy profundo, que nuestra era está definida por una transformación fundamental a la que usted llama, en un astuto juego de palabras, “la sociedad del desconocimiento”, ¿en qué consiste, a grandes rasgos, esa tesis?

Daniel Innerarity: Si tuviera que sintetizarla en una idea nuclear sería la siguiente: eso que llamábamos la “sociedad del conocimiento” tenía, a mi juicio, un concepto del conocimiento muy poco problemático, muy acumulativo, de tal manera que el conocimiento iniciaría, digamos, de la Ilustración en adelante, con un proceso en el que tendría lugar una disolución progresiva de nuestra ignorancia. Como consecuencia de múltiples crisis, de la complejidad social, de cierta perplejidad que el mundo contemporáneo produce en nosotros, más bien lo que nos encontramos ahora es que hay una ignorancia irreductible que tenemos que gestionar de alguna manera. No es una tesis pesimista ni derrotista, es simplemente algo que podemos y debemos hacer si queremos afrontar con cierto éxito las crisis de nuestro tiempo.

CBR: ¿Cuáles son las principales causas o motores de ese cambio que desemboca en la conciencia de que vivimos en una sociedad del desconocimiento?

Daniel Innerarity: Probablemente, lo más relevante —y aquí hablo desde el punto de vista de mi propia biografía, por la edad que tengo y la generación a la que pertenezco— es la conciencia de los riesgos. Por un lado, está la conciencia de que las tecnologías, desde la nuclear hasta los desarrollos de la inteligencia artificial, tienen una serie de impactos muy relevantes, aunque todavía no somos capaces de identificarlos muy bien.

No es casual que te hable de mi generación: yo me formé en Alemania con Ulrich Beck, el teórico de la sociedad del riesgo, y con la crisis de Chernóbil. Fuimos muy conscientes de que la contaminación viajaba, de los riesgos de la energía nuclear, de que las protecciones que teníamos eran insuficientes y de que estábamos entrando en un terreno muy enigmático. Desde entonces no hemos hecho más que encadenar una crisis tras otra, y eso nos ha puesto ante un fenómeno que se podría sintetizar diciendo esto: hay demasiadas cosas conectadas con demasiadas cosas de un modo que no es fácil de desentrañar.

En la Ilustración y en la Modernidad clásica podíamos hacer dos operaciones que son —o eran— de gran utilidad. Una, la asignación de responsabilidad, imputar o incluso culpar a una persona cuando había algo que funcionaba mal; y otra, a la hora de resolver un problema, la segmentación, la división del trabajo, la compartimentación, la estandarización. Pero esas dos operaciones funcionan muy mal a la hora de entender y gestionar el mundo en el que estamos.

Respecto a la primera, por supuesto que hay gente culpable y gente malvada, pero la dificultad es que hay más chapuza, desorden, incapacidad e ingobernabilidad que perversión. Con relación a la segunda, lo formularía de la siguiente manera: si queremos arreglar algo, lo tenemos que arreglar todo; no podemos ir por partes, como ha sido la estrategia habitual a la hora de gestionar un problema.

CBR: En los primeros capítulos de su libro usted introduce un par de conceptos que dan cuenta de la disrupción que ocasiona la sociedad del desconocimiento en la experiencia cotidiana, que aluden a ese “terreno muy enigmático” que mencionaba. Uno es el concepto de la “desintermediación”; el otro, el de la “desregulación del mercado cognitivo”. ¿A qué se refieren esos términos? y ¿qué relación guardan entre sí?

Daniel Innerarity: La desintermediación se refiere a la debilidad de las mediaciones y nos plantea un problema en la medida en que toda nuestra estrategia de organización del conocimiento, de militancia sindical, de compromiso político, incluso de experiencia religiosa, pasaba a través de unas instituciones poderosas que organizaban el conocimiento, que establecían orientaciones de acción e incluso la estabilidad de las propias organizaciones. El segundo concepto, la desregulación del mercado cognitivo, se refiere a la consecuencia que tiene la desintermediación, es decir, ahora tenemos un entorno informativo más bien caótico, muy poco organizado, lo cual hemos celebrado como un progreso, pero ¿por qué?

Porque hemos lamentado que partidos, iglesias, sindicatos, profesores y demás ejercieran esa mediación con sesgos y con una intención de dominio y, por tanto, nos ha parecido muy bien que ahora, gracias a Google, a la automedicación, a la experiencia religiosa singular, etcétera, podamos prescindir de esas mediaciones. Pero nos estamos dando cuenta, como en un efecto de rebote, de cómo esa experiencia de desintermediación, que tiene sin duda un primer efecto emancipador, al mismo tiempo puede provocar una sobrecarga en los sujetos.

Entonces aparecen todo un conjunto de patologías. La desorientación o, por ejemplo, la experiencia de que no hay una solidaridad sindical organizada, sino que más bien se nos considera a los trabajadores como empresarios de nosotros mismos o la automedicación, a veces abusiva y estúpida, o el hecho de que muchas personas sucumban ante la ilusión de que el conocimiento, en el fondo, es algo accesible, fácil, que se puede organizar sin ninguna disciplina, una palabra, por cierto, muy significativa, que hemos utilizado a la hora de organizar nuestro conocimiento.

Sabemos muy bien de lo que queremos huir: queremos huir del paternalismo cognitivo y eso está muy bien, pero probablemente estemos en un momento de desorientación que, por cierto, nos pone en manos de otras mediaciones más invisibles, como el algoritmo de Google, o de nuevas formas de dominio, más sutiles, que no estamos acostumbrados a combatir.

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Pablo Rosero Rivadeneira. Se buscan patriotas

En días de convulsión social, mirando con dolor el extremismo y la violencia, me dediqué a transcribir el proceso que las autoridades españolas siguieron contra Francisco Calderón, uno de los héroes del Estado Libre de Quito de 1812 y padre del ‘Héroe Niño’ de Pichincha, Abdón Calderón.

Un malintencionado revisionismo histórico ha querido restar mérito al proceso que inició en Quito en 1809 y culminó con la Batalla del Pichincha del 24 de mayo de 1822. El 10 de agosto ha sido reducido a una revuelta de unos cuantos potentados afectados en sus intereses olvidando la lapidaria sentencia de los barrios de Quito reunidos en el Convite de San Roque, pocos días después del 10 de agosto:

«No hay rey, no hay legítimo dueño. Nosotros hemos quedado libres naturalmente«.

Un velo de silencio cómplice se ha echado sobre los años que transcurrieron entre 1810 y 1822, como si nada hubiera pasado, como si las vicisitudes del Estado Libre de Quito pudieran ser despachadas en dos líneas de un aburrido texto de historia.

Olvida ese silencio cómplice el primer esfuerzo por el autogobierno desconociendo el poder divino de los reyes e intentando avanzar de a poco hacia la supremacía del pueblo. Pareciera que, a lo largo de doscientos años, al poder le fue -y le es- más conveniente hacer una caricatura de los héroes para difuminar su aporte a la memoria común.

¿Qué ha quedado en Quito de Francisco Calderón, fusilado en Ibarra luego de la retirada quiteña de noviembre de 1812? Apenas el nombre de una plaza y una calle cuyo origen desconocen los ciudadanos que transitan por ellas todos los días. ¿Qué ha quedado de todos los que con él lucharon por un proyecto diferente de sociedad? Nada. Más bien se ha ultrajado su memoria colocando el nombre de sus perseguidores -Montes y Sámano- a dos calles quiteñas.

Más triste ha sido la suerte de Abdón Calderón, convertido en caricatura por un romántico trasnochado y sus Leyendas del Tiempo Heroico. Reducido al hazmerreír de un cómico al que no le falta algo de razón por ese endiosamiento de las figuras históricas transmitido por un sistema educativo colapsado que no enseña ni a pensar ni a sentir.

Sin embargo, Francisco y Abdón dieron todo lo que podían dar por la causa de una sociedad mejor. En estos días de oscuridad me he preguntado quién de nosotros estaría dispuesto a perder bienes, fortuna, buen nombre, por un ideal superior. ¿Quién podría deponer posiciones e intereses personales para restituir la justicia y el sentido común?

Mucho se criticó en los días del Bicentenario la figura de los héroes. Quizá con razón, al mirar con vergüenza que los ideales que inspiraron la independencia nunca terminaron de hacerse realidad.

Pero es innegable que en doscientos años algo se ha avanzado y que si hemos caminado ha sido posible gracias al sacrificio no sólo de los grandes próceres sino de la gente de a pie que echa a andar la rueda de la historia todos los días.

¡Y qué falta hacen en estos días nuevos héroes dispuestos a mirar por el país, más allá de los minúsculos y cobardes intereses de los egoístas que incluso se avergüenzan de proclamarse patriotas!


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Ramiro García Pereira. La Atlantic International University bajo la lupa

A lo largo de las últimas semanas hemos recogido en el blog una serie de artículos de la autoría de Ramiro García Pereira, que han permitido arrojar luz sobre la valoración que deba hacerse de las titulaciones expedidas por la AIU.

Como colofón, y para facilitar una consulta sistemática y de conjunto, reproducimos aquí el texto completo, en el que se han integrado, como en un todo, aquellos fragmentos dispersos.

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Aclaraciones sobre la Atlantic International University

Me llena de mucha pena ver que se repite la misma y constante operativa de parte de gente relacionada con la AIU, sean estudiantes, egresados, funcionarios o trolls contratados para publicar información falsa o información incompleta acerca del supuesto reconocimiento oficial de los programas formativos que ofrecen.

Esto, desafortunadamente, a veces sirve para que muchas personas tomen decisiones de las que después tendrán que arrepentirse, cuando pagan miles de dólares por programas formativos que no pueden revalidar luego en sus países de residencia.

Lamentablemente, la usuaria “María Romero Zapata” (o quién sea realmente) ha traído a la discusión a modo de “argumentos” para justificar su punto, información incompleta y la ha usado para desinformar sobre el asunto en cuestión. A continuación voy a intentar “arrojar algo de luz” sobre esos argumentos sesgados, falsos y potencialmente dañinos para mucha gente que está buscando programas universitarios vía online.

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AIU, Argumentos falaces. Núm. 1: “El proceso de acreditación en Estados Unidos es voluntario y no obligatorio”

Esta “información” es parcialmente cierta: en efecto, en los Estados Unidos una institución educativa no está obligada a pasar por el proceso de acreditación ante los organismos competentes y reconocidos por el Gobierno federal o los gobiernos estatales para poder operar de forma “técnicamente legal”.

Sin embargo, si usted estudia, egresa y luego intenta ejercer alguna carrera que necesite un tipo de habilitación especial en el ámbito federal o estatal (por ejemplo, abogacía, contabilidad y finanzas, medicina, arquitectura, algunos ramas de la ingeniería, etcétera), en una “universidad” no acreditada por alguna de las agencias u organismos de acreditación reconocidos por el Departamento de Educación de los Estados Unidos, puede llegar a ser inculpado de un delito del tipo “usurpación de título profesional”.

Es altamente probable que si usted estudia, por ejemplo, la carrera de abogacía en una universidad no acreditada, y luego usted se presenta como abogado, en algunos países como Uruguay, pueda estar cometiendo un delito: Código Penal Uruguayo, artículo 167: “El que se abrogare títulos académicos o ejerciere profesiones para cuyo desempeño se requiere una habilitación especial, será castigado con 20 U.R. (veinte unidades reajustables) a 900 U.R. (novecientas unidades reajustables) de multa”. Link: https://www.impo.com.uy/bases/codigo-penal/9155-1933/167.

Lo mismo pasa en Estados Unidos: si usted egresa,  por ejemplo, como cirujano (pero vale lo mismo para una gran cantidad de profesiones) titulado por una universidad no acreditada, y luego hace uso de ese título tan sólo para presentarse en la sociedad como tal, puede llegar a cometer un delito, según la legislación de algunos estados: NY ED Law 6512: “Further, it is criminal to merely hold yourself out as such a professional” (traducción: “Además, es un delito simplemente presentarse como tal profesional”). Link: https://www.new-york-lawyers.org/unauthorized-practice-of-a-profession-ny-ed-law-6512.html

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AIU, Argumentos falaces. Núm. 2: “El Departamento de Educación NO acredita instituciones ni programas”

Nuevamente, una información parcialmente cierta, pero con una obvia intención de confundir e inducir a una interpretación incorrecta de la realidad.

Si bien es cierto que el Departamento de Educación de los Estados Unidos no acredita directamente a las Universidades ni a sus programas formativos, sí que encarga esa función a organismos acreditadores regionales reconocidos en varios estados o de nivel nacional. Incluso allí hay una discusión interna, dentro de los Estados Unidos, sobre qué tipo de acreditación es más prestigiosa, si la de nivel regional (la más apreciada y reconocida entre las universidades más prestigiosas) o la de nivel nacional (generalmente las universidades de poco prestigio recurren a ella).

Yendo al grano, si usted estudia una carrera en una universidad de los Estados Unidos que no tenga acreditación regional o nacional por parte de algunos de los organismos acreditadores reconocidos por el Departamento de Educación de los Estados Unidos, su título no será reconocido luego por ninguna universidad seria; no podrá ejercer profesionalmente en cierto tipo de carreras para las que se necesita habilitación profesional, y, por supuesto, su título no contará con el Sello del Departamento de Educación de los Estados Unidos En consecuencia, salvo error o corrupción de quien deba otorgar el visto bueno, su título no podrá ser revalidado en ningún país serio del mundo (https://en.wikipedia.org/wiki/Higher_education_accreditation_in_the_United_States).

Un requisito universal, sine qua non, para que un título universitario sea reconocido por otro país, es que su título tenga el sello de reconocimiento oficial de la autoridad ministerial educativa del país en el cual se expidió. Los títulos de AIU no cuentan actualmente con el reconocimiento del Departamento de Educación de los Estados Unidos y, por lo tanto, los títulos expedidos por esta institución formativa, no terciaria ni universitaria, no serán reconocidos en casi ningún país del mundo, salvo tal vez algunos pocos países de África o del medio oriente, donde la corrupción extrema es pan de todos los días.

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AIU, Argumentos falaces. Núm. 3: “CHEA es la acreditadora más importante del Departamento de Educación de Estados Unidos”

Esto es completamente falso, no tiene ni un ápice de verdad y es muy grave que se difunda de esta manera, lo que denota el desconocimiento de lo que es CHEA o, peor aún, que se miente a conciencia, para inducir al error adrede.

CHEA -Council for Higher Education Accreditation- o, en español, “Consejo para la Acreditación de la Educación Superior”, primero que nada, no es un organismo dependiente del Departamento de Educación de los Estados Unidos. Así lo declara su página web oficial: “CHEA is the only nongovernmental higher education organization in the United States that undertakes this scrutiny. The federal government, through the U.S. Department of Education, conducts governmental recognition reviews”. (En español: “CHEA es la única organización no gubernamental de enseñanza superior de Estados Unidos que lleva a cabo este escrutinio. El gobierno federal, a través del Departamento de Educación de los Estados Unidos, lleva a cabo los exámenes de reconocimiento gubernamental”. Así, pues, en la página oficial de CHEA, se aclara muy bien que se trata de un organismo no gubernamental: es una institución privada, que carece de autoridad para acreditar u otorgar reconocimiento oficial. ¿Cuál es la función de CHEA, entonces? Básicamente, lo que hace CHEA es decir: “miren, esta institución educativa tiene buenos programas formativos”, pero hasta ahí llega, sólo puede reconocer calidad, pero no otorgar reconocimiento o acreditación oficial.

De hecho, se considera buena cosa que las universidades tengan el reconocimiento tanto de CHEA como del Departamento de Educación. Sin embargo, el reconocimiento de CHEA por sí sólo no tiene validez formal oficial, y las “universidades” de Estados Unidos reconocidas por CHEA que no tengan reconocimiento del Departamento de Educación al mismo tiempo no son universidades debidamente acreditadas por el Gobierno de los Estados Unidos, ya que es obligatorio que las universidades “verdaderas” que operan en el territorio estadounidense se amparen en las exigencias del “Higher Education Act of 1965”, que exige que las universidades obtengan acreditación de alguno de los organismos reconocidos por el Departamento de Educación de los Estados Unidos. Y no es el caso de AIU.

En todo caso, AIU no está reconocida directamente por CHEA, sino que CHEA reconoce parcialmente a ASIC*, como organismo que puede servir para “recomendar visas de estudio”.

*Las siglas ASIC corresponden a «Accreditation Service for International Schools, Colleges and Universities» (ASIK UK), y su traducción al español es «Servicio de Acreditación de Colegios y Universidades Internacionales». Realiza su trabajo de forma independiente y privada, y es reconocida por el Gobierno del Reino Unido para la acreditación de universidades de forma oficial. Su rol es el de patrocinador de visas muy restringidas a estudiantes extranjeros para estudios cortos (no necesariamente universitarios) en el Reino Unido.

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AIU, Argumentos falaces. Núm. 4: «Según el Departamento de Educación de Estados Unidos, la acreditación de una autoridad acreditadora reconocida se acepta como el equivalente estadounidense al reconocimiento ministerial de instituciones pertenecientes a la educación nacional por parte de otros países»

Este argumento (la acreditación de Atlantic International University por ASIC, que supuestamente es una autoridad acreditadora reconocida y aprobada por el Ministerio del Interior de Reino Unido), es completamente una falacia y el más nocivo de todos los argumentos. Nuevamente se recurre a la mentira, al engaño y, posiblemente, a la intencionalidad de engañar de modo intencional.

ASIC, primero que nada, es un organismo privado que opera en el Reino Unido con el solo fin de dar una esponsorización a estudiantes de otros países que quieran estudiar en el Reino Unido, tal como lo dice en su página web oficial: “ASIC is a UK Visas and Immigration approved accreditation body for the purposes of the Short-term study visa”. (En español: “ASIC es un organismo de acreditación aprobado por Visas e Inmigración del Reino Unido a efectos del visado de estudios de corta duración”).

ASIC no tiene autoridad para reconocer oficialmente universidades ni colegios de ninguna parte del mundo, como se dice en el artículo de Wikipedia correspondiente:“Qualifications attained in ASIC accredited schools, therefore, have no value in respect to UK government recognition. ASIC is an independent company with no formal recognition to accredit or inspect international schools on behalf of the UK government, obtaining an ASIC-approved qualification or certificate from one of these international institutions, therefore, holds no formal recognition in the UK”. (En español: “Las calificaciones obtenidas en las escuelas acreditadas por la ASIC, por lo tanto, no tienen ningún valor con respecto al reconocimiento del gobierno del Reino Unido. La ASIC es una empresa independiente sin reconocimiento formal para acreditar o inspeccionar escuelas internacionales en nombre del gobierno del Reino Unido, por lo que la obtención de un título o certificado aprobado por la ASIC en una de estas instituciones internacionales no tiene ningún reconocimiento formal en el Reino Unido”).

El acuerdo entre CHEA y ASIC es sólo para visado de estudiantes, no por otro motivo, y el reconocimiento que ASIC hace de AIU es sólo un modo de decir al Gobierno británico de forma coloquial lo siguiente: “mirá, los estudiantes de AIU podrían llegar a ser potenciales beneficiarios de una visa de corto plazo para estudiar algo corto en el Reino Unido”. Pero el que ASIC diga eso no quiere decir ni asegura en forma alguna que el Gobierno del Reino Unido vaya a hacer caso: esa mera recomendación no implica en forma alguna que se diga que un título de AIU sea reconocido en Inglaterra; porque ASIC no tiene la capacidad ni la misión de hacer eso, sólo es una agencia de recomendación de visados estudiantiles de breve tiempo, que tampoco garantiza que puedas estudiar en una universidad del Reino Unido; implica  simplemente que podés llegar a estudiar algo formal, tal vez un curso de peluquería, porque ASIC sólo puede esponsorizar visado para estudios cortos.

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Reflexiones finales sobre Atlantic International University

Me entristece asistir al lamentable espectáculo de que gente de AIU, sus trolls pagos o, incluso, personas que estudiaron en esa institución y cayeron víctimas de sus tácticas publicitarias engañosas, difundan mentiras por la web para seguir perjudicando a gente excesivamente confiada.

En el caso de la gente de AIU o de sus trolls rentados, es claro el porqué lo hacen; pero en el caso de quienes estudiaron allí y buscan de algún modo justificar que lo que estudiaron debe ser reconocido, me parece triste en verdad.

Debe quedar claro, de una vez y por todas, que cualquier título expendido por AIU no será reconocido por ningún país serio en el mundo, por la sola razón de que AIU no está reconocida ni por el Departamento de Educación de los Estados Unidos, ni por OfQual ni por el Department for Education del Reino Unido.

Tampoco AIU cuenta con el sello de CHEA, ni de ninguna autoridad ministerial educativa de ningún país del mundo. Sus títulos no están acreditados por ninguna agencia gubernamental en ningún país del mundo.

Si a pesar de esto quieren estudiar en AIU, pueden hacerlo, pero sepan que los títulos que expiden no son títulos universitarios o terciarios acreditados oficialmente.

Con esto quiero decir que, tal vez, AIU pueda ofrecer ciertos programas formativos de buena calidad, donde uno aprende muchas cosas buenas, útiles o valiosas para nuestra vida privada, para nuestras propias metas personales. AIU puede ser una excelente opción para mucha gente que busque formación continua no acreditada o reconocida de forma oficial, pero no es una opción para quien busque obtener un título universitario reconocido y acreditado.

Si quieren estudiar carreras cuyos títulos universitarios online estén reconocidos y sean revalidados en los países donde residen, existen muchas ofertas a lo largo y ancho del mundo, en universidades serias y reconocidas por los países donde operan. México, España e Inglaterra tienen grados, posgrados, maestrías y doctorados a precios razonables, impartidos por universidades y colegios de formación terciaria prestigiosos, completamente acreditados y reconocidos oficialmente, que pueden ser revalidados en cualquier parte del mundo.

No se dejen engañar, no se quieran engañar a ustedes mismos. Después van a lamentarlo: y conozco un par de casos que avalan estas prevenciones.

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Se recoge a continuación un listado de referencias que sustentaron la redacción de los anteriores textos, algunas de las cuales no se incluyeron de modo explícito:

Referencia 1: https://www.new-york-lawyers.org/unauthorized-practice-of-a-profession-ny-ed-law-6512.html

Referencia 2: https://en.wikipedia.org/wiki/Higher_education_accreditation_in_the_United_States

Referencia 3: https://www.chea.org/about-chea

Referencia 4: https://en.wikipedia.org/wiki/Higher_Education_Act_of_1965

Referencia 5: https://www.asicuk.com/affiliations/

Referencia 6: https://en.wikipedia.org/wiki/Accreditation_Service_for_International_Colleges

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El fiasco de AIU en Ruanda

La Comisión de Educación Superior de Ruanda (institución oficial estatal dedicada a acreditar y reconocer titulaciones universitarias), luego de haber reconocido puntualmente algunos títulos expedidos por la Atlantic International University a lo largo de los años (probablemente por una actuación administrativa corrupta y reiterada), decidió investigar el asunto, debido a la presentación de algunas denuncias, que aseguraban que la AIU no era una universidad acreditada en Estados Unidos ni en ninguna otra parte del mundo.

El desenlace de esa investigación resultó desastroso para los más de cien egresados de esa institución que había en el país: se retiró el reconocimiento de los títulos, que, en consecuencia, quedaron privados de todo valor.

El informe oficial deja bien claro, y sin lugar a duda alguna, que el Gobierno de Ruanda no reconoce a la AIU como una universidad merecedora de tal consideración: sus títulos no son reconocidos ni revalidados, y se prohíbe el ejercicio de cualquier profesión bajo el amparo de títulos de AIU.

Los afectados, es decir, aquellos que habían obtenido un título por esta “universidad”, argumentaron que, si bien AIU no está reconocida por el Departamento de Educación de los Estados Unidos, está reconocida por ASIC del Reino Unido, a lo que la Comisión de Educación Superior de Ruanda, respondió que ASIC no es una agencia gubernamental del Reino Unido y que, por lo tanto, no tiene autoridad para acreditar universidades de forma oficial, de donde se deduce que AIU no está reconocida por el Departamento para la Educación del Gobierno británico.

Es un caso realmente lamentable por todas esas personas de Ruanda que perdieron su dinero y su tiempo estudiando en AIU, pensando que iban a ser acreditadas en su país: ahora, si ejercen con títulos AIU, están violando la ley. Pero esto sirve como advertencia para que gentes de otros países tomen consciencia de la importancia de estudiar en universidades acreditadas oficialmente por los Ministerios de Educación de los países en los que esas universidades están radicadas.

AIU debería buscar acreditación oficial y reconocida en los Estados Unidos o en Inglaterra, o explicar que sus títulos no son reconocidos en ningún país del mundo y que puede ser ilegal ejercer con sus títulos.

Referencias:

https://www.universityworldnews.com/post.php?story=20220119080248799

https://bwiza.com/?Rwandan-graduates-from-Atlantic-International-University-AIU-vows-to-sue-HEC

Documento Oficial con la decisión del HEC: https://twitter.com/hec_rwanda/status/1480519518728429574?lang=es


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XIV Congreso Internacional Latina de Comunicación Social

Fechas: 23 a 25 de noviembre de 2022

Modalidad virtual y en línea

Fechas clave:

Envío de resumen obligatorio (en español, inglés, italiano, francés o portugués)Hasta el viernes 16 de septiembre
Notificación de aceptación/denegaciónDesde el viernes 23 de septiembre
Abono de matrícula: (180 € por cada firmante y por cada ponencia)Hasta el lunes 14 de octubre
Envío de ponencia completa (en español, inglés, italiano, francés o portugués)Hasta el viernes 28 de octubre
Envío de vídeo (voluntario) para ser emitido durante el CILCS y aviso de defensa de la ponencia (voluntaria) en directo Hasta el lunes 31 de octubre
Celebración (virtual y en línea)Del miércoles 23 al viernes 25 de noviembre

Consultas al correo: congresolatina@congresolatina.net 

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Ramiro García Pereira. El fiasco de AIU en Ruanda

La Comisión de Educación Superior de Ruanda (institución oficial estatal dedicada a acreditar y reconocer titulaciones universitarias), luego de haber reconocido puntualmente algunos títulos expedidos por la Atlantic International University a lo largo de los años (probablemente por una actuación administrativa corrupta y reiterada), decidió investigar el asunto, debido a la presentación de algunas denuncias, que aseguraban que la AIU no era una universidad acreditada en Estados Unidos ni en ninguna otra parte del mundo.

El desenlace de esa investigación resultó desastroso para los más de cien egresados de esa institución que había en el país: se retiró el reconocimiento de los títulos, que, en consecuencia, quedaron privados de todo valor.

El informe oficial deja bien claro, y sin lugar a duda alguna, que el Gobierno de Ruanda no reconoce a la AIU como una universidad merecedora de tal consideración: sus títulos no son reconocidos ni revalidados, y se prohíbe el ejercicio de cualquier profesión bajo el amparo de títulos de AIU.

Los afectados, es decir, aquellos que habían obtenido un título por esta “universidad”, argumentaron que, si bien AIU no está reconocida por el Departamento de Educación de los Estados Unidos, está reconocida por ASIC del Reino Unido, a lo que la Comisión de Educación Superior de Ruanda respondió que ASIC no es una agencia gubernamental del Reino Unido y que, por lo tanto, no tiene autoridad para acreditar universidades de forma oficial, de donde se deduce que AIU no está reconocida por el Departamento para la Educación del Gobierno británico.

Es un caso realmente lamentable por todas esas personas de Ruanda que perdieron su dinero y su tiempo estudiando en AIU, pensando que iban a ser acreditadas en su país: ahora, si ejercen con títulos AIU, están violando la ley. Sirva esto como advertencia para que gentes de otros países tomen consciencia de la importancia de estudiar en universidades acreditadas oficialmente por los Ministerios de Educación de los países en los que esas universidades están radicadas.

AIU debería buscar acreditación oficial y reconocida en los Estados Unidos o en Inglaterra, o explicar que sus títulos no son reconocidos en ningún país del mundo y que puede ser ilegal ejercer con sus títulos.

Referencias:

https://www.universityworldnews.com/post.php?story=20220119080248799

https://bwiza.com/?Rwandan-graduates-from-Atlantic-International-University-AIU-vows-to-sue-HEC

Documento Oficial con la decisión del HEC: https://twitter.com/hec_rwanda/status/1480519518728429574?lang=es


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Arístides Mínguez Baños. Adiós, muchachos; adiós, alumnos míos

Este emotivo y demoledor artículo debería ser leído, con carácter obligatorio, por todos y cada uno de los paniaguados que, sin comerlo ni beberlo, se han encontrado al frente de los ejércitos de burócratas que siguen persiguiendo con saña de neófitos la completa destrucción de lo que fue el sistema público de enseñanza en España.

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La clase queda vacía. Abro de par en par puertas y ventanas para que se disipe el olor a humanidad. Huele a tigre en celo, diría mi padre, que también se curtió casi por cuarenta años en escuelas públicas. Es lo que tiene trabajar en salas abarrotadas de humanos que oscilan entre la pubertad y adolescencia, con la revolución hormonal y psicológica que conlleva.

Tras el recreo, entran los de 4º. Mi pesadilla: son 36. No me caben. Tenemos que hacer malabares con el exiguo espacio que le hemos robado a la biblioteca y los enrevesados protocolos anti covid que nos obligaron a implantar a principios de curso. Están como piojos en costura. Han tenido educación física y no todos se han aseado como sus profesores insisten. El tufo se hace insoportable. Tanto como el calor. La biblioteca, cosa extraordinaria, dispone de aire acondicionado. Alguno grita que lo conecte. Desde mi equipo directivo han pedido que economicemos gastos. La tarifa eléctrica se ha encarecido de manera brutal y los del gobierno de presuntos ineptos, tránsfugas y meapilas que asola la región llevan meses sin ingresarles regularmente a los centros públicos, haciendo casi imposible que se puedan afrontar los gastos corrientes. Nuestro secretario se niega a dejar de pagar a los proveedores: no puede hacerles ese roto a tantos autónomos y empresas, algunas del entorno. Toca sudar y no poner el aire. Agarro la gorra y me abanico la calva, sudorosa cual manantial: si yo, que peso unas cuantas arrobas más, puedo aguantar la calor, ellos, que son más jóvenes y esbeltos, podrán hacerlo también. La chuscada parece acallar sus protestas.

Es un colectivo endiablado: algunos son repetidores, otros han pasado con todas las asignaturas pendientes de 3º de la ESO, por imperativo legal. A bastantes les importa un bledo el sacarse el curso: vienen aquí porque se lo pasan mejor que en la calle, tienen a sus colegas y flirtean con las mozas o mozos de su edad, pero estudiar… que estudien otros. Total, para acabar en el paro o arrancando alcachofas como sus padres.

Los hay, en cambio, que desean estudiar, que ven en los estudios, en el sacrificio y disciplina que llevan implícitos, la única salida a una vida digna. Intuyen que cuanto más formados salgan más sencillo les será encontrar el rumbo en el laberinto de trampas y precariedades que les ofrece la vida real. Con mucha frecuencia, sus compañeros nos impiden dar clase con normalidad. Demasiadas interrupciones, llamadas de atención continuas, riñas o sermones para que cambien de actitud. Inútiles…

He llegado a implorarles que me dejen trabajar. Que respeten a sus compañeros. Que me respeten a mí. Que tengan consideración a las horas de preparación que he tenido que echar en casa para poder darles una clase en condiciones. Callan cinco minutos, pero, al cabo, alguno gasta una broma estúpida y toda la clase cacarea, riendo la guasa del gallito. Los del fondo vuelven a intentar alborotar el gallinero. Algunos, pese a las prohibiciones y recordatorios continuos, manipulan el móvil a hurtadillas.

Tomo asiento, derrotado, cada vez con más ganas de llorar y de someterme. Me miro en los ojos prístinamente azules de S, que se compadece de mi impotencia. Observo a J, cuyo padre abandonó Marruecos con toda su familia y se desloma en campos para darles estudios a sus niñas del alma. Recapacito sobre la “fauna” a la que se supone que he de ayudar a formarse en este centro del extrarradio. Entre mis chiquillos los hay de parentelas musulmanas, ucranianas, rusas, chinas, ecuatorianas, colombianas, pero todos ellos se sienten españoles (aquí han nacido los más y perciben la bandera suya), aunque los del partido ultra les nieguen esta patria por su raza o credo. A pocos metros se alza un poblado de gentes búlgaras a cuyos hijos hemos de atender. Muchos de mis zagales tienen la suerte de tener ascendientes que se preocupan de su educación y los cuidan con esmero, pero otros proceden de familias rotas. Algunos usan la ruptura de la pareja como arma arrojadiza y los críos están desbocados, pagando en sus carnes las desavenencias de sus padres. Otros tienen al padre en el talego o se pasan el día solos, a veces semanas, porque sus progenitores han debido marcharse a otros lugares para trabajar cogiendo la fruta que la temporada marque o porque laboran limpiando casas o en la hostelería con horarios terroríficos. Me golpea el conflicto que tuve con L. No cogió mi optativa, lo matricularon en ella no sé por qué motivo. Al verlo a disgusto le dije que yo tampoco lo había elegido a él, pero, si estaba en mis clases, era mi responsabilidad e iba a hacer todo lo posible por cumplir mi obligación y proporcionarle la mejor formación. Su actitud era pasiva. Se echaba a dormir. Una mañana tuvimos un encontronazo y lo cogí aparte para abroncarlo. Descubrí que sus padres continuaban en América, que él vivía con unos parientes en una casa compartida con personas extrañas y que, para ayudar a que su madre pudiera pagarse el billete a España, él trabaja atendiendo a un anciano y asistiendo a su familiar en el cuidado de su bebé. A veces el anciano o el niño le dan mala noche: por eso no puede evitar dormirse en clase. Cambió por completo la percepción que tenía de él: vi a un titán embutido en el cuerpo de una criaturica de 15 años. En la conversación descubrí que venía sin desayunar. Le imploré que me dejara invitarlo a diario en la cantina. Se negó. Yo no quería herir su dignidad. Le dije sin mentir que no era el único al que le echaba un cable. Nadie se iba a enterar: si no lo hacía, mi conciencia no me lo iba a perdonar. Desde entonces se sienta en primera fila. A veces no viene: sé que ha tenido mala noche y su menudo cuerpo no ha sacado fuerzas para soportar la larga jornada escolar. Ha aprobado todas las evaluaciones y recuperado la pendiente. Quiere ser mecánico. Le he hecho jurar que me tratará bien cuando le lleve mi coche.

Con J, S o L en el alma agacho la cabeza y embisto como un toro hacia la pizarra. Me fajo por esos muchachos míos que no se han rendido, a los que aún puedo transmitirles algo de cultura, de educación, de humanidad.

Me paro de vez en cuando. Intento reenganchar a alguno de los díscolos. A veces los dioses me conceden captar el interés de uno, aunque sea por fugaces instantes. Otros, en cambio, duermen sobre los pupitres. Pero son mis muchachos: no los puedo dejar arrumbados así como sí.

Para más INRI, tengo a críos con necesidades educativas especiales (ACNEE). Esas criaturas no son iguales que los demás. Necesitan una atención personalizada y constante, un especialista que les saque el mayor provecho posible, no que los dejen “tirados” en medio de una clase repleta. Por ley, un niño ACNEE debía computar como tres alumnos “normales”: así, si se aplicara ésta, mi clase sería de 42 personas. Y eso, hoy por hoy, es una ilegalidad. Pero los caciques de siempre se pasan sus propias leyes por la entrepierna y con los recortes, aumentan el número de alumnos por aula y reducen el número de profesores, tanto de apoyo como los del resto.

[…]

Miro, entristecido, las aulas que se van vaciando. Intento recordar las caras de los que se han ido a buscar su destino fuera de estos muros. Siento nostalgia. Pero también rabia e impotencia, porque no he podido dar todo lo que podía a las personas que la sociedad ha puesto a mi cargo. Porque no puedo más, porque me siento incapaz para tener más alumnos que este año y tener que prepararme más asignaturas, para las que no he sido formado. Porque ellos tienen derecho a contar con profesores especialistas, motivados, ilusionados y comprometidos.

Porque a mi alrededor, entre mis compañeros, veo caras desoladas, derrotadas, desilusionadas. Porque están destruyendo la Educación Pública. Porque mis alumnos, mis zagales, mis hijos sólo pueden contar con ésta para labrarse un camino en la vida.

Cierro las persianas. Apago las luces, mientras me despido de los que han sido mis muchachos. Y, ya casi sin fe, ruego a mis dioses que me concedan las fuerzas suficientes para seguir amando esta profesión e intentar dar lo mejor de mí a los chicos que me encomienden en el futuro. Pero sé que los dioses nos han abandonado y sólo nos han dejado al frente de educación a chupacirios, a tecnócratas o pseudopedagogos que no valen ni para guano y que, sin tener ni pajolera idea de cómo huele a pie de tiza un aula pública, se atreven a robar el futuro de un país con sus leyes esquizofrénicas e inanes. Y esto se lo achaco igual a gobiernos del PSOE, PP o Podemos, como los que han venido destrozando la educación en los últimos decenios, pariendo leyes cada cual peor que la anterior. Nombres como Solana, Maragall, Aguirre, Wert, Celáa deberían pasar al muladar de la infamia por su crimen lesae educationis. Saben que una sociedad más formada y comprometida no toleraría su mediocridad, su estolidez e incompetencia por muchos escaños o despachos enmoquetados que pisen. Ellos sólo creen en el dios Mercado. Para ellos, mis alumnos, mis hijos sólo son carroña.

Adiós, mis muchachos, adiós, alumnos míos: gracias por haberme enseñado tantas cosas, gracias por hacerme creer que con algunos de vosotros los bárbaros no podrán y que España aún tiene esperanzas.

Os prometo que intentaré luchar con dientes y empellones, si falta hiciere, para que podáis elegir vuestro rumbo y no os obliguen a emigrar de vuestra España, ni os fuercen a ser las putas y chaperos de los millonarios que vengan a Eurovegas o engendros semejantes por alumbrar, ni los lacayos de los alemanes, holandeses, nórdicos y británicos que practican el turismo basura y tratan a los españoles (a los mediterráneos todos) como el estercolero de la Troika.

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