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Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades


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Manuel Ferrer Muñoz. Investigación sobre historia local

El próximo viernes, 1 de julio, a las 3,30 de la tarde, hora ecuatoriana (10,30 de la noche, hora peninsular española), se presentará Benamocarra y sus gentes, un libro que he tenido el gusto de coordinar, en que se lleva a cabo una zambullida en la reciente historia de esta población de la Axarquía malagueña (España). Como se indica en la Introducción, que recogemos, se ha apostado por la historia oral, definida por Ronald Fraser como “historia desde abajo”, y por eso tan adecuada para adentrarse en el relato histórico de la gente sencilla, excluida siempre de las historias de salón.

Las personas interesadas en acceder al acto de presentación, que se llevará a cabo por medios virtuales, deberán disponer de la plataforma Zoom. Para acceder al evento de la presentación, hay que pinchar en el siguiente enlace: https://cedia.zoom.us/j/88517568769#success

Durante el desarrollo de ese acto, se colgará el libro en Internet, que será accesible sin costo alguno a través del enlace que se facilitará en ese momento.

A continuación se reproduce la Introducción del libro.

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Desde hace casi cuatro años resido en Benamocarra, un pequeño y entrañable pueblo de la Axarquía de Málaga. Esta prolongada estancia, que deseo convertir en definitiva cuando se resuelvan asuntos que reclamarán mi presencia en latitudes lejanas durante un tiempo que quisiera abreviar, me ha ayudado a comprender aspectos notables de la mentalidad de muchos de mis vecinos, gente sencilla y noble por lo general, la mayoría ligados a trabajos agrícolas gracias a la bonanza del cultivo de algunas frutas tropicales.

Lejos de los enredos y de las complicaciones de las ciudades grandes, la vida en pueblos pequeños gira de ordinario en torno a relaciones no metamorfoseadas por la hipocresía o por las exigencias sociales, y no resulta difícil para un analista mínimamente avezado adentrarse en las grandezas y las miserias de personas que, en lo cotidiano, no necesitan ampararse demasiado en las apariencias: mucho más llamativos los rasgos positivos, sobre todo en la vertiente solidaria y en las cercanías afectivas, y más soterrados y disimulados los celos y resentimientos, por razones de sobrevivencia en un entorno pequeño, donde las estridencias sólo conducen al aislamiento social.

Aquí saltan a la vista la alegría de la gente, el cariño hacia los niños de corta edad, la sencillez y el candor de las ancianas, la espontaneidad y la sencillez con que compartimos lo que cada uno tiene, sea poco o mucho: al menos así ha sido siempre, hasta donde llega la memoria de los mayores, si bien han empezado a percibirse señales alarmantes e inequívocas que anuncian el fin de un ciclo y la llegada de nuevos tiempos menos solidarios y cooperativos. En estos pueblos chicos también se advierten con mayor nitidez —a veces, con estridencias— las hostilidades personales o familiares, muchas veces heredadas, y azuzadas en la mayoría de los casos por conflictos limítrofes o repartos de propiedades agrícolas, disputas por el agua de riego, o el virus de la política: discrepancias que, por lo general, cuando afloran a la superficie y se explicitan, se resuelven mediante el recurso a expresiones verbales o gestuales contundentes, intercambios de puñetazos o, en casos extremos, ante la administración de justicia. Muy ocasionalmente asistimos a estallidos de pasión ciega que pueden cobrarse vidas humanas.

Conforme se ahonda y se cala en el entramado social de la población, resulta perceptible un fondo de violencia soterrada, de raíces antiguas, que condiciona muchos modos de sentir y de expresarse; que marca también aspectos importantes de la convivencia en las familias y en los centros escolares, y que aflora también en los actos vandálicos protagonizados por adolescentes desarraigados. Ciertamente, nada nuevo bajo el sol: desde que el mundo es mundo conviven grandezas y miserias, amores y odios, esperanzas y miedos, aunque nada de esto nos exima de la búsqueda de sus porqués y del empeño por entregar a las siguientes generaciones un mundo mejor del que heredamos, por mucho que el pesimismo quiera acallar en ocasiones estos anhelos. Indagar en ese sustrato constituye un reto y una responsabilidad para el investigador social que, por fuerza, ha de echar mano de la historia en busca de posibles explicaciones.

Las páginas que integran este libro responden a observaciones practicadas en el curso de casi cuatro años, y se enriquecen con testimonios y puntos de vista procedentes de una pluralidad de autores, que proporcionan un avance provisional de un proyecto muy ambicioso cuya plena realización requerirá aún de muchos años y deberá comprometer la implicación de otras muchas firmas y protagonistas. Se ha privilegiado la incorporación de entrevistas con mujeres del pueblo, de modo que la recogida de noticias del ayer benamocarreño  tradujera la sensibilidad femenina, tan orillada por lo general en los trabajos de reconstrucción del pasado.

Porque hemos querido captar y transmitir incontaminada la frescura del sentir genuino que late en las memorias de nuestras gentes, se ha prescindido como regla general del recurso a documentación de archivo o a fuentes escritas secundarias. Nos ha movido siempre la apuesta metodológica por la historia oral, definida por Ronald Fraser como “historia desde abajo”, y por eso tan adecuada para adentrarse en el relato histórico de la gente sencilla, excluida siempre de las historias de salón.

Desde el sincero convencimiento de que esta publicación sobre Benamocarra representa sólo un primer pasito para que muchos de mis vecinos dejen atrás la barrera y salten al ruedo, y coadyuven así a plasmar la memoria colectiva de nuestro querido pueblo, es justo agradecer la cordial y gentil disposición de todos aquellos a quienes nos hemos acercado en busca de noticias o, simplemente, para conversar con calma sobre el tiempo que se fue, los amores, las penas, las heridas, las risas, las fiestas, los padres y los abuelos, las esposas y los esposos, los amigos.

No hemos perseguido una ‘memoria histórica’ exclusivista, parcializada, ni instrumentalizada al servicio de visiones simplonas. Rehuimos, con convencimiento pleno, los intentos de cosificar ‘una’ memoria histórica sacralizada, instrumentalizada para justificar la hegemonía o la condición superior de un grupo. Porque la sociedad es plural, plural ha de ser la plasmación de la imagen que, a partir de testimonios del pasado, construye el historiador; y plural también la perspectiva de análisis, nunca monocolor ni apegada a estereotipos predeterminados. Ojalá hayamos logrado mantenernos fieles a estos propósitos que guiaron las observaciones practicadas desde fines de 2018.

Manuel Ferrer Muñoz


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Manuel Ferrer Muñoz. La inmunidad de los famosos

Recientemente se difundió una fotografía de un famoso futbolista, ya en horas bajas por los achaques propios de la edad y de sus reiteradas lesiones, y de su pareja, una guapa colaboradora en programas de televisión de dudosa calidad, que pasaban unos días de vacaciones en Dubái y no tuvieron mejor ocurrencia que acudir a un restaurante donde la especialidad que se publicita consiste en chuletones bañados en oro de 24 quilates, al módico precio de 900 euros la pieza.

Ese demencial y enfermizo alarde de prodigalidad no fue una repentina atracción idolátrica hacia el oro, metal al que reverencia la encantadora pareja, ya sea en lingotes o en su forma más pedestre, transformado en euros o dólares, que igual da. Así, en esa misma gira solidaria y ejemplarizante, el simpático matrimonio se alojó días después en ‘Las Ventanas al Paraíso’, un resort de lujo situado en Los Cabos (Baja California, México), donde el costo de las habitaciones más baratas ronda los 1,200 euros por noche: la permanencia de una semana en tan modesta posada les habrá exigido, como mínimo, el sacrificio de distraer 8,400 eurillos de sus necesidades más apremiantes para contribuir generosamente al fomento del turismo mexicano, tan golpeado por una pandemia que se ensañó también con nuestros mayores de España, a muchos de los cuales encerramos a cal y canto en residencias para protegerlos de los peligros exteriores, condenándolos así a una muerte a la que acudirían bien acompañaditos.

Tras la publicación de la foto, no tardaron en aparecer algunos pocos comentarios indignados en las redes sociales de personas ofendidas por esos despilfarros, impropios de gente provista de la capacidad de pensar, de la que se supone dotados a la modelo y presentadora de programas televisivos y al futbolista que se bate en retirada deportiva. Pero lo extraordinario ha sido la comprensión manifestada por la mayoría de los usuarios de las redes, que invocaron la libertad como argumento para absolver a ese par de comilones de metal. “Cada cual come lo que quiera, siempre y cuando se lo pueda permitir… Cada cual se gasta su dinero en lo que quiere… El dinero es suyo”. Cuando una persona, crítica con los derroches inmoderados de la dichosa parejita, aludió a los valores éticos como guía de conducta, obtuvo la consabida respuesta: “cada persona tiene sus valores”. No hay duda: para el común de los mortales no existe un criterio de moralidad, eso debe de ser cosa de curas que desconocen el siglo en que viven; sólo es ‘malo’ lo que persigue la ley.

Conclusión: si se despenalizara el homicidio, y alguien pudiera permitirse la satisfacción de matar a tiros a su incómodo vecino, estaría en su derecho, y nadie podría recriminarle nada; cada cual mata lo que quiere. Y, si se despenalizara la eutanasia, como ya se ha despenalizado en algunos países, no se vería inconveniente la opción de acabar dulcemente con ‘vidas inútiles’; cada cual mata lo que quiere, eso sí, con amor. Asusta la catarata de aberraciones que se siguen de esa cerrazón mental, cada vez más extendida en una sociedad donde pensar por cuenta propia dejó de ser una posibilidad real ante el bombardeo de consignas y de ‘verdades’ impuestas por los medios que controlan los poderosos.

Volvamos al caso que motivó estas disgresiones. Tal vez si los protagonistas de lo que gente envidiosa calificaría de despilfarro fueran el presidente ecuatoriano Guillermo Lasso, Juan Carlos I de España o el papa Francisco, por proponer sólo tres nombres, los comentarios de las redes sociales habrían adoptado otro cariz y discurrirían sobre la necesidad de sacar a la luz los trapos sucios que supuestamente se ocultan en el pasado de esas personas. Y los insultos abarrotarían los espacios de ‘libre expresión’ que toleran algunas redes sociales, y abrirían camino a una campaña ‘moralizadora’ que instara a escupir sobre aquellos espantajos

Pero los nuevos aristócratas –deportistas de élite, famosillos de la telebasura, cantamañanas del tres al cuarto- que nos alegran los aburridas jornadas que anteceden a unas vacaciones en casa, porque la inflación se comió nuestros ingresos y nuestros ahorros –si alguna vez los tuvimos-, merecen reconocimiento y admiración, pues nos muestran el camino que conduce a los despropósitos más audaces y a las estupideces más estentóreas.

Llegará el tiempo en que esos ídolos de barro caerán, como cayeron productores de cine de Hollywood, personajes de la realeza o de la ópera envidiados e idolatrados en otras épocas. Y entonces los cubriremos de salivazos, porque habremos comprendido que se les habían concedido, erróneamente, patentes de corso para hacer cuanto se les viniera en gana, por disparatadas que fueran sus actuaciones y vergonzosos sus comportamientos. Y acometeremos la búsqueda de otros dioses falsos que satisfagan nuestra irrefrenable tendencia a la idolatría.

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Memoria histórica: la frustrada matanza de cartujos en Barcelona

Reproducimos un artículo de C. S. Macías que recoge una reciente investigación sobre el fanatismo antirreligioso de las milicias revolucionarias de Barcelona durante la Guerra Civil. En el caso que nos ocupa, se aportan testimonios de primera mano sobre la proyectada matanza de cartujos, monjes contemplativos que viven en clausura.

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En plena Guerra Civil, en la Barcelona de 1936, Doña Mercedes Doménech, a quien los cartujos llamaban «la señora o la Dama de Panamá», se convirtió en su benefactora y protectora durante el periodo en que los religiosos estuvieron bajo su custodia en la llamada Casa Convento. La llamaban así, ya que había vivido años en Panamá así como su hijo Andrés, que era súbdito americano.

El médico otorrinolaringólogo catalán-universal, Pedro Clarós, bucea en su historia familiar, la que le llevó, previamente, a elaborar una tesis doctoral en Historia (UIC) sobre «la participación de las familias catalanas en la salvación de esta comunidad religiosa ubicada en Tiana» y que incluso entregó una copia al Papa Francisco en audiencia privada, indexándose en la biblioteca Vaticana.

En La Dama de Panamá (RBA), Clarós novela los hechos reales de una historia que ha permanecido en silencio más de 80 años y que aconteció en una España en guerra en la que la persecución religiosa, por parte de las milicias FAI y revolucionarias, también puso su mira en los frailes cartujos de Montalegre. Algunos fueron asesinados en las cunetas de la carretera y otros acabaron refugiados en los hogares de familias de Badalona a estancias del propio alcalde de la ciudad.

Doña Mercedes comandó desde su casa la ocultación estratégica de aquellos monjes y finalmente su huida del país, tras una aventurada planificación calculada al milímetro. La «Dama», contó, paralelamente con otras personas «mágicas y con extraordinario ingenio» que le ayudaron cumpliendo así con su voluntad; una parte que también queda reflejada en el libro. En él se recopilan muchas situaciones de «riesgo extremo» con hechos insólitos donde, Clarós, mediante un diálogo con su padre Andrés, hijo de Doña Mercedes, recibió el legado de una narración de la que se guardaron, durante muchos años los manuscritos de los testigos, los monjes que vivieron aquel periodo. Los documentos fueron dados en propiedad a la familia Clarós, bajo la custodia de Doña Mercedes, por deseo personal de los monjes y otra copia se depositó en el archivo Privado de la Cartuja. «Si estos manuscritos caían en manos enemigas, podrían ser muy negativas para todos», subraya. La fiel custodia se mantuvo hasta que el doctor Clarós lo ha hecho público con este intrigante libro basado en hechos reales.

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Marina Alías. Las trampas de los libros de historia sobre Cataluña

«Los impulsores del Renacimiento van encontrar quela Edad Media en Cataluña había sido un periodo diferente que en el resto de la Península, ya que durante esa época Cataluña había tenido un estado propio y, de algún modo, había vivido un gran esplendor». Esta es solo una de las afirmaciones recogidas en los libros que se imparten en Cataluña y que han sido objeto de análisis por parte del sindicato de docentes Acción para la Mejora de la Enseñanza Secundaria (Ames). En concreto, se trata de un contenido divulgado en el libro de Historia de la editorial Barcanova y cuyos autores son Cristòfol Trepat y Joaquim Prats.

A través de un informe titulado ‘Adoctrinamiento ideológico en los libros de la asignatura Historia de España de 2º curso de Bachillerato utilizados en Cataluña de 2016 a 2022’, los profesores de Ames denuncian que las afirmaciones sobre los impulsores del Renacimiento son erróneas: «Cataluña no tuvo estado propio en la Edad Media».

«En primer lugar, porque los estados no existían, surgen a finales del siglo XVIII. Y, en segundo lugar, porque Cataluña siempre dependió de la Corona de los reyes de Aragón. Por tanto, aplicar la terminología «estat propi» es algo incorrecto y anacrónico. No desmentir estas afirmaciones lleva al alumno a creerse realidades históricas que nunca existieron y formarse en una mentira», explica la historiadora Vera-Cruz Miranda, autora del análisis sobre el citado libro.

[…]

«La Guerra de Sucesión terminó con la derrota del bando austracista y la victoria del bando de Felipe V. No es la derrota de todo un territorio, eso es una falsedad; sino de un bando en una guerra en toda España. Se pretende hacer creer al alumno que toda Cataluña estaba en contra de Felipe V, cuando no fue así. En Cataluña había gente que apoyaba a cada uno de los bandos, la sociedad, como en cualquier guerra, estaba dividida», sostienen

Y también cargan contra el hecho de que se remarque el tema de la lengua catalana como símbolo «nacional». «Otra afirmación completamente errónea, en Cataluña se hablaba castellano y catalán. No ha sido una tierra monolingüe, pero la lengua se utiliza como herramienta de reivindicaciones políticas desde los orígenes del nacionalismo», zanjan.

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Reconocimiento de la Universidad de Cuenca a la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina

Recogemos aquí la entrevista de Jaime Cedillo, director de El Observador, a José Manuel Castellano, en su calidad de editor-Jefe de la editorial que, en sus tres años de vida, ha publicado más de un centenar de libros, con un promedio de más de cuarenta obras anuales.

Se ha concedido ese reconocimiento por la contribución de la editorial a la difusión de los conocimientos sociales en la región y en el mundo, cumpliendo con una muy meritoria labor de comunicación académica y científica.

Desde SAICSHU nos sumamos a esas felicitaciones de todo corazón. Ojalá prendiera este ejemplo en el mundo universitario del Ecuador, tan necesitado de honradez y seriedad en el trabajo diario y escondido, y sobrado de clientelismos y de humo de pajas.


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Manuel Ferrer Muñoz. Sociedad posmoderna, autoritarismo y sentido del humor

Apenas hace unos días, un destacado político gallego se permitió un divertido e inocente comentario durante su visita al Palacio de la Alhambra, en Granada, del que Bill Clinton dijo años atrás que le había brindado el maravilloso espectáculo de la puesta de sol más bonita del mundo. Aquel político nacido en Galicia cerró su observación con una broma, a modo de coletilla: “yo no voy a discutir con Clinton, porque él nunca vio la puesta de sol de Finisterre”.

Cualquier interlocutor en sus cabales, no instalado en el mundo de los ofuscados prejuicios y de la dialéctica barata de la lucha partidista, habría sonreído ante la socarronería bienintencionada del pícaro gallego que, aun admirando las bellezas de otros entornos, presume del encanto del propio lar. Cualquier mente sana, no mediatizada por la torpe creencia de que todas las expresiones procedentes de una figura política de un partido adversario deben ser satanizadas, habría acogido con benevolencia el elegante piropo dirigido al incomparable anochecer de Granada, ciudad inspiradora de unos famosos y sentidos versos que salieron de la pluma de un poeta mexicano enamorado de la vieja capital nazarí: “dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”.

No fue el caso de un tal Manuel Pezzi, encumbrado –ignoro por qué razones- a la presidencia del PS en Andalucía -¡y luego hay quien se extraña de la deriva hacia la nada del PS en la región, que amenaza con desembocar en una catástrofe en la convocatoria electoral del próximo 19 de junio!-, que, haciendo alarde de su fina dialéctica y escogido vocabulario, calificó al político gallego del Partido Popular de “tontopollas”, expresión que, días después, reputó como “enjundiosa ocurrencia”, en un alarde de autobombo digno de un perfecto majagranzas.

Seguramente el aguerrido y microcéfalo Pezzi quiso hacer méritos ante los suyos y sacar pecho, para así dar fe de su entrega y generosa dedicación a la presidencia andaluza del PS (no hemos dicho aún que las siglas, novedosas en la sopa de letras de las formaciones políticas españolas, corresponden al Partido de Sánchez que, a pesar de su desabrida denominación y de la reconocida desfachatez de quien se halla a su frente, gobierna España con puño de hierro y desvergüenza torera desde 2018, gracias a las cesiones continuas a sus impresentables socios chantajistas).

La pérdida del sentido del humor se asocia, lamentablemente, a la insolente vulgaridad y a la estulticia. Y así lo confirma el caso de ese pobre señor, presidente del PS andaluz: un cargo al que, con toda certeza, nunca hubiera accedido cuando el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) era una formación política respetada y respetable, antes de dejarse las dos últimas letras en el camino y mudar la ‘S’ de Socialista por la de Sánchez.

No sería justo ensañarse con el bueno de Pezzi, ni con esas ocurrencias que él, ‘modestamente’, acaso desconocedor de su significado, calificó de “enjundiosas”. A fin de cuentas, por recurrir a un sinónimo menos agresivo y vulgar que la brutal expresión escupida por la boca del melifluo y delicado Pezzi, nos hallamos ante un tontolaba, incapaz de captar las finas y amables ironías del lenguaje, por mucho que estruje su endurecida mollera.

Y, sin embargo, la reacción de ese zopenco resulta paradigmática de los modales irrespetuosos instalados en una sociedad inculta, agresiva, impotente para captar matices en un razonamiento mínimamente refinado. En el mundo de los zampabollos impera sólo el ‘ordeno y mando’, el autoritarismo bobalicón característico de quien se aferra a la norma porque carece del mínimo talento que le faculte para analizar situaciones particulares desde unos planteamientos flexibles. El tontorrón útil, investido así de la ‘respetabilidad’ que deriva de la potestas –que no de la auctoritas-, exigirá obediencia ciega a los mandatos que vienen desde ‘arriba’, sin entender ni poco ni mucho las motivaciones de unos ‘protocolos’ –palabra mágica que conmina  a la rendida aceptación- que determinan qué hacer y qué omitir en cada circunstancia del día y de la noche.

Los lectores ecuatorianos de La Clave entenderán las razones por las que la argumentación sobre el trinomio idiotez-carencia de sentido del humor-autoritarismo se sustenta en un ejemplo tomado de otras latitudes: de un lado, la ocasión la pintaban calva, por cuanto la estupidez del personaje seleccionado como prototipo venía muy a propósito para ilustrar las tesis que se sustentan en el texto; y, de otra parte, por consideración a Ecuador, un país maravilloso donde transcurrieron cinco inolvidables años de mi vida, y donde nació el más pequeño de mis hijos. La mención de palurdos nacidos en las inmediaciones del Chimborazo y del río Guayas podría ser interpretada por gente quisquillosa como una irritante falta de respeto, y por eso se ha omitido la señalización de tontos de capirote ecuatorianos; pero conste que los hay, como en todas partes (tal vez esos papanatas abundan con especial profusión en los medios políticos y académicos: y es que ya se sabe, no hay mayor cretino que el que nunca adquirió conciencia de su mentecatería, por no haberse contemplado ante el espejo con un mínimo de detenimiento). Y aun así, aunque en todas partes se cuezan habas, lo cierto es que en mi casa –España, mi casa de ahora- se cuecen a calderadas.

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Manuel Ferrer Muñoz. Elogio de la vejez

Si de piropear se trata a esta entrañable compañera, de la que espero no separarme hasta que pasen muchos años, nada mejor que tomar prestadas unas palabras pronunciadas hace unos meses en un plató de televisión por Arturo Pérez-Reverte, prestigioso escritor español, miembro de la Real Academia Española: “los viejos, yo soy viejo, no son contemporáneos. Si un viejo es contemporáneo hace el payaso. El viejo no puede adaptarse a un mundo que ya no es el suyo, pero tiene una ventaja, la experiencia, una mirada. Antes al viejo le ponían en el centro y le preguntaban, ‘¿cómo lo hiciste?’, y el joven aprendía del viejo, pero ahora apartamos a los viejos y estamos privando a los jóvenes de la experiencia del viejo, de la mirada. No puedes pedirme que me ponga a bailar claqué, pero puedes pedirme lo que yo puedo dar. Pero tendemos a apartar. Los viejos son útiles no porque se modernicen o hagan el payaso sino por su mirada”.

Sólo un viejo podía haber expresado con esa hondura y ese descaro la honra de pertenecer a esta especie en extinción; porque mucho me temo que los que vendrán después vayan a ser aprendices de payaso, a lo sumo personas de la ‘tercera edad’, ese término tan repelente que suena a desecho de tienta. La generación que nos precedió aceptó con gusto el tratamiento de ‘ancianos’, ciertamente respetuoso, pero carente de energía y de magia. Proclamarse viejo significa haber aceptado el reto que se nos lanza desde múltiples instancias, y enfrentar a los que de un modo necio pretenden que nos modernicemos. ¡No! Nosotros ocupamos nuestro sitio, que es un lugar privilegiado. Nuestros ojos han visto tanto… Nuestro corazón ha amado tanto… ¡Que nos quiten lo ‘bailao’! Por eso no coqueteamos con lo moderno, no queremos ser contemporáneos, ni adoptamos ridículas actitudes juveniles. Nos reconocemos como reliquias del pasado, anacrónicos.

El viejo es descarado, porque a nadie ha de rendir cuentas aquí abajo, y por eso gusta de estar con los niños que, por definición, desconocen la timidez. El viejo es osado porque dice lo que piensa; y, porque ha vivido mucho, es una mina de sabiduría, de experiencias. ¡Los viejos tenemos de qué presumir! ¿Cómo vamos a tolerar que nos arrinconen o que nos contemplen con miradas ‘asistenciales’ y caritativas? Los viejos queremos morir dando guerra… y sembrando amor.

Pero, para mantener el tipo y plantar cara a los sabihondos que nos menosprecian con hipócritas conmiserativas sonrisas, se necesita tiempo: tiempo para pensar, y tiempo para alimentar nuestros sueños con la lectura: tiempo para la reflexión, sin abatirnos por lo que pudo haber sido y no fue; tiempo para la introspección, y tiempo… mucho tiempo para escuchar a los nietos que quieran hablarnos, y para mostrarles cómo éramos y cómo era nuestro alrededor cuando aún vestíamos pantalón corto: el tiempo que debimos dedicar a nuestros hijos, y que nos fue robado.

Ciertamente, esa mirada atrás nos muestra la senda que, como avisó Antonio Machado, “nunca se ha de volver a pisar”; y van escaseando las fuerzas para proseguir haciendo camino; y tal vez aflora el pesimismo que otro grandísimo poeta, Jaime Gil de Biedma, acertó a describir con tristes palabras: “pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”. Y, sin embargo, ganamos la partida al tiempo rememorándolo, rebuscando en nuestras raíces y descubriendo a los jóvenes de mirada limpia y alma noble tesoros escondidos a los ojos de los sabelotodos impertinentes que contemplan con desdén nuestras arrugas y nuestros andares encorvados.

Viene en refuerzo de mi argumentación en elogio de la vejez una hermosa imagen que he contemplado recientemente de Monica Bellucci, con 65 años cumplidos y posando ante la convencional e inevitable alfombra roja con toda naturalidad, sin maquillaje que ocultara sus arrugas y sin complejos, consciente de que la verdadera belleza es un estado mental y de que hacerse mayor no constituye ningún motivo de vergüenza. Este ejemplo gráfico constituye por sí mismo una invitación a envejecer con dignidad, único camino para ganar el respeto de los más jóvenes.

Cuando se ha emprendido el último tramo de la vida, es importante no extraviar las huellas de nuestras pisadas remotas y de los pasos de quienes nos precedieron: no para que se imiten esas andanzas, que el camino de la vida es responsabilidad de cada uno. Ni es cierto que cualquier tiempo pasado haya sido mejor, ni puede ignorarse la sabiduría que el tiempo permitió acumular, quizá gracias a la depuración de muchos errores cometidos. Aprendamos precisamente de las equivocaciones nuestras y de nuestros ancestros; pero tomemos buena nota de sus aciertos, de sus sacrificios, de su hondo sentido de la familia, de su amor al trabajo bien hecho. Compadezcámonos de las penurias, incertidumbres  y angustias que empaparon las vidas de las generaciones que nos han precedido. Lamentemos, sin distingos, los horrores de luchas civiles que desgarraron a sociedades enteras y extendamos la piadosa manta del olvido sobre odios abominables y rencores soterrados. Contribuyamos así a una ‘cultura de la paz y del perdón’, tan imprescindible para construir juntos.

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Adeli Gutiérrez Padilla. Veinticinco años de lucha por la vida

Hoy, el blog de SAICSHU se ve honrado por el testimonio de vida de una persona a la que tuve el privilegio de conocer hace muy pocos años, no mucho después de mi regreso a España, terminada mi última aventura académica, otra vez en tierras americanas.

Desde hace un cuarto de siglo, Adeli lucha contra la ataxia, y ha encontrado en ese combate el sentido de una vida que constituye un maravilloso ejemplo de fortaleza y de servicio a los demás. No combate sola. A su lado, un hombre de una pieza, enamorado, fuerte y siempre alegre. Muy cerca, un pequeño entorno de amigas –soy el único hombre infiltrado en ese selecto círculo de allegadas-, que comparte un proyecto de escritura creativa en torno al cual se tejen ilusiones, intimidades, complicidades y, sobre todo, esperanzas. Cada una de las personas de ese estrecho círculo vive su día a día con toda intensidad, con los inevitables altibajos y zozobras, y las alegrías y tristezas que nunca faltan. La enfermedad es una invitada frecuente, a la que damos acogida cordial, como la que se dispensa a un familiar querido, pero inoportuno, con el decidido propósito de despedirla cuanto antes con la misma cordialidad con que le dimos la bienvenida.

El amor a la literatura, a la palabra escrita y al pensamiento creativo, crítico y comprometido, concebido como vía hacia la liberación del peso muerto de las pequeñas calamidades diarias, se ha convertido en el denominador común a partir del cual Adeli y sus ‘amigas’ hemos desarrollado trayectorias que se cruzan y que nos ayudan a elevar el vuelo.

Adeli no se queda a la zaga en creatividad ni en entusiasmo ni en fuerza expresiva, y aspira a que su voz resuene con fuerza y penetre en los oídos de todos aquellos que, ante las arremetidas de la enfermedad -o de lo que las gentes consideran desgracias-, andan encogidos, apocados, huérfanos de esperanza.

Presten atención a este mensaje; y, tras su lectura, enfréntense a sí mismos y adviertan que sólo se vive una vez. ¡Y la vida es un don divino!

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¡Hola! Mi nombre es Adeli, y tengo cincuentaiún años. Sufrí una hemorragia cerebral -un accidente cerebro vascular- cuando contaba poco más de un cuarto de siglo de vida: un aneurisma que estaba instalado en una arteria se inflamó y obstaculizó el riego normal del cerebro; la arteria reventó y entró sangre en el cerebelo, que es donde radica la coordinación y el equilibrio del cuerpo.  En consecuencia, me quedé como un bebé recién nacido que no tiene fuerza para sujetar su tronco ni su cabecita. Para que todos entendáis bien lo que me pasó, fue como si a un ordenador le entra líquido y se borran todos los datos. Mi cuerpo y mi cerebro no funcionaban al mismo ritmo: el primero mandaba órdenes al segundo, y éste no obedecía.

La hemorragia cerebral también produjo en mi cuerpo otros daños, como una hemiplejia en el lado izquierdo, una parálisis facial en media cara, y disartria en la voz. Se me puso la boca casi en la oreja; dormía cada noche con el dedo en la boca tirando para el otro lado, pues pensaba que durmiendo así se me pondría la cara bien; y cada mañana, al despertar, pedía un espejo para ver mi cara. Observaba también si mi voz volvía a ser normal. ¡Pero todo seguía igual un día tras otro!, y me decía a mí misma: bueno, puede ser que mañana sea ese gran día. A veces, sonrío recordando esas pequeñas cosas que yo hacía pensando que eran las correctas. ¡Qué ingenua era! Hoy, al pasar los años, me doy cuenta del significado de aquellas acciones: que la esperanza de volver a estar bien nunca me abandonó.

También afectó a mi deglución, padecía de atragantamientos, sobre todo con líquidos. Mi vista, de igual forma, se vio alterada: no podía fijarla en nada, ni en libros, ni en la televisión. ¡Tenía los ojos como Marujita Díaz, dando vueltas!

El diagnóstico de los médicos era que yo no podía caminar porque sentía miedo de hacerlo: al haber superado la hemiplejia, no encontraban otra explicación. De ese accidente cerebro vascular quedó una secuela, “la ataxia”, por entonces una perfecta desconocida. Se explica así que me diagnosticaran tan a la ligera. Tras dos meses de hospitalización me dieron el alta médica, y me comunicaron que ya no podían hacer nada más por mí; que, cuando estuviera rodeada por gente “normal”, me entrarían ganas de estar bien y que se quitaría todo. Suena un poco a risa, pero así fue. Visité a unos cuantos psicólogos, pero ninguno sabía decirme qué me pasaba: y era lógico, pues no padecía ningún trastorno psicológico. Yo tenía claro que algo se había apoderado de mi cuerpo, y miedo os puedo asegurar que no era.

Caminar era para mí, y lo es todavía, como ir sobre un cable, como los equilibristas en el circo. Como hay más de doscientas patologías (los propios enfermos sabemos más de la ataxia que los especialistas de la medicina), la mía es muy desconocida porque, a simple vista, no se distinguen los síntomas; además, muchos (la forma de hablar, de andar) son parecidos a los de una persona ebria. Ante el desconocimiento, ¿qué es lo más fácil? Juzgar a la ligera, ¿verdad? Y por eso mucha gente, cuando me ve, piensa que estoy borracha; o peor aún, puesto que se me dificulta el habla, me toman por discapacitada psíquica, y se ponen a hablar con la persona que me acompaña, ante mis propias narices, preguntándole cosas sobre mí, ¡como si fuera invisible! ¡Eso me da más rabia!  Que conste que yo sólo hablo de mi experiencia personal con la ataxia, de mi perspectiva y de mis vivencias. Cada cual sabrá el camino que lleva recorrido y las piedras que ha debido sortear.

¿Ayuda psicológica? Afortunadamente no necesité, supe llevar la situación bastante bien. Yo misma me sorprendo cuando recapacito sobre todo lo vivido. En un mismo día pasas de tu rutina diaria (trabajo, sueños, ilusiones…, como cualquier chica de tu edad que empieza a vivir) a una cama de hospital con tubos y máquinas por todos lados, sin capacidad para moverte por ti misma, y con plena conciencia de todo.  Y rondan preguntas sin respuesta: ¿qué está pasando, si ayer celebraba en las fiestas de mi pueblo que había aprobado el carnet de conducir, y ahora me veo clavada en esta cama? ¡Ufff!, es bastante duro. ¿Para qué engañarnos? Pero la esperanza ayuda mucho, y es lo último que se pierde.

En una de mis revisiones me tocó un médico del que no querría acordarme. Me dijo que iba a ir degenerándome hasta quedar hecha un vegetal. Cada persona es un mundo y generalizar es, sencillamente, una barbaridad. Se puede causar mucho daño con unas palabras desafortunadas sólo porque tú tengas un mal día. Lo que él no imaginó nunca es cuánto me ayudó al hablarme así, porque, lejos de hundirme, sus palabras me sirvieron como trampolín para mi recuperación. Basta que te digan que no puedes hacer algo, para que digas: mira cómo lo hago.

Mi madre, que me acompañaba durante esa revisión, al escuchar aquellos disparates, sintió como si le clavaran una estaca en el corazón. Resultaba todo tan surrealista que llegué incluso a pensar que aquel “sabio doctor” se habría equivocado de informe médico. Así que, atónita, miré de reojo a mi madre. Ese doctor sin alma no se había dignado saludarme cuando entré a su consulta; no levantó la vista del papel que sostenía en sus manos, ni tan siquiera mostró curiosidad por conocer el rostro que había detrás del informe que atrapaban sus dedos.  ¿Y, así, a ciegas, se atrevió a valorarme? ¿Cómo se aventuró a decir aquellas sandeces sin poseer apenas conocimientos de la enfermedad? ¿De qué autoridad se creyó investido en su prepotencia? Eso fue lo que más daño me causó: la cara de dolor de mi madre, sus ojos brillantes, su nudo en la garganta que le impedía articular palabra. Jamás olvidaré ese momento tan horrible. Aunque resulte incomprensible, salí de aquella consulta con más fuerza que nunca. Había perdido la batalla, pero supe que iba a ganar la guerra.

Ahora no estoy bien al cien por cien, pero tampoco tan mal como me dijeron. Muchas lágrimas y sudores llevo derramados durante estos años para conseguir disfrutar de una mejor calidad de vida y de una independencia total en mi casa. En la calle necesito ayuda, y sigo teniendo dañada la voz.  A los afectados de ataxia nos queda un largo camino que recorrer todavía, necesitamos mucha investigación para que se encuentre la cura o algún tratamiento que frene su evolución, porque hay casos altamente invalidantes. Nuestra medicina, hoy por hoy, es mucho ejercicio físico. Yo tuve que reeducar mi cerebelo, fui a fisioterapia, natación, logopedia, acupuntura, utilizaba las cartillas ésas de “Rubio”, que, cuando éramos pequeños, usábamos en el colegio para aprender a escribir.

Un buen día se me ocurrió la idea de compartir mi experiencia, así que escribí mis vivencias con la ataxia en redes sociales, y recibí una multitud de comentarios agradeciéndome el haber hecho esta enfermedad un poco más visible. Decidí entonces escribir un libro contando más detalles. Y a ese libro siguió otro. Yo quería hacer algo por ayudar a los afectados, lo tenía claro, así que decidí vender los ejemplares del libro por Facebook.  Me sorprendió que me pidieran tantos, la verdad, y lo recaudado fue íntegro para investigación de la ataxia. Mis libros no habían pasado por ningún editor, ni se vendían en ninguna librería, sólo a través de mí se podían adquirir. Un amigo me ayudó a encuadernarlos y prepararlos, aunque él no se dedicaba a eso. Tal vez nos parezca que nuestro esfuerzo es insignificante, pero todos podemos ayudar, somos como una simple gota en el océano, pero sin esas gotas no existiría el océano.

Muchas personas se sentían identificadas conmigo, y otras, que no tenían discapacidad, veían que también se puede ser feliz con ciertas limitaciones. Yo lo soy, aunque tengo mis días malos como todo el mundo; suelo buscar el lado positivo de todo lo que nos pasa.

Ya han pasado siete años desde que mi primer libro viera la luz, y aún hay personas que me escriben emails o me mandan mensajes en los que me cuentan sus vidas con una confianza sorprendente. Yo me siento encantada de que compartan conmigo su intimidad.

Hoy, que casi he logrado salir de ese mundo de la discapacidad, miro atrás, y veo que todo el esfuerzo llevado a cabo ha merecido la pena. Así que aconsejo a todo aquel que me esté escuchando, y que tenga una discapacidad, que trabaje y luche por obtener una mejor calidad de vida, aunque no haya cura; que, sentándose en un rincón a llorar y a lamentarse por el propio estado, no se soluciona nada. No hay que dar saltos de alegría encima de la cama por tener ataxia, pero tampoco hay que esconderse debajo de ella. La vida es así: a quien le toca, le toca; y mejor afrontar lo que venga. Hay que coger el toro por los cuernos, que hay mucha vida detrás de la ataxia. ¿Sabéis eso que dicen?: al que le duele la muela, es el que se la saca. Pues eso mismo.

¿Rechazo por ser discapacitada?… Yo puedo darme con un canto en los dientes en lo referente al apoyo familiar: por ese lado no lo sentí. Lo de los amigos es otra historia, triste en apariencia. Ya no podía realizar ciertas actividades que compartíamos, y mis necesidades también eran diferentes. Por eso, algunos de ellos, los más diplomáticos, empezaron a distanciarse poco a poco;  otros, más bruscos, cortaron de golpe. Yo no quiero gente a mi lado que no me quiera sin mis galones, y esa poda me vino muy bien. Ahora sé que los que están es porque quieren estar.

Con la sociedad en general, sí hay rechazo todavía. Sólo diré que, si no hubiera exclusión, no existiría la palabra inclusión, que ahora está tan de moda. Vamos de solidarios y de “guays”, pero la realidad es muy distinta. Podría enumerar infinidad de obstáculos y estorbos que tiene que sortear un usuario de sillas de ruedas para circular por la calle: rampas tan empinadas que parecen toboganes, escalones kilométricos en establecimientos públicos, o señores-señoras que dejan el coche en aparcamientos reservados para minusválidos, o en bajadas de las aceras.

Yo tengo la capacidad para sostenerme en pie, aun con esfuerzo, y saltar tanto las barreras arquitectónicas como las mentales, que suelen ser peores. Pero ¿qué hace quien está obligado a permanecer siempre sentado? No le queda otro remedio que quedarse en el sofá de su casa, contratar Netflix, hacer las compras por Amazon, y encargar que le lleven la comida a su domicilio. Para esas personas, salir a la calle en silla de ruedas es una auténtica aventura, que enfada, quita las ganas de respirar fuera de casa y las emplaza a esta pregunta descorazonadora: ¿por qué tiene que ser la vida tan difícil para mí?

Entenderéis muy bien, a la vista de cuanto llevo dicho, que el aislamiento social es una realidad cercana que acecha a muchas, muchísimas personas; y que curar el dolor que causa esa sensación de soledad exige bien poco: tan sólo la capacidad para ponerse en los zapatos de esas personas. Porque vosotros mismos, en un viraje brusco de los que da la vida, podríais veros obligados a afrontar el resto de vuestras existencias desde esa otra perspectiva que seguramente nunca habéis imaginado.